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miércoles, 12 de septiembre de 2018
ocho tumbado
Reiniciar. Apagar. Reiniciar. Apagar. Reiniciar..reiniciar, reiniciar, reiniciando...
continuamente, una y otra vez, y al final nunca ves la luz, ni ves tu camino, ni sabes dónde encajar. Y la historia se repite, todo al inicio y tú sin conectar. Y tú ya sólo quieres ver el final, porque el infinito sólo es un ocho acostado (8). Fin.
If i Fell - Evan Rachel Wood
viernes, 28 de agosto de 2015
Last time
Hablamos de la ebriedad, saturación en los altos grados de temperatura, la omisión de la voz en off y todas las señales avisando del peligro. Hablamos de dejar pasar oportunidades, como la de cerrar una maravillosa noche en aquel lugar, el escarpado de pinos, tragos en un coche, deleite en plena naturaleza. Una noche mágica en la que descubrir un pedacito de esencia, en la que cantar al viento de poniente. Aunque quizá sean las lágrimas de San Lorenzo. O que el cambio de polaridad solar me esté afectando. O todo lo que ya sabemos junto. En cualquier caso siempre me gusta que conozcas más de mí, aunque en esta ocasión la estúpida descerebrada volvió a usurpar mi inusual cordura y yo, una vez más, me avergüenzo al contártelo.
Siempre que me llaman voy. Siempre que me buscan me encuentran. Nunca se decir No, nunca un No se pagó a tan alto precio. Por eso acudí a la llamada, al auxilio, al desesperado intento de paralizar otra desafortunada tormenta. Nunca un triunfo me supo tan caro.
Desplomé mi agonía en el asiento del quad aparcado en la puerta del bar. Me gané ese derecho justo un verano antes, mientras ensanchaba mi ego en el elevador la lengua de su conductor derrochaba saliva en mi cuello, incluso en los días de Pascua, cuando el dueño del quad emborrachó mi teléfono domo de Absenta, olvidando –posteriormente- un pendiente bajo la almohada. Estaba allí sentada, debatiendo con algún desconocido sobre la belleza de las playas de Gijón y los bulevares regados en sidra de Oviedo cuando me deje tirar por una mano no tan desconocida. La usurpadora estaba ahí, anegada en cólera, inyectada por la decepción y la hipocresía. Porque tú, el de la Harley del bar de al lado, apareciste ante mí con tu prepotencia y tu chulería presumiendo de harén, y la rabia se infundió en llamas dentro de mí, incautando la esquizofrenia cualquier vestigio de sensatez.
Me empuja al baño de chicas y cierra la puerta tras de sí, urgentemente, con insidia y brutalidad. Esa misma fiereza le lleva a lanzarme contra el mosaico de azulejos vidriados color azul hielo, azul añil, azul brillante, azul perlado, cielo, mar, noche… Dos líneas gruesas, blancas, perfectas, reposan de manera seductora sobre la tapa del tanque del inodoro. Su mano con fuerza en mi nuca, me incitan sin acabar de empujar hacia el vicio, soy yo la que se deja hacer, llevar, la que bracea en las profundidades de todos los azules, ahora convertidos en un inmenso océano. No lo pienso, como cualquier decisión acatada en los últimos meses, no se me da bien pensar, no me riega el cerebro, me patina la neurona. Siempre fui una chica de impulsos, en su mayoría no acertados. En eso estaba instantes (tal vez horas) más tarde en el asiento trasero de un coche. Sé que contemplé toda la gama de pasteles en la pizarra de ahí arriba, una cámara lúcida, espejo transparente, luz de verano. Sé que mi casa ya no era hogar, era un vertedero invadido por ratas de alcantarilla, roedores depravados y corruptos, ávidos en la deshonestidad, en el hurto y el analfabetismo. También sé que aquello fue el fin, que nunca más irrumpirían en mi tranquilidad, en mi persona, en mi karma ni mi hogar. Nunca más.
“Es miedo y la puta vida…” me digo segundos, minutos, horas más tarde, porque la inconsciencia también juega con el tiempo. Qué será la puta vida, me preguntó, un orgasmo tal vez, una nota de piano tocada una noche complicada, un cunilingus, una buena mamada. Analizo -como siempre, como esa infinidad de veces en las que intento justificar otro desliz, otro desvarío, otro despropósito sobre la cuerda que me sostiene y poco a poco vence- todas esas cuestiones para encontrar la respuesta, pero en realidad también se me da mal jugar al psicoanálisis. Esa correspondencia entre mi yo y mi otro yo desafía el horizonte de la acústica, ahí creo encontrarme, justo antes de darte el último beso y perderme por siempre.
