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jueves, 18 de junio de 2015

Luces y sombras





... abril 2015



Permanecí inmóvil bajo el quicio de la puerta, acobardada por los fuertes golpes detrás del pequeño cristal y titubeando sin saber bien qué hacer después de un aletargado silencio. Temblaba al no escuchar respuesta cuando pregunté quién eras; enmudeciste, creo, porque ni tan siquiera tú sabías que hacías allí. Pero después oí tu voz y pensé que no podías ser tú, había pasado mucho tiempo y tal vez el deseo de saberte entorpeciese el recuerdo de tu sonido en mi memoria. Me sorprendió encontrarte hecho un ovillo entre los pliegues de la cortina al abrir la puerta de la calle. Te escondías, ocultabas tu rostro, y yo creo que también tu vergüenza, porque enseguida te sonrojas y bajas la mirada cuando descubres que, sin querer, te has deshecho de tu caparazón. Latía muy fuerte mi corazón, la respiración también se aceleraba a medida que tus pasos avanzaban hacia mí, y yo ya no sabía si tiritaba de frío o, simplemente, imitaba la reacción de una estúpida quinceañera cuando descubre que el chico con el que tantas noches ha soñado aparece en mitad de la noche tocando su puerta.

Eran las seis de la mañana, el vestido con adornos dorados aún caía sobre el respaldo de la silla, junto a las sandalias de tacón y el resto de abalorios. Probablemente escogiste la peor noche del año, probablemente mis ojos permaneciesen aún hinchados después de tanto dolor y tanto llanto, el maquillaje corrido en las mejillas y el pelo revuelto efecto de esa eterna lucha contra la almohada. También, probablemente, esa fuese nuestra última noche juntos. No me importaba el desorden, ni la hora, ni mi aspecto, sólo quebrantar la poca distancia entre tu cuerpo y el mío, verificar que aquello no era otro sueño, era tan real como los rizos que te habían crecido y ahora adornaban tu nuca.

Recuerdo tu olor; es increíble porque hoy, tres meses más tarde, puedo sentirlo sumergido en mi cuello, entre mis muslos, en mi ropa, en el resto de frunces y capas de piel. Nos acomodamos en el sofá, te pregunté por la escayola que cubría tu brazo derecho y enseguida te desvaneciste en mi regazo, te acurrucaste como un niño apoyando tu cabeza en mi pecho, buscando calor, comprensión y también una soledad compartida que te ayudase a entender cómo habías dejado pasar tanto tiempo… Quizás eso era lo que más pesaba en tu conciencia, tal vez –en esa primera noche del año- pusiste en orden tus ideas y llegaste a la conclusión de hilvanar cualquier pespunte suelto en las costuras de tu mollera, pasajes del pasado. Hablamos, recordamos, intenté traducir tu lenguaje, al menos el oral, ya que el corporal estaba mucho más claro. Y aunque no consiguiese esclarecer tu lengua, entendí la coherencia de tus palabras acorde a tus sentimientos y tus actos. Para entonces ya estabas explorando la humedad de mi boca, un poco más tarde te perdías para volver a encontrarte en una concavidad cuanto menos parecida.

Te quedaste dormido como hacen los bebés, muy cerca de mí, otra vez acariciando el calor y acomodando tu escayola en un arco perfecto entre mi pecho y mis caderas, mullido en mi cintura. Y así despertamos. Tu barba, demasiado larga ya, arañando mi mejilla y tu aliento alcoholizado pegado a mi espalda. Hablamos durante largo rato aquella mañana de primero de año; divagamos sobre algo que a mí me preocupó y no supe discurrir en ello tornándolo en algo superfluo y banal (como me arrepiento ahora de eso)… tu flirteo con sustancias alucinógenas, el abuso del lenguaje inexistente, el vicio de esa soledad que te empuja al precipicio. Quise advertirte o lo hice, pero a mi manera, sin que tú llegases a entenderme del todo. Me ofrecí, sin reservas, sin límites o contemplaciones, me ofrecí de manera descarnada, y tú –precisamente- la confundiste con el lado más interesado y libidinoso. 


Te veo ahora dormido, luchando con fantasmas del más allá y tus propios monstruos. Te toco pero tu piel se ha vuelto áspera y dura, apenas creo que puedas sentirme. Te hablo pero no puedo soltarme la lengua porque tu hermano está a mi lado, tampoco sé si puedes oírme y ni te imaginas cómo me gustaría que lo hicieras. Ahora, dos meses más tarde, sé que lo hiciste, mi voz llegó allí, tan lejos donde estuviste, y tu fuerza te trajo de nuevo con nosotros.


Tal vez debería seguir escribiendo la historia, sólo tendría que dejar que nuevos capítulos aconteciesen, pero no estoy segura de querer asomarme de nuevo al abismo.



sábado, 8 de marzo de 2014

Fearless





Y sucedió, y se fue. Las estaciones, la climatología, los relojes, tú, el resto, yo... y vino, la música, la risa, un color nuevo, carencia de ser, los trabajos, la sorpresa, privatización sensorial, el nuevo comienzo, la actitud. La vida.


Sucedió y aún no deja de ser una página en blanco. Empezó y fue sucediendo lentamente, poco a poco, ya sabes… “pausadamente –dices- te describe mejor” y eso es lo que quiero.

