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viernes, 3 de julio de 2015

Masturbación DeMente






Es cierto, nunca fui un chico, nunca sentí ese trozo de carne irracional balancearse en mi entrepierna, tampoco me regocijé o presumí en mi madurez envuelta en brumas testorerónicas perdidas. Pero sí, reconozco que me comporté como tal, admito haber usado vuestras bestias púrpuras una y otra vez, sin restricciones, con el único fin de saciar mi apetito voraz. Y es que la desazón en la oquedad -a ratos apática- clamaba justicia; un poco de niebla para esta sequía, me repetía continuamente. Sin embargo una noche más ha pasado lo que suele pasar, no supe aguantar el tsunami de hastío y alcohol, y en esta ocasión no acabé envuelta en brumas de testosterona, sólo me compadecí de mi mala estampa y mi poco juicio, descoser mi alma como cualquier mujer herida y no por ello quedarme en el intento. 

El caso es que aquí estoy, podría decir tres, cinco o seis y media de la mañana, pero el aturdimiento me impide distinguir. Madrugá de un viernes que empezó siendo jueves o de un sábado que empezó siendo viernes, ya te digo que aún ando apabullada por las circunstancias. Aquí estoy, lúcida, mientras otra víctima desconocida dormita muy cerca, habiendo ingerido una cuarta parte que yo, entiéndase de alguna bebida o sustancia pegajosa. Aquí estoy, planteándome cosas que pienso hablar con vosotros, contigo, en la semana que empezará muy pronto, más correcto sería decir próximamente. A ver si conseguimos estar un poco alterados de conciencia para paliar el desfase físico que tanto daño nos está haciendo, por cierto.  

Existe, también, eso otro… ya sabes, en realidad soy una tipa violenta. Odio a los perros oliendo mi rastro, pegados a mi culo. Odio las mierdas de los perros desperdigadas por la calle. Odio a los dueños de los perros, altivos, sabelotodos y empalados, con sus correas y sin bozal. Detesto a los niños, esos cachorros de otras perras. Odio sus chillidos histéricos cuando se acerca el camión de los bomberos. Odio con igual simpatía a mis vecinos a y a los viejos que colapsan la EMT recreando tanta maloliente senectud que dan ganas de vomitar. 

Soy una rara. 

Soy una chunga que, mientras su víctima duerme, desbarra cosas prohibidas a quien aún no duerme. A quien sea capaz de seguir este ritmo que, a veces, es tan fácil como los viejos Körn en un nuevo disco bramando el despertar de la paranoia. Nunca me sentí tan bien como eructando el peligro de aquellos amantes vuestros psicópatas, acechando algo que tardasteis demasiado en asimilar. O quizá fuimos los dos, pero ya importa poco. Ojalá nunca sea tarde porque sólo somos amantes de la muerte. 


Miro el reloj y sólo han pasado cinco minutos desde la última vez. Resulta fascinante la capacidad de las mentes y los cuerpos y sus esporas. Resulta perturbador pensar que dejé de escribir cuando encontré cierta pausa emocional más allá de cánceres psicópatas. Pero dejé de escribir, lo cual es MAL. Nada es suficiente cuando te mueves más al margen que en la red que los imbéciles solían leer. Recuerdo algún bilioso correo, todo perturbador y narcotizante a la vez que escandalizado, donde el tarado de turno me hablaba sobre el riesgo de conocerte y sodomizarnos con un arnés. Nunca me molesté en sacarle del error. Nunca le dediqué más de los tres minutos de rigor para mostrarme favorable a la mutua (tuya ó vuestra y mía) dilatación anal para su escándalo y desconcierto. 

Pero ahora empieza un tiempo nuevo. Ya pasaron las tormentas estériles, las que no protagonizamos, y los períodos de cadencia rozando el suicidio. Ya pasaron invierno y primavera. Ya pasó lo peor, amigos, y tenemos una edad. Ya sabemos lo que podemos esperar de nuestros mediocres acompañantes (entre los que nos incluyo) pues te sé tan bien como tú a mí. 

Siempre es lo mismo, la duda. Siempre la oscilación que puede empujarte al abismo. Siempre la armonía capaz de conciliarlo todo. Siempre el desgarro y la fugaz sensación de vacío a cambio de mediocridad. Siempre los filósofos violando analmente humanidades enteras, pero quizá sea posible cambiar. Pronto tendremos la charla y la necesidad. 

Pronto descubriremos lo que siempre estuvo ahí, o no. Pronto volveremos a degustar el lado raro de la moneda.



Korn - Paranoid and aroused


miércoles, 23 de abril de 2014

Despertares





He vuelto a rememorar los días de vino y embriaguez. Los días en los que me revelaba como algo indiferente, violada por la impaciencia de una permuta que no llegaba, follada por cualquier ente de capacidad resolutiva. Evocando la jaula de aquel pájaro añil, coaccionada su holgura, el espejismo sobre el que planeaba la euforia de días incontables. He invocado la psicodélica mujer que me vistió, elogiando los días enajenada por las sustancias que me corrompían. Oh sí, esa bastarda aplaudía cualquier malabarismo, y yo me mecía en la incuria de mi perezosa apatía. Así viví a bocanadas, tejiéndome un traje de alquimia y neón, para no verte más, para no saberme fría, inerte, pausada, oscura, efímera, drogada, inflexible, herida, pusilánime, cautiva…

Así me hallé en la negrura de un sueño, donde no se oían pasos, donde los signos vacilaban entre la salvación y la esclavitud, sacrificio, ingratitud; caprichos obsesivos que anticipan los despertares. Me humedecía los párpados, cosidos con plata de mal agüero. Y desperté siendo yo, vulnerada por el fantasma oculto en la caja de marfil. Pero a solas, con los hombros atrofiados por el peso de un mal sueño.


Azure Blue - Time is in our side

sábado, 8 de marzo de 2014

Fearless





Y sucedió, y se fue. Las estaciones, la climatología, los relojes, tú, el resto, yo... y vino, la música, la risa, un color nuevo, carencia de ser, los trabajos, la sorpresa, privatización sensorial, el nuevo comienzo, la actitud. La vida.


Sucedió y aún no deja de ser una página en blanco. Empezó y fue sucediendo lentamente, poco a poco, ya sabes… “pausadamente –dices- te describe mejor” y eso es lo que quiero.

Y ahora expiaré mis pecados bajo el caño de agua fría, aislar el mundo de Alex en algún lugar de ahí adentro. Veré mi reflejo en el espejo y, mientras unto mis pestañas en rimel, ensayaré un nuevo gesto que rompa ese eterno silencio. Sí, el que queda cuando aparece la larga sombra, la que nunca deja de espiarnos. Para entonces ya me habré enfundado en mis vaqueros, habré olvidado por casualidad el sujetador sobre la cama y habré rodeado mi cuello con algún pañuelo.

Llegaré tarde, como siempre, y tendré que besar a todos, uno por uno, las palabritas de rigor y algún chiste fácil para dejar escapar los nervios, el aleteo de esas polillas empuñadas alrededor del músculo generador. Entonces me buscarás con la mirada, tropezará con la mía y nos eternizaremos en un compendio de imágenes que vuelan a cámara lenta dentro de nuestra cabeza. Me encontraras más tarde, nos perseguiremos durante la noche, hallaremos excusas, fabricaremos coartadas que nos permitan un centímetro más de acercamiento. Y cuando estemos frente a frente, cuando vuelva a sentir que tu perfume me conduce a un viaje remoto sin retorno, cuando la música anuncie el final de la noche, entonces, justo en ese instante, volveremos a empezar.


Sea como fuere, así quiero estar, eso es lo que quiero. Comienza la cuenta atrás. Así es mi vida ahora, vivir sin miedo.



miércoles, 29 de mayo de 2013

I'm in love





Te colocabas el antifaz negro, rojo oscuro, con tu mejor sonrisa, mientras yo me dejaba besar por el camarero del Titanic la primera noche del año. Eras guapo, mucho, probablemente el chico más guapo del local, pero yo jamás me habría fijado en ti, pues siempre me gustaron los feos, convirtiendo sus taras y defectos en algo maravilloso y extraordinario, algo que les hace especiales e irresistibles para mí. Te besabas con una chica preciosa, de infarto, probablemente la chica más preciosa del local. Pero en mi mente encajaba más un perfil homosexual en tu persona, porque cuando nos presentaron te asocié –sin querer- a la loca de pajarita roja a la que ahora gano a los bolos, tal vez porque fue él quién te saludó con más efusividad. Buscaste mi conversación y yo te respondía completamente embriagada por las nuevas sensaciones de la noche, un mundo se abría ante mí, estaba a punto de cambiar mi vida y yo sin saberlo me dejaba mecer por un deseo tullido, algo corrompido, por el paso del tiempo. Dejaba que el color de las luces refulgentes acelerara mi pulso tambaleante a las burbujas de la copa. Bailamos, creo, me hablaste de un sentimiento triste por la lejanía de tu familia, me parece. Y tu flequillo rebelde desapareció en la noche o fui yo, que me fundí con tu amigo y compañero, el del Titanic uniformado. Esa noche no advertí la importancia de tu presencia.

