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jueves, 30 de noviembre de 2017

sábado, 12 de enero de 2013

Veinte poemas desesperados y una carta de despedida






No te gustaba leer pero sí te gustaba que yo te leyera un fragmento de un libro escogido al azar. Decías que mi acento cambiaba cuando pronunciaba ciertas palabras, que mi voz era otra, y a ti te recordaba a los veranos que pasabas en la casa del pueblo. Todos vuestros primos alrededor del árbol del jardín mientras la abuela os contaba historias con finales felices. Eras capaz de reírte cuando imitaba un personaje de Boris Vian, entonces me parecías el loco más delicioso y extravagante del mundo. Intenté inculcarte el amor por la lectura, que vieras que abrir una página y leer un capítulo era como aventurarse en un mundo desconocido en el que puedes encontrar un sinfín de maravillas. Que dentro de los libros todo es posible, hasta lo que tu mente nunca puede alcanzar imaginar. Pero seguiste prefiriendo mi voz a ratitos, lo único capaz de hacerte soñar, decías.

Posiblemente uno de tus últimos regalos fuese “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. No entendía si era un desafío o qué, pues cuando empezamos a conocernos, hablando de literatura, te comenté que no me gustaba la poesía, que mi mente no era culta o tan privilegiada para entender tanta metáfora refinada. Precisamente Neruda estaba en mi lista negra, le había tomado manía unos años antes, cuando su nombre y su simbología aparecían hasta en el papel de las chocolatinas. Nunca entenderé por qué se explota tanto a un determinado poeta o escritor, si ya está muerto; la obra –que fue mierda pura en vida- es elogiada (sobrevalorada) una vez el artista ha muerto. Por lo que volví a envolver el libro en el papel de regalo y lo dejé en la estantería de mi antigua habitación.

Nunca tuve tiempo de leerte un fragmento elegido al azar de Neruda, cada vez nos veíamos menos y yo evitaba los momentos románticos acudiendo con otros amigos a nuestras citas. Pasaba el plumero por encima del libro y pensaba “qué estúpido eres, eres incapaz de recordar mis gustos”. Cuando moriste, quizás unas semanas más tarde, guardé el libro en una caja, en otra casa, donde aún quedan vestigios de otra tormentosa relación. Ayer estuve embalando algunos de esos recuerdos; por petición del propio dueño he apilado mucho más que libros entre las paredes de cartón. Estaba en plena faena cuando, en el fondo de una caja, he encontrado tu regalo. Me invadió una extraña ternura al verlo, recordando el momento en el que me lo diste, el azulito de tus ojos brillaban de ilusión y seguramente yo fui una mala actriz al intentar disimular -torpemente- mi decepción. Me he sentado en las escaleras del patio y me he puesto a ojear las páginas, salpicando poemas, mientras dejaba mi pelo mojado secarse al sol. Y entre una de las páginas he encontrado tu carta. ¿Cómo no pude verlas antes?

Me contabas algo que yo ya sabía, seguías en tu empeño, el de poner la luna a mis pies, pero tus letras parecían lanzar una especie de ultimátum. Disfrazaste de nuevo tu petición pero en esta ocasión escogiste unas preciosas letras para escribirme una poesía… a mí… Irene la fría, la que nunca lloraba, la que nunca dijo te quiero o te amo, la que miraba hacia otro lado cuando me cedías todo lo mejor de ti. No he llorado, después de seis días desbordándome se quedaron secos los ojos. Me he enfadado, mucho, conmigo, con lo que tengo dentro que está medio podrido, con toda la mierda que flota en mi cabeza. Porque no se qué demonios anda mal ahí, ni dónde está el problema. Pero sé que hay algo que no funciona. Era mi primera oportunidad de ser feliz, de tener una casa, un trabajo, de volver a la ciudad, de compartir las cosas que consideraba importantes con, posiblemente, la única persona que me amó de verdad. Y yo sólo huía sin entender nada, porque no te gustaba leer, nuestros grupos musicales no eran los mismos, en mi cartera sólo había calderilla y tus camisas olían a perfume del caro. No estaba enamorada de ti pero… cómo iba a saber que no estaba enamorada, si nunca conocí el amor.