Y ahora expiaré mis pecados bajo el caño de agua fría, aislar el mundo de Alex en algún lugar de ahí adentro. Veré mi reflejo en el espejo y, mientras unto mis pestañas en rimel, ensayaré un nuevo gesto que rompa ese eterno silencio. Sí, el que queda cuando aparece la larga sombra, la que nunca deja de espiarnos. Para entonces ya me habré enfundado en mis vaqueros, habré olvidado por casualidad el sujetador sobre la cama y habré rodeado mi cuello con algún pañuelo.

Llegaré tarde, como siempre, y tendré que besar a todos, uno por uno, las palabritas de rigor y algún chiste fácil para dejar escapar los nervios, el aleteo de esas polillas empuñadas alrededor del músculo generador. Entonces me buscarás con la mirada, tropezará con la mía y nos eternizaremos en un compendio de imágenes que vuelan a cámara lenta dentro de nuestra cabeza. Me encontraras más tarde, nos perseguiremos durante la noche, hallaremos excusas, fabricaremos coartadas que nos permitan un centímetro más de acercamiento. Y cuando estemos frente a frente, cuando vuelva a sentir que tu perfume me conduce a un viaje remoto sin retorno, cuando la música anuncie el final de la noche, entonces, justo en ese instante, volveremos a empezar.


Sea como fuere, así quiero estar, eso es lo que quiero. Comienza la cuenta atrás. Así es mi vida ahora, vivir sin miedo.



lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



martes, 6 de noviembre de 2012

Hormigas en la mortaja






Vengo de un entierro. Doblaban las campanas pero sólo he alcanzado escuchar la pena de los abuelos, nietos e hijos desgarrando la madera del ataúd y el mármol del nicho. La casa se llenó de viejas cotorras que murmullaban las vergüenzas del difunto, me besaban insistiendo en la dulzura de mi cara, en mi extrema delgadez. Y yo les contestaba con el estruendo ruido de mis tripas, con mis ojos secos de lágrimas y llenos de hiel. Las cucarachas son serpientes envenenadas, víboras implorando clavos y un martillo para sepultar el cadáver en los confines. Toda la noche murmullando adelantando el Rosario, única función de una farándula caduca y casposa, corrompiendo el signo tradicional. La casa llena y la calle mojada, me revuelve el hedor a mortaja, el vaho a café quemado, leche agria y orín en el ropaje de viejas. La madrugada avanza como la densidad de la tormenta que se desata volando macetas, cortinas y colillas aplastadas en las ventanas. Amanece y el despojo de huesos añejo y blanco encarroña el encaje delicado rodeando el féretro. Me despido, ahí se va un hombre que fue bueno mientras las cacatúas plañideras punzan la carne pútrida con sus alfileres.

Doblan las campanas, resbala la tierra mojada, trina un pájaro desde el pinar mientras se desbaratan las coronas de flores que sepultan al hombre bueno que se va.


Virgin Black - Requiem, Kyrie


lunes, 15 de octubre de 2012

Nadie detecta la bomba silenciosa





La llamaban Risitas porque nunca podía dejar de reír, además lo hacía con todo el cuerpo, balanceándose de frente y hacia atrás, manifestando su entusiasmo con grandes aspavientos, alborotando cabeza y brazos. Era normal verla pegada a su goma de mascar, y es que siempre figuraba la bola de chicle abultando un sólo lado de la cara. Ponía sus labios en forma de O para hacer esas irrisorias pompas de chicle, y de forma ridícula quedaban reducidas a un triste pedo de aire rosa con olor a fresa y mandarina.

Estiraba mucho su pelo hacia atrás para recogerlo en una coleta muy alta. Sin embargo, unas horas más tarde, eso se convertía en momentos de frustración cuando llegaba la hora del recreo; pues el niño que se sentaba en el pupitre de atrás agarraba su coleta y comenzaba a tirar de ella para hacer notar la eufonía de la sirena. Era la segunda alumna más alta de la clase, incluyendo a los varones, que siempre fueron más tardíos a la hora de desarrollar. Con diez años ya había echado todo el cuerpo, eso le recordaba un tiempo más tarde su propia madre. Y es que una vez pasó la pubertad, Risitas mantenía el escaso metro cincuenta y ocho que medía cuando hizo su Primera Comunión. Dos preocupaciones tuvo aquel día, una era manchar su vestidito blanco de comunión con la sangre de su menstruación; la otra era que se le olvidó qué debía decir cuando el cura la comulgase. Al final fingió un pequeño golpe de tos y salió airosa de aquel embolado. No le gustaba llevar vestidos, por eso siempre la tomaban por una niña poco femenina, algo así como un marimacho patilargo, porque además, siempre jugaba al fútbol, burro, y esas cosas típicas de niños. Qué podía hacer ella, sino adaptarse a las circunstancias. Era la única niña de la familia, dos hermanos y siete primos, tuvo que aprender a darle patadas al balón y escalar árboles para llegar a lo más alto. Mejor eso que aprender a pelar patatas o batir huevos. A pesar de lo poco femenina (ella se preguntaba qué significaba eso, probablemente un agravio ingenioso, como la palabra “indiscreta” de su amiga Blanqui, un insulto de los gordos) de vez en cuando la obligaban a llevar esos vestidos horrorosos de talle fruncido y vuelo pomposo, con flores, globos o cabezas de perro sacando la lengua hacia a un lado. Detestaba, por encima de todo, el uniforme de los domingos; camisa blanca con cuello de bebé y una espantosa falda de cuadros con botones dorados. El conjunto de niña buena no hacia más que crearle dificultades a la hora de subirse en su mountainbike para ir a misa por la mañana. Enrollaba la falda hasta su cintura para evitar que los picos se enredaran en la rueda trasera. Se deslizaba cuesta abajo en una bicicleta sin frenos y con el manillar torcido, le gustaba el peligro y frenar resbalando los pies sobre el asfalto. Se las arreglaba muy mal, fatal, para llegar puntual a esa cita con el Todopoderoso, pues cuando hacia su entrada en el templo la misa ya había comenzado. Habría derrapado entre la gravilla estampando los morros contra algún muro de contención o enganchándose entre los matorrales de una higuera. Lo cual explicaba la sangre de su nariz y los agujeros en las medias a la altura de sus rodillas. También hay que decir que la niña era un poco lerda, se colaba en la sacristía para desvalijar la caja de obleas pensando que el hecho de tomarlas le haría redimir su torpeza y osadía con la bicicleta. Al hacerlo también se libraría de la tremenda culpabilidad que sentía después de levantar su falda para enseñar a los niños del colegio las bragas que llevaba puestas. Menudo lavado de conciencia…