No pensé en ti, no reparé en ningún momento contigo, no se me había pasado por la cabeza volver a encontrarnos. Siempre voy creando una película en mi mente con todas las cadenas de sucesos, como ir encolando cada fotograma hasta que consigues un film de puta madre; es divertido y me ayuda a vivir las cosas una segunda vez, una tercera o quizás muchas veces seguidas. Era extraño, tu nombre salía en muchas conversaciones  sobre el mantel de la mesa entre semana, entonces a mí sólo me venía a la cabeza la imagen de tu pelo revolucionario y todos rodeándote en círculo para reírte la gracia, para aplaudirte en tu baile más estrafalario. No te voy a engañar, sólo había hueco para Jonathan en mis pensamientos, su beso, sus labios y nuestros cuerpos siendo uno en mitad de la pista, el idioma era lo de menos. Fueron curiosos los días en los que pensaba que había sido una triste pero excitada Cenicienta, una princesa rescatada de las mazmorras de un castillo tenebroso solamente por una noche, una en la que todo valía y yo era una persona más fuerte, no tenía miedo a las represalias, luz verde en el camino, diría B. Pero después volvía a ser encarcelada por un verdugo maldito, volvían mis ilusiones a ser sueños de papel quemado, esfumándose todo lo que había conseguido por unas horas noctámbulas.

Unas semanas más tarde un hermoso ángel se apareció en mi celda, abrió una ventana por la que me ayudó a escapar, aunque siempre debía volver, para que el carcelero no me descubriera, así hasta saber cómo romper definitivamente estas cadenas. Ese ángel sisea cerca de mi oreja, me lleva de un sitio, a otro, y me muestra qué mundo hay ahí afuera, qué puedo alcanzar yo, qué no debo perderme. Y el día cambió cuando me compré aquella camiseta naranja de Mickey Mouse, una copa de bienvenida, la música perfecta y tú hablándome pegado al oído para no despistarme.


La carretera uniendo puntos estratégicos con ruido de fondo. Una pequeña Italia donde el aroma se funde sobre la fruta de tus cabellos, donde los pingüinos nos hacen cosquillas hasta reventar las tripas. Tubos en la bolera donde los ombligos al descubierto recogen las babas de tú (también yo) despierto. Nuestros cabellos revueltos en el piso, mechones cortados mientras el té reposa. Y siempre hay una cena que inventar, un menú de tu inteligencia creativa, desayuno en la cama, la ducha sin agua fría resbala en las espaldas enjabonadas, mis camisetas en tu cajón, los ensayos del grupo los lunes por la mañana, la barbacoa y las fiestas post-incineración, música nueva, el cine sin subtítulos, el curry y perder unas partidas al billar. Y las luces de la feria, las bombillas brincando sobre nuestras cabezas mientras el agua se desliza campante bajo nuestras piernas. Un charco, otro charco, orgía en la discoteca, se ha hecho luz y tu cama me está esperando. Compartir tu hierba y caernos de risa con tomates en los ojos. Buscar un trío y acabar enredados en tres lenguas. Devorar la playa en una noche, inyectar la arena con la linterna buscando lo perdido en mitad de una borrachera. También pedalear y pinchar la rueda trasera de tu bicicleta, las tapas y las cuarenta y dos cervezas cuando "la lola" acabó pasando la revisión. Los cumpleaños, el legendario y el mundo naranja, una mosquitera, un festival, tarjetas. El hambre invisible acaricia mi nuca mientras llegas, cruzas el umbral, te espero, me rodeas y ya no puedo distinguir el azul o verde de tus ojos, sólo la suavidad de tu piel aferrada en mi cadera. 


Y ahora ¿qué te digo, amor? he atravesado todas las barreras posibles de tu mano, lo inimaginable son los alicientes que aún me hacen seguir caminando. Otra vez tu cama, la vainilla, la piedra con luz alumbrando mi primera vez, nuestra entrega. ¿Dónde estabas? te digo. Y mientras mis piernas se abren, mis entrañas acarician tu polla que nunca encuentra fin, mis pezones se revelan cuando la perfección de tus colmillos intenta dejar huella. Estamos haciendo el amor. No me voy, me quedo, porque tus sábanas y tu mundo es el único lugar en el que siempre quiero vivir. Porque ya conoces mi universo, no quieras perderte en el pasado que me encerró, ya no hay carcelero, solos tú y yo, y si no…, si no, siempre nos quedará Sudáfrica. 



miércoles, 2 de enero de 2013

La última cena del Titanic es el primer polvo del año





Noche de estrenar, inaugurando año, aceitunas flotando en las burbujas del champán que rebosó en la copa, derramándose el tinte en las manos del papel de regalo, revienta el cristal de mellas vacías. Un castillito de fuego iluminando las sosegadas e impenetrables aguas del mar, mientras ella sazona el azul de la tarjeta y desdibuja el centro de la flor aparentando el puntito de la i, mientras en la colina los privilegiados comensales disfrutan del último festín: entre el salmón con salsa muselina y el pichón asado con berros no se hundiría el barco, pero él haría tambalear el nacimiento del mismísimo océano, innovando malabarismos con la bandeja en sus manos. Veinte grados de temperatura no fue ninguna quimera, ni la purpurina tornasol secándose en los labios deformando bocas en monstruosidad, ni el Gucci apagando el Shiseido impregnado en la sensible piel de las clementinas. Igualmente no existía alucinación alguna en las plumas inertes que flotaron en el aire cuando relegó el número par y mimó el impar que cargaba una trampa de advertencias, un diablo hurgando en la inmaculada desaborida, atea, hambrienta de fuego, tejedora de mentiras podridas. Y se abrió paso entre el tumulto de carne huérfana, cabellos relucientes brillando entre los destellos de un vestido tallado en gemas espectaculares, sorteando la desgracia del pie equivocado y las manos que van al vicio. Destilaba el vodka en el fondo del vaso, con mucha camaradería  haciendo las pompas de limón cosquillas en la garganta. Y extasiaba el licor, la música, la risa, la suave maría, los sabores incrustados entre desconocidos que por una noche se frecuentan vestidos con trajes prestados, que se tocan contagiados por un embriago de dulce espera, un esperanzador aliento y una tregua sólo por una noche, esa noche que te hace estar vivo un momento. Protegida en el círculo no concibe la presencia del uniformado sin galones, un festivo decorado en sus hombros le devuelve el brillo a los ojos. Danza su cuerpo en un vaivén dulce y prolongado, él se acerca y la envuelve desde atrás. Se va pegando. Lo va notando. El tamaño de su polla se amolda perfectamente al hueco de sus nalgas, comienza, entonces, el ritual de cortejo recorriendo el cuello con los labios. Se apartan de la cortina de humo, de la tarima y el dj delirando bajo cientos de bombillas de colores. Se deshacen en la oscuridad evocando al jazmín del verano, al aire libre, entre azucenas, eucaliptos, madera y manzanos. Desafiando el tapete de la mesa del billar, fluyendo carne y fluido, lengua, orgasmos y humedad. La primera noche del año, fingiendo que no son, follando dos desconocidos con alevosía y nocturnidad, ya están condenados.


Crystal Castles feat. Robert Smith - Not in love

jueves, 20 de diciembre de 2012

Engranajes






Ringggggg suena el teléfono –contando los primeros acordes el tono no pasa de these matters of security- a las cuatro y veinte de la madrugada, vibra la almohada pero afortunadamente el circuito nervioso permanece inalterado. Un hilillo de voz tenue, un hombre casi moribundo, habla al otro lado.


