sábado, 29 de diciembre de 2012

Todo lo que fue






Estos días anduve haciendo limpieza de armarios; ropa vieja, cosas que vas acumulando en el fondo de un cajón, en los compartimentos de una cómoda, cajas repletas de nimiedades -sin utilidad- que acumulas por simple dejadez. No por acabar el año, sino porque hacer limpieza de armarios me ayuda a pensar sin llegar a volverme loca o dramatizar con determinados asuntos. En una de las cajas encontré mi viejo contrato de sumisión, es curioso que no lo guardase en la caja de juguetes, todo relativo a mi segundo ex; y en cambio que lo hiciese junto a unos poemas que me regaló mi primer novio, cuando aún estábamos en el instituto. No voy a mencionar las partes eróticas, ni las relativas a la mente de la sumisa y la dominación del que fuese mi Amo. Había un punto, en concreto dentro de los deberes y obligaciones de la sumisa, en el que debía hacer un balance anual al acabar el año. Era, junto a un test de cien preguntas, una forma de contemplar mi evolución, ser consciente de las cosas que había cambiado de mí misma, mi carácter o mi sexualidad. Pero en realidad, en esos años de mi vida, poca cosa cambiaba, al menos de forma consciente. El único riesgo que asumí fue el éxodo a la gran capital, dejar a mi familia, el trabajo, mis amigos y una relación de nueve años con cuernos incluidos a cambio de salvar mi vida y, de paso, cumplir un sueño.

Me senté en el borde de la cama, con las cinco hojas del contrato grapadas en una mano, pensando en las montañas rusas, en los días grises, en los claros, en la gente que ha entrado y salido de mi vida, en los trabajos que he ganado, en los que he perdido, en la muerte, en los nacimientos, los accidentes…yo, cómo he llegado hasta aquí, justo a este instante, todo eso sólo en este año. Y pensé en hacer un balance, no se si el primero de una pequeña lista, en lo que espero siga siendo mi blog por muchos años. Pero seguro que sí me da por leerlo dentro de tres, cinco o doce meses, apreciaré lo que hubo y lo que queda.

Comencé el año sin trabajo, como tanta otra gente del país o la mayor parte del mundo, en casa de mis padres, en un pueblo que no aparece en los mapas, donde tuve que volver después de vivir unos años en una ciudad muy grande con más posibilidades que fracasos. Y aquí todo se volvía decepciones y una frustración que pesaba más que cualquier otra cosa. Me preparé un par de cursos para ocupar mis horas muertas, y de paso, engrosar el currículo en el apartado de formación académica. Retomé la amistad con un amor platónico, al que un año antes tuve que renunciar, por mí –no quise correr el riesgo de ser aniquilada- y por él que había encontrado una persona que fue su tabla de salvación. Mientras un arquitecto, el hombre más perfecto que he conocido en mi vida, se desvivía por llevar a buen puerto una relación que no era correspondida, porque yo sólo veía unos ojos azules, los más hermosos que he visto en mi vida, y un amigo con el que beber y reír mientras te metes mano por debajo de la ropa.

Continuaba escribiendo en mi blog de temática variada, comentando qué ópera había descubierto y me había entusiasmado, mis excursiones a otras capitales, un certamen de poesía, un festival de teatro o un libro que me había hecho reflexionar. Pero nunca hablaba de la reflexión, de las cosas que me importaban, de las que se enquistaban o se perdían en un estrecho circuito de conexiones imposibles, entre la cabeza y el corazón, por ejemplo. El mundo blogger no me interesaba, sólo leía a dos tipos sin llegar a comentar en ningún momento. No me gustaba la conexión con otros bloggeros, por eso jamás habilité el sistema de comentarios en mi blog de temática variada. Pero un día, uno de esos en los que te ves más alta que de costumbre, decidí dar a conocer mi existencia, sí, a ese tipo que me asustaba y me atraía y, a la vez, me hacía soñar despierta con otros mundos desconocidos y abismales. Y a partir de ahí surgió una sincera y bonita amistad. Me animó con mi cuadernos de escritos fantasiosos, estos que ahora están aquí hilvanados con pespuntes del presente, me alentó para continuar escribiendo pero aquí, abriendo este blog casi juntos de la mano. Por eso siento que la otra mitad es suya. Creo que a partir de esta creación las cosas empezaron a cambiar bastante…Lo que comenzó siendo un lugar en el que registrar las cosas que iban surgiendo en mi imaginación, acabo siendo el diván de la consulta de un psicólogo. Aquí puedo ser lo que no me atrevo, yo misma. Puedo contar que me he enamorado por primera vez sin que nadie vea cómo me pongo roja, puedo llorar mil lágrimas sin hacer que se corra la tinta, puedo inventarme un mundo en el que esté todo lo que yo quiera, en el que no entre nada de lo que me disgusta. Aquí puedo hablar sin tartamudear y sin que me de vergüenza, puedo hablar de mis experiencias en el bdsm o de cómo me siento en el sexo sin temor a que me vean como un bicho raro. Siento que aquí todo es posible y que siempre me espera alguna sorpresa.

Tenía mucho a mi favor, mucho ganado, abriendo un blog que me aportase sensaciones inesperadas. Pero fuera del cosmos virtual también cambiaron las cosas. Y no fue del todo gracias a mi trabajo, al menos no en la mayor parte. La misma persona que me alentó a seguir escribiendo se tomó el esfuerzo y la molestia de quedarse para descubrirme a mí misma, a pesar de mi ciclotimia, de mi poca madurez, mi frialdad y mi fealdad de dentro y de fuera. Sin él no supe ver qué secuelas me habían quedado del pasado, por qué me he valorado tan poco, por qué me detesto y me da miedo tener una relación sana o normal. Su presencia ha sido fundamental para que me relacione con la gente, para salir de casa, hacer lo que haría cualquier chica de mi edad, ser femenina o usar tacones, aunque parezca frívolo o estúpido, pero aprender a caminar con zapatos altos también ha servido para aumentar la seguridad en mí misma. Me valoro mucho más o simplemente me valoro porque antes no lo hacía. Confío más en mí y en los demás, he perdido miedo, torpeza, inseguridad, y he ganado ilusión y fuerza. Existe algún pero, y evidentemente muchas cosas en las que mejorar, pero hoy no tienen lugar en este post, no quiero emborronar todo mi agradecimiento.

Lo más sorprendente de este año que se va es que he vivido los mejores y los peores momentos de mi vida, y aún me pregunto cómo es posible que lo mejor y lo peor quepan en el mismo sitio. No sólo han muerto algunos de mis familiares, también fui al funeral de una de mis mejores amigas, aún no había cumplido los 31 años. También murió el arquitecto perfecto de manera inesperada, no nos dio tiempo a despedirnos… sólo nos dijimos “hasta el próximo sábado” sin terminar de arreglar los problemas que nos mantenían cada vez más alejados. Acabo el año accidentada, tentando la expiración y agradeciendo continuar con vida. Cosa, que por otro lado, me ha hecho ver quién de verdad me acompaña en el camino. Por los demás temas puedo pasar de puntillas, líos judiciales que no van del todo conmigo pero me han dejado muchas noches sin dormir ni gota. Trabajos temporales que me han mantenido un poco en activo cuando me creía oxidada, gente que entra en mi familia y me regala el espacio que a veces me falta, un lugar en el que poder dilatarme cuando siento que me ahogo o no tengo terreno en el que correr. Decepciones, supongo que es inevitable sentirte decepcionada en distintos niveles: sociedad, política, amigos…yo presumía de frialdad, pues creía que siendo de esta manera nada ni nadie podría dañarme, pero siempre hay una primera vez. Y esa primera y gran decepción en mi vida, desde hace dos meses, pertenece al pasado. Algo que ni siquiera merece la pena nombrar aquí.

