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sábado, 19 de enero de 2013

El fenómeno del éxtasis ( I )







Habría que fustigar a quién se le ocurrió pintar de gris quieromorirasfixiadaenunbukakke las paredes de mi jaula terapéutica. Me gusta el blanco y el negro, me gusta la mezcla de ambos, una luminosidad media que me define, como siempre, en medio de todo, cerca y lejos de nada. Siendo objetiva -si es que aún puedo serlo- no puedes pintar las paredes de la loquera con el color de las nubes que están a punto de derramarse, el mismo color de las calcetas sudadas de CR7, el color de las densidades grumosas que se van formando sobre tu cabeza, el color de la ceniza que, también, son los cadáveres de ancestros calcinados, el color de la pena, la nostalgia, la puta melancolía y la tristeza. La gente se hunde, joder, la gente no se anima, ni resuelve sus problemas mirando el gris, ahí, de frente, sino que se revuelca en su miseria. Pero yo soy yo –zorra fría, puta desquiciada- me siento cómoda entre el plomizo y lo sombrío, hace que el ambiente resulte agradable. Por eso me relajo sobre la piel del diván, encontrando placer en los cuadrados y en los caramelos mulliditos, y me abro tanto que comienzo a ser enteramente manejable.


Qué hay del alma errante, ¿aún se presenta en tu habitación de madrugada?. No, ya no. Encontró una isla en la que anclar su nave. Una putilla poligonera disfrazada de gotika a lo Marilyn Manson, pero debajo del piercing y las uñas negras –aparte de mierda carroñera- hay más de Choni escuchando rap, hip y hop, tri, tra, tru (todos esos monosílabos sólo aptos para simios) que otra cosa. Bah, ni siquiera era holandés, no era más que un escritor frustrado y licenciado en culturilla de solapa. Además, ya no molaba, se pasaba horas hablando de cómo cambiar el mundo, de sus ideas de anarquías y sus náuseas por todo lo políticamente correcto, divino y tradicional. Pero luego, el hijoputa, colocaba regalos bajo el árbol de Navidad, compraba sus pijotadas de iTunes y iPollas y hasta metió su papeleta en las urnas el día que proclamaba que no fuésemos a votar. Oh, Dios, que hubo de aquellos tiempos en los que reivindicaba la lucha en las calles, aceras ensangrentadas, políticos mutilados, palo en mano, tiro de piedra.


Cómo es eso, tienes que comunicarte, necesitas hablar con tu círculo cercano. No puedes quedarte sin amigos porque necesitas abrirte, exponer tu dolor, tu preocupación. Bueno… está mi amiga Bea, pero no se si es un buen apoyo, ni siquiera sé si es buena para mí salud física y mental. Está un poco loca, y no hablo de una locura diagnosticada. Hablo de una locura derivada de esa mierda que se mete por la nariz. Primero me dejó conducir su coche, una noche madrileña en la que habíamos cerrado bares y consumido porquería, yo me desquitaba de un rechazo, ella jugaba a ser una heroína sin traje y sin capa. Pero ¡si tú no sabes conducir! Ah claro, por eso estampé el vehículo en una farola, pero no pasó nada, excepto que al día siguiente la resaca me hizo ingerir aquél bote de pastillas. Luego la que estrelló el coche en la autovía del sur fue ella, pero la culpa fue del agua, que mojó la carretera. Aún no me había recuperado del esguince, las suturas y las cicatrices, cuando me hacen un lavado de estómago propiciado por otra de sus locuras. Ah, y recuerdo que antes de todo esto me llevó a una casa muy rara donde volaba toda clase de drogas y se celebraban orgías. Menudo susto me llevé cuando desperté en una cama con cuatro tías y las sábanas llenas de sangre. No, a mí no me ocurrió nada, ni hice nada extraño, creo… Bah, de todas formas ya no me habla. Me culpa de sus infidelidades, ahora que ha dejado a su marido el amante la ha dejado a ella. Cree que yo debí mediar, pero la verdad, no se en qué.


