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viernes, 3 de julio de 2015

Masturbación DeMente






Es cierto, nunca fui un chico, nunca sentí ese trozo de carne irracional balancearse en mi entrepierna, tampoco me regocijé o presumí en mi madurez envuelta en brumas testorerónicas perdidas. Pero sí, reconozco que me comporté como tal, admito haber usado vuestras bestias púrpuras una y otra vez, sin restricciones, con el único fin de saciar mi apetito voraz. Y es que la desazón en la oquedad -a ratos apática- clamaba justicia; un poco de niebla para esta sequía, me repetía continuamente. Sin embargo una noche más ha pasado lo que suele pasar, no supe aguantar el tsunami de hastío y alcohol, y en esta ocasión no acabé envuelta en brumas de testosterona, sólo me compadecí de mi mala estampa y mi poco juicio, descoser mi alma como cualquier mujer herida y no por ello quedarme en el intento. 

El caso es que aquí estoy, podría decir tres, cinco o seis y media de la mañana, pero el aturdimiento me impide distinguir. Madrugá de un viernes que empezó siendo jueves o de un sábado que empezó siendo viernes, ya te digo que aún ando apabullada por las circunstancias. Aquí estoy, lúcida, mientras otra víctima desconocida dormita muy cerca, habiendo ingerido una cuarta parte que yo, entiéndase de alguna bebida o sustancia pegajosa. Aquí estoy, planteándome cosas que pienso hablar con vosotros, contigo, en la semana que empezará muy pronto, más correcto sería decir próximamente. A ver si conseguimos estar un poco alterados de conciencia para paliar el desfase físico que tanto daño nos está haciendo, por cierto.  

Existe, también, eso otro… ya sabes, en realidad soy una tipa violenta. Odio a los perros oliendo mi rastro, pegados a mi culo. Odio las mierdas de los perros desperdigadas por la calle. Odio a los dueños de los perros, altivos, sabelotodos y empalados, con sus correas y sin bozal. Detesto a los niños, esos cachorros de otras perras. Odio sus chillidos histéricos cuando se acerca el camión de los bomberos. Odio con igual simpatía a mis vecinos a y a los viejos que colapsan la EMT recreando tanta maloliente senectud que dan ganas de vomitar. 

Soy una rara. 

Soy una chunga que, mientras su víctima duerme, desbarra cosas prohibidas a quien aún no duerme. A quien sea capaz de seguir este ritmo que, a veces, es tan fácil como los viejos Körn en un nuevo disco bramando el despertar de la paranoia. Nunca me sentí tan bien como eructando el peligro de aquellos amantes vuestros psicópatas, acechando algo que tardasteis demasiado en asimilar. O quizá fuimos los dos, pero ya importa poco. Ojalá nunca sea tarde porque sólo somos amantes de la muerte. 


Miro el reloj y sólo han pasado cinco minutos desde la última vez. Resulta fascinante la capacidad de las mentes y los cuerpos y sus esporas. Resulta perturbador pensar que dejé de escribir cuando encontré cierta pausa emocional más allá de cánceres psicópatas. Pero dejé de escribir, lo cual es MAL. Nada es suficiente cuando te mueves más al margen que en la red que los imbéciles solían leer. Recuerdo algún bilioso correo, todo perturbador y narcotizante a la vez que escandalizado, donde el tarado de turno me hablaba sobre el riesgo de conocerte y sodomizarnos con un arnés. Nunca me molesté en sacarle del error. Nunca le dediqué más de los tres minutos de rigor para mostrarme favorable a la mutua (tuya ó vuestra y mía) dilatación anal para su escándalo y desconcierto. 

Pero ahora empieza un tiempo nuevo. Ya pasaron las tormentas estériles, las que no protagonizamos, y los períodos de cadencia rozando el suicidio. Ya pasaron invierno y primavera. Ya pasó lo peor, amigos, y tenemos una edad. Ya sabemos lo que podemos esperar de nuestros mediocres acompañantes (entre los que nos incluyo) pues te sé tan bien como tú a mí. 

Siempre es lo mismo, la duda. Siempre la oscilación que puede empujarte al abismo. Siempre la armonía capaz de conciliarlo todo. Siempre el desgarro y la fugaz sensación de vacío a cambio de mediocridad. Siempre los filósofos violando analmente humanidades enteras, pero quizá sea posible cambiar. Pronto tendremos la charla y la necesidad. 

Pronto descubriremos lo que siempre estuvo ahí, o no. Pronto volveremos a degustar el lado raro de la moneda.