-¿Eres feliz?
-pues…no, claro que no
-¿por qué las buenas personas no pueden ser felices?
-tú eres una buena persona, deberías ser feliz
-tú también lo eres, eres buena tía, he visto tu sonrisa incondicional, tu…
-¿me hablas de absolutismo? sonrío cuando los críos han recogido su ropa o me besan después de explicarles un ejercicio. Es… no se, una recompensa. Después me hundo en mi propia mierda, y te aseguro que el hedor no me deja ni siquiera dormir
-vaya, no conocía tu faceta escatológica. ¡Si tienes cara de caramelo dulce!
-sí, claro, pero los caramelos también se pudren, y echan peste. ¿Sabes qué pienso? deberías ser un hijo de puta, seguro que las cosas te irían mejor
-¿soy buena persona? es que creo que sí lo soy, merezco, al menos, que se valore lo que hago
-joder, sí, lo eres, es lo que te he dicho antes, al principio. Nunca va a valorar nada, y sabes por qué, porque es una acostumbrada. Se acomodó en ese sillón de piel blanca a repartir hachís y colocarse con el humo del incienso. Luego, tú estás ahí para el resto, y el resto ya sabemos que es TODO
-tía, no entiendo por qué te pusieron los cuernos; eres simpática, tienes luces y encima eres follable
-uhm, sería por el olor, me cambiaron por una vaquita que olía a leche caliente
- …



Hablar de felicidad en estos tiempos casi me parece una frivolidad, y pensándolo durante un rato, tirando del hilo de la memoria, me he dado cuenta de que nunca he conocido a nadie que sea feliz. Ni siquiera el más bendito de los ignorantes, porque hasta el niño inocente de cinco años llora, patalea, y hasta destroza las demás rodillas cuando le quitan el juguete que tiene entre las manos.

He vuelto a rescatar a Punset, porque recordé la teoría de que se es feliz mientras tenemos en mente el objetivo, mientras manejamos los medios para alcanzar el fin y vamos dando forma a las conjeturas. Cuando consigues el objetivo, dicen, que no queda nada. Recuerdo cuando se casó una de mis mejores amigas; le llevó un año preparar la boda. Todos los días la veía sonreír mientras cuidaba de todos esos estúpidos y típicos detalles. El día de su boda me dijo que era el día más triste de su vida, y se esfumó en la velocidad de un rayo. Después vino lo del niño, planear aumentar la familia, después el bautizo, una fiesta de cumpleaños, etc. ¿Seríamos felices sin propósitos, sin fijarnos metas?
Yo creo que sí, que queda disfrutar de lo conseguido. Pero…


Pd. joder, quién coño vive en Suecia



The Rosebuds - Life like

sábado, 24 de noviembre de 2012

Respirando(te)





Un año espiándote por el cerrojo, deleitándome con tu soledad, tu humanidad y tu ocaso, tu desamor y tu literatura. Un año husmeando por el pequeño y absurdo agujero, desfilando ante mí un sinfín de marionetas, ilusiones cartón piedra, vapores corrompidos por la melancolía, cartas de amor a una destinataria puta y cruel, ciclotímica, hastiada, culta e inteligente, imaginativa, de difícil carácter… y otras féminas me dejo en el tintero, porque fueron muchas las musas que inspiraron el néctar de tu pluma. Me tomaba un café mientras recogía los mil pedacitos en los que reventabas tu alma cada madrugada. Los reunía y amparaba con un extraño cariño desconcertante, no entendía bien cómo habías llegado a despertar en mí un lado tierno, ese que nunca tuvo una zorra fría como yo.

No conseguía ponerte rostro… miento, nunca podía imaginar tu sonrisa o el color de tus ojos, si eras alto o muy bajito, gordo o delgado, porque los rasgos físicos nunca me dirían quién eras en realidad. Sólo sé que escuchaba la banda sonora mientras me consumía tu imagen en una bañera, la cuchilla en una mano, tu muñeca resbalando por el asidero, tu sangre patinando por los azulejos. Me colaba en cada párrafo y otras veces era una soga en el cuello, un corazón arrancado de cuajo envuelto con papel bonito y un lazo de regalo. Y cuando estaba en pleno descenso, a punto de arrastrarme contigo, el azul a pie de página me hacía mirar hacia arriba y recrearme en el humo de tu cigarrillo. Así te veía yo. Verás, en las clases de informática iba a buscarte, tenía esa insólita obsesión por descubrir tu grado de decadencia en esa luz del día. Y ahí estabas, preparándote para escanciar la noche. Con tus delicadas manos de poeta deslizándose por el lienzo, una hoja en blanco exhortando tu delirio, pasando tus dedos por la barba, la que me pierde mil veces antes de darme cuenta que me he rendido. Te veía con la botella en la mano, tu morro pegado a las aristas verde oscuro salpicado en rubí y la apatía contaminaba las paredes, el humo de la habitación. Los zapatos abandonados en la alfombra, la que quemaba bajo la desnuda planta del pie. Y ahí abajo se acumulaban todos tus infiernos, una colección de sacos de huesos y miembros mutilados. Y cuando ya se hacía mi noche, cuando me metía en la cama después de sobrevivir a mi averno particular, te acunaba en mi pecho para que tú también sobrevivieras una madrugada más. Ya te amaba entonces, cuando no te conocía, cuando no sabía que amor existe y mi frigidez se permitía un golpe más. Si puedes encontrar el amor, a continuación, te olvidas de todo.

Sería eso lo que me llevó a rellenar aquella postal de San Valentín, que el rosa ya empezaba a tomar holgura en mi paleta de colores y ansiaba descubrir el calor de tus notas risueñas o tristes. Y cuando me abriste esa puerta yo creí perder la conciencia, qué era eso que sentía que me hacia perder el equilibrio y me agitaba la respiración. Entiéndeme, tenía que buscar referencias y cometí la mayor de las torpezas, preguntar a quién hacías sombra; un coleccionista de venas azuladas que jugaba a ser encantador de serpientes, príncipe tenebroso y nocturno escritor de alma borracha. Me aconsejó que tuviese cuidado contigo, pero no se por qué, al menos en ese momento; ahora entiendo… temía que tú le robases el protagonismo. Confié en él al principio, pues la frialdad que tú  me mostrabas me limitaba, me entristecía,  pero poco a poco él se fue desvaneciendo, mientras destapaba su mundo de mentiras podridas, y poco a poco tú me demostraste que eras la única persona capaz de poner un poco de coherencia y criterio en mi vida.

Quizás esa vida no ha sido del todo mía… me he ido, he vuelto, entre medias me he quedado, he sido cometa volando en ti, siendo tú el único cielo, o has sido ese tipo de héroe que jamás pensé que existieran. Y ahora que te tengo tan cerca sólo quiero cuidar de ti, dibujarte una meta, conseguir que levantarte por las mañanas no sea despertar y continuar en la pesadilla, firmar un objetivo, que la caída no está prohibida -la depresión sí- cuando hay alguien a tu lado que sonríe por y para ti. Y aunque los grises amenacen tormenta, haremos del azul el paraguas que nos proteja.

Amor, cómo no me voy a sentir afortunada si es que yo soñaba contigo cuando aún no estabas en mi cabeza, yo me fijaba en ti, deliberaba la risa y el llanto, me levantaba o bebía contigo, incluso llegué a amar a  los gatos, sólo que tú nunca te enterabas de mi presencia. Cómo no voy a sentir este privilegio embalado en papel acolchado, cubierto de pompas jabonosas y láminas de acero. Si las musas fuesen plenas conocedoras de la parte que yo tengo, llorarían lágrimas de sangre y tinta, morirían de celos.

Empaqueté las velas en las cajitas del consolador, guardé la lencería en la bolsa delicada y fina. Puse a enfriar el vino en la nevera, compré el incienso vainilla y limpié mis zapatos de tacón. Me llevo un par de poemas de la estantería, quiero guardarme tu voz, y pusieron violetas en mi pelo en la peluquería, para que atesores mi olor. Ya estoy preparada, siempre querré volver, siempre, una y otra vez, tú tan sólo ábreme los brazos, amor.


Metric - Breathing underwater

lunes, 12 de noviembre de 2012

Mi sueño (un mundo para ti)







“Cuál es tu sueño” me lo preguntas con ese tono de voz que me derrite, que me tocas y se pueden colar los dedos de lo blandita que me vuelvo a tu lado. Que no sea una niña pequeña y conteste cuál es mi deseo, qué me gustaría que pasara ahora contigo. Pero estoy viviendo mi primer amor con algo de retraso, da igual que no tenga quince años, yo veo rosa y corazones por todas partes. Claro, he pasado de niña rural a niña rural ñoña y pegajosa, pero y lo feliz que soy yo qué, eh. No quiero que se vaya esta sensación, no quiero volver al gris ni al sofá, no quiero aislarme más en la habitación y cerrar la ventana mientras hundo cara y desgana en mi almohada. Por eso no puedo evitar reírme nerviosa, no quiero que descubras cuánto me gusta soñar despierta, todas las mariposas haciendo de las suyas ahí dentro, y tu voz subiendo por mis piernas, hasta llegar a ese lugar que tan bien conoces tú, un hogar que ya es tuyo.

