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sábado, 24 de noviembre de 2012

Respirando(te)





Un año espiándote por el cerrojo, deleitándome con tu soledad, tu humanidad y tu ocaso, tu desamor y tu literatura. Un año husmeando por el pequeño y absurdo agujero, desfilando ante mí un sinfín de marionetas, ilusiones cartón piedra, vapores corrompidos por la melancolía, cartas de amor a una destinataria puta y cruel, ciclotímica, hastiada, culta e inteligente, imaginativa, de difícil carácter… y otras féminas me dejo en el tintero, porque fueron muchas las musas que inspiraron el néctar de tu pluma. Me tomaba un café mientras recogía los mil pedacitos en los que reventabas tu alma cada madrugada. Los reunía y amparaba con un extraño cariño desconcertante, no entendía bien cómo habías llegado a despertar en mí un lado tierno, ese que nunca tuvo una zorra fría como yo.

No conseguía ponerte rostro… miento, nunca podía imaginar tu sonrisa o el color de tus ojos, si eras alto o muy bajito, gordo o delgado, porque los rasgos físicos nunca me dirían quién eras en realidad. Sólo sé que escuchaba la banda sonora mientras me consumía tu imagen en una bañera, la cuchilla en una mano, tu muñeca resbalando por el asidero, tu sangre patinando por los azulejos. Me colaba en cada párrafo y otras veces era una soga en el cuello, un corazón arrancado de cuajo envuelto con papel bonito y un lazo de regalo. Y cuando estaba en pleno descenso, a punto de arrastrarme contigo, el azul a pie de página me hacía mirar hacia arriba y recrearme en el humo de tu cigarrillo. Así te veía yo. Verás, en las clases de informática iba a buscarte, tenía esa insólita obsesión por descubrir tu grado de decadencia en esa luz del día. Y ahí estabas, preparándote para escanciar la noche. Con tus delicadas manos de poeta deslizándose por el lienzo, una hoja en blanco exhortando tu delirio, pasando tus dedos por la barba, la que me pierde mil veces antes de darme cuenta que me he rendido. Te veía con la botella en la mano, tu morro pegado a las aristas verde oscuro salpicado en rubí y la apatía contaminaba las paredes, el humo de la habitación. Los zapatos abandonados en la alfombra, la que quemaba bajo la desnuda planta del pie. Y ahí abajo se acumulaban todos tus infiernos, una colección de sacos de huesos y miembros mutilados. Y cuando ya se hacía mi noche, cuando me metía en la cama después de sobrevivir a mi averno particular, te acunaba en mi pecho para que tú también sobrevivieras una madrugada más. Ya te amaba entonces, cuando no te conocía, cuando no sabía que amor existe y mi frigidez se permitía un golpe más. Si puedes encontrar el amor, a continuación, te olvidas de todo.

Sería eso lo que me llevó a rellenar aquella postal de San Valentín, que el rosa ya empezaba a tomar holgura en mi paleta de colores y ansiaba descubrir el calor de tus notas risueñas o tristes. Y cuando me abriste esa puerta yo creí perder la conciencia, qué era eso que sentía que me hacia perder el equilibrio y me agitaba la respiración. Entiéndeme, tenía que buscar referencias y cometí la mayor de las torpezas, preguntar a quién hacías sombra; un coleccionista de venas azuladas que jugaba a ser encantador de serpientes, príncipe tenebroso y nocturno escritor de alma borracha. Me aconsejó que tuviese cuidado contigo, pero no se por qué, al menos en ese momento; ahora entiendo… temía que tú le robases el protagonismo. Confié en él al principio, pues la frialdad que tú  me mostrabas me limitaba, me entristecía,  pero poco a poco él se fue desvaneciendo, mientras destapaba su mundo de mentiras podridas, y poco a poco tú me demostraste que eras la única persona capaz de poner un poco de coherencia y criterio en mi vida.

Quizás esa vida no ha sido del todo mía… me he ido, he vuelto, entre medias me he quedado, he sido cometa volando en ti, siendo tú el único cielo, o has sido ese tipo de héroe que jamás pensé que existieran. Y ahora que te tengo tan cerca sólo quiero cuidar de ti, dibujarte una meta, conseguir que levantarte por las mañanas no sea despertar y continuar en la pesadilla, firmar un objetivo, que la caída no está prohibida -la depresión sí- cuando hay alguien a tu lado que sonríe por y para ti. Y aunque los grises amenacen tormenta, haremos del azul el paraguas que nos proteja.