Korn - Paranoid and aroused


martes, 18 de diciembre de 2012

L'expérience vécue






Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.

No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche, el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal, la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.

Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar, qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado para hacer real todos los lugares idealizados.

Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable, infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones, ideales, imposibles. Y en las noches bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás porque sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.

Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.

Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.


Ismael Lo - Tajabone

jueves, 29 de noviembre de 2012

Unfinished







me he dejado el turquesa en la barra clandestina
ahí se han anudado las copas,
el jabón de sus manos
la ropa usada, mal vendida
el humo
el whisky licuado

todas las voces danzaban en la misma senda
me hablaban de un sueño,
latían ahí adentro
mientras la música chocaba en la pared
retumbando tu nombre en mi cabeza

mantuve la mirada limpia
mientras el tiempo
vestía de primavera mi melena
he gastado los zapatos,
he perdido las cartas y
se han roto las medias

me han regalado la noche
pero yo sólo ansiaba tus cinco segundos
deshaciendo la torpeza bajo la mesa
ahora lo sé... no había pretérito
no existió la niña mujer
ni mi orgasmo en tu cabeza

me despido, amor
"nunca has existido"
me repite al oído
el vendedor de quimeras



Thom Yorke - Hearing damage

viernes, 2 de noviembre de 2012

Lugares comunes II






Cuatro paredes en blanco solapan una jaula vana, tétrica y abandonada por unos pájaros tunantes sin voz propia. Ella se embelesó contemplando aquel parapeto, frenéticas todas sus neuronas, buscando grietas por las que emanasen las orugas fingiendo melancolía, siguiendo el rastro del alacrán camuflado en vergüenza y postración infinita.

Todo se movía en la habitación ajena, prestada sólo hasta el declive del hundimiento. Nada se detenía entre sus dedos, entre sus dientes que mordían la condensación del silencio, sin apenas inmutarse, o revolviendo el caos en su existencia afilando sus colmillos. Las esquinas de su mente se colapsaron, como se hocica el gato en el ovillo de lana. Y los fluidos de su materia, las corrientes y mareas de su alma, transmutaron en una luz de emergencia. De repente una voz en off…

Espera y fracasos, confusión y ciclotimia. Vacío y nada. Reservas y privación. Punzada y afonía. Como si recordase algo después del suicidio, se había inmolado tantas veces, que no le importaba hacerlo una vez más.


lunes, 15 de octubre de 2012

Nadie detecta la bomba silenciosa





La llamaban Risitas porque nunca podía dejar de reír, además lo hacía con todo el cuerpo, balanceándose de frente y hacia atrás, manifestando su entusiasmo con grandes aspavientos, alborotando cabeza y brazos. Era normal verla pegada a su goma de mascar, y es que siempre figuraba la bola de chicle abultando un sólo lado de la cara. Ponía sus labios en forma de O para hacer esas irrisorias pompas de chicle, y de forma ridícula quedaban reducidas a un triste pedo de aire rosa con olor a fresa y mandarina.

Estiraba mucho su pelo hacia atrás para recogerlo en una coleta muy alta. Sin embargo, unas horas más tarde, eso se convertía en momentos de frustración cuando llegaba la hora del recreo; pues el niño que se sentaba en el pupitre de atrás agarraba su coleta y comenzaba a tirar de ella para hacer notar la eufonía de la sirena. Era la segunda alumna más alta de la clase, incluyendo a los varones, que siempre fueron más tardíos a la hora de desarrollar. Con diez años ya había echado todo el cuerpo, eso le recordaba un tiempo más tarde su propia madre. Y es que una vez pasó la pubertad, Risitas mantenía el escaso metro cincuenta y ocho que medía cuando hizo su Primera Comunión. Dos preocupaciones tuvo aquel día, una era manchar su vestidito blanco de comunión con la sangre de su menstruación; la otra era que se le olvidó qué debía decir cuando el cura la comulgase. Al final fingió un pequeño golpe de tos y salió airosa de aquel embolado. No le gustaba llevar vestidos, por eso siempre la tomaban por una niña poco femenina, algo así como un marimacho patilargo, porque además, siempre jugaba al fútbol, burro, y esas cosas típicas de niños. Qué podía hacer ella, sino adaptarse a las circunstancias. Era la única niña de la familia, dos hermanos y siete primos, tuvo que aprender a darle patadas al balón y escalar árboles para llegar a lo más alto. Mejor eso que aprender a pelar patatas o batir huevos. A pesar de lo poco femenina (ella se preguntaba qué significaba eso, probablemente un agravio ingenioso, como la palabra “indiscreta” de su amiga Blanqui, un insulto de los gordos) de vez en cuando la obligaban a llevar esos vestidos horrorosos de talle fruncido y vuelo pomposo, con flores, globos o cabezas de perro sacando la lengua hacia a un lado. Detestaba, por encima de todo, el uniforme de los domingos; camisa blanca con cuello de bebé y una espantosa falda de cuadros con botones dorados. El conjunto de niña buena no hacia más que crearle dificultades a la hora de subirse en su mountainbike para ir a misa por la mañana. Enrollaba la falda hasta su cintura para evitar que los picos se enredaran en la rueda trasera. Se deslizaba cuesta abajo en una bicicleta sin frenos y con el manillar torcido, le gustaba el peligro y frenar resbalando los pies sobre el asfalto. Se las arreglaba muy mal, fatal, para llegar puntual a esa cita con el Todopoderoso, pues cuando hacia su entrada en el templo la misa ya había comenzado. Habría derrapado entre la gravilla estampando los morros contra algún muro de contención o enganchándose entre los matorrales de una higuera. Lo cual explicaba la sangre de su nariz y los agujeros en las medias a la altura de sus rodillas. También hay que decir que la niña era un poco lerda, se colaba en la sacristía para desvalijar la caja de obleas pensando que el hecho de tomarlas le haría redimir su torpeza y osadía con la bicicleta. Al hacerlo también se libraría de la tremenda culpabilidad que sentía después de levantar su falda para enseñar a los niños del colegio las bragas que llevaba puestas. Menudo lavado de conciencia…