Cuando cierro los ojos pienso en las cosas pequeñas, esas que a mí me llenarían tanto, y que por ser tan nimias nunca llegué a conseguir. Y te veo ahí, enredando, siendo la otra pieza del puzzle que encaja en la estructura más perfecta, porque contigo mis posibilidades se multiplican por infinito. He contado los segundos y los pasos de vuelta a casa después del trabajo, porque sé que estarás terminando un libro y yo me muero por descubrir esas letras en tu mirada. Te acercas a la puerta y mis ojos brillan cuando te veo apoyado en el umbral, tu sonrisa evapora en bruma las agujetas de la jornada laboral y colgarme de tu cuello es la mejor recompensa al exhausto día. Disfruto en la cocina después del baño de espuma con sales minerales que nos hemos preparado. Me gusta rodear tu cuerpo con mis piernas, me gusta transmitirte la sensación de mis dedos extendiendo el jabón por tu espalda, mientras nos contamos qué tal nos fue el día. Te beso mientras aprisiono tu dorso, no quiero que escapes, no quiero que te escurras por el sumidero, me aterra la idea de verte volar. Me gustan tus ensaladas pero hoy prefiero sorprenderte, hoy prefiero salpimentar el solomillo y reducir la salsa, mientras tú sirves dos copas de vino recitándome un poema, la banda sonora es la nuestra, esa que ves aquí. Estás delicioso cuando te concentras en ese abismo de palabras, cuando te acercas a mi espalda para abrazarme desde atrás después de tirar del lazo de mi delantal. Tu respiración tan cerca de mi oreja, resbalando por la nuca, me enternece y excita a partes iguales. Y proporcionarle al sofá una usanza que desconocía, entre rollos de plumas y pelusas de lana. Compartimos ese otro arte en el que nuestra estética coincide, como en tantas otras cosas que obvié cuando me negaba a ver la evidencia. He llenado la casa de notas de colores, cada nota esconde una pista y las señales te conducen a un premio, al final del juego divertido tu curiosidad de niño travieso es lo que más me enorgullece. Las opciones bucean en este instante en tu pensamiento, más tarde, si quieres, te puedo susurrar al oído en qué consiste tal recompensa. Quiero llevarte al museo para jugar al escondite entre Velázquez, Tiziano, Goya y El Greco. Enseñarte que también hay un hueco en las butacas de la ópera para los menos elitistas, los que prefieren a Wagner o Handel con vaqueros y camisetas de rock. Y tú me llevarás al parque, a pasear bajo la lluvia para meter los pies en todos los charcos, a jugar un cartón en el bingo para mostrarte que me llevé toda la suerte el día que me encontraste. Me mostrarás dónde se esconde la magia de la ciudad, la que sólo puedo descubrir si voy de tu mano. Tantas y tantas cosas que únicamente puedo conocer porque eres tú el que me las revela, el que las inventa o le otorga el sentido que tienen. Aprenderé a recitar, a escribir una poesía que lleve tu nombre y esencia. Medir los metros cuadrados y usar los perfectos para una cama grande, tuya y mía, y pintar la habitación de un color que todavía no se ha inventado, pero que no sea naranja. Te buscaré de madrugada, cuando las heladas del invierno violen nuestra habitación, enlazando mi pie entre tus piernas, transmitiéndote mi calor. Me pegaré a tu espalda cuando caigan las hojas en otoño, deslizaré en ella los sueños que cayeron de mis cabellos, para compartir contigo un mundo mejor. Abriré mis ojos en primavera, y sin duda, daré gracias por verte a mi lado, porque no podría tener un mejor despertar. Hoy te quiero hacer feliz y enredar mis dedos en tu barba. Y cuando verano bañe de sudor todas las certezas, serás tú el que me busque al otro lado de la cama. Mi cuerpo reaccionará a tus caricias, mis labios buscarán frescura en tu lengua y sólo entonces te susurraré “Me gustaría ser follada con amor” porque nadie mejor que tú, nada mejor que sentir todo este amor, para perder mi virginidad. Que me sientas dentro de ti, sentirte dentro de mí, es lo que más deseo en este mundo. Sólo entonces estaré verdaderamente completa. Buscaré, como ahora, tu nombre en la sopa de letras, y encerraré la palabra en un corazón. Cuando crea haber perdido la seguridad que me regalaste me enterraré muy fuerte en tu pecho para tomar un nuevo impulso, esta vez mucho más grande. Y haré que cada día sea único, te arrancaré sólo sonrisas, porque lo mereces, te mereces la mejor parte de mí.

Ese es mi sueño, eso es lo que quiero, crear un mundo para ti donde sólo quepa la felicidad. Juntar mis libros a los tuyos en las estanterías, ir a recogerte a tu trabajo el día que menos lo esperes, regalarte una flor. Jugar a ver quién adivina los primeros segundos de una canción, escribir un cuento a medias para leertelo la noche que no puedas dormir. Despertarte con un zumo de naranja recién exprimido, llevártelo a la cama para que no te tengas que levantar. Retarte a los videojuegos y picarte para no dejarte ganar. Recorrer los pasillos del supermercado empujando juntos el carrito, y sobre la marcha inventarnos una receta para cocinar juntos. Rociar con mi perfume una de tus camisetas, para que al ponértela te recuerde a mí. Robarte tu camisa de cuadros azules, porque me gusta llevarla sin nada debajo mientras duermo. Esforzarme para demostrarte que se puede amar una vez más como la primera. Vigilar y velar por tus sueños, para que no se cuelen monstruos ni dragones, para luchar por ellos y así puedas alcanzar todo lo que te propongas. Un mundo en el que mi calor te abrigue los días de frío, en el que los portazos tengan el único significado de estallar un poquito sin salpicar. Porque luego haré un pastel de chocolate para pedirte perdón y tú besarás mi frente dándote cuenta de que ya me hice mayor, que es una mujer la que te ama, aunque aún guarde un poquito de esa niña rural, sólo para reírnos juntos. Mi sueño es regalarte un mundo conmigo dentro, para que nunca más sientas que la soledad es fiel a tu decadencia, para emborracharnos juntos y caer despacio, y al levantarnos ver que uno está al lado del otro. Contigo he aprendido a sentirme bien cuando me siento bien, razón suficiente para no permitir que nada ni nadie te haga daño. Todo vale la pena si con eso sé que serás feliz.

No tengas miedo, respira tranquilo, voy a cuidar de ti mientras tú me dejes, pero sólo cuando me abras tu puerta sin miedo a llevarme la casa de mi pueblo a cuestas.

Te amo, incluso antes de conocer tu existencia.


2:54 - Revolving



domingo, 4 de noviembre de 2012

Una historia completamente fingida







Carlos nunca estuvo enamorado, al menos no de esa manera que te hace vivir enajenado la mayor parte del tiempo -te ahogas y te mareas todo el rato mientras te duele el pecho-, o te hace contar las horas midiendo la respiración al ritmo de latidos cardíacos.  De esa manera no, él sólo había seguido un guión de cine comercial; interpretar un papel que le hacia amoldarse perfectamente a cada circunstancia, ya que suponía que amar era llevar el desayuno a la cama, regalar flores o inventarse una canción que hablase de amor. Y ahora que por fin había descubierto el significado de esa palabra con cuatro letras, tenía que romper el noviazgo y olvidarse de todo.

Se puede decir que el protagonista siempre fue un poco verde, en el sentido de que nunca acababa de madurar y llegaba tarde a las cosas importantes de la vida. Sí, tenía edad para votar pero no comprendía qué era la política. Empezó a salir con una chica sobre los quince años, aunque tardó un poco más en dar el primer beso. Su grado de dependencia estaba yuxtapuesto al dependiente. Se masturbó por vez primera pasados los veinte e hizo su primera gran reflexión a los treinta. Pero él era un ignorante feliz, sin ciclos ciclotímicos, sin complejos o grandes emociones. Hasta que conoció a una demente que hizo que cuestionase hasta su propia integridad.

La chica andaba algo desequilibrada aunque al principio lo disimuló magistralmente. Trataba a Carlos entre algodones, le ayudó a salir del caparazón entregándole los tesoros más valiosos que una mujer puede albergar. Y él creyó encontrar un paraíso perdido, sin retorno, ¡cielos! creía haber encontrado el estado puro de felicidad. Pero sólo fue un espejismo… pronto la lunática empezó a comportarse de manera neurótica, violenta e inexplicable. El chico temía por su propia vida, pues la mujer trastornada con ojos inyectados en sangre hacía irrespirable el aire, no sólo reducía su caduco espacio, sino que traducía su exasperación en los golpes que le propinaba al subyugado Carlos. Lo anuló, lo borró de cualquier parte e hizo de su existencia afrenta y deshonra. Aniquiló su valentía, su risa, su devenir, y patentó el síndrome de terror e infierno que acabarían reduciendo a Carlos en una acumulación de defectos y fallos. Así pasó un tiempo hasta que la perturbada lo abandonó, pero antes de marcharse sentenció al chico de muerte. Le advirtió que todas las cicatrices de su cuerpo no serían nada, en comparación con lo que recibiría si no le guardaba respeto. Esa puta chiflada lo sabía todo de él, lo chantajeaba y lo manejaba como una triste marioneta. Tenía un ojo puesto en él, pese a la distancia, y estaba tan aterrado que era incapaz de pensar con claridad o tomar cualquier tipo de decisión. Con frecuencia le avisaba que estaba allí, que olía sus pasos cada vez que se movía, y al chico le temblaba el pulso cada vez que alguien unía un afecto a su persona, aunque sólo fuesen palabras amables vestidas en mentiras piadosas.

