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jueves, 25 de octubre de 2012

Seulement la nuit






Me gusta la noche porque el ciclo se detiene por un momento. Me deslizo en la madrugada acallando el posible ruido que no va conmigo y a partir de ese momento cualquier locura tiene cabida, cualquier oportunidad es infinitamente mejor que la certeza de no hallar descubrimientos cuando el oscuro es el único color disponible.
Me gusta la noche cuando ato las zapatillas que me conducen a la orilla, a los metros de piedras gastadas por pies despreocupados supurando relax  -vacaciones- después asfalto y más tarde arena o barro. Sólo la luna, el aire y el resto de partículas que transforman la noche indivisible en una carencia menos nula. Sientes que el aire es distinto, y el perfume de la biosfera va contagiando tu carne, tu risa y tu pelo. Aceleras los pasos largos y el espejo plateado aísla tu sombra en las hojas del castaño.
También me gusta la noche cuando te espero en mi cama a duermevela, cuando llegas sigiloso, apartas la manta y te acurrucas en mi espalda usurpando mi calor. Me doy la vuelta y hundo mi cara en tu pecho mientras mi mano acaricia tu nuca. Hilamos un ovillo que nos protege del exterior, y nuestro sudor se convierte en la única gota de existencia.
También me gusta la noche cuando la absenta seduce y endulza mis poros, cuando silencio desborda la habitación y pestañea el ruido del ventilador. No hay página en blanco aunque lo creas, pasividad es ventura, médula, inmunidad. Sólo yo y mis apetencias son la exclusividad.
Me gusta la noche cuando dejo de crecer {soñando}, cuando retrocedo y el canto del grillo tatúa el esparcimiento en el kindergarten. Un arcoíris cabe en el lapicero y en una tartera rebosa la simpleza y la naturalidad. Pierdo, sin consternarme, mi pulsera entre las chinas menudas y sin embargo no ser meteoro es el mayor de mis lamentos.
Me gusta la noche en los abriles dormidos, con el pegote de rímel, hielo licuando la garganta, moldeada en negro y el encarnado secándose en los labios. Luces pernoctadas sobre la ciudad, el metro que se escapa, el autobús que no llega. Tu mano en su cintura enterneciendo la despedida, los números de teléfono perforando el papel de la servilleta. Y siempre hay tiempo para una más, otro beso robado, otro disparo de gemidos. Luego nada.
Me gusta, me gusta mucho esta noche que no es mía, que es tuya, de todos y de nadie. Porque se enredan las historias descubiertas, se juega sin apostar, me masturbo con tus palabras, te masturbas con mi tristeza, lunáticos cabalgando en una orgía, y al final todos acaban solos, mientras la noche se desliza. 


Saint Etienne - Tonight


jueves, 11 de octubre de 2012

"Y aquí estoy yo hablando solo. Eso, eso es la teoría del caos"





Desde que sintió aquella repentina curiosidad por el futuro, no había dejado de pensar en todas las posibilidades de que se cumpliera el augurio de su amiga la vidente. En realidad ella nunca creyó en la buenaventura, una vocecita interior le decía que el porvenir, lo bueno y lo malo, se lo trabaja uno mismo. Tampoco se burlaba de la gente que aceptaba las profecías, quizás le parecía que los iluminados se beneficiaban de la fe de los desesperados, la aflicción del miserable. Y no, no se trataba de tildar a ellos, los más débiles, de ignorantes o analfabetos -eso mismo le hizo creer mucha gente en el pasado- sólo era un problema de respeto y aceptación. Pero quién era ella para cuestionar los asuntos de fe, mejor era creer en algo y no vivir en un mundo de sordos y ciegos, mejor eso a no tener nada a lo que aferrarse.