Cómo era antes, eso es lo que debía recordar ella para desprenderse de los complejos del presente, para continuar hacia delante después de ver con claridad y tener en cuenta qué era ella, qué le gustaba, qué la paralizaba mucho antes de haberse convertido en el deshecho del presente. Pensó que su infancia había sido fácil, que había sido una niña muy querida. Pasaba las tardes grabando versiones de Michael Jackson en un viejo radiocasete con su hermano, él ponía las voces y ella bailaba imitando esos míticos pasos hacia atrás. También le gustaba bailar sevillanas para los demás en el patio de la casa antigua, su tía-abuela se sentaba en la mecedora para verla taconear mientras alzaba los brazos y manos al aire poniendo la voz de fondo. También quería hacer feliz a su padre, que era su héroe porque calzaba un cuarenta y dos, y eso era mucho pie para un simple humano. Por eso nunca se cortaba el pelo, porque sabía que él prefería que lo llevase largo y recién lavado. Los fines de semana se iba de excursión por la orilla del río con algunos niños vecinos, cazaba ranas para luego soltarlas en la primera charca que se encontraba. Siempre estaba interrogando a los mayores, sentía curiosidad por todas las cosas que sucedían a su alrededor pero mucha gente no quería contestarle. Un día, después de ver una película en la tele, le preguntó a su madre el significado de violar a una persona. La mamá le contestó que eso pasaba cuando una persona le rompía el vestido a otra. Una semana más tarde llegó a casa anunciando a los cuatro vientos que David, un chico de cuarto, la había violado. Sólo le habían arrancado el parche que tapaba un descosido de su vaquero.

No tuvo traumas, tampoco notables complejos, ella se consideraba normal incluso cuando pasó de los quince a los veinte años. Entonces, en qué momento cambió, en qué momento pasó a ser esa persona gris y desconsolada. Sí, ya, la gente cambia cuando va cumpliendo años, es “ley de vida”, eso es el significado de madurar, vivir, saber envejecer. Pero la gente cuando celebra cumpleaños y madura se lleva la mejor parte de si misma, no se va metiendo en un pozo del que no puede salir. Pensaba en todo ello mientras intentaba conciliar el sueño. Se acordó de algo muy importante, encendió la luz, abrió el cajón de la mesilla y sacó un cuaderno. Había muchas cosas que escribir.


Supertramp - Dreamer


sábado, 29 de septiembre de 2012

Cuando el otoño llora, el vacío parpadea





Avanzaban las horas hacia el otoño con la misma suavidad con la que tú te evaporabas de mi habitación, de mi círculo, de mi trozo de nada; encerrando un mutismo que me escarchaba la saliva en la boca. Oía la lluvia salpicar en los surcos formados en el borde de mi ventana, y la luz parda cambió los esbozos proyectados en la pared azul de la alcoba. Se destiñó el añil derramando el cobrizo por las grietas de los tabiques inmunes a la imagen, colándose por la película perforada del dosel pocos días antes inaugurado. Y mi primer pensamiento fuiste tú, que ya no volverías a empujar tus pasos por esta pieza descolorida, ni a inundar mis vacíos con tu carcajada tan contagiosa como lasciva. Tú, más doliente y apático que la distancia, mudando tu piel como las hojas de otoño del árbol, melancólicas y nostálgicas, esparcidas en el parque aguardando ser pisadas por el mero hecho de oírse crujir. Tú, que me acariciabas con tu voz cuando me despertabas, sin inmutarse los dedos.