Qué paradoja, el catorce de febrero no habría tenido nada de especial si Carlos no hubiese llamado a la puerta de Inés, o ésta a la puerta de él, pues nunca se sabe qué fue primero. Para el treinta de marzo él ya se había enamorado de ella. Creía conocerla desde hacía mucho, llevaba un año observándola aunque nunca se le habría ocurrido acercarse. No sólo tenía presente la amenaza de aquella chiflada –la innombrable- sino que se sentía ridículo cada vez que ensayaba unas palabras frente al espejo. Probablemente aquella tarde había bebido, lo hacía a menudo para mermar inapetencia y amilanamiento. El alcohol le aportaba la entereza y el arrojo que le faltaba cuando se creía perdido, y el mundo de Inés prometía ser un hogar cálido y providencial, aunque ella se empeñase en cubrir las paredes de color gris.

En unos meses, Inés se había convertido en el centro de la vida de Carlos, le había descubierto un universo diferente entre dos extremos, que el gris era una mezcla de blanco y negro y que él tenía las herramientas adecuadas para alcanzar cualquier propósito. Ella tenía esa seguridad que a él le contagiaba, una sonrisa que embaucaba, las manos más entrañables del mundo. Congelaba el infinito cada vez que se dirigía a él, se evaporaba en partículas imposibles cada vez que leía una de sus poesías. Es que la chica era tan sumamente inteligente como ingeniosa, y tenía esa capacidad de cortarle la respiración al más mínimo susurro de voz. Por eso creó un mundo para ella, un espacio en el que sólo existían ellos dos. Todo llevaba su nombre, la música, las letras, los colores, las imágenes, el mar o el aroma a sexo mojado eran inherentes a su persona. Creó esos cinco segundos que envolvían toda esa existencia. Y sin embargo, él nunca la merecería, cómo iba a tenerle ella en cuenta, si no era nada a su lado, nada al lado de sus amantes pretéritos.

Porque Inés nunca le correspondería. Le gustaba regodearse en arrobas de soledad, trasnochar agotando la realidad, que al final quedaba empañada en un juego ficticio. Supervivencia, por eso se entregaba en los brazos de otros hombres, y Carlos no podía ni mirar los ojos de otras mujeres porque se sentía sucio y vulgar si al hacerlo pensaba en ella.

La innombrable planeaba sobre él, lo mutilaba poco a poco, pero Inés jamás podría verlo. Ella sólo necesitaba que la amasen, una persona que la rescatase de la claustrofobia, una rutina que pesaba demasiado y que apenas podía soportar. Eso originó la desilusión de Carlos, qué importaba que fabricase cinco segundos si ella los convirtió en un chiste, una nimiedad que carecía de importancia. Inés tuvo que romper con el noviazgo, él lo tenía que entender, nunca lo amaría. No le podía corresponder.

martes, 30 de octubre de 2012

Lugares comunes I







Lo único que quebraba el vacío era la caterva de moscas negras preñadas de litigios contra el silencio, en lugares comunes y totalmente diferentes, rehusando arrojar al vertedero todo lo que se rompe. Es el ojo el que hay que mantener limpio, enseñarlo a llorar equilibrando la densidad de las pestañas cosidas a los párpados, lágrima furtiva errando de bruces en su mejilla. Danzar las larvas en el folclore místico que no es más que un hervidero de rutina. Huir de uno mismo disfrazando el silencio de navegantes callejeros, ambulante de misterios y malabarista de signos.

Y con la ceguera aún en la luz de sus ojos despistarse del parque de atracciones, cumplir la ley que persigue los cielos, embeberse el hielo que se ha derretido mientras se vuelve ceniza la ropa que te ha protegido. Y ya se ha olvidado de todo cuando mira sus venas y se da cuenta que no pueden soportar mucho más. Que todo solloza veneno y se desploma  mientras las alucinaciones se cortan a través de este cable enmohecido.

Las palabras penden de la cabeza de alfiler, dijo que ahí cabía el universo y se bebió todo el cosmos sin oxigenar el líquido. Nunca era demasiado si no colgaba el cuello en el olivo, si el tronco no conservaba los gusanos del leño podrido, no era suficiente si no se deslizaba de puntillas por la ciudad brillante o si subía tan alto que se volvía inalcanzable. Siempre estaría ahí el aliento de las sombras, atormentando su nuca, gateando por la espalda.

Abiertas las jaulas los pájaros volaron, las plumas diseccionadas rasgaron su garganta. Se ahogaba en ella y quemaba el vacío, complicarse induciendo el sueño, vomitando amnesia, supurando el duelo, mitigando reposo absoluto.  




lunes, 22 de octubre de 2012

Centro






Hace un año montaba en una montaña rusa de la que ni quería, ni sabía cómo bajarme. Los subidones, cuando el vagón se asomaba al precipicio, me cortaban la respiración y desde la cima yo me veía más grande, menos limitada y más capaz. Las nimiedades se quedaban en tierra firme, ese lugar extraño al que yo no creía pertenecer. Me perdía en las alturas buscando estrellas que ni siquiera existían, dibujando figuras geométricas sin ningún contenido, soplando globos que no llegaban a ninguna parte. Más tarde yo iba disminuyendo  la fiesta de colores se desvanecía y la profundidad de las escarpas me reducía a un rastrojo de piel muerta en el asiento tambaleante. Estaba en ese dulce y peligroso limbo cuando llegaste tú y me hablaste del centro.

El centro estaba ahí, en la entrevista de trabajo, en las capas de pintura blanca y roja en el patio, estaba en el clavel que floreció con olor a clavo, en la traducción de las canciones en inglés, en las cuerdas de tu guitarra y en tu voz en pleno concierto. Sólo tenía que cambiar lo de dentro, sólo tenía que mudar la piel para endurecer otra corteza, sacar el impermeable y aprender que la palabra amor es más amplia que el significado explotado. Eso y que el respeto debe empezar desde yo misma. Y me aferré a ese centro cuando supe cómo bajar de las montañas rusas, ahora tiro para arriba con todo y, efectivamente, doy un cambio con garantías. Sé que sabes leer entre líneas, por lo que te habrás dado cuenta que ahora prefiero el color azul. Pero eso sólo lo conseguiste tú -sin pasteleo ni peloteo- la única persona con juicio y completamente desinteresada que me pone sobre aviso de mi propia telaraña.

Últimamente me había dado por escribir cosas de la infancia, es curioso porque mis recuerdos son más claros cuánto más se van alejando en el tiempo. Soy incapaz de recordar qué película vi el viernes, pero recuerdo perfectamente cómo es el olor de un pincel mojado, no cualquier pincel, no, justamente aquel pincel mojado en magenta. De la caja con los diarios y el cofre de las nostalgias evoqué mis inicios con las manualidades y los trabajos en casa. Nunca fui capaz de dibujar o usar los colores, me fastidiaba enormemente que alguien perdiera su tiempo en enseñarme algo que yo jamás podría aprender, porque además siempre pensé que para ser pintor, escultor o arquitecto se debía nacer siendo ya artista. Pero cuando acabaron las clases guardé todos los materiales, todos los trabajos que había hecho. Jamás los volví a mirar, siguen entre plásticos que se volvieron un poco amarillos con el tiempo, pero los materiales sí que los he utilizado. Cuando flaquean las fuerzas y no se cómo levantarme, cuando no se en quién confiar, cuando no soy capaz de distinguir entre una inyección de energía o una muy letal, abro la caja de madera con todas esas herramientas de plástica. Me pongo a fabricar un lapicero, una caja para las bolsas del té, un marco para un póster en blanco y negro, cualquier cosa que merezca la pena el tiempo invertido. ¿Sabes qué ocurre mientras? que el caos de ideas y conceptos se van colocando solitos. He utilizado otra vía para llegar hasta centro. Y eso es otra de las cosas que te debo a ti.