Resumiendo, el 2012 ha sido el año en el que me he reconciliado conmigo misma, he tenido tiempo de conocerme y cambiar lo que no me gusta de mí por las cosas que más me importan. Se puede decir que he crecido, eso creo yo, porque los años de la pubertad empezaban a oprimir los pulmones. Olvidando las partes oscuras me quedo con haber conocido a una de las personas más importantes de mi vida, la que sin duda es la causa de que yo esté aquí. La que sin duda merece lo mejor que pueda ofrecer el mundo. Por la que merece la pena seguir y mejorar en los fallos. Ha sido el año de las sorpresas, porque he descubierto que aquí sí se puede conocer gente, que lo frívolo o las banalidades existen si las ves con otros ojos, pero que hay mucha gente que te regala algo suyo sin condiciones. Y lo incondicional nunca estará pagado.

Es un tópico muy típico, pero sin hipocresías, os deseo todo lo mejor de lo mejor para el año que entra, y ojalá sigámonos viendo por aquí. Siempre más y mejor.


2:54 - Sugar
Princess One Point Five - With light there is hope
Héroes del Silencio - El cuadro

jueves, 27 de diciembre de 2012

jueves, 20 de diciembre de 2012

Engranajes






Ringggggg suena el teléfono –contando los primeros acordes el tono no pasa de these matters of security- a las cuatro y veinte de la madrugada, vibra la almohada pero afortunadamente el circuito nervioso permanece inalterado. Un hilillo de voz tenue, un hombre casi moribundo, habla al otro lado.


-¿Eres feliz?
-pues…no, claro que no
-¿por qué las buenas personas no pueden ser felices?
-tú eres una buena persona, deberías ser feliz
-tú también lo eres, eres buena tía, he visto tu sonrisa incondicional, tu…
-¿me hablas de absolutismo? sonrío cuando los críos han recogido su ropa o me besan después de explicarles un ejercicio. Es… no se, una recompensa. Después me hundo en mi propia mierda, y te aseguro que el hedor no me deja ni siquiera dormir
-vaya, no conocía tu faceta escatológica. ¡Si tienes cara de caramelo dulce!
-sí, claro, pero los caramelos también se pudren, y echan peste. ¿Sabes qué pienso? deberías ser un hijo de puta, seguro que las cosas te irían mejor
-¿soy buena persona? es que creo que sí lo soy, merezco, al menos, que se valore lo que hago
-joder, sí, lo eres, es lo que te he dicho antes, al principio. Nunca va a valorar nada, y sabes por qué, porque es una acostumbrada. Se acomodó en ese sillón de piel blanca a repartir hachís y colocarse con el humo del incienso. Luego, tú estás ahí para el resto, y el resto ya sabemos que es TODO
-tía, no entiendo por qué te pusieron los cuernos; eres simpática, tienes luces y encima eres follable
-uhm, sería por el olor, me cambiaron por una vaquita que olía a leche caliente
- …



Hablar de felicidad en estos tiempos casi me parece una frivolidad, y pensándolo durante un rato, tirando del hilo de la memoria, me he dado cuenta de que nunca he conocido a nadie que sea feliz. Ni siquiera el más bendito de los ignorantes, porque hasta el niño inocente de cinco años llora, patalea, y hasta destroza las demás rodillas cuando le quitan el juguete que tiene entre las manos.

He vuelto a rescatar a Punset, porque recordé la teoría de que se es feliz mientras tenemos en mente el objetivo, mientras manejamos los medios para alcanzar el fin y vamos dando forma a las conjeturas. Cuando consigues el objetivo, dicen, que no queda nada. Recuerdo cuando se casó una de mis mejores amigas; le llevó un año preparar la boda. Todos los días la veía sonreír mientras cuidaba de todos esos estúpidos y típicos detalles. El día de su boda me dijo que era el día más triste de su vida, y se esfumó en la velocidad de un rayo. Después vino lo del niño, planear aumentar la familia, después el bautizo, una fiesta de cumpleaños, etc. ¿Seríamos felices sin propósitos, sin fijarnos metas?
Yo creo que sí, que queda disfrutar de lo conseguido. Pero…


Pd. joder, quién coño vive en Suecia



The Rosebuds - Life like

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Homenaje





A veces ocurre que las expectativas que nos marcamos se escapan de nuestro control, huyen, se tornan caprichosas o caen en manos ajenas, incapaces de apreciar el valor de un artista -por nombrar a alguien en concreto-, el tiempo empleado, el color, la textura... Siempre dije que no hacía falta entender nada, que sólo era necesario mirar, detenerse un momento y dejarte llevar por lo que florece ante tus ojos, y dejar que esa primera impresión te remueva lo poco o lo mucho que haya dentro. Lo que consigas descifrar a partir de entonces es algo que queda para ti, pero también es curioso, incluso enriquecedor, compartirlo con los demás; más cuando existe alguien al otro lado que te abre la sesera para airear esa masa gris emplastada, que nunca acaba de despertar.

Hoy los puntos me duelen un poquito más, aunque los buenos días me han aliviado el resentimiento, el escozor de la carne que ya empieza a cicatrizar. Dejar esa ventana abierta esperando mi vuelta ha sido lo más hermoso que ha ocurrido en estos últimos días, semanas. Pero no puedo evitar el punto de tristeza que supone cerrar mi libro favorito... dime al menos si existe la posibilidad de seguir soñando con mujeres desnudas, con niñas que enroscan un mechón de pelo entre los dedos, soñar y soñar con esa pareja que se deshace en confidencias en una esquina del jardín o con esa belleza que se masturba en penumbras en una terraza, mientras el galán afloja la pajarita de su cuello adelantando el momento, ya sabes cual. Me he permitido ese pequeño lujo, dejar que la mente ande suelta sin ataduras o nudos complicados, y siempre, siempre, se me ocurría una historia. Era posible lo que yo creí inoportuno y suicida, el miedo de hacer el ridículo se ha ido evaporando y ahora sólo queda una promesa de sueños sólidos. Por supuesto, tú has hecho que esto sea posible, ¿cómo? abriendo lo que ahora pretendes cerrar. No lo hagas, por favor, al menos intenta crear otro universo en el que quepan todas las historias que fluyeron en una imagen, en una quimera que comenzó a cobrar sentido.