Estuve despidiéndome de ti durante toda la tarde, guardando tu mundo en una tétrica página en blanco, efecto sólo de mi vergüenza. Mientras, recordaba la manera en la que llegaste a mi vida, abriendo todas las puertas -justo antes de florecer el cerezo- rebosándome de oxígeno; un universo por explorar sin soltarme de tu mano. Yo aún estaba cicatrizando o poniendo parches, liándome en la seda del gusano para no volver a perder la luz. Por eso nunca me acabé de creer que pudiese ofrecerte algo, al menos algo interesante, a tu altura, a la altura de tus amantes. Pero me ayudaste a creérmelo un poquito, y sino, mira todo lo que has conseguido que yo haga; que ande con zapatos altos -seguridad en mí misma-, dejarme crecer el pelo, respirar delicado antes de mascullar palabras, además de usar un móvil por el que deslizo los dedos. Aunque lo más importante, lo mejor que he aprendido de ti, es comprobar que la gente tiene tanto miedo como yo, que sí yo no me abro jamás podré encajar en ningún lado. Ojalá pudiese ser distinta, ojalá la cobardía y la inercia no fuesen unos de mis principales defectos. No entiendo por qué tengo que chocar tanto contigo, por qué lo único que siento es que no me comprendes. Y me siento más torpe que nunca. Y en el fondo sé que es mejor así, porque nunca podría completarte en nada. Sé que piensas que me falta autoestima, pero una cosa es no apreciar las virtudes que pueda tener, y otra bien distinta sería engañarme yo, no ser consecuente conmigo misma. Y después de todo ¿qué es el amor? si aún no se definirlo, ni tú decir qué es eso que sientes. Lo sé, falta la parte más importante y sin esa pieza del puzzle sólo divago y bosquejo minucias, nada que se pierde en la nada.

Llega el frío, las alfombras boscosas darán paso a los copos de nieve -cambio de estaciones- y tú te deshaces como las heladas de invierno; tan dócil y raso como llegaste. No eres un antojo, eso no, ni siquiera una arbitrariedad. Me encantaría que fuera distinto pero entiendo que el tiempo reivindica lo que le pertenece, aunque creo que mi carta empieza a ser papel mojado; pues tu hastío ha desencadenado en no echarme de menos. No te puedo culpar de nada.

Amor, no volverás a ver mi luz verde y a mí me dolerá descubrir que ya no hay nada que vibre bajo mis sábanas. Sufriré cuando muerda mis labios al no decirte que estoy en la ciudad, que me rodearé entre compositores rusos y artistas británicos, que te buscaré a sabiendas de que no estás. Porque si verte me acobardaba cuando había algo, ahora que nos perdimos me asquea mi ridículo y mi agonía. Lamentaré que no veas cuánto me ha crecido el pelo y decirte que ya había escrito tu carta de cumpleaños. Me faltará tu brío colmando mi vida, mi casa, estas calles a las que le hablé de ti, me dolerá mirar a un lado y ver que ya no estás. Porque todo tiene tu presencia, porque cada cosa me recuerda a ti. Pero nada duele más que palpar la confianza perdida, que los secretos ya no se comparten, porque mis pánicos y tu lasitud han disipado nuestra intimidad.


Huele a tierra mojada, a leña y morriña, a tristeza calada en ocres. Escucho a Jansch y pienso en ti. Llueve y la lluvia me sabe a ti, y aunque no lo creas sonrío, por lo que he recibido, porque sé que pronto vas a ser feliz. Porque fuiste tú quién reparó mis alas y gracias a ti ahora puedo volar.


Bert Jansch - Needle of death


sábado, 22 de septiembre de 2012

Cuando el tic ya no hace tac (los relojes que se han parado)






Las salas blancas y silenciosas siempre me han transmitido inquietud más que calma, y casi siempre caigo en la cuenta, de que cuando era pequeña, asociaba ese retrato a la obra maestra de Kubrick, La naranja mecánica. Yo tendría siete años, cuando mi hermano mayor tramó un plan para poder ver esa película -prohibida por nuestros padres y tan golosa para nosotros- desde un escondite secreto. Esa misma mañana habían traído un frigorífico nuevo, a mi hermano se le ocurrió que podíamos meternos dentro de la caja que embalaba el electrodoméstico, y hacer unos agujeros en el cartón por los que poder asomar los ojos y así ver la tele ocultos. Pero al final nos pillaron, y fue mucho antes de comprender qué atrocidad contenía esa película para que no nos dejaran verla.