Ya veo… y tu amigo ¿imaginario? Pienso en el constantemente, pero nunca llegaremos a encajar. La otra noche hice una estupidez, le dije que quería ser su puta esa noche y él me rechazó por segunda vez. La primera vez que lo hizo lo entendí un tiempo después, se estaba corriendo con otra tía. Y ahora que han pasado los días también entiendo el segundo rechazo –bueno, no hay más que verme, soy una deforme incapaz de despertar deseo en ningún hombre- estaba herido su orgullo de macho alfa. Verás, la tía con la que se corría está siendo cortejada por otro príncipe y eso a él lo tiene desanimado, porque claro, están cayendo en desuso sus tretas de Don Juan, ella lo tiene medio ignorado. A ver, si yo lo entiendo, de verdad que sí. Los celos abreviaron su apetencia sexual. Por otro lado, yo le dije que no podíamos continuar con ese otro tipo de relación, pero me envió un mensaje la tarde que fui al cine, y aquella noche nos corrimos como animales después de detonar todos nuestros roles. En realidad yo sólo quería acabar el día animándonos un poco, pero empezó hablándome de la tía con la que se corría, de sus graves problemas. Y los míos quedaron reducidos a mierda de gato; claro, yo no voy a ser desahuciada, no me han echado del trabajo, no paso hambre, no tengo hipoteca ni niños. Sólo se ha mudado a mi calle el hombre que me maltrató durante años. Pero, y si aún vive con él, y si hablar de madrugada bajo las sábanas, no coger siempre el móvil o haber aplazado tantas veces un encuentro es porque aún convive con él. Sí, pudo haberla amenazado con matar a ella y a su familia, con colgar todos los vídeos eróticos en internet, con ir a un programa de la televisión y mostrar sus secretos y sus vergüenzas. Quizás por eso aún le tiene miedo. Pero eso es chantaje! Bah, no me hagas caso. Estoy furiosa porque me rechazó de nuevo, y la furia me hace decir estupideces sin sentido, ni un ápice de credibilidad. Lo echo de menos y cada día sueño con un mundo mejor para él, joderme a mí misma es más que suficiente. Él no, no permitiré que nada le haga daño. La distancia, el tiempo, la rutina, el amor, el amor, el amor…


Ya veo, tomemos un respiro, ten, esto te ayudará un poco



S.O.D - Raise your sword

miércoles, 19 de diciembre de 2012

Homenaje





A veces ocurre que las expectativas que nos marcamos se escapan de nuestro control, huyen, se tornan caprichosas o caen en manos ajenas, incapaces de apreciar el valor de un artista -por nombrar a alguien en concreto-, el tiempo empleado, el color, la textura... Siempre dije que no hacía falta entender nada, que sólo era necesario mirar, detenerse un momento y dejarte llevar por lo que florece ante tus ojos, y dejar que esa primera impresión te remueva lo poco o lo mucho que haya dentro. Lo que consigas descifrar a partir de entonces es algo que queda para ti, pero también es curioso, incluso enriquecedor, compartirlo con los demás; más cuando existe alguien al otro lado que te abre la sesera para airear esa masa gris emplastada, que nunca acaba de despertar.

Hoy los puntos me duelen un poquito más, aunque los buenos días me han aliviado el resentimiento, el escozor de la carne que ya empieza a cicatrizar. Dejar esa ventana abierta esperando mi vuelta ha sido lo más hermoso que ha ocurrido en estos últimos días, semanas. Pero no puedo evitar el punto de tristeza que supone cerrar mi libro favorito... dime al menos si existe la posibilidad de seguir soñando con mujeres desnudas, con niñas que enroscan un mechón de pelo entre los dedos, soñar y soñar con esa pareja que se deshace en confidencias en una esquina del jardín o con esa belleza que se masturba en penumbras en una terraza, mientras el galán afloja la pajarita de su cuello adelantando el momento, ya sabes cual. Me he permitido ese pequeño lujo, dejar que la mente ande suelta sin ataduras o nudos complicados, y siempre, siempre, se me ocurría una historia. Era posible lo que yo creí inoportuno y suicida, el miedo de hacer el ridículo se ha ido evaporando y ahora sólo queda una promesa de sueños sólidos. Por supuesto, tú has hecho que esto sea posible, ¿cómo? abriendo lo que ahora pretendes cerrar. No lo hagas, por favor, al menos intenta crear otro universo en el que quepan todas las historias que fluyeron en una imagen, en una quimera que comenzó a cobrar sentido.