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Sensaciones cruzadas, la ternura de los cuidados a un cuerpo recién mutilado, la mano traviesa buscando la humedad pegada en las bragas. Perder el tiempo que nunca muere en una conversación que se extiende hasta el postre y la extenuación de las velas; explicarte que fue una loca aventura en la que corrí el riesgo de estrellarme contra el quitamiedos, que se me nubló la vista -oh, sí- y perdí el conocimiento pero que la comida del hospital en realidad no es tan mala. Hacer risas mientras conoces mis gestos, averiguar los tuyos antes de la copa después del postre. Entre tanto esconder tu cabeza entre mis muslos. La ambigüedad me precede, llorar para no sentirme sola mientras me froto en tu pecho, estallar mientras gimo de placer. Conectar. Ya me siento bien, lo haces, de veras que sí. Sólo una cosa... no te pierdas, es que...

dime, ¿de quién voy a ser ahora princesa?


John Frusciante - Dark light

martes, 18 de diciembre de 2012

L'expérience vécue






Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.

No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche, el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal, la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.

Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar, qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado para hacer real todos los lugares idealizados.

Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable, infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones, ideales, imposibles. Y en las noches bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás porque sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.

Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.

Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.


Ismael Lo - Tajabone

domingo, 2 de diciembre de 2012

Una retirada a tiempo es una victoria

 
 
 
 
El sótano del bar se ha convertido en una arteria de corazones descuartizados, las utopías desbaratadas y reventadas en mil añicos, formando el surco de agua en la base del vaso medio vacío, se reúnen para fabricar sonrisas amargas y ahogar la desidia en las botellas de colores mal distribuidas en la mugrienta estantería. También es el trampolín donde los desahuciados toman impulso, las que se prostituyen por cinco segundos más acaban acariciando el jugo reseco en la última copa, pero después siempre hay tiempo para un poco más, un poco de algo que las acabe atravesando.
 
Ella sólo había visto cristales sucios en aquel antro, pasaba por la puerta y el hedor a caduco le hacía retroceder o apresurar el paso. Era sábado y tarde, tan tarde que ya había cubierto su cara con el embozo y contestado al último mensaje en su móvil casi entornando los ojos. La intranquilidad le arrebataba el sueño, daban vueltas los miedos en su cabeza con aquella odiosa canción de Tool de fondo, y el sueño cada vez era una cumbre más lejana. Hasta que una alerta la sacó de la cama. Bea esperando en veinte minutos debajo de casa.
 
Estaba delante del tugurio con un cartel del siglo pasado, ni siquiera conservaba todas las letras del nombre juntas, estaba emborronado. Y volvía al sótano, a la tienda clandestina y las timbas de cartas con viejos extranjeros borrachos y colorados. Esta noche el olor a maría es más suave y menos condensado. Las dos chicas se unen al grupo de gordinflones para echarse unas risas, lo cierto es que el spanglish les parece súper gracioso y ella -la chica con gripe- se siente dentro de una cinta negra, una de polis corruptos con sombrero de ala ancha y puro de medio lado. Pierde todo, lógico, pero tampoco llevaba demasiado. Había cobrado el día anterior pero guardaba esos pequeños ahorros para un viaje próximo. Se enfada o no sabe bien qué dice. Se sirve otra copa y se siente en el sofá de escai marrón, hojea un catálogo curioso; unas ilustraciones de Frank Frazetta. ¿Por qué nunca vio Mad Max? se había perdido muchas cosas del pasado.
 
El antro no cierra a pesar de que casi son las cuatro de la mañana. Los borrachos se han ido, sólo queda Bea colocándose en un rincón con su camello y amante, el camarero que pone cafés y se la folla en el cuartito privado. Y ella, consumiéndose lentamente en el escai cuarteado. Qué los salvadores no existen, le habían dicho últimamente. Entonces quién era ese ángel de mirada cristalina y aroma a Loewe que viene a salvarla. Baja las escaleras y su elegancia inunda la nauseabunda habitación, llenándolo todo de luz delicada. Sus amigos le acompañan y están más interesados en las botellas de colores y las cartas mal dobladas sobre la mesa. Él se sienta a su lado y continúa la conversación por donde la habían dejado. Y todo alrededor desaparece, hasta la música. Sólo siente la presencia de la ropa usada colgando de las perchas en la pared, el ladrido de un perro en el callejón trasero y el ruido de un contenedor de basuras arrastrado por el suelo.
 
Se queda mirándola fijamente y le pregunta por qué se resiste tanto, que las chicas dulces y de mirada nostálgicas no han nacido para sufrir solas. Y adivina como tiemblan sus manos, sus rodillas, sus manos. Aparta su pelo de su cara hacia atrás y se acerca a su boca para invadir su interior sin esperar permiso a cambio. Sus temblores se hacen más intensos y continuos, hace frío. Él invade el poco espacio entre esquina y sofá, echa su cuerpo encima de ella y le aprisiona la cabeza entre sus manos. No recordaba la última vez que la habían besado, pero esos labios le devolvían la vida que le habían robado. Comenzó a sentir calor, un fervor que le recorría las piernas hasta detenerse en el centro. Él, que lo había adivinado, subió su falda hasta la cintura y metió la mano dentro de las bragas. Comprobó su grado de humedad. Ella se estremece, arquea la espalda invitando con el movimiento a que introduzca uno de sus dedos. No había nada que esperar. La follaba sin pasión, sin apartar los ojos de su respiración, enjugando sus espasmos con el líquido que impregnaba a ambos. Besar, besar. Era la primera vez que la estaban deseando, y saberlo cerca le hizo olvidarse de todo. Pero no era cierto. Todo era mentira, cerraban los ojos sin ver su cuerpo, sin deseo, sin amor. Se deshizo de toda su ropa, sólo la envolvían los tacones negros y el encaje de las medias un poco rotas. De pie, la dirigió hasta la barra del bar. Ahí acarició la encimera con sus mejillas, mordió la madera mientras él separaba sus nalgas. Otra primera vez... algo que después no recordaría. Su polla entraba y salía con facilidad. Dónde estaban las sesiones bdsm, la ternura, los cariños arrancados a golpes de por favor. No sentía ni siquiera dolor, ni el rasgado de la piel rodeando sus agujeros le proporcionaban lamento o placer. En su cabeza sólo cabía desprecio, rebote, despecho. Que nadie la esperaría jamás, porque sólo era un capricho del destino; si no fuera porque una estaba casada, la otra con novio... sólo un trozo de carne en el camino llamado Irene, y eso era lo de menos, porque una semana sin noticias la convertía en un androjoso adorno de Navidad.
Se habían corrido dentro de ella, pero todo le daba igual, nunca significó nada para nadie, menos que una puta que implora cinco segundos más.
 
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Creo que he vuelto a tocar fondo, supongo que poner distancias es lo más sabio. Una sonrisa para hacer un poco más azul el día, mientras tanto...
 
