Se apagan las luces aunque nunca fue del todo la noche, aunque la oscuridad no siempre es el disfraz más adecuado, ni siquiera el marco perfecto para desanudar el ardor in crecendo, más, los anhelos que fueron refugiados. Digamos que la situación requiere cierto preámbulo y hay que cuidar esos pequeños detalles para sentirse en perfecta sintonía. Total, siempre acaba siendo cosas de dos; aunque sólo sea uno el que vomite las entrañas por la boca, aunque sólo sea uno el que acabe follándose el otro corazón. Los protagonistas ya están preparados y el juego está a punto de comenzar. Se bajan las persianas, se corren las cortinas y la penumbra se convierte en una tela sutil que disimula a los amantes en ese mundo cruel al otro lado del escaparate. Mibal 2008 junto al amplificador, contraseña y esto acaba de empezar…
La perspectiva es tan interesante como provocadora. El hombre desierto de ropa tumbado en su largura sobre la cama blanca, procede a materializar la ficción pornográfica de una epístola inconclusa pero sin llegar a ser marchita. Excitación claramente visible en el cuenco de sus manos, sumo deleite y goce para ella que enmudece para no entorpecer la función. Recorren sus ojos la carne tibia y depurada -tenue-, tupida en esa zona que alberga el mayor de sus propósitos, esa dicha raramente encontrada y que sumamente ha codiciado en el transcurrir del tiempo. Bailan los pies desnudos en el precipicio de la cama, tal disposición no coincide en fetiche y sin embargo hay gula, apetencia, en devorar cada uno de sus dedos, esas pequeñas y delicadas arrugas. Bullicio en el otro extremo, donde el vientre zarandea una convulsión urgente propiciada por el movimiento de caderas. Sus manos empuñaban el gran falo, núcleo nostálgico, creador de alusiones lúbricas y obscenas. Ella miraba mientras se relamía, la verga que aumentaba en tamaño y grosor era su única ambición. Pensaba la cantidad de veces que había sentido esa polla bajo la palma de su mano. Evocó aquella tarde en el cine, últimos asientos, la mano de ella palpando la dureza de un miembro que fue suyo mientras supo retenerlo. Los dedos de él que se introducían con una facilidad abrumadora en el coño de ella, anular y corazón mojados en un vicio postergado durante mucho tiempo. Por un instante cerró los ojos, escuchaba una melodía británica, y la banda sonora la condujo al parking de su trabajo, al asiento del copiloto. Manos impacientes desabrochando los botones tras lo que se escondían sus pechos, bocas que se comen a plena luz del día, sexos inflamados bajo la tela. Ella siempre fue de él, su coño siempre fue el único templo en el que poder entrar y venerar a esos estúpidos dioses. Abre sus ojos y las pupilas fotografían la imagen del momento, huevos hinchados a punto de reventar, respiración intermitente, acuciada, y la polla estrujada por las falanges comienza a derramarse. “Soy tuya” le repetía muy cerca de su boca. Mientras él salpicaba y esparcía su semen caliente por las grietas del cristal, ella hundía sus dedos en la humedad de su raja hasta correrse con él.
“Sólo me excito así contigo, te lo debía” dijo él. Entonces ella pensó que había sido un bonito detalle, un regalo anticipado, pero no imaginó que hubiese más, no más de un orgasmo enclaustrado y asfixiante. Ambos conocían sus pulsos desde hacia años, y el sexo anal siempre fue la mayor de las lujurias. La noche estaba siendo larga después de intentar dormir la frustración, pero siempre hay alguien que llama a la puerta cuando menos lo esperas, entonces las sorpresas no tardan en llegar.