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Sensaciones cruzadas, la ternura de los cuidados a un cuerpo recién mutilado, la mano traviesa buscando la humedad pegada en las bragas. Perder el tiempo que nunca muere en una conversación que se extiende hasta el postre y la extenuación de las velas; explicarte que fue una loca aventura en la que corrí el riesgo de estrellarme contra el quitamiedos, que se me nubló la vista -oh, sí- y perdí el conocimiento pero que la comida del hospital en realidad no es tan mala. Hacer risas mientras conoces mis gestos, averiguar los tuyos antes de la copa después del postre. Entre tanto esconder tu cabeza entre mis muslos. La ambigüedad me precede, llorar para no sentirme sola mientras me froto en tu pecho, estallar mientras gimo de placer. Conectar. Ya me siento bien, lo haces, de veras que sí. Sólo una cosa... no te pierdas, es que...

dime, ¿de quién voy a ser ahora princesa?


John Frusciante - Dark light

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



viernes, 2 de noviembre de 2012

Lugares comunes II






Cuatro paredes en blanco solapan una jaula vana, tétrica y abandonada por unos pájaros tunantes sin voz propia. Ella se embelesó contemplando aquel parapeto, frenéticas todas sus neuronas, buscando grietas por las que emanasen las orugas fingiendo melancolía, siguiendo el rastro del alacrán camuflado en vergüenza y postración infinita.

Todo se movía en la habitación ajena, prestada sólo hasta el declive del hundimiento. Nada se detenía entre sus dedos, entre sus dientes que mordían la condensación del silencio, sin apenas inmutarse, o revolviendo el caos en su existencia afilando sus colmillos. Las esquinas de su mente se colapsaron, como se hocica el gato en el ovillo de lana. Y los fluidos de su materia, las corrientes y mareas de su alma, transmutaron en una luz de emergencia. De repente una voz en off…

Espera y fracasos, confusión y ciclotimia. Vacío y nada. Reservas y privación. Punzada y afonía. Como si recordase algo después del suicidio, se había inmolado tantas veces, que no le importaba hacerlo una vez más.


miércoles, 17 de octubre de 2012

Tu mala suerte me da ganas de abrazarte


"Tener todas las partes, aún no es tenerlo todo"




            Cómo llenar el hueco que aún no había sido acomodado en el colchón, con la calentura todavía encerrada entre las fibras del lino parsimonioso. Desperezándose la ciclotimia y la transmutación de piel. Sí, esa piel aún tibia y rasgada, escéptica, a los dedos del pintor y artista, creador de espirales en el sexo calado por una palabra a tiempo, una bien dicha, una palabra bien hecha. Susurrándole por la ventana a la mujer del sujetador negro “Date la vuelta, siéntate en el borde de la cama, separa tus piernas, ábrete para mí que te quiero absorber”. Y la Numen duerme desordenando los sueños que les fueron robados. Impropia a la ilusión del pensador de humedades.

Muy tarde, cuando el vino caliente aún no se ha evaporado en la copa, la luz se va y el teléfono suena y las cosquillas vuelven a su lugar haciéndose más luz pese a la plenitud de la madrugada. Princesa, actúo así porque me tengo prohibido dejar pasar las oportunidades de saber más de las personas inteligentes que rozan mi vida. Quimérico pero cierto. La desviste y le arropa el alma, pide el beso que aporta vértigo y olvido, la curiosidad por los paraísos desconocidos que no han sido inventados, o sí, pero son esos los que todavía se pueden encontrar cuando la persona correcta te da la mano. Tiene un punto de voyeur y le gusta ver, le gusta adoptar la pose de interesante curtido, hacedor de lisonjas trémulas, braceando entre suspiros de aire compartido y pompas atormentadas de confeti. Ser mayor y tener una dirección de email como la de ella es la vía en la que vocalizar la dolencia concerniente. No busques amores, cambia a amigos con derecho a roce. Los amigos no suelen fallar, el roce cubre tus necesidades y quizá alguno te de ese plus que se necesita para convertirlo en único.