 

jueves, 29 de noviembre de 2012

Unfinished







me he dejado el turquesa en la barra clandestina
ahí se han anudado las copas,
el jabón de sus manos
la ropa usada, mal vendida
el humo
el whisky licuado

todas las voces danzaban en la misma senda
me hablaban de un sueño,
latían ahí adentro
mientras la música chocaba en la pared
retumbando tu nombre en mi cabeza

mantuve la mirada limpia
mientras el tiempo
vestía de primavera mi melena
he gastado los zapatos,
he perdido las cartas y
se han roto las medias

me han regalado la noche
pero yo sólo ansiaba tus cinco segundos
deshaciendo la torpeza bajo la mesa
ahora lo sé... no había pretérito
no existió la niña mujer
ni mi orgasmo en tu cabeza

me despido, amor
"nunca has existido"
me repite al oído
el vendedor de quimeras



Thom Yorke - Hearing damage

"... morirán sin emitir sonido"







No hay agonía en el amargo que emponzoña mi lengua cuando sola miro hacia la pared, toda la noche, nadie me consuela o me presta un poco de calor y los garabatos comienzan a perder su significado. No llega a ser anhelo porque aún es un sentimiento desconocido, es una huella que debo distinguir, que debo conocer. Pero me dijeron que vivía en un sueño, que sola debía peregrinar, palpar, y las orillas del abismo recorrer. Y no me hallo en esta desnuda muralla, a kilómetros de distancia de. porque he perdido el tiempo, y no, no se en qué.

Me volvió la sordera cuando no escuché a nadie tocar; cuando me asomé a la puerta la sombra peinaba sus cabellos enmarañados y lamía su lomo en la oscuridad. No podía creer, mi razón no podía admitir que lastimase sus estrías con el único propósito de albergar la palabra, la emoción, de sentir. Y aunque jamás hubieses paseado tu hipocondría entre estos barrotes de tristeza, con mi ceguera inmunda tenía que dejarte ir. Y quizás esté mintiendo, pues fuiste tú el que no supo retenerme, así que no disfraces tu imagen de derrota, no vuelques tus desganas en mí.

No sólo me perdí en el tiempo, en la quimera que fue pintando el corazón de añoranza y  menudencia, también enjugaba la enredadera de mi mente, saldando allí las cuentas pendientes, vistiendo de encajes el sueño que soñé que estaba soñando. Todo tenía que ser así, sin importar cómo te sientes, sin luces en los ojos o hielo en las estrellas.

Qué máscara me encubre, si todos pueden ver la fealdad que hay en mí. Huyen cuando más me acerco, un acuario de vacío, exceso de borrones desfigurando la viga de luz y en un laberinto de lunas hasta llorar les puedo oír. Y yo sólo me pregunto qué deformidad me engendra, por qué nadie se quiere acercar a mí.


Puedo ver el final,
pero no ha sucedido todavía





lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



sábado, 24 de noviembre de 2012

Respirando(te)





Un año espiándote por el cerrojo, deleitándome con tu soledad, tu humanidad y tu ocaso, tu desamor y tu literatura. Un año husmeando por el pequeño y absurdo agujero, desfilando ante mí un sinfín de marionetas, ilusiones cartón piedra, vapores corrompidos por la melancolía, cartas de amor a una destinataria puta y cruel, ciclotímica, hastiada, culta e inteligente, imaginativa, de difícil carácter… y otras féminas me dejo en el tintero, porque fueron muchas las musas que inspiraron el néctar de tu pluma. Me tomaba un café mientras recogía los mil pedacitos en los que reventabas tu alma cada madrugada. Los reunía y amparaba con un extraño cariño desconcertante, no entendía bien cómo habías llegado a despertar en mí un lado tierno, ese que nunca tuvo una zorra fría como yo.

No conseguía ponerte rostro… miento, nunca podía imaginar tu sonrisa o el color de tus ojos, si eras alto o muy bajito, gordo o delgado, porque los rasgos físicos nunca me dirían quién eras en realidad. Sólo sé que escuchaba la banda sonora mientras me consumía tu imagen en una bañera, la cuchilla en una mano, tu muñeca resbalando por el asidero, tu sangre patinando por los azulejos. Me colaba en cada párrafo y otras veces era una soga en el cuello, un corazón arrancado de cuajo envuelto con papel bonito y un lazo de regalo. Y cuando estaba en pleno descenso, a punto de arrastrarme contigo, el azul a pie de página me hacía mirar hacia arriba y recrearme en el humo de tu cigarrillo. Así te veía yo. Verás, en las clases de informática iba a buscarte, tenía esa insólita obsesión por descubrir tu grado de decadencia en esa luz del día. Y ahí estabas, preparándote para escanciar la noche. Con tus delicadas manos de poeta deslizándose por el lienzo, una hoja en blanco exhortando tu delirio, pasando tus dedos por la barba, la que me pierde mil veces antes de darme cuenta que me he rendido. Te veía con la botella en la mano, tu morro pegado a las aristas verde oscuro salpicado en rubí y la apatía contaminaba las paredes, el humo de la habitación. Los zapatos abandonados en la alfombra, la que quemaba bajo la desnuda planta del pie. Y ahí abajo se acumulaban todos tus infiernos, una colección de sacos de huesos y miembros mutilados. Y cuando ya se hacía mi noche, cuando me metía en la cama después de sobrevivir a mi averno particular, te acunaba en mi pecho para que tú también sobrevivieras una madrugada más. Ya te amaba entonces, cuando no te conocía, cuando no sabía que amor existe y mi frigidez se permitía un golpe más. Si puedes encontrar el amor, a continuación, te olvidas de todo.

Sería eso lo que me llevó a rellenar aquella postal de San Valentín, que el rosa ya empezaba a tomar holgura en mi paleta de colores y ansiaba descubrir el calor de tus notas risueñas o tristes. Y cuando me abriste esa puerta yo creí perder la conciencia, qué era eso que sentía que me hacia perder el equilibrio y me agitaba la respiración. Entiéndeme, tenía que buscar referencias y cometí la mayor de las torpezas, preguntar a quién hacías sombra; un coleccionista de venas azuladas que jugaba a ser encantador de serpientes, príncipe tenebroso y nocturno escritor de alma borracha. Me aconsejó que tuviese cuidado contigo, pero no se por qué, al menos en ese momento; ahora entiendo… temía que tú le robases el protagonismo. Confié en él al principio, pues la frialdad que tú  me mostrabas me limitaba, me entristecía,  pero poco a poco él se fue desvaneciendo, mientras destapaba su mundo de mentiras podridas, y poco a poco tú me demostraste que eras la única persona capaz de poner un poco de coherencia y criterio en mi vida.

Quizás esa vida no ha sido del todo mía… me he ido, he vuelto, entre medias me he quedado, he sido cometa volando en ti, siendo tú el único cielo, o has sido ese tipo de héroe que jamás pensé que existieran. Y ahora que te tengo tan cerca sólo quiero cuidar de ti, dibujarte una meta, conseguir que levantarte por las mañanas no sea despertar y continuar en la pesadilla, firmar un objetivo, que la caída no está prohibida -la depresión sí- cuando hay alguien a tu lado que sonríe por y para ti. Y aunque los grises amenacen tormenta, haremos del azul el paraguas que nos proteja.

Amor, cómo no me voy a sentir afortunada si es que yo soñaba contigo cuando aún no estabas en mi cabeza, yo me fijaba en ti, deliberaba la risa y el llanto, me levantaba o bebía contigo, incluso llegué a amar a  los gatos, sólo que tú nunca te enterabas de mi presencia. Cómo no voy a sentir este privilegio embalado en papel acolchado, cubierto de pompas jabonosas y láminas de acero. Si las musas fuesen plenas conocedoras de la parte que yo tengo, llorarían lágrimas de sangre y tinta, morirían de celos.