Cómo era antes, eso es lo que debía recordar ella para desprenderse de los complejos del presente, para continuar hacia delante después de ver con claridad y tener en cuenta qué era ella, qué le gustaba, qué la paralizaba mucho antes de haberse convertido en el deshecho del presente. Pensó que su infancia había sido fácil, que había sido una niña muy querida. Pasaba las tardes grabando versiones de Michael Jackson en un viejo radiocasete con su hermano, él ponía las voces y ella bailaba imitando esos míticos pasos hacia atrás. También le gustaba bailar sevillanas para los demás en el patio de la casa antigua, su tía-abuela se sentaba en la mecedora para verla taconear mientras alzaba los brazos y manos al aire poniendo la voz de fondo. También quería hacer feliz a su padre, que era su héroe porque calzaba un cuarenta y dos, y eso era mucho pie para un simple humano. Por eso nunca se cortaba el pelo, porque sabía que él prefería que lo llevase largo y recién lavado. Los fines de semana se iba de excursión por la orilla del río con algunos niños vecinos, cazaba ranas para luego soltarlas en la primera charca que se encontraba. Siempre estaba interrogando a los mayores, sentía curiosidad por todas las cosas que sucedían a su alrededor pero mucha gente no quería contestarle. Un día, después de ver una película en la tele, le preguntó a su madre el significado de violar a una persona. La mamá le contestó que eso pasaba cuando una persona le rompía el vestido a otra. Una semana más tarde llegó a casa anunciando a los cuatro vientos que David, un chico de cuarto, la había violado. Sólo le habían arrancado el parche que tapaba un descosido de su vaquero.

No tuvo traumas, tampoco notables complejos, ella se consideraba normal incluso cuando pasó de los quince a los veinte años. Entonces, en qué momento cambió, en qué momento pasó a ser esa persona gris y desconsolada. Sí, ya, la gente cambia cuando va cumpliendo años, es “ley de vida”, eso es el significado de madurar, vivir, saber envejecer. Pero la gente cuando celebra cumpleaños y madura se lleva la mejor parte de si misma, no se va metiendo en un pozo del que no puede salir. Pensaba en todo ello mientras intentaba conciliar el sueño. Se acordó de algo muy importante, encendió la luz, abrió el cajón de la mesilla y sacó un cuaderno. Había muchas cosas que escribir.


Supertramp - Dreamer


martes, 25 de septiembre de 2012

Cuenta bloqueada







Patosa, desmemoriada, despistada, equivocada la mayor parte del tiempo, distraída con casi todo, descuidada, y no se cuántos adjetivos más de ese estilo, pero todos podrían definirme de una sola vez y por todas.

Entro en foros y enlaces que me pasan a través del correo electrónico como si nada, jamás me fijo en las condiciones legales, en la privacidad y ese tipo de cosas. Al principio siempre rellenaba los formularios con mis datos verdaderos, y mucha gente me decía que debía tener cuidado con eso, que podría ser usado contra mí. Y yo no entendía qué iban a poder utilizar en contra mía, si no había nada malo que esconder, si yo no era una persona importante, sólo una chica navegando desde un ordenador en el pueblo más recóndito del país. Y qué pasa más tarde, pues la gente que vas conociendo te cuenta que le han sucedido robos de cuentas, suplantación de identidad, fotos extraviadas, irregularidades de estilo parecido. A partir de ese momento opté por no introducir datos que revelasen mi auténtica identidad, al menos no siempre.

Yo sólo quería registrarme en una web sin más intención que la de compartir música, imágenes y letras, nada más. Y acabé bloqueando mi cuenta de gmail al introducir la fecha incorrecta en el registro. Ni siquiera recuerdo cuál fue la que me salió en ese instante (inconsciente), el caso es que los señores de Google interpretaron que yo era menor de edad e inhabilitaron mi cuenta de correo. Por lo tanto me quedé sin correspondencia y sin blog, ya que lo tenía registrado con esa misma cuenta. En seguida me entró el pánico, es posible que me ahogue en un vaso de agua, pero es que cuando vi las condiciones que había que cumplir para recuperar la cuenta, aquello empezaba a  no darme buena espina. Consulté en foros, en páginas que recogen situaciones parecidas, y las opciones para recuperar la cuenta eran las mismas para todos. Primero, no me fío de entregar una copia de mi carné de identidad para demostrar que soy mayor de edad. Y la segunda opción, la del pequeño aporte económico a través de una tarjeta de crédito. ¡Yo no tengo tarjeta de crédito!