Atado. Prohibido hablar. Mírame. Se toca. La mira, la va desnudando. Se sigue tocando. No hay más que unos hombros desnudos marcando la clavícula, el abismo de los senos curvados que sellaron la memoria de su vocabulario. Sus pezones que se endurecieron al crujir del tensar las cuerdas…

¿y a ti?






viernes, 5 de octubre de 2012

Todos hablan de aquello que nadie conoce






Las colinas esconden ese ojo azul donde empieza a caer la luna, donde nadie conoce nada o siquiera sabe lo que hay. Nada parece improvisado y todo parece espontáneo, hasta el guiño de los astros patinando sobre el parabrisas o la radio del coche. Los caminos sin asfaltar contrastan con la hilera de chales ultrapijos, lo último en la frialdad de la argamasa; innovación y diseño. La casa de color marino está al final de una calle maestra, existen flancos de botellas naranjas de gas butano a su alrededor, un averno enmascarado por las sombras de pino de día, por la frondosidad de los gigantes de noche. Y tras la cancela un sendero que se pierde, uno que ella ahora apenas recuerda.

Se abre la puerta de la casa azul y aparece un universo matizado por la brocha de un loco impresionista. Hay inciensos y coco evaporándose en el ambiente, una preciosa diablilla va a saludarlos enroscando el rabo sobre su grupa. Hay un infinito entre sus cabezas y la telaraña de coloraciones, luces, muchas luces intermitentes que titilan azules, rosas, verdes o morados. Hay diez, quince o veinte personas alrededor de la piscina de agua caliente, pero a ella ya no le sorprende ver esos cuerpos desnudos tocándose, sin embargo sí le resulta apetecible el rojizo de sus pieles, vulnerables a lo inflamado. Hay un mago exhibiendo un memorizado truco de magia, desaparecen los amorosos silvestres bajo la gasa negra entre sus manos y los espectadores ríen a boca llena, desencajando la mandíbula. Se alzan telones de tul licenciosos, por zonas se mezclan los cortinajes con divertidas listas de serpentinas y lentejuelas brillantes. Cerca del precipicio, bordeando el acantilado, se encuentra el estanque con peces de formas geométricas y cabezas grandes, los perturbados los alimentan con palomitas de maíz dulce y comida de gato. Junto al sauce se encuentran los toboganes acolchados cruzados por circunferencias flameadas, por ellos se deslizan los cuerpos exculpados e inofensivos, regocijándose –amenos- en lo que aún no está corrompido. Al subir los peldaños -invadidos en fantasía- accedes al Jardín de las Delicias, cualquier locura es factible, cualquier absurdo es aceptable. Hasta el surtido de sushi entre los muslos de la bella Nath, y un rastro de saliva entre su ombligo y los pezones.

Las serpientes avanzan sobre la cúpula irisada, van trepando sigilosas, seduciendo con sus lenguas al abismo receptivo al delirio. Ella sigue danzando entre manos desconocidas, caricias que van y vienen, miembros exaltados y labios que buscan más saliva. Y todo se aúna confuso: Francia, Alemania, Irlanda, Italia, ¿Colombia?, Argentina…alquimista y opuesto, todo lo que necesitaba y quería saber. Justo en el centro, entre cielos, campos, grullas y mares está el hombre tatuado de ojos oscuros. Ella encontró la cola del dragón y sus perniciosas garras escapando de las mangas de su camisa. El desconocido de la oficina de correos se acercó a ella y empujó con sus dedos la lengua de la chica inquieta, reía echando la cabeza hacia atrás, demente adorable. Ella diluyéndose en la atmósfera, desbordada, ondulando su cuerpo al vibrar todos los huesos. Órbitas centelleantes, papeles esmaltados volando en el aire, humo dibujando su melancolía en el cielo, comprimidos de colores y gusanos de nieve. Se volatilizaba en el centro, difuminaba la memoria y el paisaje, lento, muy lento. Sólo recordó a Usher y que la luz de las estrellas era magenta, como el lazo en su pelo. Nunca nadie supo más de ella.