Estos días están siendo extraños, puede que sea la falta de sueño que hace que vea las cosas de forma distinta, distorsionadas, como dice alguien en un comentario un poco más abajo. En sólo dos semanas vuelven a entrar en mi vida mis dos relaciones, y yo siento que todo está exactamente igual que entonces. Que no he avanzado en nada y lo de afuera me supera. Y que mi único lugar seguro ya no existe. Mi único empeño consiste en joderme a mí misma y a los demás, y no hay forma de saber por qué lo hago. Nunca me he arrepentido de nada, de nada de lo que he hecho en el pasado (sólo del daño inconsciente hacia los demás), a pesar de los tremendos errores que me han llevado a estar donde estoy. Pero ayer me arrepentí de no haber abierto ese libro a tiempo, porque quizás hubiera podido cambiar el giro inesperado; tú estarías aquí y yo, quizás, sería feliz.


Twilight Sleep - Architect


viernes, 2 de noviembre de 2012

Lugares comunes II






Cuatro paredes en blanco solapan una jaula vana, tétrica y abandonada por unos pájaros tunantes sin voz propia. Ella se embelesó contemplando aquel parapeto, frenéticas todas sus neuronas, buscando grietas por las que emanasen las orugas fingiendo melancolía, siguiendo el rastro del alacrán camuflado en vergüenza y postración infinita.

Todo se movía en la habitación ajena, prestada sólo hasta el declive del hundimiento. Nada se detenía entre sus dedos, entre sus dientes que mordían la condensación del silencio, sin apenas inmutarse, o revolviendo el caos en su existencia afilando sus colmillos. Las esquinas de su mente se colapsaron, como se hocica el gato en el ovillo de lana. Y los fluidos de su materia, las corrientes y mareas de su alma, transmutaron en una luz de emergencia. De repente una voz en off…

Espera y fracasos, confusión y ciclotimia. Vacío y nada. Reservas y privación. Punzada y afonía. Como si recordase algo después del suicidio, se había inmolado tantas veces, que no le importaba hacerlo una vez más.


sábado, 22 de septiembre de 2012

Cuando el tic ya no hace tac (los relojes que se han parado)






Las salas blancas y silenciosas siempre me han transmitido inquietud más que calma, y casi siempre caigo en la cuenta, de que cuando era pequeña, asociaba ese retrato a la obra maestra de Kubrick, La naranja mecánica. Yo tendría siete años, cuando mi hermano mayor tramó un plan para poder ver esa película -prohibida por nuestros padres y tan golosa para nosotros- desde un escondite secreto. Esa misma mañana habían traído un frigorífico nuevo, a mi hermano se le ocurrió que podíamos meternos dentro de la caja que embalaba el electrodoméstico, y hacer unos agujeros en el cartón por los que poder asomar los ojos y así ver la tele ocultos. Pero al final nos pillaron, y fue mucho antes de comprender qué atrocidad contenía esa película para que no nos dejaran verla.

Estaba soñando despierta, sentada en la última silla de la fila naranja, separada de la hilera verde por una línea azul pintada en el suelo. Pensaba en la estúpida combinación de colores en una sala tan lechosa -ensimismada, supongo- clavando la vista en las baldosas lisas sin llegar a ver nada y pensando en todo lo demás. Entonces mis ojos chocaron con unos zapatos de hombre, sucios y muy rotos. Cuando alcé la vista vi a un anciano con aspecto de nómada, por los bártulos que lo rodeaban, muy demacrado. Lo primero que pensé fue por qué él estaba en las sillas verdes y yo en las naranjas, cuál era la razón por la que nos dividía la línea azul. Las indagaciones tuvieron que hacer mella en el anciano, pues enseguida comenzó a imitarme. Estaba en esa abominable sala caucásica, no en el metro de la ciudad, en el autobús que recorre mi pueblo o en la plaza fabricada con vías de tren, pero yo me creía de esa forma en la que me sentía al querer averiguar la vida del resto de pasajeros cada vez que estaba en todos esos sitios. El pobrecillo parecía consumado, agotado de la vida, un largo suspiro corroboraba mis ideas, mis pajaritos -casi mudos- en la cabeza. Torció su boca, el abuelo, en una dulce mueca y me sonrió mientras sus ojitos se hundían cada vez más en su cara opaca y huesuda. Se levanta –con algo de dificultad- y cruza la línea que nos separa. “Una línea azul pintada en el suelo, ya verás tú, qué gracia tiene eso. Ahora mismo podríamos estar contagiándonos algo usted y yo. Parece que estamos solos” me dice el hombre achacoso.