Me pongo en contacto con un amigo, éste me aconseja que hable con otra chica y al final consigo arreglarlo. ¿Cómo? con las dos opciones; primero con la tarjeta de crédito de un amigo, pero pasaron más de doce horas y la cuenta seguía inhabilitada, cuando se supone que con esa elección sólo tardarían quince minutos en desbloquearla. Al ver que no funcionaba decidí usar lo del carné de identidad. A los veinte minutos la cuenta se desbloqueó. No se cuál de las opciones fue la que ellos validaron. El caso es que debo agradecérselo a Rorschach, que siempre tiene una paciencia infinita conmigo; a Lunática, que me ayudó a no ponerme histérica del todo; y a mi amigo J. que siempre acude cuando más lo necesito, vamos, que nunca se va.

Me dijeron que desde fuera parecía que había eliminado mi página por una rabieta, capricho, enfado o lo que sea. Y supongo que hubiese sido lógico pensarlo después de haber editado una entrada, y borrado otra. Pero nada parecido, nunca desaparecería de esa manera. Cuando empecé a escribir aquí no pensé que perder el blog me pudiese afectar tanto. Siempre digo que lo uso como terapia, para verter en él todo lo que hay dentro, en la imaginación o situaciones muy reales. Pero sentir por un momento que no podría recuperarlo es algo que me sorprendió bastante. Normalmente guardo las cosas que escribo, así que perderlo no sería tanto problema. Se abre uno nuevo y asunto arreglado. Lo que me ocurre es que creo que le tengo cariño -si es que se puede tener cariño a un blog- por la forma en la que fue creado. Y no me gusta, no me gusta esa sensación de dependencia. 

Gracias a los que me habéis escrito un correo, joder, yo creía que estas cosas no sucedían, la de encontrarte aquí gente que vale la pena. Me alegra mucho ver que vuelvo a equivocarme.




Gary Jules - Mad world

jueves, 6 de septiembre de 2012

Kerosene a.m







En la madrugada recordaba las palabras que un amigo me dijo por teléfono, pareciendo vaticinar una nueva tragedia: “todo el mundo que te rodea muere”. Me encontraba en zapatillas, sólo vestía una vieja camiseta de mi ex que uso para dormir en verano, con los ojos aún entornados por el azote de un crujido en mitad de la noche, lo que a mí me pareció el chasquido de alguna explosión. La impresión y el mal presagio acelerando mi corazón, el pelo alborotado y medio brazo dormido. Contemplaba los trágicos acontecimientos ante mí como una película gore a cámara lenta. La puta niebla tenía que estar presente, y ese olor a humo y ácido, metal carbonizado.

Me desperté a las cuatro de la mañana sobresaltada por un inmenso estruendo y el siseo del valor agotado de mi madre. Miré la alarma sin encender la luz y corrí hacia el pasillo abriendo todas las puertas, presa del pánico; una habitación sola, otra habitación y dos camas vacías. Miraba a mi madre con las manos presionando su pecho en mitad del salón, reluciendo en la oscuridad su camisón blanco. No encendía las luces, como si con eso pudiese evitar que sucediera lo que a las dos más nos aterroriza; que suene el teléfono en esas horas tan poco usuales. Murmullos que empiezan a ser pequeños aullidos empapados en horror e incertidumbre, pasos corriendo en la planta de arriba, en el piso de al lado, en las terrazas abiertas de par en par. Y en el silencio de la noche cerrada unos gritos de socorro. Nos apresuramos hacia la terraza y el cuadro que hallamos no podía ser más atroz. Un coche, sin forma definida, empotrado en un muro de contención, otro coche siniestrado junto al estrellado y un reguero de sangre alrededor. Las voces de la chica que pedía auxilio formaron un eco atronador y espeluznante. 4.11 y el teléfono suena. Un escalofrío me recorre desde la punta de los pies hacia la largura de la columna vertebral. No me quedé para saber quién era, no era capaz de escuchar otra vez el titubeo de un agente de tráfico requiriendo nuestra presencia para reconocer el cadáver de un familiar que espera, ajeno, en la encimera de la sala de autopsias. Y fui muy egoísta y cruel, porque sólo pensé en mi angustia y mis sospechas. Salí corriendo a la calle dejando atrás las suplicas de mi madre, rogándome que me quedara allí, que fuera yo la que atendiera el teléfono. Ante el miedo no se reaccionar, tan sólo siento el impulso de salir huyendo.

Cuando llegué al lugar del accidente al menos media docena de vecinos habían salido de sus casas con lo puesto, casi desnudos, para prestar ayuda a los heridos. Se agolparon en mi cabeza unas imágenes aún frescas; vi morir a un chico de apenas treinta años aplastado por una tonelada de lácteos mientras los descargaba de su propio camión hacía poco tiempo. Deseé no haber visto nunca aquella cabeza abierta con los sesos desparramados, deseé con todas mis fuerzas no haber visto morir a una persona delante de mis propios ojos, sin poder hacer nada. Y aquella horrible película apuntaba a que el desenlace se repetiría.