Ahora veo a una de las personas más sensibles y concienciadas que he conocido en mi vida. Una persona que se compromete con lo que cree, que pelea por ello y además contagia a todos los que están a su alrededor. Alguien que nunca se rinde, nunca juzga, critica o enreda las cosas. Porque le gustan las cosas sencillas, la transparencia y hacer todo lo que esté en su mano por cambiar las injusticias. Yo me enfrentaría a gigantes por esa persona, le regalaría todas las canciones del mundo, hasta las que aún no se han escrito, acabaría con todos los monstruos por él, abriría la cabeza y los ojos a todos aquellos que no le tratan bien, para que entendieran de una vez por todas que no se puede avasallar y tratar mal a las personas que sólo tratan bien a los demás. Pero sé que lo que yo haga es poco, sé que a una persona tan sensitiva y entrañable como tú hasta la más fina de las gravillas le podría romper todos los cristales de su habitación. Por eso te recuerdo que hay un centro donde esas personas feas no pueden llegar porque sólo es tuyo, es tu centro. Y ahí es donde te veo yo, indemne; con tu bicicleta recorriendo las calles de ese lugar que tanto te gusta, parándote en alguna pequeña taberna donde te tomas una tostada y un café, o una cerveza con esa persona que te cuenta historias que los demás no saben, ni quien, escuchar. Te veo con más fuerza mientras compones, mientras buscas las notas que harán sonar tu guitarra y tu voz. Creciendo en tu trabajo, ese que tan bien haces, sorprendiéndote cada día más por la materia prima, las respuestas y avances de esos pequeños artistas. Te veo sonriendo mientras pintas las paredes de una habitación, y esa habitación se convierte en el lugar perfecto para dormir y soñar.

Y no es pasteleo, es acordarte de la gente que merece la pena, los que un día estuvieron ahí cuando desaparecieron todos los demás. No es devolver el favor, es estar sólo por el placer de estarlo. Y cuando quieras me gustaría que me aceptaras ese café.


Florence and The Machine - Cosmic love


lunes, 15 de octubre de 2012

Nadie detecta la bomba silenciosa





La llamaban Risitas porque nunca podía dejar de reír, además lo hacía con todo el cuerpo, balanceándose de frente y hacia atrás, manifestando su entusiasmo con grandes aspavientos, alborotando cabeza y brazos. Era normal verla pegada a su goma de mascar, y es que siempre figuraba la bola de chicle abultando un sólo lado de la cara. Ponía sus labios en forma de O para hacer esas irrisorias pompas de chicle, y de forma ridícula quedaban reducidas a un triste pedo de aire rosa con olor a fresa y mandarina.

Estiraba mucho su pelo hacia atrás para recogerlo en una coleta muy alta. Sin embargo, unas horas más tarde, eso se convertía en momentos de frustración cuando llegaba la hora del recreo; pues el niño que se sentaba en el pupitre de atrás agarraba su coleta y comenzaba a tirar de ella para hacer notar la eufonía de la sirena. Era la segunda alumna más alta de la clase, incluyendo a los varones, que siempre fueron más tardíos a la hora de desarrollar. Con diez años ya había echado todo el cuerpo, eso le recordaba un tiempo más tarde su propia madre. Y es que una vez pasó la pubertad, Risitas mantenía el escaso metro cincuenta y ocho que medía cuando hizo su Primera Comunión. Dos preocupaciones tuvo aquel día, una era manchar su vestidito blanco de comunión con la sangre de su menstruación; la otra era que se le olvidó qué debía decir cuando el cura la comulgase. Al final fingió un pequeño golpe de tos y salió airosa de aquel embolado. No le gustaba llevar vestidos, por eso siempre la tomaban por una niña poco femenina, algo así como un marimacho patilargo, porque además, siempre jugaba al fútbol, burro, y esas cosas típicas de niños. Qué podía hacer ella, sino adaptarse a las circunstancias. Era la única niña de la familia, dos hermanos y siete primos, tuvo que aprender a darle patadas al balón y escalar árboles para llegar a lo más alto. Mejor eso que aprender a pelar patatas o batir huevos. A pesar de lo poco femenina (ella se preguntaba qué significaba eso, probablemente un agravio ingenioso, como la palabra “indiscreta” de su amiga Blanqui, un insulto de los gordos) de vez en cuando la obligaban a llevar esos vestidos horrorosos de talle fruncido y vuelo pomposo, con flores, globos o cabezas de perro sacando la lengua hacia a un lado. Detestaba, por encima de todo, el uniforme de los domingos; camisa blanca con cuello de bebé y una espantosa falda de cuadros con botones dorados. El conjunto de niña buena no hacia más que crearle dificultades a la hora de subirse en su mountainbike para ir a misa por la mañana. Enrollaba la falda hasta su cintura para evitar que los picos se enredaran en la rueda trasera. Se deslizaba cuesta abajo en una bicicleta sin frenos y con el manillar torcido, le gustaba el peligro y frenar resbalando los pies sobre el asfalto. Se las arreglaba muy mal, fatal, para llegar puntual a esa cita con el Todopoderoso, pues cuando hacia su entrada en el templo la misa ya había comenzado. Habría derrapado entre la gravilla estampando los morros contra algún muro de contención o enganchándose entre los matorrales de una higuera. Lo cual explicaba la sangre de su nariz y los agujeros en las medias a la altura de sus rodillas. También hay que decir que la niña era un poco lerda, se colaba en la sacristía para desvalijar la caja de obleas pensando que el hecho de tomarlas le haría redimir su torpeza y osadía con la bicicleta. Al hacerlo también se libraría de la tremenda culpabilidad que sentía después de levantar su falda para enseñar a los niños del colegio las bragas que llevaba puestas. Menudo lavado de conciencia…

Cómo era antes, eso es lo que debía recordar ella para desprenderse de los complejos del presente, para continuar hacia delante después de ver con claridad y tener en cuenta qué era ella, qué le gustaba, qué la paralizaba mucho antes de haberse convertido en el deshecho del presente. Pensó que su infancia había sido fácil, que había sido una niña muy querida. Pasaba las tardes grabando versiones de Michael Jackson en un viejo radiocasete con su hermano, él ponía las voces y ella bailaba imitando esos míticos pasos hacia atrás. También le gustaba bailar sevillanas para los demás en el patio de la casa antigua, su tía-abuela se sentaba en la mecedora para verla taconear mientras alzaba los brazos y manos al aire poniendo la voz de fondo. También quería hacer feliz a su padre, que era su héroe porque calzaba un cuarenta y dos, y eso era mucho pie para un simple humano. Por eso nunca se cortaba el pelo, porque sabía que él prefería que lo llevase largo y recién lavado. Los fines de semana se iba de excursión por la orilla del río con algunos niños vecinos, cazaba ranas para luego soltarlas en la primera charca que se encontraba. Siempre estaba interrogando a los mayores, sentía curiosidad por todas las cosas que sucedían a su alrededor pero mucha gente no quería contestarle. Un día, después de ver una película en la tele, le preguntó a su madre el significado de violar a una persona. La mamá le contestó que eso pasaba cuando una persona le rompía el vestido a otra. Una semana más tarde llegó a casa anunciando a los cuatro vientos que David, un chico de cuarto, la había violado. Sólo le habían arrancado el parche que tapaba un descosido de su vaquero.

No tuvo traumas, tampoco notables complejos, ella se consideraba normal incluso cuando pasó de los quince a los veinte años. Entonces, en qué momento cambió, en qué momento pasó a ser esa persona gris y desconsolada. Sí, ya, la gente cambia cuando va cumpliendo años, es “ley de vida”, eso es el significado de madurar, vivir, saber envejecer. Pero la gente cuando celebra cumpleaños y madura se lleva la mejor parte de si misma, no se va metiendo en un pozo del que no puede salir. Pensaba en todo ello mientras intentaba conciliar el sueño. Se acordó de algo muy importante, encendió la luz, abrió el cajón de la mesilla y sacó un cuaderno. Había muchas cosas que escribir.


Supertramp - Dreamer


jueves, 11 de octubre de 2012

"Y aquí estoy yo hablando solo. Eso, eso es la teoría del caos"





Desde que sintió aquella repentina curiosidad por el futuro, no había dejado de pensar en todas las posibilidades de que se cumpliera el augurio de su amiga la vidente. En realidad ella nunca creyó en la buenaventura, una vocecita interior le decía que el porvenir, lo bueno y lo malo, se lo trabaja uno mismo. Tampoco se burlaba de la gente que aceptaba las profecías, quizás le parecía que los iluminados se beneficiaban de la fe de los desesperados, la aflicción del miserable. Y no, no se trataba de tildar a ellos, los más débiles, de ignorantes o analfabetos -eso mismo le hizo creer mucha gente en el pasado- sólo era un problema de respeto y aceptación. Pero quién era ella para cuestionar los asuntos de fe, mejor era creer en algo y no vivir en un mundo de sordos y ciegos, mejor eso a no tener nada a lo que aferrarse.