Siempre que la luna se esconde el sol se alza y comienza un nuevo día. Ella despertó en una cama extraña de una casa deshabitada, replegada entre abalorios resplandecientes y botellas vacías. Se apartó el pelo de la cara y se llevó la mano a la negrura de su boca, al sudor de su barbilla. Sus ojos temblaron al buscar, sin éxito, un cuerpo caliente al otro lado de la cama. Sólo halló un arroyo de sangre en los frunces de las sábanas.




viernes, 28 de septiembre de 2012

Bateando en el vuelo








Hueca, cadenas. Asfalto, tocada y hundida. Daño, dardos. Os voy a contar una bella historia que me han contado. Dormía estando despierta, tapiz despuntado, doblegando la cabeza, zarpando de una orilla. Llamaron a mi puerta, taciturna, nada pude encontrar. Árbol sin sombra, rasgaste mi sueño en tus ramas, aspereza me dejaste. Te vas despertándome, te asfixian mis desganas. Astronomía mudable, iatrogénico lento. Todavía te estás yendo, dolida damisela. Labrando tu huerto, dolido tu torso. Dopada, tullida, sola. Dame un soplo, que tu éter es mío, y la expectación marchita fue de los dos.

Os voy a contar el último cuento que a mí me contaron. Ondeando las alas, feliz vuela. cil, astillada, nguida bateadora. Ilusión datada, dados rastreados. Dando lentos pasos, aleteo dosificado. Doblándose ostenta dominarlo. Se va, tapando los árboles, golosinando al aire. Vamos, dorada estrellita, domina el respirar de tu revoloteo; navega surcando arabescos.

Os voy a contar el cuento que aún no se escribió, el cuento que a mí me robaron…


The Temper Trap - Sweet disposition


martes, 12 de junio de 2012

El lado oscuro de las cosas







Me dices que mis paranoias son tan absurdas que debería visitar a ese psicólogo con el que el chico decadente suele desahogarse. Y yo te respondo que no deliro con conejitos inoportunos e indiscretos, que si hubiese alguna patología en el proceso de mi desarrollo afectivo sería, de cualquier modo, mi problema. En ese caso ¿dónde está el problema?, que siendo mis alucinaciones tan ilógicas e irracionales se puede vivir perfectamente con ellas, pues no creo que alteren pensamientos ajenos. Adáptate tú, jodido chiflado, que se adapten los demás, dejadme a mí con mis fantasías, con mi cordura o mi incongruencia. Pero insistes, te gusta diseccionarme como a una rata de laboratorio, porque en el fondo tienes esa vocación frustrada que nunca llegaste a desempeñar. También pasa que quieres estar por encima de todo; y es que te hiciste Poeta en lugar de estudiar psicología, te prometo que jamás entendí el motivo. “Hay que dominar la naturaleza, los entresijos de las mentes, de ese modo conseguirás subyugar los versos de una composición perfecta” me dices. Vale, quieres jugar, husmear en mi raciocinio porque también pasa que estás fascinado con ese psiquiatra cuya mujer sufre superfecundación heteropaternal. Y ahora estás interpretando ese papel, ahora te sientas en el borde de mi cama de madrugada, me haces preguntas eclipsadas sobre un yo paradójico y a veces me quedo sin respuesta. Bah, tampoco me dejas tiempo para pensar y responder, el trato es contestar de manera automática. Cuando acabas con la batería de interrogantes imponentes y desestimables, redactas en una ficha un perfil inútil y retractable. 










Irene.
31 años.
1,60 de altura.
45 kilos de peso.
Enajenación, alteración de la razón y el afecto. Distorsión de la realidad.
Tratamiento: psicoterapia.