El hombre de mediana edad con el torso desnudo que había a mi lado me gritaba sin parar, pero era como si yo sólo pudiese ver, como si unos tapones de gomaespuma hubiesen sido engullidos por mis oídos perforándolos. El hombre señalaba mis pies, sin darme cuenta había metido mis zapatillas en la piscina de sangre que tiñó las baldosas que antes eran blancas y grisáceas. El olor a metal y coagulo cada vez resultaba más repugnante, pero no fue eso lo que me hizo vomitar. Me acerqué hasta el coche para ver cuánta gente había, para preguntar si todos estaban bien. No podía creer lo que estaba viendo, un ojo aplastado contra el cristal, una pierna amputada, rostros irreconocibles cubiertos de masa encefálica, o eso creía yo. Dos hombres tiraban del brazo de una chica atrapada en el asiento del conductor. En ese momento mi impulso fue gritarles que no hicieran algo así, pues al tirar del brazo de la chica no se habían dado cuenta y le estaban arrancando la carne de cuajo, dejando parte del hueso al descubierto. Al instante empezaron a escucharse las primeras sirenas de ambulancia y policía. Para entonces conté al menos cuatro personas dentro del vehículo, aunque al final resultaron ser seis. Uno de ellos estaba fundido en los amasijos de un coche que a mí me pareció demasiado pequeño para tanto ocupante, hizo falta que vinieran los bomberos, que terminaron su trabajo cuando empezó a salir el sol.

Por un momento mi calle se convirtió en el escenario de un film improvisado, y para mí fue más que suficiente por una noche y un día. Son esos momentos en los que reaccionas sin saber cómo, no te paras a pensar lo que está bien o está mal, no hay opción para dudar, sólo para actuar. Y cuando todo acaba lo único que piensas es en lo efímera que es la oportunidad de ser feliz y dejar vivir a los demás.




We fell to earth - The double

sábado, 25 de agosto de 2012

Tu nombre empieza por jota





Te reté para jugar al billar, nadie podía usurparte pues tu nombre siempre estaba en negrita y aparecía por el final de la cola de privilegiados, al contrario que yo, que siempre nadaba entre la p y la s. Pero no fue tu nombre lo que me atrajo, -uhm, ya sabes, ese tan erótico/sexual/depravado y lascivo- fue el perfil que mostrabas de hombre tranquilo, no hablador e indiferente para todo. Como siempre yo escogiendo el camino difícil, queriendo tomar lo que no puedo tener. Fue esa la razón de mi curiosidad por tu forma de jugar. Quién nos iba a decir que aquello sería el principio de todo.

Escribía con veinte años sobre mis experiencias sexuales, siempre me decías que tenía talento y que nunca te dedicaba nada. Pero no era cierto y, creo, que nunca fui capaz de contártelo, esa parte tan vergonzosa de mí misma. Pero sí que había algo en aquel cuaderno tan indecoroso, había una poesía y una imagen donde resaltaban las pompas de jabón naranja sobre un cielo de azul intenso, a pie de foto This is the last time, esa canción que luego acabó en un disco de mi recopilación absurda en tu coche. Así fue como entraste en mi vida, poco a poco, sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin protestas o reproches. Sólo con palabras bonitas, con ganas de escuchar, sin condiciones ni esperar nada a cambio.

Aquella tarde, cuando llegué frente a la puerta del hotel, sabía que estabas allí. Alto, con gafas de sol, apoyado en el capo de algún coche aparcado en la Gran Vía. Polo azul marino, parece que mi memoria es selectiva y sí recuerda los pequeños o insignificantes detalles. ¿Por qué te dije que no te vi? no lo sé, tampoco te dije que recordaba las calles de Madrid perfectamente, que sabía exactamente donde se encontraba el hotel, que la vuelta a la manzana tan sólo fue un pretexto para robarle unos segundos más al tiempo y así poder verte un poco más.

Después me distancié entre novio y novio, entre cambio de ciudad, de vida y de trabajo. Eras tan bueno e incondicional conmigo que me avergoncé de la manera en la que trataba. ¿Cuántas veces me dijiste que aquello no acabaría bien? es que me parece que fueron muchas. Recuerdo que me querías abrir los ojos porque ese hijo de puta me tenía embelesada. La cosa empezaba a no ser sana, y yo, mientras tanto, peor te trataba a ti. Estampé mi rabia contra ti porque a él lo quería, a ti también, pero ya sabes, él era la parte dominante, el encantador de palabras con un poder desconocido sobre mi persona. Te aparté por un instante de mi vida, todo me superaba, tantos cambios en pocos meses, dejarlo todo y empezar de nuevo en ese periodo me tenía absorbida. Por eso cuando te dije que me había mudado a tu ciudad, que vivía allí, tan cerca de mi mejor amigo, no te lo podías creer.