Cierto día, tal vez por el fastidio y la gandulería de su propia vida, sintió la intriga, la curiosidad o necesidad, de conocer qué había predestinado para ella. De modo que tocó a la puerta de su amiga la agorera, curiosamente se trataba de la persona más agnóstica y deprimente que había conocido en su vida. La típica hipocondríaca que te contagia y desquicia  con sus aprensiones y manías, pero sabía que podía confiar en ella y en su discreción. Extendió sus manos, estudió la baraja sobre el tapete marrón y le habló de muertes, tragedias, sangre, lágrimas y dinero. Le habló mucho en pretérito y poco de los terrenos venideros, le habló de nieve, casamientos y embarazos. Y a la protagonista de la historia, el vaticinio de su amiga concurrida en taras le aburrió. No obstante hablaron de ello en varias ocasiones diseminadas en el tiempo, mientras estrangulaban las horas muertas en alcohol, observando los atardeceres en los que se desvanecía el azar ya demasiado difuminado. Esa última vez le habló de las ciudades en las que el mar era diferente al que ella conocía, le habló de las carreteras secundarias que se convertían en anchas autopistas, le habló del no futuro laboral y de su Salvador. Coño, no jodas, que el único Salvador que ella conocía era su primo de Francia, al que sólo veía en Navidades.


Nuestro destino ejerce su influencia sobre nosotros incluso cuanto todavía no hemos aprendido su naturaleza; nuestro futuro dicta las leyes de nuestra actualidad.
Friedrich Nietzsche



Y de repente ella se ve formando parte de la interminable cola de la oficina de correos, siendo testigo del mal funcionamiento de los empleados que sí acomodaron su porvenir hacía años. El cliente que había delante de ella, empujando el mostrador, estaba indignado con el funcionario de camisa amarilla y pantalón azul. “Hostia tú, chaval. Dame la puta hoja de reclamaciones a la de ya”. Pero ella no parecía inmutarse por las voces del usuario furioso, su atención había sido cautivada por la cola de dragón estampada en el brazo del indignado. Hasta que él volvió su mirada para dirigirse a ella. “A ver, chica, mi único delito fue votar por correo. Y el memo no sólo me pierde el certificado, encima me tacha de nacionalista por haber nacido en Hernani”. Y se volvió de cara al funcionario sin esperar alguna respuesta de ella. Por supuesto, se quedó loca con aquella declaración.

Y de repente, el chico del dragón y la chica que nunca se entera de nada, se volvieron a encontrar en uno de los sitios menos probables. Un pabellón deportivo, una locura de celebración en el único lugar que podía cobijarlos del aguacero, rodeados de gente absurda y engullendo una cantidad de comida incalculable. La circunstancia y la barra del vino les llevaron a titubear con las miradas. Colorada no, lo siguiente. Quedarse mudos fue lo único que los salvó.

Y de repente, el chico del norte con el tatuaje de dragón, y la chica no demasiado guapa que nunca se entera de nada, se volvieron a encontrar en uno de los sitios más insospechados. Una casa azul y una apoteosis de festejo inexplicable. Ahora las circunstancias eran distintas, las grullas, el mar y el cielo les unieron en el centro del jardín, bajo las luces intermitentes y a la simetría de la música sonante.


Podía o no creer en la buenaventura, la fe, el destino o las adivinaciones de su amiga iluminada, pero estaba claro que su camino estaba lleno de sorpresas y casualidades. Fuese o no el chico del dragón su Salvador.



Bang Gang - Find what you get



sábado, 29 de septiembre de 2012

Cuando el otoño llora, el vacío parpadea





Avanzaban las horas hacia el otoño con la misma suavidad con la que tú te evaporabas de mi habitación, de mi círculo, de mi trozo de nada; encerrando un mutismo que me escarchaba la saliva en la boca. Oía la lluvia salpicar en los surcos formados en el borde de mi ventana, y la luz parda cambió los esbozos proyectados en la pared azul de la alcoba. Se destiñó el añil derramando el cobrizo por las grietas de los tabiques inmunes a la imagen, colándose por la película perforada del dosel pocos días antes inaugurado. Y mi primer pensamiento fuiste tú, que ya no volverías a empujar tus pasos por esta pieza descolorida, ni a inundar mis vacíos con tu carcajada tan contagiosa como lasciva. Tú, más doliente y apático que la distancia, mudando tu piel como las hojas de otoño del árbol, melancólicas y nostálgicas, esparcidas en el parque aguardando ser pisadas por el mero hecho de oírse crujir. Tú, que me acariciabas con tu voz cuando me despertabas, sin inmutarse los dedos.