Amor, cómo no me voy a sentir afortunada si es que yo soñaba contigo cuando aún no estabas en mi cabeza, yo me fijaba en ti, deliberaba la risa y el llanto, me levantaba o bebía contigo, incluso llegué a amar a  los gatos, sólo que tú nunca te enterabas de mi presencia. Cómo no voy a sentir este privilegio embalado en papel acolchado, cubierto de pompas jabonosas y láminas de acero. Si las musas fuesen plenas conocedoras de la parte que yo tengo, llorarían lágrimas de sangre y tinta, morirían de celos.

Empaqueté las velas en las cajitas del consolador, guardé la lencería en la bolsa delicada y fina. Puse a enfriar el vino en la nevera, compré el incienso vainilla y limpié mis zapatos de tacón. Me llevo un par de poemas de la estantería, quiero guardarme tu voz, y pusieron violetas en mi pelo en la peluquería, para que atesores mi olor. Ya estoy preparada, siempre querré volver, siempre, una y otra vez, tú tan sólo ábreme los brazos, amor.


Metric - Breathing underwater

sábado, 29 de septiembre de 2012

Cuando el otoño llora, el vacío parpadea





Avanzaban las horas hacia el otoño con la misma suavidad con la que tú te evaporabas de mi habitación, de mi círculo, de mi trozo de nada; encerrando un mutismo que me escarchaba la saliva en la boca. Oía la lluvia salpicar en los surcos formados en el borde de mi ventana, y la luz parda cambió los esbozos proyectados en la pared azul de la alcoba. Se destiñó el añil derramando el cobrizo por las grietas de los tabiques inmunes a la imagen, colándose por la película perforada del dosel pocos días antes inaugurado. Y mi primer pensamiento fuiste tú, que ya no volverías a empujar tus pasos por esta pieza descolorida, ni a inundar mis vacíos con tu carcajada tan contagiosa como lasciva. Tú, más doliente y apático que la distancia, mudando tu piel como las hojas de otoño del árbol, melancólicas y nostálgicas, esparcidas en el parque aguardando ser pisadas por el mero hecho de oírse crujir. Tú, que me acariciabas con tu voz cuando me despertabas, sin inmutarse los dedos.

Estuve despidiéndome de ti durante toda la tarde, guardando tu mundo en una tétrica página en blanco, efecto sólo de mi vergüenza. Mientras, recordaba la manera en la que llegaste a mi vida, abriendo todas las puertas -justo antes de florecer el cerezo- rebosándome de oxígeno; un universo por explorar sin soltarme de tu mano. Yo aún estaba cicatrizando o poniendo parches, liándome en la seda del gusano para no volver a perder la luz. Por eso nunca me acabé de creer que pudiese ofrecerte algo, al menos algo interesante, a tu altura, a la altura de tus amantes. Pero me ayudaste a creérmelo un poquito, y sino, mira todo lo que has conseguido que yo haga; que ande con zapatos altos -seguridad en mí misma-, dejarme crecer el pelo, respirar delicado antes de mascullar palabras, además de usar un móvil por el que deslizo los dedos. Aunque lo más importante, lo mejor que he aprendido de ti, es comprobar que la gente tiene tanto miedo como yo, que sí yo no me abro jamás podré encajar en ningún lado. Ojalá pudiese ser distinta, ojalá la cobardía y la inercia no fuesen unos de mis principales defectos. No entiendo por qué tengo que chocar tanto contigo, por qué lo único que siento es que no me comprendes. Y me siento más torpe que nunca. Y en el fondo sé que es mejor así, porque nunca podría completarte en nada. Sé que piensas que me falta autoestima, pero una cosa es no apreciar las virtudes que pueda tener, y otra bien distinta sería engañarme yo, no ser consecuente conmigo misma. Y después de todo ¿qué es el amor? si aún no se definirlo, ni tú decir qué es eso que sientes. Lo sé, falta la parte más importante y sin esa pieza del puzzle sólo divago y bosquejo minucias, nada que se pierde en la nada.

Llega el frío, las alfombras boscosas darán paso a los copos de nieve -cambio de estaciones- y tú te deshaces como las heladas de invierno; tan dócil y raso como llegaste. No eres un antojo, eso no, ni siquiera una arbitrariedad. Me encantaría que fuera distinto pero entiendo que el tiempo reivindica lo que le pertenece, aunque creo que mi carta empieza a ser papel mojado; pues tu hastío ha desencadenado en no echarme de menos. No te puedo culpar de nada.