Y la ciudad se volvió amable y agradable contigo. Las primeras cervezas en el bar cercano a mi curro, la barra (aquella esquina) de las confidencias, el cine en francés, mi música en tu coche, los papeles olvidados en la mesa de aquel bar, pendientes que se perdían en las alfombras, tus escapadas para llevarme de casa al trabajo, cuando el trabajo lo tenía a cien pasos de mi casa. La excusa para vernos y hablar una vez más. Pero no fui sincera del todo, si es que callarse las cosas y no contarlas se le puede llamar mentir. Te fijaste en aquel chico que comentaba en mi blog, me decías que por nuestro cruce de comentarios pensabas que él “estaba” por mí, que yo le gustaba. Y no te dije que yo también “estaba” por él. Que me besó la primera noche, que me llevó a su casa después de cruzar la ciudad en metro, encendió una vela y me habló de amor. Que me quería y nunca había conocido a nadie más dulce que yo. Tampoco te dije que el cuento de hadas se acabó demasiado pronto, que me despidieron, que utilizaron mis filias para señalarme el cuerpo de heridas y cardenales. No te dije que dejaba la ciudad, que mi hogar era una cárcel. Y pasaron los meses sin que tuvieras noticias de mí, porque mi puñetera memoria selectiva, la que se fija en estúpidos detalles, olvidó tu mail, teléfono, tu todo. Y yo no tenía nada, por no tener ni tenía carné de identidad. Qué lejos y qué cerca queda todo eso. Lo que nunca podré perdonarme es que tú fueses la excusa, la coartada y el comodín para salvarme de lo más gordo. Por cobarde, como siempre, y no ser capaz de asumir las cosas que hago, con todas sus consecuencias.

Siempre me animaste a escribir, siempre me decías que tenía talento. Abrí el blog porque otra persona me alentó y me sugirió hacerlo como lo estoy haciendo. Y en parte siento que te debo algo (MUCHO) porque tú fuiste el primero en leerme en todos los sitios por los que he pasado, tú fuiste el primero que me animó para que escribiera y siguiera haciendo cosas positivas con mi vida. No sólo eso; sigues aquí después de ocho años, de mis idas y venidas, sin sermones, sin regalarme el oído pero diciéndome lo que piensas siempre. Ofreciéndote a cada instante, sin cláusulas ni barreras, haciendo que me sienta querida y escuchándome cuando me pongo a llorar. Y yo me siento una persona muy afortunada, porque dicen que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y tú eres mi tesoro. Después de todo me ves escribiendo algo para ti.



Keane - She has no time

sábado, 11 de agosto de 2012

Son tus alas de Poeta





Había un Poeta con su copa de vino y su gabán oscuro de hombre intenso, un amante del ocaso perpetuo y la nocturnidad sin límites –agotada compañía- ni alevosía. Cada noche deslizaba sus dedos entre estrofas de poesías, hilando un cuento de finales tristes y protagonistas efímeros contaminados por la apatía y el delirio de un escritor sin musa, una aberración en las páginas más crueles escritas en la tinta de su propia sangre.

Consumaba la noche, angustiado y solitario, escurriéndose en la copa de cristal, surcando el borde, agonizando tristeza y melancolía sobre los botones que pulsaban las palabras que le empujaban al descendimiento. Un abismo acrecentado por el influjo excesivo del alcohol y el saberse roto y misógino, sin fémina que apreciase un rasguño de su corazón plateado. Y sin embargo el Poeta no lo sabía, no conocía el escritor el calor en el pecho de una robótica que no era delicada flor, ni hermosa musa, únicamente una imaginaria fugaz que -trepando en su prosa- había hallado el aleteo que le impulsaba a volar.

Gélida, sentir la palabra no escrita como un canto de esperanza. Amarlo una vez más, allí donde acaban las palabras y empieza lo desconocido. Despertar de los sueños perdidos aún conociendo el devenir, y saber que antes estuvo allí. Rozar en las yemas el copo de nieve que resbala en su mejilla, y saber que nunca un gesto la hizo tan feliz. La inspiración que no fue, sus metáforas que van llenando el cielo y le enseñan a cumplir deseos. Se la lleva, se la está llevando muy lejos.

Había un Poeta inspirado sin musa, -ella que sí quiere ser- enfureciendo sutilmente la noche, escribe él los versos de un corazón solo y abandonado, príncipe tenebroso enredándose en su red. Por eso te tengo, cuando corre sin mirar atrás, cuando está segura de que nadie huye, cuando hay luz allí donde está él. Donde todo acaba y vuelve a empezar.


Escríbeme algo bonito esta noche... como si no supieras que no existe en el mundo nada más bonito que tú.



