Mostrando entradas con la etiqueta histeria. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta histeria. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



martes, 30 de octubre de 2012

Lugares comunes I







Lo único que quebraba el vacío era la caterva de moscas negras preñadas de litigios contra el silencio, en lugares comunes y totalmente diferentes, rehusando arrojar al vertedero todo lo que se rompe. Es el ojo el que hay que mantener limpio, enseñarlo a llorar equilibrando la densidad de las pestañas cosidas a los párpados, lágrima furtiva errando de bruces en su mejilla. Danzar las larvas en el folclore místico que no es más que un hervidero de rutina. Huir de uno mismo disfrazando el silencio de navegantes callejeros, ambulante de misterios y malabarista de signos.

Y con la ceguera aún en la luz de sus ojos despistarse del parque de atracciones, cumplir la ley que persigue los cielos, embeberse el hielo que se ha derretido mientras se vuelve ceniza la ropa que te ha protegido. Y ya se ha olvidado de todo cuando mira sus venas y se da cuenta que no pueden soportar mucho más. Que todo solloza veneno y se desploma  mientras las alucinaciones se cortan a través de este cable enmohecido.

Las palabras penden de la cabeza de alfiler, dijo que ahí cabía el universo y se bebió todo el cosmos sin oxigenar el líquido. Nunca era demasiado si no colgaba el cuello en el olivo, si el tronco no conservaba los gusanos del leño podrido, no era suficiente si no se deslizaba de puntillas por la ciudad brillante o si subía tan alto que se volvía inalcanzable. Siempre estaría ahí el aliento de las sombras, atormentando su nuca, gateando por la espalda.

Abiertas las jaulas los pájaros volaron, las plumas diseccionadas rasgaron su garganta. Se ahogaba en ella y quemaba el vacío, complicarse induciendo el sueño, vomitando amnesia, supurando el duelo, mitigando reposo absoluto.  




viernes, 5 de octubre de 2012

Todos hablan de aquello que nadie conoce






Las colinas esconden ese ojo azul donde empieza a caer la luna, donde nadie conoce nada o siquiera sabe lo que hay. Nada parece improvisado y todo parece espontáneo, hasta el guiño de los astros patinando sobre el parabrisas o la radio del coche. Los caminos sin asfaltar contrastan con la hilera de chales ultrapijos, lo último en la frialdad de la argamasa; innovación y diseño. La casa de color marino está al final de una calle maestra, existen flancos de botellas naranjas de gas butano a su alrededor, un averno enmascarado por las sombras de pino de día, por la frondosidad de los gigantes de noche. Y tras la cancela un sendero que se pierde, uno que ella ahora apenas recuerda.

Se abre la puerta de la casa azul y aparece un universo matizado por la brocha de un loco impresionista. Hay inciensos y coco evaporándose en el ambiente, una preciosa diablilla va a saludarlos enroscando el rabo sobre su grupa. Hay un infinito entre sus cabezas y la telaraña de coloraciones, luces, muchas luces intermitentes que titilan azules, rosas, verdes o morados. Hay diez, quince o veinte personas alrededor de la piscina de agua caliente, pero a ella ya no le sorprende ver esos cuerpos desnudos tocándose, sin embargo sí le resulta apetecible el rojizo de sus pieles, vulnerables a lo inflamado. Hay un mago exhibiendo un memorizado truco de magia, desaparecen los amorosos silvestres bajo la gasa negra entre sus manos y los espectadores ríen a boca llena, desencajando la mandíbula. Se alzan telones de tul licenciosos, por zonas se mezclan los cortinajes con divertidas listas de serpentinas y lentejuelas brillantes. Cerca del precipicio, bordeando el acantilado, se encuentra el estanque con peces de formas geométricas y cabezas grandes, los perturbados los alimentan con palomitas de maíz dulce y comida de gato. Junto al sauce se encuentran los toboganes acolchados cruzados por circunferencias flameadas, por ellos se deslizan los cuerpos exculpados e inofensivos, regocijándose –amenos- en lo que aún no está corrompido. Al subir los peldaños -invadidos en fantasía- accedes al Jardín de las Delicias, cualquier locura es factible, cualquier absurdo es aceptable. Hasta el surtido de sushi entre los muslos de la bella Nath, y un rastro de saliva entre su ombligo y los pezones.

Las serpientes avanzan sobre la cúpula irisada, van trepando sigilosas, seduciendo con sus lenguas al abismo receptivo al delirio. Ella sigue danzando entre manos desconocidas, caricias que van y vienen, miembros exaltados y labios que buscan más saliva. Y todo se aúna confuso: Francia, Alemania, Irlanda, Italia, ¿Colombia?, Argentina…alquimista y opuesto, todo lo que necesitaba y quería saber. Justo en el centro, entre cielos, campos, grullas y mares está el hombre tatuado de ojos oscuros. Ella encontró la cola del dragón y sus perniciosas garras escapando de las mangas de su camisa. El desconocido de la oficina de correos se acercó a ella y empujó con sus dedos la lengua de la chica inquieta, reía echando la cabeza hacia atrás, demente adorable. Ella diluyéndose en la atmósfera, desbordada, ondulando su cuerpo al vibrar todos los huesos. Órbitas centelleantes, papeles esmaltados volando en el aire, humo dibujando su melancolía en el cielo, comprimidos de colores y gusanos de nieve. Se volatilizaba en el centro, difuminaba la memoria y el paisaje, lento, muy lento. Sólo recordó a Usher y que la luz de las estrellas era magenta, como el lazo en su pelo. Nunca nadie supo más de ella.