Me llamo Irene y no estoy loca.  Participo en este ejercicio de manera voluntaria, para dejar constancia de mi sano juicio y, también, para dejar en ridículo a mi amigo que cree que sí estoy loca. Me ha pedido que redacte los problemas en los que más suelo pensar, dudas, quiere conocer mis miedos, qué cosas me inquietan y qué es para mí la realidad.

Yo nunca he sido una persona de pensar mucho, siempre me he movido por impulsos y nunca he tenido dudas existenciales. Bueno, tal vez, cuando estudié filosofía pero aquello duró lo que un par de cursos. Tampoco quiero decir que una persona impulsiva no sea también una persona racional o con esa capacidad de cuestionarse dudas metafísicas, pero ese no es mi caso. Las dudas que siempre me han asaltado a mí son más del tipo ¿por qué hay eco en el baño cuando quito las toallas y la cortina de la ducha? ¿por qué hay dos rebanadas de pan de molde en el paquete que nadie nunca se come? ¿hay alguna función más que la de proteger?. Sí, ya sé que la respuesta debería de sobra conocerla, pues hasta los niños de doce años la sabrían responder. Pero ahí están las irresoluciones que a mí me hacen discurrir.

Mis miedos son totalmente comprensibles y habituales; la incomprensión, el rechazo, dolor -no físico- eso que llaman dolor del alma. No hacía falta analizarme para llegar a la conclusión de que el miedo es lo que me conduce a la inseguridad y a la debilidad, pero que esto no se puede tratar como una psicopatía. Luego existen otros miedos que son temores, pequeñas alarmas que me paralizan durante una milésima de segundo. Esto ocurre, por ejemplo, a primeros de junio de cada año. Extrañamente me pica una araña y una asquerosa erupción se espurrea por todo mi cuerpo. Bueno, de ahí deriva otra pregunta de esas en las que no hallo respuesta: ¿por qué me pica justo en esa fecha?. Como si no existiesen las arañas el resto del año. También le tengo respeto (aprensión) a los microondas, y es que cada vez que toco uno sufro una descarga de corriente eléctrica. Al principio pensaba que era la casa, tal vez por lo de la toma de tierra, pero es que me ha ocurrido en todas las casas por las que he pasado. Por lo tanto me mantengo alejada de ellos.

La realidad… es esto, que tú y yo estamos aquí en este instante. Es la existencia de algo. Realidad es que no puedo tener cactus en casa porque se mueren, me los cargo a todos. Realidad es que se acabe el gas de la botella de butano mientras me estoy duchando. Desarmar un reloj con alarma y cuando creo haberlo arreglado me sobran o me faltan piezas. Comerme los helados sobre un plato porque siempre, SIEMPRE, se me cae la bola. No, no lo llames manías, no lo son. No es que sea yo muy maniática, sólo un poco estricta en la higiene de la casa y en la personal. Mis excentricidades son más del tipo apuntar cosas, por ejemplo números de teléfono, en los papeles de los caramelos. Empezar a leer un libro en los capítulos dos y tres, alargar el final durante meses. Estornudar con los ojos cerrados y abrir la boca cuando me pinto los ojos. Buscar mi nombre en una sopa de letras o hacer agujeros todos los años a unos zapatos.




Esto no se puede llamar Trastorno Bipolar, con todos mis respetos a los enfermos mentales y sus familiares.





Repo! The Genetic Opera - Chase the morning

miércoles, 9 de mayo de 2012

Rezumar paranoias






Tus ojos cambian de color con tus pensamientos.


-Hay un espacio ridículo, casi insignificante, entre tu hipotálamo y tu hipófisis. Por eso no puedes dominar la secreción de las endocrinas revolucionarias. Es decir, inocente Irene, no hay jerarquía en tu pequeño ejército que discipline y equilibre las glándulas colgantes.

-Si yo supiera de donde cuelgan, quizás, tal vez, podría tirar de ellas e inmovilizarlas por un tiempo.

-Veo que no te has enterado de nada.

