“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.
El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal,
una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos
calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando
un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al
menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que,
accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón.
“Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está
recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque
sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así,
sin pedir permiso.
En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de
ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te
creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni
empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y
así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los
muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa,
me da yuyu ir sola a los sitios en
los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a
Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que
transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña
un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger.
¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni
entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que
existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza
sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas
risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja
tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las
tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez alerta de
mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca
abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis
labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito
se le vuelva pepsi-cola cada vez que su
amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y
la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha
agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de
reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de
un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente
había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita
–al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio
de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo
delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal
vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que
cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince
años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en
mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.
Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para
tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca
dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el
primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho,
empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse
el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar
líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café
desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más
pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de
casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su
marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que
él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del
hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para
echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me
la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la
fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede
tener la mente más sucia?
El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la
metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita
provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un
poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de
preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten
mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me
rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo
mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte
algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor
rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera
repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y
como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro
problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído
“este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más
fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo
voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo
parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la
carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un
pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el
mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se
me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la
carne en adobo y el conejo.
No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi
madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una
mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a
punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó
embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y
que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para
defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril
conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una
inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que
vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del
grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de
la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y
sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las
tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el
tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena
paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.
A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha
fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea -me llamó para aconsejarme qué lencería
llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho
menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a
través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los
efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me
arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha
organizarle una maravillosa cena.
Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion
mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra
y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la
charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas
horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo
saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El
sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace
añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave,
sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el
vino y su preciosa camisa de Armani
quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos
aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al
poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes
tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el
color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo
Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su
primera papilla.
La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino
al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y
deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una
esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un
cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me
hicieron pensar sobre mi mal agüero.