Siempre que la luna se esconde el sol se alza y comienza un nuevo día. Ella despertó en una cama extraña de una casa deshabitada, replegada entre abalorios resplandecientes y botellas vacías. Se apartó el pelo de la cara y se llevó la mano a la negrura de su boca, al sudor de su barbilla. Sus ojos temblaron al buscar, sin éxito, un cuerpo caliente al otro lado de la cama. Sólo halló un arroyo de sangre en los frunces de las sábanas.




martes, 25 de septiembre de 2012

Cuenta bloqueada







Patosa, desmemoriada, despistada, equivocada la mayor parte del tiempo, distraída con casi todo, descuidada, y no se cuántos adjetivos más de ese estilo, pero todos podrían definirme de una sola vez y por todas.

Entro en foros y enlaces que me pasan a través del correo electrónico como si nada, jamás me fijo en las condiciones legales, en la privacidad y ese tipo de cosas. Al principio siempre rellenaba los formularios con mis datos verdaderos, y mucha gente me decía que debía tener cuidado con eso, que podría ser usado contra mí. Y yo no entendía qué iban a poder utilizar en contra mía, si no había nada malo que esconder, si yo no era una persona importante, sólo una chica navegando desde un ordenador en el pueblo más recóndito del país. Y qué pasa más tarde, pues la gente que vas conociendo te cuenta que le han sucedido robos de cuentas, suplantación de identidad, fotos extraviadas, irregularidades de estilo parecido. A partir de ese momento opté por no introducir datos que revelasen mi auténtica identidad, al menos no siempre.

Yo sólo quería registrarme en una web sin más intención que la de compartir música, imágenes y letras, nada más. Y acabé bloqueando mi cuenta de gmail al introducir la fecha incorrecta en el registro. Ni siquiera recuerdo cuál fue la que me salió en ese instante (inconsciente), el caso es que los señores de Google interpretaron que yo era menor de edad e inhabilitaron mi cuenta de correo. Por lo tanto me quedé sin correspondencia y sin blog, ya que lo tenía registrado con esa misma cuenta. En seguida me entró el pánico, es posible que me ahogue en un vaso de agua, pero es que cuando vi las condiciones que había que cumplir para recuperar la cuenta, aquello empezaba a  no darme buena espina. Consulté en foros, en páginas que recogen situaciones parecidas, y las opciones para recuperar la cuenta eran las mismas para todos. Primero, no me fío de entregar una copia de mi carné de identidad para demostrar que soy mayor de edad. Y la segunda opción, la del pequeño aporte económico a través de una tarjeta de crédito. ¡Yo no tengo tarjeta de crédito!

Me pongo en contacto con un amigo, éste me aconseja que hable con otra chica y al final consigo arreglarlo. ¿Cómo? con las dos opciones; primero con la tarjeta de crédito de un amigo, pero pasaron más de doce horas y la cuenta seguía inhabilitada, cuando se supone que con esa elección sólo tardarían quince minutos en desbloquearla. Al ver que no funcionaba decidí usar lo del carné de identidad. A los veinte minutos la cuenta se desbloqueó. No se cuál de las opciones fue la que ellos validaron. El caso es que debo agradecérselo a Rorschach, que siempre tiene una paciencia infinita conmigo; a Lunática, que me ayudó a no ponerme histérica del todo; y a mi amigo J. que siempre acude cuando más lo necesito, vamos, que nunca se va.

Me dijeron que desde fuera parecía que había eliminado mi página por una rabieta, capricho, enfado o lo que sea. Y supongo que hubiese sido lógico pensarlo después de haber editado una entrada, y borrado otra. Pero nada parecido, nunca desaparecería de esa manera. Cuando empecé a escribir aquí no pensé que perder el blog me pudiese afectar tanto. Siempre digo que lo uso como terapia, para verter en él todo lo que hay dentro, en la imaginación o situaciones muy reales. Pero sentir por un momento que no podría recuperarlo es algo que me sorprendió bastante. Normalmente guardo las cosas que escribo, así que perderlo no sería tanto problema. Se abre uno nuevo y asunto arreglado. Lo que me ocurre es que creo que le tengo cariño -si es que se puede tener cariño a un blog- por la forma en la que fue creado. Y no me gusta, no me gusta esa sensación de dependencia. 

Gracias a los que me habéis escrito un correo, joder, yo creía que estas cosas no sucedían, la de encontrarte aquí gente que vale la pena. Me alegra mucho ver que vuelvo a equivocarme.




Gary Jules - Mad world