Sí, estábamos solos desde hacía un buen rato, ni siquiera nuestros futuros redentores paseaban sus batas blancas por la corredera fría y desesperanzadora. “Me llamo Pedro” se presentó esperando que yo hiciese lo mismo, pero yo no tenía ganas de escuchar ni de ser amable, así que me limité a sonreír mientras hundía cada vez más mi cuerpo pesado en la silla naranja. Y Pedro empezó a contarme su historia. No era el trotamundos que yo había imaginado, se había cargado la casa a sus espaldas; como hacen los caracoles, y se había trasladado a la sala blanca donde permanecía estacionado desde hacía tres meses. El mismo tiempo que llevaba su hija en coma, en un dormitorio de la UCI.

Pedro había conocido a su mujer en el teatro Calderón, ella era la actriz protagonista del reparto y también la mujer mas hermosa que él había conocido. “Tenía dos ojos que eran dos soles, una belleza que más hubiese querido para ella la Taylor, nada de vaporosa”. Me cuenta cómo sufrió cuando no lo dejaron pasar a los camerinos al finalizar la función, y que continuó yendo todas las noches al teatro sólo para verla a ella. Hasta que al final, en una de las últimas funciones, pudo conocerla. He oído tanto sobre el amor a primera vista, que a veces no sé si es veraz o sólo una quimera para los enamorados, porque ya sabes, a ti te amé antes de conocerte. La estrella sobre tablas abandonó su carrera para vivir su historia de amor con toda la intensidad del mundo, y  a mí me parecía todo como de película. A los pocos meses de dar a luz la artista abandonó a Pedro y a la niña, la excusa: me voy a comprar unos cigarrillos. Hasta el día de hoy. Creía yo que esa era la frase y excusa que utilizaban antes los maridos para abandonar a sus mujeres, nunca había escuchado la historia al revés. Sus ojos se vuelven vidriosos al mirarme, igual que los míos cuando me doy cuenta todo el amor y la pena que hay en ellos. “No hay ni un solo día que no la espere, ya sé que ha pasado mucho tiempo, pero cuando de verdad amas a alguien no importa el tiempo, siempre esperas”. Aquella frase acabó por hundirme en un tsunami de lágrimas.

Ya vienen los hombres de verde, pronuncian mi nombre y mis labios comienzan a sangrar un poco de tanto morderlos. Pedro me coge la mano y la besa. “No estás sola, cuando salgas estaré aquí, esperando”.





jueves, 13 de septiembre de 2012

Ahora que te has ido






Entras de nuevo en mi vida y desde tu superioridad olisqueas mi entorno con las ínfulas del que lo tuvo todo, todo lo que quiso, y después hizo lo propio para dejarlo desaparecer, si es que se puede decir así, por llamarlo de alguna manera. Te hace gracia mi nueva seguridad, que haya aprendido inglés y que ya no tartamudee cuando me pasas los dedos por la nuca. Te choca que ahora me relacione con la gente, que use vestidos, pendientes y zapatos de tacón. Me has dicho que me ves “chula” incluso prepotente; serás hijo de puta. Creíste que la muñeca de trapo siempre tendría un lugar en tu estantería de coleccionista psicópata, así te llama mi amigo, ese que tu llamaste mi amante, sólo porque me lamió durante dos horas el coño sin llegar a perder la virginidad. Bueno, en aquel entonces tú hacías lo propio con aquella valenciana adoptada del este, pero eso no importa. Yo siempre fui la torpe, esa no demasiado atractiva que nunca le acababa de crecer el pelo, la de pechos pequeños y corta mente. Para entonces no podía aspirar a más, mi adorado informático, poeta y escritor, filólogo y periodista. Te sorprende que discuta con el camarero que me tira el vino sobre la falda, te quedas boquiabierto cuando el chico de ojos verdes, justo detrás de mí, se acerca y me invita a cenar a su casa. Y te prometo que no se qué es lo que no soportas; que se haya fijado alguien en mí o que aceptase su invitación. Hay muchos cambios, probablemente yo sea la primera en haber cambiado lo que había dentro de mí, pero el vacío sigue existiendo. Hay tantas heridas que se niegan a drenar, tanto tuyo enquistado en mí, que ni siquiera soy capaz de pestañear y no ver que has hecho conmigo.