Cierto día, tal vez por el fastidio y la gandulería de su propia vida, sintió la intriga, la curiosidad o necesidad, de conocer qué había predestinado para ella. De modo que tocó a la puerta de su amiga la agorera, curiosamente se trataba de la persona más agnóstica y deprimente que había conocido en su vida. La típica hipocondríaca que te contagia y desquicia  con sus aprensiones y manías, pero sabía que podía confiar en ella y en su discreción. Extendió sus manos, estudió la baraja sobre el tapete marrón y le habló de muertes, tragedias, sangre, lágrimas y dinero. Le habló mucho en pretérito y poco de los terrenos venideros, le habló de nieve, casamientos y embarazos. Y a la protagonista de la historia, el vaticinio de su amiga concurrida en taras le aburrió. No obstante hablaron de ello en varias ocasiones diseminadas en el tiempo, mientras estrangulaban las horas muertas en alcohol, observando los atardeceres en los que se desvanecía el azar ya demasiado difuminado. Esa última vez le habló de las ciudades en las que el mar era diferente al que ella conocía, le habló de las carreteras secundarias que se convertían en anchas autopistas, le habló del no futuro laboral y de su Salvador. Coño, no jodas, que el único Salvador que ella conocía era su primo de Francia, al que sólo veía en Navidades.


Nuestro destino ejerce su influencia sobre nosotros incluso cuanto todavía no hemos aprendido su naturaleza; nuestro futuro dicta las leyes de nuestra actualidad.
Friedrich Nietzsche



Y de repente ella se ve formando parte de la interminable cola de la oficina de correos, siendo testigo del mal funcionamiento de los empleados que sí acomodaron su porvenir hacía años. El cliente que había delante de ella, empujando el mostrador, estaba indignado con el funcionario de camisa amarilla y pantalón azul. “Hostia tú, chaval. Dame la puta hoja de reclamaciones a la de ya”. Pero ella no parecía inmutarse por las voces del usuario furioso, su atención había sido cautivada por la cola de dragón estampada en el brazo del indignado. Hasta que él volvió su mirada para dirigirse a ella. “A ver, chica, mi único delito fue votar por correo. Y el memo no sólo me pierde el certificado, encima me tacha de nacionalista por haber nacido en Hernani”. Y se volvió de cara al funcionario sin esperar alguna respuesta de ella. Por supuesto, se quedó loca con aquella declaración.

Y de repente, el chico del dragón y la chica que nunca se entera de nada, se volvieron a encontrar en uno de los sitios menos probables. Un pabellón deportivo, una locura de celebración en el único lugar que podía cobijarlos del aguacero, rodeados de gente absurda y engullendo una cantidad de comida incalculable. La circunstancia y la barra del vino les llevaron a titubear con las miradas. Colorada no, lo siguiente. Quedarse mudos fue lo único que los salvó.

Y de repente, el chico del norte con el tatuaje de dragón, y la chica no demasiado guapa que nunca se entera de nada, se volvieron a encontrar en uno de los sitios más insospechados. Una casa azul y una apoteosis de festejo inexplicable. Ahora las circunstancias eran distintas, las grullas, el mar y el cielo les unieron en el centro del jardín, bajo las luces intermitentes y a la simetría de la música sonante.


Podía o no creer en la buenaventura, la fe, el destino o las adivinaciones de su amiga iluminada, pero estaba claro que su camino estaba lleno de sorpresas y casualidades. Fuese o no el chico del dragón su Salvador.



Bang Gang - Find what you get



viernes, 5 de octubre de 2012

Todos hablan de aquello que nadie conoce






Las colinas esconden ese ojo azul donde empieza a caer la luna, donde nadie conoce nada o siquiera sabe lo que hay. Nada parece improvisado y todo parece espontáneo, hasta el guiño de los astros patinando sobre el parabrisas o la radio del coche. Los caminos sin asfaltar contrastan con la hilera de chales ultrapijos, lo último en la frialdad de la argamasa; innovación y diseño. La casa de color marino está al final de una calle maestra, existen flancos de botellas naranjas de gas butano a su alrededor, un averno enmascarado por las sombras de pino de día, por la frondosidad de los gigantes de noche. Y tras la cancela un sendero que se pierde, uno que ella ahora apenas recuerda.

Se abre la puerta de la casa azul y aparece un universo matizado por la brocha de un loco impresionista. Hay inciensos y coco evaporándose en el ambiente, una preciosa diablilla va a saludarlos enroscando el rabo sobre su grupa. Hay un infinito entre sus cabezas y la telaraña de coloraciones, luces, muchas luces intermitentes que titilan azules, rosas, verdes o morados. Hay diez, quince o veinte personas alrededor de la piscina de agua caliente, pero a ella ya no le sorprende ver esos cuerpos desnudos tocándose, sin embargo sí le resulta apetecible el rojizo de sus pieles, vulnerables a lo inflamado. Hay un mago exhibiendo un memorizado truco de magia, desaparecen los amorosos silvestres bajo la gasa negra entre sus manos y los espectadores ríen a boca llena, desencajando la mandíbula. Se alzan telones de tul licenciosos, por zonas se mezclan los cortinajes con divertidas listas de serpentinas y lentejuelas brillantes. Cerca del precipicio, bordeando el acantilado, se encuentra el estanque con peces de formas geométricas y cabezas grandes, los perturbados los alimentan con palomitas de maíz dulce y comida de gato. Junto al sauce se encuentran los toboganes acolchados cruzados por circunferencias flameadas, por ellos se deslizan los cuerpos exculpados e inofensivos, regocijándose –amenos- en lo que aún no está corrompido. Al subir los peldaños -invadidos en fantasía- accedes al Jardín de las Delicias, cualquier locura es factible, cualquier absurdo es aceptable. Hasta el surtido de sushi entre los muslos de la bella Nath, y un rastro de saliva entre su ombligo y los pezones.

Las serpientes avanzan sobre la cúpula irisada, van trepando sigilosas, seduciendo con sus lenguas al abismo receptivo al delirio. Ella sigue danzando entre manos desconocidas, caricias que van y vienen, miembros exaltados y labios que buscan más saliva. Y todo se aúna confuso: Francia, Alemania, Irlanda, Italia, ¿Colombia?, Argentina…alquimista y opuesto, todo lo que necesitaba y quería saber. Justo en el centro, entre cielos, campos, grullas y mares está el hombre tatuado de ojos oscuros. Ella encontró la cola del dragón y sus perniciosas garras escapando de las mangas de su camisa. El desconocido de la oficina de correos se acercó a ella y empujó con sus dedos la lengua de la chica inquieta, reía echando la cabeza hacia atrás, demente adorable. Ella diluyéndose en la atmósfera, desbordada, ondulando su cuerpo al vibrar todos los huesos. Órbitas centelleantes, papeles esmaltados volando en el aire, humo dibujando su melancolía en el cielo, comprimidos de colores y gusanos de nieve. Se volatilizaba en el centro, difuminaba la memoria y el paisaje, lento, muy lento. Sólo recordó a Usher y que la luz de las estrellas era magenta, como el lazo en su pelo. Nunca nadie supo más de ella.

Siempre que la luna se esconde el sol se alza y comienza un nuevo día. Ella despertó en una cama extraña de una casa deshabitada, replegada entre abalorios resplandecientes y botellas vacías. Se apartó el pelo de la cara y se llevó la mano a la negrura de su boca, al sudor de su barbilla. Sus ojos temblaron al buscar, sin éxito, un cuerpo caliente al otro lado de la cama. Sólo halló un arroyo de sangre en los frunces de las sábanas.




viernes, 28 de septiembre de 2012

Bateando en el vuelo








Hueca, cadenas. Asfalto, tocada y hundida. Daño, dardos. Os voy a contar una bella historia que me han contado. Dormía estando despierta, tapiz despuntado, doblegando la cabeza, zarpando de una orilla. Llamaron a mi puerta, taciturna, nada pude encontrar. Árbol sin sombra, rasgaste mi sueño en tus ramas, aspereza me dejaste. Te vas despertándome, te asfixian mis desganas. Astronomía mudable, iatrogénico lento. Todavía te estás yendo, dolida damisela. Labrando tu huerto, dolido tu torso. Dopada, tullida, sola. Dame un soplo, que tu éter es mío, y la expectación marchita fue de los dos.

Os voy a contar el último cuento que a mí me contaron. Ondeando las alas, feliz vuela. cil, astillada, nguida bateadora. Ilusión datada, dados rastreados. Dando lentos pasos, aleteo dosificado. Doblándose ostenta dominarlo. Se va, tapando los árboles, golosinando al aire. Vamos, dorada estrellita, domina el respirar de tu revoloteo; navega surcando arabescos.