Amor, no volverás a ver mi luz verde y a mí me dolerá descubrir que ya no hay nada que vibre bajo mis sábanas. Sufriré cuando muerda mis labios al no decirte que estoy en la ciudad, que me rodearé entre compositores rusos y artistas británicos, que te buscaré a sabiendas de que no estás. Porque si verte me acobardaba cuando había algo, ahora que nos perdimos me asquea mi ridículo y mi agonía. Lamentaré que no veas cuánto me ha crecido el pelo y decirte que ya había escrito tu carta de cumpleaños. Me faltará tu brío colmando mi vida, mi casa, estas calles a las que le hablé de ti, me dolerá mirar a un lado y ver que ya no estás. Porque todo tiene tu presencia, porque cada cosa me recuerda a ti. Pero nada duele más que palpar la confianza perdida, que los secretos ya no se comparten, porque mis pánicos y tu lasitud han disipado nuestra intimidad.


Huele a tierra mojada, a leña y morriña, a tristeza calada en ocres. Escucho a Jansch y pienso en ti. Llueve y la lluvia me sabe a ti, y aunque no lo creas sonrío, por lo que he recibido, porque sé que pronto vas a ser feliz. Porque fuiste tú quién reparó mis alas y gracias a ti ahora puedo volar.


Bert Jansch - Needle of death


viernes, 28 de septiembre de 2012

Bateando en el vuelo








Hueca, cadenas. Asfalto, tocada y hundida. Daño, dardos. Os voy a contar una bella historia que me han contado. Dormía estando despierta, tapiz despuntado, doblegando la cabeza, zarpando de una orilla. Llamaron a mi puerta, taciturna, nada pude encontrar. Árbol sin sombra, rasgaste mi sueño en tus ramas, aspereza me dejaste. Te vas despertándome, te asfixian mis desganas. Astronomía mudable, iatrogénico lento. Todavía te estás yendo, dolida damisela. Labrando tu huerto, dolido tu torso. Dopada, tullida, sola. Dame un soplo, que tu éter es mío, y la expectación marchita fue de los dos.

Os voy a contar el último cuento que a mí me contaron. Ondeando las alas, feliz vuela. cil, astillada, nguida bateadora. Ilusión datada, dados rastreados. Dando lentos pasos, aleteo dosificado. Doblándose ostenta dominarlo. Se va, tapando los árboles, golosinando al aire. Vamos, dorada estrellita, domina el respirar de tu revoloteo; navega surcando arabescos.

Os voy a contar el cuento que aún no se escribió, el cuento que a mí me robaron…


The Temper Trap - Sweet disposition


sábado, 11 de agosto de 2012

Son tus alas de Poeta





Había un Poeta con su copa de vino y su gabán oscuro de hombre intenso, un amante del ocaso perpetuo y la nocturnidad sin límites –agotada compañía- ni alevosía. Cada noche deslizaba sus dedos entre estrofas de poesías, hilando un cuento de finales tristes y protagonistas efímeros contaminados por la apatía y el delirio de un escritor sin musa, una aberración en las páginas más crueles escritas en la tinta de su propia sangre.

Consumaba la noche, angustiado y solitario, escurriéndose en la copa de cristal, surcando el borde, agonizando tristeza y melancolía sobre los botones que pulsaban las palabras que le empujaban al descendimiento. Un abismo acrecentado por el influjo excesivo del alcohol y el saberse roto y misógino, sin fémina que apreciase un rasguño de su corazón plateado. Y sin embargo el Poeta no lo sabía, no conocía el escritor el calor en el pecho de una robótica que no era delicada flor, ni hermosa musa, únicamente una imaginaria fugaz que -trepando en su prosa- había hallado el aleteo que le impulsaba a volar.

Gélida, sentir la palabra no escrita como un canto de esperanza. Amarlo una vez más, allí donde acaban las palabras y empieza lo desconocido. Despertar de los sueños perdidos aún conociendo el devenir, y saber que antes estuvo allí. Rozar en las yemas el copo de nieve que resbala en su mejilla, y saber que nunca un gesto la hizo tan feliz. La inspiración que no fue, sus metáforas que van llenando el cielo y le enseñan a cumplir deseos. Se la lleva, se la está llevando muy lejos.

