Te reté para jugar al billar, nadie podía usurparte pues tu nombre siempre estaba en negrita y aparecía por el final de la cola de privilegiados, al contrario que yo, que siempre nadaba entre la p y la s. Pero no fue tu nombre lo que me atrajo, -uhm, ya sabes, ese tan erótico/sexual/depravado y lascivo- fue el perfil que mostrabas de hombre tranquilo, no hablador e indiferente para todo. Como siempre yo escogiendo el camino difícil, queriendo tomar lo que no puedo tener. Fue esa la razón de mi curiosidad por tu forma de jugar. Quién nos iba a decir que aquello sería el principio de todo.
Escribía con veinte años sobre mis experiencias sexuales, siempre me decías que tenía talento y que nunca te dedicaba nada. Pero no era cierto y, creo, que nunca fui capaz de contártelo, esa parte tan vergonzosa de mí misma. Pero sí que había algo en aquel cuaderno tan indecoroso, había una poesía y una imagen donde resaltaban las pompas de jabón naranja sobre un cielo de azul intenso, a pie de foto
This is the last time, esa canción que luego acabó en un disco de mi recopilación absurda en tu coche. Así fue como entraste en mi vida, poco a poco, sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin protestas o reproches. Sólo con palabras bonitas, con ganas de escuchar, sin condiciones ni esperar nada a cambio.
Aquella tarde, cuando llegué frente a la puerta del hotel, sabía que estabas allí. Alto, con gafas de sol, apoyado en el capo de algún coche aparcado en la Gran Vía. Polo azul marino, parece que mi memoria es selectiva y sí recuerda los pequeños o insignificantes detalles. ¿Por qué te dije que no te vi? no lo sé, tampoco te dije que recordaba las calles de Madrid perfectamente, que sabía exactamente donde se encontraba el hotel, que la vuelta a la manzana tan sólo fue un pretexto para robarle unos segundos más al tiempo y así poder verte un poco más.
Después me distancié entre novio y novio, entre cambio de ciudad, de vida y de trabajo. Eras tan bueno e incondicional conmigo que me avergoncé de la manera en la que trataba. ¿Cuántas veces me dijiste que aquello no acabaría bien? es que me parece que fueron muchas. Recuerdo que me querías abrir los ojos porque ese hijo de puta me tenía embelesada. La cosa empezaba a no ser sana, y yo, mientras tanto, peor te trataba a ti. Estampé mi rabia contra ti porque a él lo quería, a ti también, pero ya sabes, él era la parte dominante, el encantador de palabras con un poder desconocido sobre mi persona. Te aparté por un instante de mi vida, todo me superaba, tantos cambios en pocos meses, dejarlo todo y empezar de nuevo en ese periodo me tenía absorbida. Por eso cuando te dije que me había mudado a tu ciudad, que vivía allí, tan cerca de mi mejor amigo, no te lo podías creer.
Y la ciudad se volvió amable y agradable contigo. Las primeras cervezas en el bar cercano a mi curro, la barra (aquella esquina) de las confidencias, el cine en francés, mi música en tu coche, los papeles olvidados en la mesa de aquel bar, pendientes que se perdían en las alfombras, tus escapadas para llevarme de casa al trabajo, cuando el trabajo lo tenía a cien pasos de mi casa. La excusa para vernos y hablar una vez más. Pero no fui sincera del todo, si es que callarse las cosas y no contarlas se le puede llamar mentir. Te fijaste en aquel chico que comentaba en mi blog, me decías que por nuestro cruce de comentarios pensabas que él “estaba” por mí, que yo le gustaba. Y no te dije que yo también “estaba” por él. Que me besó la primera noche, que me llevó a su casa después de cruzar la ciudad en metro, encendió una vela y me habló de amor. Que me quería y nunca había conocido a nadie más dulce que yo. Tampoco te dije que el cuento de hadas se acabó demasiado pronto, que me despidieron, que utilizaron mis filias para señalarme el cuerpo de heridas y cardenales. No te dije que dejaba la ciudad, que mi hogar era una cárcel. Y pasaron los meses sin que tuvieras noticias de mí, porque mi puñetera memoria selectiva, la que se fija en estúpidos detalles, olvidó tu mail, teléfono, tu todo. Y yo no tenía nada, por no tener ni tenía carné de identidad. Qué lejos y qué cerca queda todo eso. Lo que nunca podré perdonarme es que tú fueses la excusa, la coartada y el comodín para salvarme de lo más gordo. Por cobarde, como siempre, y no ser capaz de asumir las cosas que hago, con todas sus consecuencias.
Siempre me animaste a escribir, siempre me decías que tenía talento. Abrí el blog porque otra persona me alentó y me sugirió hacerlo como lo estoy haciendo. Y en parte siento que te debo algo (MUCHO) porque tú fuiste el primero en leerme en todos los sitios por los que he pasado, tú fuiste el primero que me animó para que escribiera y siguiera haciendo cosas positivas con mi vida. No sólo eso; sigues aquí después de ocho años, de mis idas y venidas, sin sermones, sin regalarme el oído pero diciéndome lo que piensas siempre. Ofreciéndote a cada instante, sin cláusulas ni barreras, haciendo que me sienta querida y escuchándome cuando me pongo a llorar. Y yo me siento una persona muy afortunada, porque dicen que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y tú eres mi tesoro. Después de todo me ves escribiendo algo para ti.
Keane - She has no time