Empaqueté las velas en las cajitas del consolador, guardé la lencería en la bolsa delicada y fina. Puse a enfriar el vino en la nevera, compré el incienso vainilla y limpié mis zapatos de tacón. Me llevo un par de poemas de la estantería, quiero guardarme tu voz, y pusieron violetas en mi pelo en la peluquería, para que atesores mi olor. Ya estoy preparada, siempre querré volver, siempre, una y otra vez, tú tan sólo ábreme los brazos, amor.


Metric - Breathing underwater

jueves, 22 de noviembre de 2012

Noviembre expira; amo tus latidos, mi ciudad







Y mientras lees hojas de té
yo estaré haciendo las maletas
ahogaré en ella la noche pimienta
hasta beberte,
hasta conocerte,
hasta amarte

sabrás, entonces, que tú serás mi ciudad
que no es amargo o dulce
el vino que nos bebemos
que no es frío y oscuro
el tiempo en el que nos perdemos
y el negro velo de luz sólo es necesidad.


Y mientras el mundo duerme
yo te enseñaré a contar estrellas
nos emborracharemos de sueño
hasta verlas bailar
hasta el silencio
hasta que nuestra parábola las haga brillar

sabré, entonces, que efímero es noviembre
que amar es construirte un altar
el templo, la bestia, el púrpura
que estoy aquí esta noche
el mundo duerme y gira, gira
mientras yo vivo en ti, mi ciudad.




martes, 20 de noviembre de 2012

El coleccionista de imágenes




Ella sólo observó la mitad inferior del cuadro; la inocencia rodeada de flores, la delicadeza de una piel apenas florecida y el pecho medrando un pezón a punto de madurar. La dulzura de la muchacha no pasó inadvertida, pero lo que a ella le conmovió fue su ojo amargo, su mirar de reojo buscando aprobación, implorando perdón inapetente, expiación introvertida, vagamente. Pero, por qué. No dejaba de pensar en la mitad que lo completase, que ahí estaría la respuesta.

Él dijo que estaba incompleta porque buscaba sugerir, no decir. Qué pasaría por su cabeza, qué deseaba esa casi niña. Entonces tuvo que ponerse a indagar sobre la respuesta, lo que a ella la enloquecía deliciosamente, investigar, hallar, averiguar madurando una respuesta coherente -¡ja!- y traducir su sentir en la mitad superior del lienzo.

Desplomó en la imagen su debilidad, su perturbación resbalando dentro de las bragas de la chiquilla, espiando su reojo y dulcificando su sinsabor. Y ahora se centraba en ella, su postura, su mirada alicaída, lo decían todo. Asquerosa culpabilidad, siempre contaminando el momento más mágico de todos. Empatizó con sus labios cándidos, su absolución derramada en el pecho que falta. Y, entonces, coincidió con él, sugerir y hacer volar la imaginación. Por supuesto, cien por cien disfrutable.

Me gustó más esta otra mitad, pero sólo la he podido descubrir gracias a ti, aún me pregunto por qué te fuiste en silencio, sin acabar de contestar...



Goyte feat. Kimbra - Somebody that I used to know

sábado, 17 de noviembre de 2012

Strange Affection II






Mentiría si dijera que había idealizado el momento, mentiría si dijera que se estuvo preparando para la entrega, mentiría como siempre hace cuando la mezcolanza se escabulle por ese descosido improvisto en el espacio, y sólo concibe pájaros de papel cebolla recién coloreados. No esperaba nada especial, ni siquiera había pensado en ello después de estar prohibido durante un tiempo, después de negarse al único hombre que supo ponerle la piel de gallina. Agotaba existencias y dejaba que la bocanada de aire se escapara entre todas las brechas.

Pasó, rodeada de plumas de pato y licor de frambuesa, mullida en una hechura cosida entre pliegues, consumadamente diseñada para deleitar esa cumbre que no había soñado. Cerraba los ojos porque no quería perderse en la luz, porque no podía soportar la mirada azul recorriendo su repugnante y deforme cuerpo. Apretaba fuerte los puños y el pinchazo de las uñas clavadas en la carne la devolvía a la cúspide no soñada. Y es que se había volatizado por un momento entre el púrpura de las sábanas, la telaraña de la lámpara y el cabello dorado del errante que la embestía. Cómo la había rescatado, cuándo, por qué no era consciente de la importancia del momento, y se dejaba aprisionar por el resuello trémulo y ficticio. Sin embargo, allí estaba ella, abriendo sus piernas, dilatando los orificios, esparciendo su saliva en un glande disfrazado de promesas mutiladas. Quería inmovilizar el instante, guardarlo en una caja para rescatarlo cuando la memoria sólo fuese una puta jaspeada en tizne y medias rasgadas. Y volvió a sublimar su existencia en ampollas de nitrógeno dispersándose en la habitación.  

Soñaba despierta, como siempre, pero ahora sin la hojarasca de ánsar o el néctar silvestre. Soñaba despierta con la blancura de sus manos, la liberación de sus dedos frágiles pero versados en la disciplina en la que ella desbarraba. Soñaba con los ojos rasos, uniendo la respiración entrecortada, muslos desnudos, cuello despejado, polla dura, nalgas apretadas, movimientos apresurados. Y amor, amor retornando en su mirada. ¿Realmente era tan difícil que la follasen con ternura? por qué lo necesitaba tanto.

Cuando se confesaba se sentía sucia y arrastrada, avergonzada de las cosas que a él le repugnaban. No hizo nada por detener la náusea que le provocaba arrojarse en los brazos de cientos de hombres, tuvo que hacerlo. Ella lo buscó aquella noche en la que mojó las sábanas al despertar, buscó su calor, su aliento, su pecho para desmoronar en él su ignominia, su repulsión hacia ella misma, y sólo encontró un ultimátum, vacío, una frialdad acostumbrada que permanecía, ya arraigada, desde el principio de la relación. Cuánta humillación… sólo encontraba consuelo en el sexo sin piedad; la degradación era su única vía, la única forma, de encontrar placer. Todo era más fácil sin amor, con una presencia ajena a ella misma, enclavando los agujeros por los que destilaba el odio consumido en olvido. Acabando con la única posibilidad de que algo existiera. Olvidando la reminiscencia en el futuro. 




Elite Gymnastics - Here, in heaven 4 & 5

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Strange Affection







Perder la virginidad sin estar enamorada es como beberte una Coca-Cola a la que se le fue el gas. Faltan las burbujas, las chispitas de la espuma salpicando en el borde del vaso y en la boca de la botella, falta la urticaria del lagrimal y las cosquillas en la punta de la nariz. Pero te acabas entregando en el momento menos oportuno, cuando alguien viene a recoger tus extremidades mutiladas y abandonadas en la cima de una escombrera. Unos ojos azules y unas manos expertas en diseñar planos complejos, invocan la fierecilla interior que despierta después de un año de sequía orgasmal. Y te reconstruye soldando todas las piezas. Dos  relaciones fracasadas, un leve contacto con la otra oscura y temida dimensión, labios prisioneros y castigados por dos años, todo tenía sentido si ya habías tocado fondo hacia el final del verano.