Había un Poeta inspirado sin musa, -ella que sí quiere ser- enfureciendo sutilmente la noche, escribe él los versos de un corazón solo y abandonado, príncipe tenebroso enredándose en su red. Por eso te tengo, cuando corre sin mirar atrás, cuando está segura de que nadie huye, cuando hay luz allí donde está él. Donde todo acaba y vuelve a empezar.


Escríbeme algo bonito esta noche... como si no supieras que no existe en el mundo nada más bonito que tú.



Melody Gardot - Your heart is as black as night

jueves, 24 de mayo de 2012

Luz, más luz







No hay palabras que expresen los vacíos enclavados cuando las personas se marchan, aún cuando lo hacen sin despedirse y en silencio, dejando como último recuerdo una sonrisa o un “ya nos veremos” como si el mañana tuviese lugar... No existe palabra que explique la sensación de ese dolor que ya no es dolor, que ya no es un desconsuelo o una pena arraigada, no. El dolor narcotiza todos los puntos vitales, y ahora es como si adormecieras en vida, en un letargo profundo, incuestionable, sin vuelta atrás. Y si me pinchas no sangro, y si me tocas no padezco. Sombras y nada, una nada absoluta que ni siquiera da miedo porque la aprensión, el recelo o la entereza ya no forma parte de la realidad ni de nada. La realidad es tu propia consumación, tu indiferencia e impasibilidad ante todo cuanto pueda acontecer a tu alrededor.


Ahora casi resulta cómico cuando miro atrás, cuando veo una apatía que sólo parece literaria, cuando la herida sólo era leve sin ser profunda. Es como toda esa gente que escribe sobre bdsm sin conocer su significado, sin haber sentido la frialdad y la rigidez del plástico, el calor y la inflexibilidad de un movimiento novato. Es como toda esa gente que escribe y habla de lo ignorado, todo lo que no conocen y sin embargo creen dominar a la perfección. Lo hacen sin profundizar, inexpertos, privados de experiencia y emociones. Ahora quieres hacerlo y las palabras oprimen el vacío ultrajando, a ratos, la memoria. Quieres hacerlo exhumando esa nostalgia trenzada de todos los sueños y momentos compartidos que fueron: la alegría, los planes, el verano, los besos, las excursiones, el sonido, la última copa de vino y los te quiero. Y de pronto la agonía deja de ser punzante, ya no hay cristal que mutile miembros, venas, extremidades, porque el vacío deshabitó cualquier capacidad de sentir una mínima parte de algo, porque el vacío sólo es indiferencia.


Dicen que lo que importa son los recuerdos y, también, que el tiempo todo lo cura. Pero nadie te habla de las circunstancias transitorias, de cómo hacer frente al desdén un día tras otro. Y el lamento se hace indolencia, y tú ya no estás y es como si nada hubiese ocurrido, como si nunca hubiésemos existido. Y ahora me doy cuenta que sólo estoy yo y mi mundo, que cada vez se hace más grande y pequeño, o yo pequeña y todo me queda grande. Ahora me doy cuenta que no conocí soledad más la que me invade desde que ya no estás y todo está raro, porque cuando cierro la puerta de mi habitación nadie toca en la puerta para preguntar “qué tal”. Y ya no me importa nada ni nadie.





Richard Wagner - Marcha fúnebre de Sigfrido (El ocaso de los dioses)

jueves, 3 de mayo de 2012

Tormentas imaginarias







A veces hay días en los que despiertas en una habitación donde todo parece recién descubierto, todo parece revelarse de manera inverosímil e inesperada. Una habitación invadida por un éter irreflexivo, osado e incitante, ya sabes, siempre amando el peligro al filo de la navaja. La luz que entra por la ventana es como la mano que se desliza bajo tus sábanas, apartando la pereza, despertando la apetencia. Sacudes la zozobra de la jornada anterior, que se enreda en el hilo blanco que velaron tus sueños más trascendentes y acentuados. 


Entonces caminas lento, con paso seguro. Miras con recelo y desechas las sombras inciertas, las atrevidas que se manifiestan intrépidas y desconsideradas, porque son esas las que temes, las que ponen en marcha los mecanismos de alarma. Huyes sin sopesar las contingencias, das la espalda sin saber todo lo que estás perdiendo, protegiéndote con una coraza. Y en realidad estás obviando que todo está seguro cuando persigues aquello con lo que soñaste toda tu puta vida. Ya está, lo inalcanzable ya está alcanzado, no hay razón para seguir bregando, revelándote, intrigando. Y sin embargo corres sin mirar atrás, como en la canción, como en la música que descubres que une, que atina y que aviva y renueva. Ahí creí que estar solos era una posible opción, otro estado transitorio elegido, pero había mañanas –momentos- donde la única posibilidad era la soledad impuesta. 