Melody Gardot - Your heart is as black as night

martes, 10 de julio de 2012

Conectando







Verano, viaje por carretera. Palomitas con colacao, pies descalzos y Othello. Dormir y soñar. Golondrinas, brisa en la estepa, nube gris advirtiendo la ciudad, sol acechando. Humo. Provincia homónima, historia y río. Plaza, almendra tostada y pan de higo. Jamón y Melibea, café al sol en la cuesta que lleva a su casa. Casa pintada, cena y velas. Amanece. Adiós medioevo, saludos a la sabana de ríos tintos. Piedra, verde, azul cielo, tortilla y paté en el capó. Sube y baja. Atardecer, campo. Balancear los pies en los tatuajes de tu espalda. Otra vez tú. Risas, tapón, olor a gasolina. ¿Dónde te has dejado la cabeza?. Reconquista, vestigios árabes y romanos. Río y vida. Amor, siempre estuve aquí, no me adecué a tu velocidad. Desnudos, corriendo descalzos, colocados, beso, pies mojados. Dolores, ternasco, Cariñena, baja la presión, amor en “colorao”. El Señor Marrón no se equivocó, el Señor Blanco es “el limpiador”. Iglesia, castillo, cerveza, madeja, “idiota, soy yo quien te quiere a ti”. Carretera, Placebo, ¿dónde está la bola?. Pijo, mojito, vodka, chupito, sangría de cava, burbujas, aquí te pillo aquí te mato. Hacer que no te veo cuanto tú me ves. Recuerdo, valle, coche, música, salpicadero y el mapa el cruce de pliegues en nuestros cuerpos. Calor, no tengo pijama, sábana húmeda, piel sedienta. Agua, jabón, acaríciame la espalda. “Tú, metete en la cama”. Frío, luna, estrellas y ventana, cielo… tengo ganas de ti, llama. Escultura de enamorados. Vino, Baviera. Otoño en verano, café, paseo, Desengaño. Siempre estás tú, Barcelona nos espera, septiembre es verano, ven… vamos. Te quiero respirar. Carretera, noche cerrada, quiero tu mp3. Mi amiga, tu amigo, mi amigo, tus amigas, tú (yo). Nunca yo (él). Reír y llorar. Remar, nadar, beber, tocar, fumar y alucinar. Dormir, soñar, tocar(te). Vino, cava, follar, bailar, besar, contar hasta tres y saltar, deslizar(nos), follar, arena y humedad. Llama, desgana. Despierta, resaca. Dame, quiero más.






Placebo - Every you every me

lunes, 2 de julio de 2012

Desconexión








Y cuando vuelva te habré olvidado. Porque la sombra me alcanzará, el sol se habrá evaporado y verano sólo será vacaciones, una estación para los privilegiados que tienen trabajo, dinero en los bolsillos y el poder de viajar. Verano sólo será despedida y volver a empezar (olvidar).


No más cuentos, ni susurros que asfixian, escondida bajo la almohada, no más risas contagiadas, ni palabras corregidas cuando están mal dichas. Porque yo entiendo. No más silencios apagados, no más orgasmos que interrumpen el desliz de la madrugada. No más canciones compartidas que nos hacen soñar, -más risas- entristecen o nos hacen suspirar. Porque yo comprendo perfectamente. No más idiota, buenas noches, nuestros nombres masturbados.


Y cuando vuelva aquello sólo será el reflejo en un espejo, un día malo. Y nada habrá existido, porque de lo que poco cuesta desprenderse nunca existió.




Pol 3.14 - Lo que no ves

miércoles, 20 de junio de 2012

Alineación perfecta (sincronizada)






Seremos la composición de todos los sonidos inalterables
Seremos la alineación de un Universo infinito en su existencia
Seremos todas las luces del día, todos los espacios que aún esperan ser llenados
Seremos los imposibles que se cumplen inundándonos de realidad
También seremos la lógica desglosada del absurdo
Seremos electricidad en la fluidez del orgasmo
La lubricidad de los gemidos proyectados por todos los afectos
Seremos principio y fin
Seremos, juntos, todo lo que queramos y siempre deseamos ser


Sigur Rós - Ekki Múkk

domingo, 17 de junio de 2012

La noche nos confunde








Un irlandés le dice a una inglesa:


 “…I met her yesterday and she really liked, but she didn´t want to give me the phone number”




la inglesa le dice a un italiano:


“él confundido, ella loca y no gusta tu amigo. Mi amigo gusta tu amiga,  y ella perdió su teléfono. Fuck her!”




el italiano le dice a una española:


“ Cazzo! la ragazza loca enamorada de mi amico. Amico gusta tu amiga, él follar por teléfono con amiga”.




la española a otra española:


“tía, que el irlandés quiere follar contigo”




… y yo sin enterarme de nada. 




martes, 5 de junio de 2012

Tormenta de primavera





Salía del trabajo desanimada y angustiada por el despido de una amiga y apreciada compañera, nunca había vivido nada similar y también me preocupaba la idea de que pudiesen prescindir de mí de la noche a la mañana. Los lunes eran un mal síntoma, el comienzo de otra puta semana y yo sentía que de nuevo me llevaban al matadero, agotada de no esperar nada, salvándome o arrastrándome por inercia. Pero este lunes tenía algo especial, quería que fuese especial, por eso había alterado mi ruta de vuelta a casa. El día era un espejismo de cataclismo, un gris plomo que por momentos planeaba sobre el blanco atravesándome con su frágil e innegable luz. Me dirigía al metro serpenteando la naturaleza muerta, sintiendo la violencia de un viento alentado desde el suroeste de la ciudad. Mientras, sonaba en mi reproductor un nuevo descubrimiento, Nudozurdo me sorprendía a mí misma escuchando algo sin precedentes; pues hacía mucho tiempo que ningún grupo español había conseguido despertar mi interés de esa manera. De repente el gris del cielo dejó de ser una amenaza para convertirse en una certeza. Las primeras gotas de agua fueron suficientes para empaparme hasta calarme los huesos. Estaba completamente desconcertada, el bullicio de gente atropellándose en la boca del metro, el tráfico, inicuo, que de repente se volvió caótico y apabullante, me desorientaron por un momento. Pero fueron los truenos y relámpagos los que me anegaron en un pequeño estado de pánico, fue la tormenta de primavera la que me hizo estremecer hasta que me sentí a salvo y segura en el vagón de tren.