Sin embargo, aunque no hay justificación para lo malo, siento que no he sido del todo justa contigo. Durante mucho tiempo sólo recordé las sombras y contusiones, el desprecio, la ira chocando contra la pared, y me olvidé de las sorpresas, las cajas llenas de ti y de mí, el álbum, las ciudades y todos los colores. No recordé que me dejaste que me acercase a ti, aún exponiéndome(nos) al resto del mundo. Decías que era la chica de los imposibles, la que perseguía con tesón las cosas que quería cambiar, aunque perdiese mil veces mi paciencia a la hora de contar. Pero nunca me dejaste decirte que nunca te quise cambiar a ti. Ya no soy egoísta, tampoco conformista, sé que nos volveremos a ver, en la ciudad probablemente, y no en una sala fría de madera y mármol.


¿Te acuerdas de la última frase en la parada de autobús? me dijiste “quién te va a querer a ti”. Ahora sé que tú me has querido, tanto que te dolió, tanto que acabaste matándome.



Love of Lesbian - La parábola del tonto

jueves, 23 de agosto de 2012

¿Y al final qué queda?






El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.

Carl Gustav Jung



Le das a la vida toda la importancia que tiene. Empiezas a caminar despacio cuando te sueltan las manos, ves todo demasiado alto para alcanzar, grande para abarcar, pero también ves una línea perfecta trazada a la altura de tus ojos; justo ahí donde llega tu mano, también estirando los dedos. Cuando crees controlar el equilibrio caes amortiguando el golpe con el peso de tu propio cuerpo. Y te levantas estúpidamente mirando en todas las direcciones, avergonzada por perder el control y ni siquiera haberlo olido. Te enfadas y decides empezar de cero, pero el cero nunca implicó el principio del comienzo, pues en cada paso las magulladuras te alertan de la caída. Sopesas, templas en el camino, barres obstáculos y te agarras a todo lo que te sustenta. ¿Por qué te vuelves a desplomar?. Y vas aprendiendo y aprendiendo mientras alguien te pone la zancadilla, y siempre te desmoronas y te vuelves a levantar cada vez menos fuerte, porque pasa el tiempo y te vas debilitando y flaquean extremidades, tiemblan y se desplazan los músculos que ya no los sientes ni siquiera tuyos. Te obcecas, te pones las orejitas de burro y tiras hacia delante con tus pasos, tus trucos y aprendizajes, tan centrada en ti y tus caídas que ni siquiera te das cuenta de lo que sucede alrededor, como si lo tuyo siempre fuese más importante que el resto. Un día te levantas y te das cuenta que hay objetos a los que ya alcanzas, que hay distancias posibles y un suelo mucho más firme del que antes pisabas. También te das cuenta que hay cosas que ya no están, te das la vuelta y la persona que seguía ahí, detrás de ti, tampoco está. Y tocas cosas que ahora son distintas y feas, desconocidas de las que no quieres ver, oír, tocar, oler y aprender. Y porque sí, por sus santos cojones que tienen que estar ahí mientras otras personas ya no están, porque es ley de vida. Y tú no quieres, tú lo único que quieres es aprender a caminar de nuevo.

Para Y.



Franz Liszt - Consolation No. 3 in D Flat Major



lunes, 2 de julio de 2012

Desconexión








Y cuando vuelva te habré olvidado. Porque la sombra me alcanzará, el sol se habrá evaporado y verano sólo será vacaciones, una estación para los privilegiados que tienen trabajo, dinero en los bolsillos y el poder de viajar. Verano sólo será despedida y volver a empezar (olvidar).