A veces hay tardes de anticipado florecimiento, de siestas aletargadas y calenturientas donde los colores te confunden y todo está más podrido de lo que realmente parece. Como respirar el flujo más dulce después de cada oleada, tan convencidos y satisfechos que no advertimos el alquitrán que estamos ingiriendo. Ciclos inconstantes, gente que viene y va… y sin embargo existe un igual que siempre se queda.


Entonces descubres que hay vacíos que se llenan, culpas expiadas, inconformismo y quietud, silencios que se colapsan cuando no hace falta una sola palabra, barreras que se rompen cuando ganamos la batalla. Delirios honestos, revelaciones, exploraciones, deseos, afán de avanzar. Hay esperanza, memoria y nostalgia, apetito venidero. Hay un mundo lleno de posibilidades, y esta vez posibilidades no podridas.




Daft Punk - Encom Part I

miércoles, 28 de marzo de 2012

Abismo decadente








Viviría consumándote con parsimonia las horas de mis días.
Amaría más allá del juego, sin raciocinio, sin recelo o incertidumbres.
Me deleitaría con tu fulgor y tu materia, con tu esparcimiento y tu compañía.
Me relamería en soledad de tu sabor anquilosado en mi boca, degustando el fluido que me llenaría el alma.
Me pringaría de tus vísceras, respiraría tu sudor y todos los jugos de tu cuerpo. Para no saberme cero, para no permanecer vacía.
Alimentaría mis ansias de ficciones y empeños, pendencia y confianza.
Viajaría fugaz y eterna por tu condenada locura.
Me bebería el vino destilado por tu materia.
Inhalaría el aliento de tu naturaleza sabiéndote con ello cerca.
Devoraría tu fragilidad y te prestaría mi fortaleza.
Ocuparía todos los vacíos, saciaría todas tus carencias.
Velaría tus sueños disipando las pesadillas, besaría tus lágrimas, enterraría todos los monstruos.
Existiría por siempre para cuidar de ti.
Acaecería en un instante sólo por verte feliz.




Pero tal vez, quizá, lo que tú necesitas es esa chica romántica y delicada que sueña despierta mientras le hablas de literatura y trascendencia. Compartir con ella sueños, lectura y sonidos, porque la creación de ese pequeño universo, esa pompa donde sólo caben dos, es lo que te salva de todas las caídas que anidan en la inercia del tiempo. Tú necesitas una chica tierna que le guste caminar agarrada de tu brazo, colonizando esquinas, descubriendo nuevos pasajes sin importarle las amenazas de una cúpula gris, empapándose. Una chica sensual y refinada, confinando la pornografía. Sin delirios, grandes enigmas o caos existenciales acompañados de fútiles paranoias. Será una chica tranquila y sensible, capaz de hacerte estremecer sólo con una mirada. Ambicionas esa serenidad para mantenerte vivo, con deseo de coexistir al menos para comprobar que ella no sólo es una idealización más, fruto de tu ya encepada nostalgia. Haréis el amor sin apresuramiento, con parsimonia, porque querer es amar despacito. Mientras os reiréis de las nimiedades que presenta el futuro, sin hacer planes, peregrinando con lo puesto. Porque es cierto eso que dices, el futuro siempre nos alcanza.


Ahora sientes que poco importan las cosas, no hay sentido alguno en lo que haces, en lo que dices o sucede. Estás solo y por eso careces de ímpetu o confianza para empezar “algo” por muy vano que sea. Dices que la falta de voluntad ya forma parte de tu propia naturaleza, por eso necesitas querer a alguien o como dices tú, sentir que te quieren para poderte tú querer. No es patético, es conmovedor ¿sabes cuántas personas no logran asumir eso? yo misma he conocido a unas cuantas, al final de tanto desear querer se olvidaron de sentir estando al lado de la pareja.


Tener valor para abandonar a alguien no te hace menos o más cobarde, se aprende a valorar la compañía cuando dejas de verlo como una exigencia, como una necesidad.




Chromatics - I want your love