Estuve despidiéndome de ti durante toda la tarde, guardando tu mundo en una tétrica página en blanco, efecto sólo de mi vergüenza. Mientras, recordaba la manera en la que llegaste a mi vida, abriendo todas las puertas -justo antes de florecer el cerezo- rebosándome de oxígeno; un universo por explorar sin soltarme de tu mano. Yo aún estaba cicatrizando o poniendo parches, liándome en la seda del gusano para no volver a perder la luz. Por eso nunca me acabé de creer que pudiese ofrecerte algo, al menos algo interesante, a tu altura, a la altura de tus amantes. Pero me ayudaste a creérmelo un poquito, y sino, mira todo lo que has conseguido que yo haga; que ande con zapatos altos -seguridad en mí misma-, dejarme crecer el pelo, respirar delicado antes de mascullar palabras, además de usar un móvil por el que deslizo los dedos. Aunque lo más importante, lo mejor que he aprendido de ti, es comprobar que la gente tiene tanto miedo como yo, que sí yo no me abro jamás podré encajar en ningún lado. Ojalá pudiese ser distinta, ojalá la cobardía y la inercia no fuesen unos de mis principales defectos. No entiendo por qué tengo que chocar tanto contigo, por qué lo único que siento es que no me comprendes. Y me siento más torpe que nunca. Y en el fondo sé que es mejor así, porque nunca podría completarte en nada. Sé que piensas que me falta autoestima, pero una cosa es no apreciar las virtudes que pueda tener, y otra bien distinta sería engañarme yo, no ser consecuente conmigo misma. Y después de todo ¿qué es el amor? si aún no se definirlo, ni tú decir qué es eso que sientes. Lo sé, falta la parte más importante y sin esa pieza del puzzle sólo divago y bosquejo minucias, nada que se pierde en la nada.

Llega el frío, las alfombras boscosas darán paso a los copos de nieve -cambio de estaciones- y tú te deshaces como las heladas de invierno; tan dócil y raso como llegaste. No eres un antojo, eso no, ni siquiera una arbitrariedad. Me encantaría que fuera distinto pero entiendo que el tiempo reivindica lo que le pertenece, aunque creo que mi carta empieza a ser papel mojado; pues tu hastío ha desencadenado en no echarme de menos. No te puedo culpar de nada.

Amor, no volverás a ver mi luz verde y a mí me dolerá descubrir que ya no hay nada que vibre bajo mis sábanas. Sufriré cuando muerda mis labios al no decirte que estoy en la ciudad, que me rodearé entre compositores rusos y artistas británicos, que te buscaré a sabiendas de que no estás. Porque si verte me acobardaba cuando había algo, ahora que nos perdimos me asquea mi ridículo y mi agonía. Lamentaré que no veas cuánto me ha crecido el pelo y decirte que ya había escrito tu carta de cumpleaños. Me faltará tu brío colmando mi vida, mi casa, estas calles a las que le hablé de ti, me dolerá mirar a un lado y ver que ya no estás. Porque todo tiene tu presencia, porque cada cosa me recuerda a ti. Pero nada duele más que palpar la confianza perdida, que los secretos ya no se comparten, porque mis pánicos y tu lasitud han disipado nuestra intimidad.


Huele a tierra mojada, a leña y morriña, a tristeza calada en ocres. Escucho a Jansch y pienso en ti. Llueve y la lluvia me sabe a ti, y aunque no lo creas sonrío, por lo que he recibido, porque sé que pronto vas a ser feliz. Porque fuiste tú quién reparó mis alas y gracias a ti ahora puedo volar.