Joder, se maldice mil quinientas veces. De qué sirvió coquetear con las pinzas, las siete colas, el pinwheel o las chinchetas. De qué sirvió la espera de rodillas, mojarse antes de que sonase el teléfono o acariciarse las heridas de la carne abierta. Admite que como experiencia no estuvo mal. Por ejemplo, el frío del acero endurecía la cúspide de sus pechos a punto de estallar; y el roce más leve hacía descender ríos de flujos piernas abajo. Sentir el cuero en sus muñecas, el plástico profanando su culo, la seda sellando su boca, todo el ritual desataba su instinto más perverso y suicida. Resonaba, entonces, unas palabras furtivas ahí dentro… en el sexo había empezado desde el final obviando la base. Y es que eso tampoco la preparó para el momento culminante, el momento especial que luego acaba siendo un vómito al borde del wc en plena resaca.

Entró en el ciclo de la autodestrucción, ofreció su coño explotando su sacrificio, sin penetración, pero dejando que las esquirlas tatuaran parte de su cuerpo. Desmembrarse le hacía sentirse viva, amputar cada noche su clítoris estimulaba su enardecimiento y a la vez se sentía sucia, inferior. Pero la humillación la encendía, la hacia volver una y otra vez, siempre en ese peligroso bucle. Así hasta que se perdió y tuvo que volver sola, desgarrada, sin ninguna esperanza en el amor, en otros labios que la rescatasen del borde del precipicio.

Pero siempre hay movimiento alrededor, gente gritando desde las terrazas, chicos que piden el hielo que sobra en tu copa, miradas que te sonríen detrás de una barra. Te vas envolviendo en tu cáscara, endureciendo los callos de tus dedos, falsificando las huellas y el tacto de tus manos. Y te niegas a ver que algo bonito puede esconderse dentro de ti. Entonces llega el príncipe azul a salvarte, quiso extraer las esquirlas clavadas, pero ella estaba tan borracha…los ojos vidriosos enturbiaban su maldita visibilidad. Quizás por eso comenzó a imaginarse el cuento, en lugar de vivir la realidad.

Ese cuento que comienza así…

*estoy demasiado alcoholizada para continuar escribiendo, esta noche sólo tengo fuerzas para arrojarme en tus brazos y dejarme follar con amor por la bestia púrpura.


lunes, 12 de noviembre de 2012

Mi sueño (un mundo para ti)







“Cuál es tu sueño” me lo preguntas con ese tono de voz que me derrite, que me tocas y se pueden colar los dedos de lo blandita que me vuelvo a tu lado. Que no sea una niña pequeña y conteste cuál es mi deseo, qué me gustaría que pasara ahora contigo. Pero estoy viviendo mi primer amor con algo de retraso, da igual que no tenga quince años, yo veo rosa y corazones por todas partes. Claro, he pasado de niña rural a niña rural ñoña y pegajosa, pero y lo feliz que soy yo qué, eh. No quiero que se vaya esta sensación, no quiero volver al gris ni al sofá, no quiero aislarme más en la habitación y cerrar la ventana mientras hundo cara y desgana en mi almohada. Por eso no puedo evitar reírme nerviosa, no quiero que descubras cuánto me gusta soñar despierta, todas las mariposas haciendo de las suyas ahí dentro, y tu voz subiendo por mis piernas, hasta llegar a ese lugar que tan bien conoces tú, un hogar que ya es tuyo.

Cuando cierro los ojos pienso en las cosas pequeñas, esas que a mí me llenarían tanto, y que por ser tan nimias nunca llegué a conseguir. Y te veo ahí, enredando, siendo la otra pieza del puzzle que encaja en la estructura más perfecta, porque contigo mis posibilidades se multiplican por infinito. He contado los segundos y los pasos de vuelta a casa después del trabajo, porque sé que estarás terminando un libro y yo me muero por descubrir esas letras en tu mirada. Te acercas a la puerta y mis ojos brillan cuando te veo apoyado en el umbral, tu sonrisa evapora en bruma las agujetas de la jornada laboral y colgarme de tu cuello es la mejor recompensa al exhausto día. Disfruto en la cocina después del baño de espuma con sales minerales que nos hemos preparado. Me gusta rodear tu cuerpo con mis piernas, me gusta transmitirte la sensación de mis dedos extendiendo el jabón por tu espalda, mientras nos contamos qué tal nos fue el día. Te beso mientras aprisiono tu dorso, no quiero que escapes, no quiero que te escurras por el sumidero, me aterra la idea de verte volar. Me gustan tus ensaladas pero hoy prefiero sorprenderte, hoy prefiero salpimentar el solomillo y reducir la salsa, mientras tú sirves dos copas de vino recitándome un poema, la banda sonora es la nuestra, esa que ves aquí. Estás delicioso cuando te concentras en ese abismo de palabras, cuando te acercas a mi espalda para abrazarme desde atrás después de tirar del lazo de mi delantal. Tu respiración tan cerca de mi oreja, resbalando por la nuca, me enternece y excita a partes iguales. Y proporcionarle al sofá una usanza que desconocía, entre rollos de plumas y pelusas de lana. Compartimos ese otro arte en el que nuestra estética coincide, como en tantas otras cosas que obvié cuando me negaba a ver la evidencia. He llenado la casa de notas de colores, cada nota esconde una pista y las señales te conducen a un premio, al final del juego divertido tu curiosidad de niño travieso es lo que más me enorgullece. Las opciones bucean en este instante en tu pensamiento, más tarde, si quieres, te puedo susurrar al oído en qué consiste tal recompensa. Quiero llevarte al museo para jugar al escondite entre Velázquez, Tiziano, Goya y El Greco. Enseñarte que también hay un hueco en las butacas de la ópera para los menos elitistas, los que prefieren a Wagner o Handel con vaqueros y camisetas de rock. Y tú me llevarás al parque, a pasear bajo la lluvia para meter los pies en todos los charcos, a jugar un cartón en el bingo para mostrarte que me llevé toda la suerte el día que me encontraste. Me mostrarás dónde se esconde la magia de la ciudad, la que sólo puedo descubrir si voy de tu mano. Tantas y tantas cosas que únicamente puedo conocer porque eres tú el que me las revela, el que las inventa o le otorga el sentido que tienen. Aprenderé a recitar, a escribir una poesía que lleve tu nombre y esencia. Medir los metros cuadrados y usar los perfectos para una cama grande, tuya y mía, y pintar la habitación de un color que todavía no se ha inventado, pero que no sea naranja. Te buscaré de madrugada, cuando las heladas del invierno violen nuestra habitación, enlazando mi pie entre tus piernas, transmitiéndote mi calor. Me pegaré a tu espalda cuando caigan las hojas en otoño, deslizaré en ella los sueños que cayeron de mis cabellos, para compartir contigo un mundo mejor. Abriré mis ojos en primavera, y sin duda, daré gracias por verte a mi lado, porque no podría tener un mejor despertar. Hoy te quiero hacer feliz y enredar mis dedos en tu barba. Y cuando verano bañe de sudor todas las certezas, serás tú el que me busque al otro lado de la cama. Mi cuerpo reaccionará a tus caricias, mis labios buscarán frescura en tu lengua y sólo entonces te susurraré “Me gustaría ser follada con amor” porque nadie mejor que tú, nada mejor que sentir todo este amor, para perder mi virginidad. Que me sientas dentro de ti, sentirte dentro de mí, es lo que más deseo en este mundo. Sólo entonces estaré verdaderamente completa. Buscaré, como ahora, tu nombre en la sopa de letras, y encerraré la palabra en un corazón. Cuando crea haber perdido la seguridad que me regalaste me enterraré muy fuerte en tu pecho para tomar un nuevo impulso, esta vez mucho más grande. Y haré que cada día sea único, te arrancaré sólo sonrisas, porque lo mereces, te mereces la mejor parte de mí.