No más cuentos, ni susurros que asfixian, escondida bajo la almohada, no más risas contagiadas, ni palabras corregidas cuando están mal dichas. Porque yo entiendo. No más silencios apagados, no más orgasmos que interrumpen el desliz de la madrugada. No más canciones compartidas que nos hacen soñar, -más risas- entristecen o nos hacen suspirar. Porque yo comprendo perfectamente. No más idiota, buenas noches, nuestros nombres masturbados.


Y cuando vuelva aquello sólo será el reflejo en un espejo, un día malo. Y nada habrá existido, porque de lo que poco cuesta desprenderse nunca existió.




Pol 3.14 - Lo que no ves

jueves, 24 de mayo de 2012

Luz, más luz







No hay palabras que expresen los vacíos enclavados cuando las personas se marchan, aún cuando lo hacen sin despedirse y en silencio, dejando como último recuerdo una sonrisa o un “ya nos veremos” como si el mañana tuviese lugar... No existe palabra que explique la sensación de ese dolor que ya no es dolor, que ya no es un desconsuelo o una pena arraigada, no. El dolor narcotiza todos los puntos vitales, y ahora es como si adormecieras en vida, en un letargo profundo, incuestionable, sin vuelta atrás. Y si me pinchas no sangro, y si me tocas no padezco. Sombras y nada, una nada absoluta que ni siquiera da miedo porque la aprensión, el recelo o la entereza ya no forma parte de la realidad ni de nada. La realidad es tu propia consumación, tu indiferencia e impasibilidad ante todo cuanto pueda acontecer a tu alrededor.


Ahora casi resulta cómico cuando miro atrás, cuando veo una apatía que sólo parece literaria, cuando la herida sólo era leve sin ser profunda. Es como toda esa gente que escribe sobre bdsm sin conocer su significado, sin haber sentido la frialdad y la rigidez del plástico, el calor y la inflexibilidad de un movimiento novato. Es como toda esa gente que escribe y habla de lo ignorado, todo lo que no conocen y sin embargo creen dominar a la perfección. Lo hacen sin profundizar, inexpertos, privados de experiencia y emociones. Ahora quieres hacerlo y las palabras oprimen el vacío ultrajando, a ratos, la memoria. Quieres hacerlo exhumando esa nostalgia trenzada de todos los sueños y momentos compartidos que fueron: la alegría, los planes, el verano, los besos, las excursiones, el sonido, la última copa de vino y los te quiero. Y de pronto la agonía deja de ser punzante, ya no hay cristal que mutile miembros, venas, extremidades, porque el vacío deshabitó cualquier capacidad de sentir una mínima parte de algo, porque el vacío sólo es indiferencia.


Dicen que lo que importa son los recuerdos y, también, que el tiempo todo lo cura. Pero nadie te habla de las circunstancias transitorias, de cómo hacer frente al desdén un día tras otro. Y el lamento se hace indolencia, y tú ya no estás y es como si nada hubiese ocurrido, como si nunca hubiésemos existido. Y ahora me doy cuenta que sólo estoy yo y mi mundo, que cada vez se hace más grande y pequeño, o yo pequeña y todo me queda grande. Ahora me doy cuenta que no conocí soledad más la que me invade desde que ya no estás y todo está raro, porque cuando cierro la puerta de mi habitación nadie toca en la puerta para preguntar “qué tal”. Y ya no me importa nada ni nadie.





Richard Wagner - Marcha fúnebre de Sigfrido (El ocaso de los dioses)

domingo, 15 de abril de 2012

Désolé





Recordé la iniciación, la impaciencia y los pánicos
Ansiando eludir la perplejidad pintando confusa misceláneos nervios,
Quise evocar la estación incauta de estruendos esplendorosos,
Pero la extenuación y la rutina trascendieron imperiosas.

La culpa acostumbrada, atemperando los inapelables finales angustiados,
Siempre se manifestaba bizarra y ascética
Ciñéndome con sus extremidades cual sumisa mística
Desvaneciendo y aclarando la monotonía y los intrincados sueños.

Ahora sé que he vivido días de bonanzas,
Instantes que se instruían espirituales, en hipotéticos y reposados placeres
Invadida de un ilusionismo diáfano, huérfano de adoraciones,

Que me confundía pareciendo yo incoherente, sin existencias,
Y mi único propósito fue respirar
Existir en un lugar, pero nunca padecer.



Avo Pärt - Silentium