Os voy a contar el cuento que aún no se escribió, el cuento que a mí me robaron…


The Temper Trap - Sweet disposition


jueves, 23 de agosto de 2012

¿Y al final qué queda?






El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.

Carl Gustav Jung



Le das a la vida toda la importancia que tiene. Empiezas a caminar despacio cuando te sueltan las manos, ves todo demasiado alto para alcanzar, grande para abarcar, pero también ves una línea perfecta trazada a la altura de tus ojos; justo ahí donde llega tu mano, también estirando los dedos. Cuando crees controlar el equilibrio caes amortiguando el golpe con el peso de tu propio cuerpo. Y te levantas estúpidamente mirando en todas las direcciones, avergonzada por perder el control y ni siquiera haberlo olido. Te enfadas y decides empezar de cero, pero el cero nunca implicó el principio del comienzo, pues en cada paso las magulladuras te alertan de la caída. Sopesas, templas en el camino, barres obstáculos y te agarras a todo lo que te sustenta. ¿Por qué te vuelves a desplomar?. Y vas aprendiendo y aprendiendo mientras alguien te pone la zancadilla, y siempre te desmoronas y te vuelves a levantar cada vez menos fuerte, porque pasa el tiempo y te vas debilitando y flaquean extremidades, tiemblan y se desplazan los músculos que ya no los sientes ni siquiera tuyos. Te obcecas, te pones las orejitas de burro y tiras hacia delante con tus pasos, tus trucos y aprendizajes, tan centrada en ti y tus caídas que ni siquiera te das cuenta de lo que sucede alrededor, como si lo tuyo siempre fuese más importante que el resto. Un día te levantas y te das cuenta que hay objetos a los que ya alcanzas, que hay distancias posibles y un suelo mucho más firme del que antes pisabas. También te das cuenta que hay cosas que ya no están, te das la vuelta y la persona que seguía ahí, detrás de ti, tampoco está. Y tocas cosas que ahora son distintas y feas, desconocidas de las que no quieres ver, oír, tocar, oler y aprender. Y porque sí, por sus santos cojones que tienen que estar ahí mientras otras personas ya no están, porque es ley de vida. Y tú no quieres, tú lo único que quieres es aprender a caminar de nuevo.

Para Y.



Franz Liszt - Consolation No. 3 in D Flat Major



martes, 31 de julio de 2012

When we’re dead





Después del pudridero, cuando las aves preñadas de sueños descosidos y delirios putrefactos no alcen el vuelo; cuando sus alas rotas convertidas en andrajos apenas consigan aletear en la inmensidad olvidándose el despojo de sus plumas, pensarás que habrás vencido. Y nada más ridículo que la mentira de tu espectro, difunto ya y olvidado. Sin memoria. Sólo entonces querrás volver a nacer siendo pájaro.

lunes, 16 de julio de 2012

De la quietud




Y en la tormenta de verano me encontré
un barquito que era una cáscara de nuez
Navegando hasta tu orilla, flotando,
en tu agua me quedé




Cuando descubres que el mar no es más profundo que la borrasca estival, pierdes el miedo a hundirte entre grietas dolientes y oscuros acantilados. Te zambulles en el magma argentado sostenido en añil y crees que el oxigeno no te alcanzará. Es indescriptible, un ejército oprimiendo los bronquios y una válvula propinando ventilación. Pierdes el contacto con la realidad cuando sientes los metros de fluido diáfano y el peso de la sal sobre ti. Emerges, entonces, en una cueva jaspeada de arrecifes y coral, paredes granulosas en la base y pulidas cuando llegan a la bóveda coloreada de esmeralda. Ligeramente hayas un relámpago de luz ahí donde las rocas pierden su forma, se escapa el vaho pescado por los buzos con aletas de tiburón y tú te quedas sentada sobre un escollo de agua y mineral.

Crees haber encontrado un tesoro o un refugio espiritual, y te sientes afortunada porque aún queda un lugar virgen que nadie ha podido distorsionar; tan sólo la naturaleza con sus caprichos de rapaza malacostumbrada ha ido aunando los elementos relativos a su propia materia. De repente la niebla se vuelve nítida y las sombras resplandecen; es en ese instante que encuentras sentido en la telaraña que fuiste tejiendo con hilos de plata, hayas paz en las bifurcaciones salinas capaces de penetrar en lo inescrutable y el miedo se va. Sientes que todo encaja perfectamente, como si tú siempre hubieses pertenecido a ese lugar.

¿Cómo se puede estar tanto tiempo mirando hacia otro lado? realimentado no se qué, haciendo que vienes y vas y sin embargo te quedas quieta, colgada en el limbo.


Brian Eno - An ending

jueves, 12 de julio de 2012

Cuerpo de neón






A las seis de la tarde la luz es perfecta para proyectar en tu piel la asfixia de las horas pesadas envueltas en ciclones de ardor. Hay una perturbación buceando en el precipicio de tus ojos, hay nervios deshilachando las fibras ópticas que me caracterizan, un músculo que late y pretende saltar por la boca potenciando el celo. Digamos que pasadas las seis de la tarde la temperatura equívoca invade tu claustro y ventana, que el único aire que viola tu balcón es el aliento de las hormigas apiñadas en los ajustados enjambres convertidos en microscópicos hormigueros, justo ahí enfrente. Y una nueva orden surge para los dos.


La cama deshecha en ovillos magullados detrás de ti, las arrugas de la tela desvelan la memoria anochecida, orgasmo sudado empapando las hebras que ahora contemplo tras tu figura. “También por la mañana” me dices, y sin querer o pretenderlo, haces que emerja un volcán de lava entre mis piernas y en la boca del estomago un agujero que me va engullendo. Entonces contemplo todo tu alrededor, me muestras tu espacio y refugio que yo retengo para mis anales con todo ese cariño que has ido rasgando día tras día. Eres tú en las estanterías, en los libros apilados, en el póster Anime en tu pared blanca, los muñecos y peluchitos esparcidos en la mesa, la luz nevada. Eres tú, con la sonrisa que colapsa todas las arterias que se cruzan en mi cuerpo. Tú, coqueteando tus dedos con la barba, adulando mis peticiones de niña caprichosa y consentida, rabiosa por un beso.


Comienzas a deshacerte del ropaje que te pusiste unos instantes antes de hablar conmigo. Primero la camisa, después el pantalón… me quedo callada conteniendo la respiración como si al hacerlo robara más tiempo al tiempo. Deseo tocarte, pero apenas puedo movilizar los músculos enjaulados por la lujuria de aquel día atrofiado. Corazones, love you. Se deshacen mis nervios en las risas que siempre me provocas con historias y gestos divertidos. Y es que tenerte desnudo delante de mí es como el zahorí que alucina al ver el oasis en mitad del desierto. Eres perfecto en todo tu físico, eres como a mí me gusta. Piel delicada planeando un destello de sensualidad hacia mí, torso poblado y bien proporcionado, piernas esbeltas y las nalgas más enjundiosas que jamás he visto. Nunca me han gustado los físicos de gimnasio, en cambio tú reúnes todos esos rasgos innatos que te hacen único, especial e irresistible para mí.


Ahora te sientas frente a mí, te reclinas hacia atrás en el sillón de tu habitación mientras te acaricias la polla separando las piernas, tal vez esperando cualquier movimiento por mi parte. No puedo dejar de clavarte la mirada encendida en deseo, estoy perpleja por el tamaño de tu miembro que me mira desafiante preparando el momento. Te susurro esas obscenidades que tanto te gustan con el fin de ver aumentar el tamaño de tu pene, y da resultado, ya despuntas más allá de ese infinito que no deja de ser el más profundo de los abismos. Deslizas la piel que cubre el glande entre tus dedos finos y alargados, aprietas el capullo con el vaivén de tu mano y tu cuerpo entra en perfecta sincronía con lo destilado por el mío. Deseo besarte, pero difícilmente consigo despegar los labios evaporados y ausentes de contacto.


De verdad, yo quiero causar ese efecto en ti…




Anathema - A dying wish

miércoles, 20 de junio de 2012

Alineación perfecta (sincronizada)






Seremos la composición de todos los sonidos inalterables
Seremos la alineación de un Universo infinito en su existencia
Seremos todas las luces del día, todos los espacios que aún esperan ser llenados
Seremos los imposibles que se cumplen inundándonos de realidad
También seremos la lógica desglosada del absurdo
Seremos electricidad en la fluidez del orgasmo
La lubricidad de los gemidos proyectados por todos los afectos
Seremos principio y fin
Seremos, juntos, todo lo que queramos y siempre deseamos ser


Sigur Rós - Ekki Múkk