Ese es mi sueño, eso es lo que quiero, crear un mundo para ti donde sólo quepa la felicidad. Juntar mis libros a los tuyos en las estanterías, ir a recogerte a tu trabajo el día que menos lo esperes, regalarte una flor. Jugar a ver quién adivina los primeros segundos de una canción, escribir un cuento a medias para leertelo la noche que no puedas dormir. Despertarte con un zumo de naranja recién exprimido, llevártelo a la cama para que no te tengas que levantar. Retarte a los videojuegos y picarte para no dejarte ganar. Recorrer los pasillos del supermercado empujando juntos el carrito, y sobre la marcha inventarnos una receta para cocinar juntos. Rociar con mi perfume una de tus camisetas, para que al ponértela te recuerde a mí. Robarte tu camisa de cuadros azules, porque me gusta llevarla sin nada debajo mientras duermo. Esforzarme para demostrarte que se puede amar una vez más como la primera. Vigilar y velar por tus sueños, para que no se cuelen monstruos ni dragones, para luchar por ellos y así puedas alcanzar todo lo que te propongas. Un mundo en el que mi calor te abrigue los días de frío, en el que los portazos tengan el único significado de estallar un poquito sin salpicar. Porque luego haré un pastel de chocolate para pedirte perdón y tú besarás mi frente dándote cuenta de que ya me hice mayor, que es una mujer la que te ama, aunque aún guarde un poquito de esa niña rural, sólo para reírnos juntos. Mi sueño es regalarte un mundo conmigo dentro, para que nunca más sientas que la soledad es fiel a tu decadencia, para emborracharnos juntos y caer despacio, y al levantarnos ver que uno está al lado del otro. Contigo he aprendido a sentirme bien cuando me siento bien, razón suficiente para no permitir que nada ni nadie te haga daño. Todo vale la pena si con eso sé que serás feliz.

No tengas miedo, respira tranquilo, voy a cuidar de ti mientras tú me dejes, pero sólo cuando me abras tu puerta sin miedo a llevarme la casa de mi pueblo a cuestas.

Te amo, incluso antes de conocer tu existencia.


2:54 - Revolving



sábado, 10 de noviembre de 2012

La división de virtudes






Empecé escribiendo algo bonito, esas cosas que surgen cuando el alma se ensancha, cuando las horas han madurado incluso antes del último guiño del gran faro. Porque tu presencia contaminaba la luz del día, la voz derritiéndose en la punta de mis dedos, la torpeza cuando vuelves a la pubertad porque te saltaste el paso más importante de todos, y ahora ese color pastel desborda todas las esquinas. Pero hoy volviste la carne crepuscular y la sonrisa sangrante. Has traído frío a mi habitación pintada de cálido otoño. Porque nada, nunca nada, será suficiente para ti. Ni el más gigante de mis pasos, ni el más épico esfuerzo será valorado. Las flores mueren en tu boca mientras el pez que vive en tu garganta bebe la ponzoña de tu lengua. Y a mí me quemas, me vas lapidando poco a poco mientras yo más quiero respirar, más me vas tú matando.


martes, 6 de noviembre de 2012

Hormigas en la mortaja






Vengo de un entierro. Doblaban las campanas pero sólo he alcanzado escuchar la pena de los abuelos, nietos e hijos desgarrando la madera del ataúd y el mármol del nicho. La casa se llenó de viejas cotorras que murmullaban las vergüenzas del difunto, me besaban insistiendo en la dulzura de mi cara, en mi extrema delgadez. Y yo les contestaba con el estruendo ruido de mis tripas, con mis ojos secos de lágrimas y llenos de hiel. Las cucarachas son serpientes envenenadas, víboras implorando clavos y un martillo para sepultar el cadáver en los confines. Toda la noche murmullando adelantando el Rosario, única función de una farándula caduca y casposa, corrompiendo el signo tradicional. La casa llena y la calle mojada, me revuelve el hedor a mortaja, el vaho a café quemado, leche agria y orín en el ropaje de viejas. La madrugada avanza como la densidad de la tormenta que se desata volando macetas, cortinas y colillas aplastadas en las ventanas. Amanece y el despojo de huesos añejo y blanco encarroña el encaje delicado rodeando el féretro. Me despido, ahí se va un hombre que fue bueno mientras las cacatúas plañideras punzan la carne pútrida con sus alfileres.

Doblan las campanas, resbala la tierra mojada, trina un pájaro desde el pinar mientras se desbaratan las coronas de flores que sepultan al hombre bueno que se va.


Virgin Black - Requiem, Kyrie


domingo, 4 de noviembre de 2012

Una historia completamente fingida







Carlos nunca estuvo enamorado, al menos no de esa manera que te hace vivir enajenado la mayor parte del tiempo -te ahogas y te mareas todo el rato mientras te duele el pecho-, o te hace contar las horas midiendo la respiración al ritmo de latidos cardíacos.  De esa manera no, él sólo había seguido un guión de cine comercial; interpretar un papel que le hacia amoldarse perfectamente a cada circunstancia, ya que suponía que amar era llevar el desayuno a la cama, regalar flores o inventarse una canción que hablase de amor. Y ahora que por fin había descubierto el significado de esa palabra con cuatro letras, tenía que romper el noviazgo y olvidarse de todo.

Se puede decir que el protagonista siempre fue un poco verde, en el sentido de que nunca acababa de madurar y llegaba tarde a las cosas importantes de la vida. Sí, tenía edad para votar pero no comprendía qué era la política. Empezó a salir con una chica sobre los quince años, aunque tardó un poco más en dar el primer beso. Su grado de dependencia estaba yuxtapuesto al dependiente. Se masturbó por vez primera pasados los veinte e hizo su primera gran reflexión a los treinta. Pero él era un ignorante feliz, sin ciclos ciclotímicos, sin complejos o grandes emociones. Hasta que conoció a una demente que hizo que cuestionase hasta su propia integridad.