Bert Jansch - Needle of death


martes, 12 de junio de 2012

El lado oscuro de las cosas







Me dices que mis paranoias son tan absurdas que debería visitar a ese psicólogo con el que el chico decadente suele desahogarse. Y yo te respondo que no deliro con conejitos inoportunos e indiscretos, que si hubiese alguna patología en el proceso de mi desarrollo afectivo sería, de cualquier modo, mi problema. En ese caso ¿dónde está el problema?, que siendo mis alucinaciones tan ilógicas e irracionales se puede vivir perfectamente con ellas, pues no creo que alteren pensamientos ajenos. Adáptate tú, jodido chiflado, que se adapten los demás, dejadme a mí con mis fantasías, con mi cordura o mi incongruencia. Pero insistes, te gusta diseccionarme como a una rata de laboratorio, porque en el fondo tienes esa vocación frustrada que nunca llegaste a desempeñar. También pasa que quieres estar por encima de todo; y es que te hiciste Poeta en lugar de estudiar psicología, te prometo que jamás entendí el motivo. “Hay que dominar la naturaleza, los entresijos de las mentes, de ese modo conseguirás subyugar los versos de una composición perfecta” me dices. Vale, quieres jugar, husmear en mi raciocinio porque también pasa que estás fascinado con ese psiquiatra cuya mujer sufre superfecundación heteropaternal. Y ahora estás interpretando ese papel, ahora te sientas en el borde de mi cama de madrugada, me haces preguntas eclipsadas sobre un yo paradójico y a veces me quedo sin respuesta. Bah, tampoco me dejas tiempo para pensar y responder, el trato es contestar de manera automática. Cuando acabas con la batería de interrogantes imponentes y desestimables, redactas en una ficha un perfil inútil y retractable. 










Irene.
31 años.
1,60 de altura.
45 kilos de peso.
Enajenación, alteración de la razón y el afecto. Distorsión de la realidad.
Tratamiento: psicoterapia.


Me llamo Irene y no estoy loca.  Participo en este ejercicio de manera voluntaria, para dejar constancia de mi sano juicio y, también, para dejar en ridículo a mi amigo que cree que sí estoy loca. Me ha pedido que redacte los problemas en los que más suelo pensar, dudas, quiere conocer mis miedos, qué cosas me inquietan y qué es para mí la realidad.

Yo nunca he sido una persona de pensar mucho, siempre me he movido por impulsos y nunca he tenido dudas existenciales. Bueno, tal vez, cuando estudié filosofía pero aquello duró lo que un par de cursos. Tampoco quiero decir que una persona impulsiva no sea también una persona racional o con esa capacidad de cuestionarse dudas metafísicas, pero ese no es mi caso. Las dudas que siempre me han asaltado a mí son más del tipo ¿por qué hay eco en el baño cuando quito las toallas y la cortina de la ducha? ¿por qué hay dos rebanadas de pan de molde en el paquete que nadie nunca se come? ¿hay alguna función más que la de proteger?. Sí, ya sé que la respuesta debería de sobra conocerla, pues hasta los niños de doce años la sabrían responder. Pero ahí están las irresoluciones que a mí me hacen discurrir.

Mis miedos son totalmente comprensibles y habituales; la incomprensión, el rechazo, dolor -no físico- eso que llaman dolor del alma. No hacía falta analizarme para llegar a la conclusión de que el miedo es lo que me conduce a la inseguridad y a la debilidad, pero que esto no se puede tratar como una psicopatía. Luego existen otros miedos que son temores, pequeñas alarmas que me paralizan durante una milésima de segundo. Esto ocurre, por ejemplo, a primeros de junio de cada año. Extrañamente me pica una araña y una asquerosa erupción se espurrea por todo mi cuerpo. Bueno, de ahí deriva otra pregunta de esas en las que no hallo respuesta: ¿por qué me pica justo en esa fecha?. Como si no existiesen las arañas el resto del año. También le tengo respeto (aprensión) a los microondas, y es que cada vez que toco uno sufro una descarga de corriente eléctrica. Al principio pensaba que era la casa, tal vez por lo de la toma de tierra, pero es que me ha ocurrido en todas las casas por las que he pasado. Por lo tanto me mantengo alejada de ellos.

