Lo único que quebraba el vacío era la caterva de moscas
negras preñadas de litigios contra el silencio, en lugares comunes y totalmente
diferentes, rehusando arrojar al vertedero todo lo que se rompe. Es el ojo el
que hay que mantener limpio, enseñarlo a llorar equilibrando la densidad de las
pestañas cosidas a los párpados, lágrima furtiva errando de bruces en su
mejilla. Danzar las larvas en el folclore místico que no es más que un
hervidero de rutina. Huir de uno mismo disfrazando el silencio de navegantes
callejeros, ambulante de misterios y malabarista de signos.
Y con la ceguera aún en la luz de sus ojos despistarse del
parque de atracciones, cumplir la ley que persigue los cielos, embeberse el hielo que se ha derretido mientras
se vuelve ceniza la ropa que te ha protegido. Y ya se ha olvidado de todo
cuando mira sus venas y se da cuenta que no pueden soportar mucho más. Que todo
solloza veneno y se desploma mientras
las alucinaciones se cortan a través de este cable enmohecido.
Las palabras penden de la cabeza de alfiler, dijo que ahí
cabía el universo y se bebió todo el cosmos sin oxigenar el líquido. Nunca era
demasiado si no colgaba el cuello en el olivo, si el tronco no conservaba los
gusanos del leño podrido, no era suficiente si no se deslizaba de puntillas por
la ciudad brillante o si subía tan alto que se volvía inalcanzable. Siempre
estaría ahí el aliento de las sombras, atormentando su nuca, gateando por la
espalda.
Abiertas las jaulas los pájaros volaron, las plumas diseccionadas
rasgaron su garganta. Se ahogaba en ella y quemaba el vacío, complicarse induciendo
el sueño, vomitando amnesia, supurando el duelo, mitigando reposo absoluto.