La chica andaba algo desequilibrada aunque al principio lo disimuló magistralmente. Trataba a Carlos entre algodones, le ayudó a salir del caparazón entregándole los tesoros más valiosos que una mujer puede albergar. Y él creyó encontrar un paraíso perdido, sin retorno, ¡cielos! creía haber encontrado el estado puro de felicidad. Pero sólo fue un espejismo… pronto la lunática empezó a comportarse de manera neurótica, violenta e inexplicable. El chico temía por su propia vida, pues la mujer trastornada con ojos inyectados en sangre hacía irrespirable el aire, no sólo reducía su caduco espacio, sino que traducía su exasperación en los golpes que le propinaba al subyugado Carlos. Lo anuló, lo borró de cualquier parte e hizo de su existencia afrenta y deshonra. Aniquiló su valentía, su risa, su devenir, y patentó el síndrome de terror e infierno que acabarían reduciendo a Carlos en una acumulación de defectos y fallos. Así pasó un tiempo hasta que la perturbada lo abandonó, pero antes de marcharse sentenció al chico de muerte. Le advirtió que todas las cicatrices de su cuerpo no serían nada, en comparación con lo que recibiría si no le guardaba respeto. Esa puta chiflada lo sabía todo de él, lo chantajeaba y lo manejaba como una triste marioneta. Tenía un ojo puesto en él, pese a la distancia, y estaba tan aterrado que era incapaz de pensar con claridad o tomar cualquier tipo de decisión. Con frecuencia le avisaba que estaba allí, que olía sus pasos cada vez que se movía, y al chico le temblaba el pulso cada vez que alguien unía un afecto a su persona, aunque sólo fuesen palabras amables vestidas en mentiras piadosas.

Qué paradoja, el catorce de febrero no habría tenido nada de especial si Carlos no hubiese llamado a la puerta de Inés, o ésta a la puerta de él, pues nunca se sabe qué fue primero. Para el treinta de marzo él ya se había enamorado de ella. Creía conocerla desde hacía mucho, llevaba un año observándola aunque nunca se le habría ocurrido acercarse. No sólo tenía presente la amenaza de aquella chiflada –la innombrable- sino que se sentía ridículo cada vez que ensayaba unas palabras frente al espejo. Probablemente aquella tarde había bebido, lo hacía a menudo para mermar inapetencia y amilanamiento. El alcohol le aportaba la entereza y el arrojo que le faltaba cuando se creía perdido, y el mundo de Inés prometía ser un hogar cálido y providencial, aunque ella se empeñase en cubrir las paredes de color gris.

En unos meses, Inés se había convertido en el centro de la vida de Carlos, le había descubierto un universo diferente entre dos extremos, que el gris era una mezcla de blanco y negro y que él tenía las herramientas adecuadas para alcanzar cualquier propósito. Ella tenía esa seguridad que a él le contagiaba, una sonrisa que embaucaba, las manos más entrañables del mundo. Congelaba el infinito cada vez que se dirigía a él, se evaporaba en partículas imposibles cada vez que leía una de sus poesías. Es que la chica era tan sumamente inteligente como ingeniosa, y tenía esa capacidad de cortarle la respiración al más mínimo susurro de voz. Por eso creó un mundo para ella, un espacio en el que sólo existían ellos dos. Todo llevaba su nombre, la música, las letras, los colores, las imágenes, el mar o el aroma a sexo mojado eran inherentes a su persona. Creó esos cinco segundos que envolvían toda esa existencia. Y sin embargo, él nunca la merecería, cómo iba a tenerle ella en cuenta, si no era nada a su lado, nada al lado de sus amantes pretéritos.

Porque Inés nunca le correspondería. Le gustaba regodearse en arrobas de soledad, trasnochar agotando la realidad, que al final quedaba empañada en un juego ficticio. Supervivencia, por eso se entregaba en los brazos de otros hombres, y Carlos no podía ni mirar los ojos de otras mujeres porque se sentía sucio y vulgar si al hacerlo pensaba en ella.

La innombrable planeaba sobre él, lo mutilaba poco a poco, pero Inés jamás podría verlo. Ella sólo necesitaba que la amasen, una persona que la rescatase de la claustrofobia, una rutina que pesaba demasiado y que apenas podía soportar. Eso originó la desilusión de Carlos, qué importaba que fabricase cinco segundos si ella los convirtió en un chiste, una nimiedad que carecía de importancia. Inés tuvo que romper con el noviazgo, él lo tenía que entender, nunca lo amaría. No le podía corresponder.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Lugares comunes II






Cuatro paredes en blanco solapan una jaula vana, tétrica y abandonada por unos pájaros tunantes sin voz propia. Ella se embelesó contemplando aquel parapeto, frenéticas todas sus neuronas, buscando grietas por las que emanasen las orugas fingiendo melancolía, siguiendo el rastro del alacrán camuflado en vergüenza y postración infinita.

Todo se movía en la habitación ajena, prestada sólo hasta el declive del hundimiento. Nada se detenía entre sus dedos, entre sus dientes que mordían la condensación del silencio, sin apenas inmutarse, o revolviendo el caos en su existencia afilando sus colmillos. Las esquinas de su mente se colapsaron, como se hocica el gato en el ovillo de lana. Y los fluidos de su materia, las corrientes y mareas de su alma, transmutaron en una luz de emergencia. De repente una voz en off…

Espera y fracasos, confusión y ciclotimia. Vacío y nada. Reservas y privación. Punzada y afonía. Como si recordase algo después del suicidio, se había inmolado tantas veces, que no le importaba hacerlo una vez más.


martes, 30 de octubre de 2012

Lugares comunes I







Lo único que quebraba el vacío era la caterva de moscas negras preñadas de litigios contra el silencio, en lugares comunes y totalmente diferentes, rehusando arrojar al vertedero todo lo que se rompe. Es el ojo el que hay que mantener limpio, enseñarlo a llorar equilibrando la densidad de las pestañas cosidas a los párpados, lágrima furtiva errando de bruces en su mejilla. Danzar las larvas en el folclore místico que no es más que un hervidero de rutina. Huir de uno mismo disfrazando el silencio de navegantes callejeros, ambulante de misterios y malabarista de signos.

Y con la ceguera aún en la luz de sus ojos despistarse del parque de atracciones, cumplir la ley que persigue los cielos, embeberse el hielo que se ha derretido mientras se vuelve ceniza la ropa que te ha protegido. Y ya se ha olvidado de todo cuando mira sus venas y se da cuenta que no pueden soportar mucho más. Que todo solloza veneno y se desploma  mientras las alucinaciones se cortan a través de este cable enmohecido.

Las palabras penden de la cabeza de alfiler, dijo que ahí cabía el universo y se bebió todo el cosmos sin oxigenar el líquido. Nunca era demasiado si no colgaba el cuello en el olivo, si el tronco no conservaba los gusanos del leño podrido, no era suficiente si no se deslizaba de puntillas por la ciudad brillante o si subía tan alto que se volvía inalcanzable. Siempre estaría ahí el aliento de las sombras, atormentando su nuca, gateando por la espalda.

Abiertas las jaulas los pájaros volaron, las plumas diseccionadas rasgaron su garganta. Se ahogaba en ella y quemaba el vacío, complicarse induciendo el sueño, vomitando amnesia, supurando el duelo, mitigando reposo absoluto.  




domingo, 28 de octubre de 2012

Y querer pegarme a tu cálido trasero cada noche









Porque era el único lugar seguro, el único a salvo de él/ella mismo/a. Su hogar después de la jornada de trabajo, después de los kilómetros andantes bajo la lluvia, con los pies arrastrando por el barro, después de abandonar su coche tirado en una cuneta. Cuando la tediosa jornada laboral le dejaba reducido/a en mugrientos harapos, después de su no-vida. Detrás del vaso de whisky y el graznido de los pájaros, a la sombra de los geranios. Sólo quedaba el cobijo debajo de las mantas, pegado/a al calor de su trasero.