Estaba soñando despierta, sentada en la última silla de la fila naranja, separada de la hilera verde por una línea azul pintada en el suelo. Pensaba en la estúpida combinación de colores en una sala tan lechosa -ensimismada, supongo- clavando la vista en las baldosas lisas sin llegar a ver nada y pensando en todo lo demás. Entonces mis ojos chocaron con unos zapatos de hombre, sucios y muy rotos. Cuando alcé la vista vi a un anciano con aspecto de nómada, por los bártulos que lo rodeaban, muy demacrado. Lo primero que pensé fue por qué él estaba en las sillas verdes y yo en las naranjas, cuál era la razón por la que nos dividía la línea azul. Las indagaciones tuvieron que hacer mella en el anciano, pues enseguida comenzó a imitarme. Estaba en esa abominable sala caucásica, no en el metro de la ciudad, en el autobús que recorre mi pueblo o en la plaza fabricada con vías de tren, pero yo me creía de esa forma en la que me sentía al querer averiguar la vida del resto de pasajeros cada vez que estaba en todos esos sitios. El pobrecillo parecía consumado, agotado de la vida, un largo suspiro corroboraba mis ideas, mis pajaritos -casi mudos- en la cabeza. Torció su boca, el abuelo, en una dulce mueca y me sonrió mientras sus ojitos se hundían cada vez más en su cara opaca y huesuda. Se levanta –con algo de dificultad- y cruza la línea que nos separa. “Una línea azul pintada en el suelo, ya verás tú, qué gracia tiene eso. Ahora mismo podríamos estar contagiándonos algo usted y yo. Parece que estamos solos” me dice el hombre achacoso.

Sí, estábamos solos desde hacía un buen rato, ni siquiera nuestros futuros redentores paseaban sus batas blancas por la corredera fría y desesperanzadora. “Me llamo Pedro” se presentó esperando que yo hiciese lo mismo, pero yo no tenía ganas de escuchar ni de ser amable, así que me limité a sonreír mientras hundía cada vez más mi cuerpo pesado en la silla naranja. Y Pedro empezó a contarme su historia. No era el trotamundos que yo había imaginado, se había cargado la casa a sus espaldas; como hacen los caracoles, y se había trasladado a la sala blanca donde permanecía estacionado desde hacía tres meses. El mismo tiempo que llevaba su hija en coma, en un dormitorio de la UCI.

Pedro había conocido a su mujer en el teatro Calderón, ella era la actriz protagonista del reparto y también la mujer mas hermosa que él había conocido. “Tenía dos ojos que eran dos soles, una belleza que más hubiese querido para ella la Taylor, nada de vaporosa”. Me cuenta cómo sufrió cuando no lo dejaron pasar a los camerinos al finalizar la función, y que continuó yendo todas las noches al teatro sólo para verla a ella. Hasta que al final, en una de las últimas funciones, pudo conocerla. He oído tanto sobre el amor a primera vista, que a veces no sé si es veraz o sólo una quimera para los enamorados, porque ya sabes, a ti te amé antes de conocerte. La estrella sobre tablas abandonó su carrera para vivir su historia de amor con toda la intensidad del mundo, y  a mí me parecía todo como de película. A los pocos meses de dar a luz la artista abandonó a Pedro y a la niña, la excusa: me voy a comprar unos cigarrillos. Hasta el día de hoy. Creía yo que esa era la frase y excusa que utilizaban antes los maridos para abandonar a sus mujeres, nunca había escuchado la historia al revés. Sus ojos se vuelven vidriosos al mirarme, igual que los míos cuando me doy cuenta todo el amor y la pena que hay en ellos. “No hay ni un solo día que no la espere, ya sé que ha pasado mucho tiempo, pero cuando de verdad amas a alguien no importa el tiempo, siempre esperas”. Aquella frase acabó por hundirme en un tsunami de lágrimas.

Ya vienen los hombres de verde, pronuncian mi nombre y mis labios comienzan a sangrar un poco de tanto morderlos. Pedro me coge la mano y la besa. “No estás sola, cuando salgas estaré aquí, esperando”.