La realidad… es esto, que tú y yo estamos aquí en este instante. Es la existencia de algo. Realidad es que no puedo tener cactus en casa porque se mueren, me los cargo a todos. Realidad es que se acabe el gas de la botella de butano mientras me estoy duchando. Desarmar un reloj con alarma y cuando creo haberlo arreglado me sobran o me faltan piezas. Comerme los helados sobre un plato porque siempre, SIEMPRE, se me cae la bola. No, no lo llames manías, no lo son. No es que sea yo muy maniática, sólo un poco estricta en la higiene de la casa y en la personal. Mis excentricidades son más del tipo apuntar cosas, por ejemplo números de teléfono, en los papeles de los caramelos. Empezar a leer un libro en los capítulos dos y tres, alargar el final durante meses. Estornudar con los ojos cerrados y abrir la boca cuando me pinto los ojos. Buscar mi nombre en una sopa de letras o hacer agujeros todos los años a unos zapatos.




Esto no se puede llamar Trastorno Bipolar, con todos mis respetos a los enfermos mentales y sus familiares.





Repo! The Genetic Opera - Chase the morning

domingo, 13 de mayo de 2012

La fin du monde





Creí suficiente todo lo visto, que lo conocido bastaba para saciar y saturar cualquier indagación y peculiaridad. Detrás de una imagen, detrás de un verbo, un sonido y una cólera repentina hallé la satisfacción codiciada.
Creí proporcionado lo que tenía y guardaba, historias que comenzaban cuando otras quedaban remplazadas, susurro de metamorfosis y transacción de grullo a metrópoli. De la opacidad y la candela. De todo.
Creí hastiado lo comprendido y dominado, estacionamientos en el estado del tiempo global. Cataplasma infectada de espejismos, del aire, rumores y adverbios de tiempo.
Murmuraciones preñadas de apariencias y alucinación.
Huida del ahínco en un inútil empeño, saludemos al estallido nuevo.



Human Drama - It is fear

sábado, 21 de abril de 2012

Some day... in 2032






En días vehementes, camuflada por un lema futurista, lascivo y romántico, de Angel Schlesser… reflexionaba y consideraba lo permisible y lo inaceptable, teorizaba los antojos inconcebibles o simplemente indescriptibles, todo lo que me invade o atormenta desde que empecé a volar. Sintetizaba los rasgos innatos preguntándome por la perturbación de mis desordenadas filias. Qué sería eso que se escondía en mí, qué reflejaba yo ante los demás para parecer tan extravagante e incomprensible, incluso ya para mí misma. Ninguna conclusión me satisfacía, en ninguna de ellas encontré respuestas. Qué ridícula, pues atribuí la carencia de revelaciones a la mutilación del verano entre julio y agosto, como si la calina pudiese exprimir los jugos del cerebro. Entonces llegó el experto en diseños, peritaje y cimientos, con su perfecta seguridad y esa frustrada vocación de psicología. Nos exhibíamos cada noche delante de una botella de vodka y unas cuantas caladas de algo mágico y contundente. A veces sólo seguía el movimiento de sus labios, y es que los sonidos me llegaban a cámara lenta y un tanto dispersos, como distorsionados, no más que nosotros dos, que nos evaporábamos entre humo y ruido blanco. Tenía un plan -eso decía él- que consistía en desprenderme, cada noche, de una parte de mi naturaleza. Prescindir, una a una, de todas las capas que me protegían y tapizaban, que me hacían ser yo. Renunciar a cada parte de mí no era fácil, pues no sabía ser de otro modo y cada noche me sentía más desnuda y vulnerable. Deconstruirte para llegar al centro y aprenderte a ti misma. Eso hice, desvestirme y deshacerme en pequeños fragmentos que yo creía irrecuperables. Cuando ya no hubo envoltura que me cubriera, cuando me descubrí de todas las máscaras, un pánico anónimo se apropió de mí, me asusté de lo que se reveló ante mí. Sólo quería volver a vestirme y tapar toda mi vergüenza, ocultar y disimular aquel engendro construyendo láminas de acero a su alrededor. Hacerlo dormir hasta que por fin desapareciese. 


El experto en planos y trazados que delineó el mapa de aristas y curvas, pretendió diseñar un prodigio de quimera, pero sólo consiguió proyectar a una efímera Irene.




Marina and The Diamonds - I am not a robot