Un año espiándote por el cerrojo, deleitándome con tu
soledad, tu humanidad y tu ocaso, tu desamor y tu literatura. Un año husmeando por
el pequeño y absurdo agujero, desfilando ante mí un sinfín de marionetas, ilusiones
cartón piedra, vapores corrompidos por la melancolía, cartas de amor a una
destinataria puta y cruel, ciclotímica, hastiada, culta e inteligente,
imaginativa, de difícil carácter… y otras féminas me dejo en el tintero, porque
fueron muchas las musas que inspiraron el néctar de tu pluma. Me tomaba un café
mientras recogía los mil pedacitos en los que reventabas tu alma cada
madrugada. Los reunía y amparaba con un extraño cariño desconcertante, no
entendía bien cómo habías llegado a despertar en mí un lado tierno, ese que
nunca tuvo una zorra fría como yo.
No conseguía ponerte rostro… miento, nunca podía imaginar tu
sonrisa o el color de tus ojos, si eras alto o muy bajito, gordo o delgado,
porque los rasgos físicos nunca me dirían quién eras en realidad. Sólo sé que
escuchaba la banda sonora mientras me consumía tu imagen en una bañera, la
cuchilla en una mano, tu muñeca resbalando por el asidero, tu sangre patinando
por los azulejos. Me colaba en cada párrafo y otras veces era una soga en el cuello,
un corazón arrancado de cuajo envuelto con papel bonito y un lazo de regalo. Y
cuando estaba en pleno descenso, a punto de arrastrarme contigo, el azul a pie
de página me hacía mirar hacia arriba y recrearme en el humo de tu cigarrillo.
Así te veía yo. Verás, en las clases de informática iba a buscarte, tenía esa
insólita obsesión por descubrir tu grado de decadencia en esa luz del día. Y
ahí estabas, preparándote para escanciar la noche. Con tus delicadas manos de
poeta deslizándose por el lienzo, una hoja en blanco exhortando tu delirio,
pasando tus dedos por la barba, la que me pierde mil veces antes de darme
cuenta que me he rendido. Te veía con la botella en la mano, tu morro pegado a
las aristas verde oscuro salpicado en rubí y la apatía contaminaba las paredes,
el humo de la habitación. Los zapatos abandonados en la alfombra, la que
quemaba bajo la desnuda planta del pie. Y ahí abajo se acumulaban todos tus
infiernos, una colección de sacos de huesos y miembros mutilados. Y cuando ya
se hacía mi noche, cuando me metía en la cama después de sobrevivir a mi averno
particular, te acunaba en mi pecho para que tú también sobrevivieras una
madrugada más. Ya te amaba entonces, cuando no te conocía, cuando no sabía que
amor existe y mi frigidez se permitía un golpe más. Si puedes encontrar el amor, a continuación, te olvidas de todo.
Sería eso lo que me llevó a rellenar aquella postal de San
Valentín, que el rosa ya empezaba a tomar holgura en mi paleta de colores y
ansiaba descubrir el calor de tus notas risueñas o tristes. Y cuando me abriste
esa puerta yo creí perder la conciencia, qué era eso que sentía que me hacia
perder el equilibrio y me agitaba la respiración. Entiéndeme, tenía que buscar referencias y cometí la
mayor de las torpezas, preguntar a quién hacías sombra; un coleccionista de venas
azuladas que jugaba a ser encantador de serpientes, príncipe tenebroso y
nocturno escritor de alma borracha. Me aconsejó que tuviese cuidado contigo,
pero no se por qué, al menos en ese momento; ahora entiendo… temía que tú le
robases el protagonismo. Confié en él al principio, pues la frialdad que
tú me mostrabas me limitaba, me
entristecía, pero poco a poco él se fue
desvaneciendo, mientras destapaba su mundo de mentiras podridas, y poco a poco
tú me demostraste que eras la única persona capaz de poner un poco de
coherencia y criterio en mi vida.
Quizás esa vida no ha sido del todo mía… me he ido, he vuelto, entre medias me he quedado, he sido cometa volando en ti, siendo tú el único cielo, o has sido ese tipo de héroe que jamás pensé que existieran. Y ahora que te tengo tan cerca sólo quiero cuidar de ti, dibujarte una meta, conseguir que levantarte por las mañanas no sea despertar y continuar en la pesadilla, firmar un objetivo, que la caída no está prohibida -la depresión sí- cuando hay alguien a tu lado que sonríe por y para ti. Y aunque los grises amenacen tormenta, haremos del azul el paraguas que nos proteja.
Amor, cómo no me voy a sentir afortunada si es que yo soñaba
contigo cuando aún no estabas en mi cabeza, yo me fijaba en ti, deliberaba la
risa y el llanto, me levantaba o bebía contigo, incluso llegué a amar a los gatos, sólo que tú nunca te enterabas de mi presencia. Cómo
no voy a sentir este privilegio embalado en papel acolchado, cubierto de pompas
jabonosas y láminas de acero. Si las musas fuesen plenas conocedoras de la
parte que yo tengo, llorarían lágrimas de sangre y tinta, morirían de celos.
Empaqueté las velas en las cajitas del consolador, guardé la
lencería en la bolsa delicada y fina. Puse a enfriar el vino en la nevera,
compré el incienso vainilla y limpié mis zapatos de tacón. Me llevo un par de
poemas de la estantería, quiero guardarme tu voz, y pusieron violetas en mi
pelo en la peluquería, para que atesores mi olor. Ya estoy preparada, siempre
querré volver, siempre, una y otra vez, tú tan sólo ábreme los brazos, amor.
Metric - Breathing underwater
Metric - Breathing underwater