-Efectivamente, no entendí ni una palabra de lo que dijiste, pero me encanta el color de tus ojos.  






lunes, 30 de abril de 2012

Endorfina romántica








Porque los recreos de vicios que se han inventado hay que jugarlos hasta el final, arriesgando y asumiendo TODO.
Porque la perturbación forma parte de mi filia y esa filia es mi propia naturaleza.
Porque descubrí mi sexualidad de atrás para delante.
Por todos los quizás, tal vez o ya veremos. Un handicap de miedos e inseguridades que entorpecen el acercamiento.
Por mi yo estúpido, ridículo y salvaje.
Por el demente que me engendró a su antojo, con todos los fallos y ninguna virtud.
Porque no se decir NO y a veces duele.
Porque el dolor me hace estar viva y sin aflicción siento que muero.
Porque no se vivir sin agonía.
Por la desmedida de lo que me invade.
Por tu ansiedad, tu intriga, abulia y peculiaridad.
Por el instante dilatado justo antes de caer el látigo o la palma de la mano.
Porque el impacto es la adrenalina y la adrenalina es la adicción.
Porque el fervor de tu piel sabe más intensa después de rozar un abismo en el aire.
Porque el orgasmo encarnizado y selvático sobre tus rodillas estimula mi punto antropófago.
Por la caricia que se siente diferente, única y especial.
Por tus huellas en mi piel con las variantes pigmentadas; señales de ser amada y haber amado.
Por la reminiscencia y el perfeccionamiento.
Porque la predestinación a veces sólo es un lamento compartido.
Porque estoy perdida y no se amar de otra forma y manera.
Porque se advierte el momento (necesidad) de  cambios.






The Cramps - Dames, booze, chains and boots

sábado, 21 de abril de 2012

Some day... in 2032






En días vehementes, camuflada por un lema futurista, lascivo y romántico, de Angel Schlesser… reflexionaba y consideraba lo permisible y lo inaceptable, teorizaba los antojos inconcebibles o simplemente indescriptibles, todo lo que me invade o atormenta desde que empecé a volar. Sintetizaba los rasgos innatos preguntándome por la perturbación de mis desordenadas filias. Qué sería eso que se escondía en mí, qué reflejaba yo ante los demás para parecer tan extravagante e incomprensible, incluso ya para mí misma. Ninguna conclusión me satisfacía, en ninguna de ellas encontré respuestas. Qué ridícula, pues atribuí la carencia de revelaciones a la mutilación del verano entre julio y agosto, como si la calina pudiese exprimir los jugos del cerebro. Entonces llegó el experto en diseños, peritaje y cimientos, con su perfecta seguridad y esa frustrada vocación de psicología. Nos exhibíamos cada noche delante de una botella de vodka y unas cuantas caladas de algo mágico y contundente. A veces sólo seguía el movimiento de sus labios, y es que los sonidos me llegaban a cámara lenta y un tanto dispersos, como distorsionados, no más que nosotros dos, que nos evaporábamos entre humo y ruido blanco. Tenía un plan -eso decía él- que consistía en desprenderme, cada noche, de una parte de mi naturaleza. Prescindir, una a una, de todas las capas que me protegían y tapizaban, que me hacían ser yo. Renunciar a cada parte de mí no era fácil, pues no sabía ser de otro modo y cada noche me sentía más desnuda y vulnerable. Deconstruirte para llegar al centro y aprenderte a ti misma. Eso hice, desvestirme y deshacerme en pequeños fragmentos que yo creía irrecuperables. Cuando ya no hubo envoltura que me cubriera, cuando me descubrí de todas las máscaras, un pánico anónimo se apropió de mí, me asusté de lo que se reveló ante mí. Sólo quería volver a vestirme y tapar toda mi vergüenza, ocultar y disimular aquel engendro construyendo láminas de acero a su alrededor. Hacerlo dormir hasta que por fin desapareciese. 


El experto en planos y trazados que delineó el mapa de aristas y curvas, pretendió diseñar un prodigio de quimera, pero sólo consiguió proyectar a una efímera Irene.




Marina and The Diamonds - I am not a robot