Aparentemente el vagón –mi manía de meterme en el último de la cola- parecía lleno, pero nada que ver con la hora punta de la mañana, en la que los trabajadores se amontonan, pelean a empujones, con tal de encontrar un lugar en el que viajar cómodamente. Voy abriendo paso, buscando hueco, y cuando por fin lo encuentro me dejo caer con mi ingénito hastío junto a una anciana que me saluda amablemente. Iba pensando en los planes para el próximo fin de semana, con el puente a la vuelta de la esquina un viaje relámpago a tierras de conquistadores sería el proyecto perfecto para desconectar de la vorágine del trabajo y la ciudad. Supongo que eso me hacía sonreír como una tarada ante la indiferente mirada de los demás. Supongo que ese era mi único aliciente después de año y medio, casi sola, viviendo en Madrid. Entonces algo llama mi atención; un chico con pinta interesante lucha intrépidamente entre los pasajeros que viajan a pie, para intentar conseguir el único asiento que se queda libre. Un par de adolescentes con fachada de intelectuales y un abuelo repelen espavoridos el comportamiento del chico intrépido. Parecía muy cansado, consumado, por una desgana o indiferencia conforme a la mía, como resignado desde hacía años. Por un instante sentí compasión y un sorprendente cariño hacia el misterioso desconocido.


Me gusta observar a la gente cuando voy en bus o en metro, me gusta imaginar qué historia es la que atormenta esos semblantes ajenos a los problemas de los demás. Me encanta examinar el ámbito que me rodea, los que se abstraen en un clásico de la literatura española o algún reciente premio literario, los que viven pegados a sus aparatitos nuevos en la gama alta de la tecnología o los que prefieren perder la mirada en un vacío acostumbrado, compañero ya de viaje. Pero esa tarde yo permanecía casi hipnotizada, atrapada por el extraño magnetismo del chico audaz y arriesgado que viste de negro. No puedo dejar de mirarlo, estudio todos sus gestos: sacude su chaqueta impregnada de hojas y barro, revuelve las manos en su pequeño bolso buscando algo…un pañuelo de papel para secar sus gafas empañadas, mojadas por la lluvia. Es entonces cuando aprecio mejor el color, la expresión, de sus ojos. Puedo perderme en ellos sin pretender encontrarme, puedo suplicarles clemencia tras el desvanecimiento de todos y cada uno de mis sentidos.


Una voz en off me saca del ensimismamiento en aquella mirada mar esmeralda, intenso y  profundo color de unos preciosos e indescifrables ojos. Hemos llegado al intercambiador, una oleada de personas se agolpa en las puertas del vagón, chocan entre ellas, salen y entran, se precipitan con urgencia empujados por la impaciencia de llegar a casa finalizando así la jornada laboral. Suena algo parecido a un silbido, la máquina ligera continúa su trazado bajo tierra. Cuando giro la cara en busca de mi chico misterioso me encuentro, inesperadamente, con su inquisidora mirada. En seguida me doy cuenta de cómo me radiografían sus ojos, como recorren mi rostro y parte del cuerpo, hasta descansar la mirada en mis pechos erguidos por la humedad de la camiseta que se pega a mi piel. Es justo en ese instante en el que empiezo a ser consciente de la familiaridad del desconocido. Sostenemos nuestras miradas, fascinados, inexplicablemente atraídos por alguna fuerza mayor. Su expresión suave también podría arañar su innata indolencia, una templaza que me hace suspirar como una quinceañera enamorada. Sonrío impresionada por el insólito acontecimiento, me estremezco cuando el chico oscuro me entrega una perfecta sonrisa. Murmuran mis labios “te conozco”, que no era él ningún desconocido.


Se vuelve a parar el tren en la siguiente parada, la anciana que me acompañaba en el asiento de al lado se despide de mí al bajar y entonces tú -chico de la tormenta de primavera- te lanzas sobre un mar de cabezas humanas para ocupar ese lugar.


- Te conozco, chica, pero quizás tú aún pululas perdida en la nada 
- Lo sé cariño, yo también te conozco ¿por qué crees que te he sonreído?
- No sé, ocurre algo extraño, te he visto y no he podido dejar de mirarte, sostener tu mirada, de alguna manera eres lo único amable que encuentro en esta hostil ciudad
- Creo que engrandeces tu impresión, extrañamente a mí lo que me ha llamado la atención ha sido la opacidad de tus expresiones. Tienes algo…
- Hostia, me tienes atontado
- Jajaja vuelves a exagerar. No se por qué me siento tan bien a tu lado
- Esto es raro de cojones, vamos muy rápido ¿no crees?
- No, lo que pasa es que los demás van demasiado lento
- Me gusta sentir el tacto de tu piel, es suave
- Y a mí me encanta lo que siento cuando me tocas, ni te imaginas cómo me gustaría que siguieras acariciándome.


Un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando siento su piel en contacto con la mía. De manera instintiva he acabado acercando mi cuerpo, que tiembla, al suyo que se acopla a mi movimiento de cabeza. Busco su boca y me encuentro sus labios que se abren para recibir la humedad de mi lengua. Se entrelazan acariciando delicadamente las papilas gustativas, ansiosas, inflamadas de excitación y deseo.


Otra brusca parada nos devuelve a la inmunda realidad. Es tu estación, es el momento de la despedida o la decisión de continuar con la historia de dos desconocidos que se conocen en mitad de la tormenta…




Lyle Mays - Long life