Lana Del Rey - Gods and monsters
domingo, 2 de diciembre de 2012
Una retirada a tiempo es una victoria
El sótano del bar se ha convertido en una arteria de corazones descuartizados, las utopías desbaratadas y reventadas en mil añicos, formando el surco de agua en la base del vaso medio vacío, se reúnen para fabricar sonrisas amargas y ahogar la desidia en las botellas de colores mal distribuidas en la mugrienta estantería. También es el trampolín donde los desahuciados toman impulso, las que se prostituyen por cinco segundos más acaban acariciando el jugo reseco en la última copa, pero después siempre hay tiempo para un poco más, un poco de algo que las acabe atravesando.
Ella sólo había visto cristales sucios en aquel antro, pasaba por la puerta y el hedor a caduco le hacía retroceder o apresurar el paso. Era sábado y tarde, tan tarde que ya había cubierto su cara con el embozo y contestado al último mensaje en su móvil casi entornando los ojos. La intranquilidad le arrebataba el sueño, daban vueltas los miedos en su cabeza con aquella odiosa canción de Tool de fondo, y el sueño cada vez era una cumbre más lejana. Hasta que una alerta la sacó de la cama. Bea esperando en veinte minutos debajo de casa.
Estaba delante del tugurio con un cartel del siglo pasado, ni siquiera conservaba todas las letras del nombre juntas, estaba emborronado. Y volvía al sótano, a la tienda clandestina y las timbas de cartas con viejos extranjeros borrachos y colorados. Esta noche el olor a maría es más suave y menos condensado. Las dos chicas se unen al grupo de gordinflones para echarse unas risas, lo cierto es que el spanglish les parece súper gracioso y ella -la chica con gripe- se siente dentro de una cinta negra, una de polis corruptos con sombrero de ala ancha y puro de medio lado. Pierde todo, lógico, pero tampoco llevaba demasiado. Había cobrado el día anterior pero guardaba esos pequeños ahorros para un viaje próximo. Se enfada o no sabe bien qué dice. Se sirve otra copa y se siente en el sofá de escai marrón, hojea un catálogo curioso; unas ilustraciones de Frank Frazetta. ¿Por qué nunca vio Mad Max? se había perdido muchas cosas del pasado.
El antro no cierra a pesar de que casi son las cuatro de la mañana. Los borrachos se han ido, sólo queda Bea colocándose en un rincón con su camello y amante, el camarero que pone cafés y se la folla en el cuartito privado. Y ella, consumiéndose lentamente en el escai cuarteado. Qué los salvadores no existen, le habían dicho últimamente. Entonces quién era ese ángel de mirada cristalina y aroma a Loewe que viene a salvarla. Baja las escaleras y su elegancia inunda la nauseabunda habitación, llenándolo todo de luz delicada. Sus amigos le acompañan y están más interesados en las botellas de colores y las cartas mal dobladas sobre la mesa. Él se sienta a su lado y continúa la conversación por donde la habían dejado. Y todo alrededor desaparece, hasta la música. Sólo siente la presencia de la ropa usada colgando de las perchas en la pared, el ladrido de un perro en el callejón trasero y el ruido de un contenedor de basuras arrastrado por el suelo.
Se queda mirándola fijamente y le pregunta por qué se resiste tanto, que las chicas dulces y de mirada nostálgicas no han nacido para sufrir solas. Y adivina como tiemblan sus manos, sus rodillas, sus manos. Aparta su pelo de su cara hacia atrás y se acerca a su boca para invadir su interior sin esperar permiso a cambio. Sus temblores se hacen más intensos y continuos, hace frío. Él invade el poco espacio entre esquina y sofá, echa su cuerpo encima de ella y le aprisiona la cabeza entre sus manos. No recordaba la última vez que la habían besado, pero esos labios le devolvían la vida que le habían robado. Comenzó a sentir calor, un fervor que le recorría las piernas hasta detenerse en el centro. Él, que lo había adivinado, subió su falda hasta la cintura y metió la mano dentro de las bragas. Comprobó su grado de humedad. Ella se estremece, arquea la espalda invitando con el movimiento a que introduzca uno de sus dedos. No había nada que esperar. La follaba sin pasión, sin apartar los ojos de su respiración, enjugando sus espasmos con el líquido que impregnaba a ambos. Besar, besar. Era la primera vez que la estaban deseando, y saberlo cerca le hizo olvidarse de todo. Pero no era cierto. Todo era mentira, cerraban los ojos sin ver su cuerpo, sin deseo, sin amor. Se deshizo de toda su ropa, sólo la envolvían los tacones negros y el encaje de las medias un poco rotas. De pie, la dirigió hasta la barra del bar. Ahí acarició la encimera con sus mejillas, mordió la madera mientras él separaba sus nalgas. Otra primera vez... algo que después no recordaría. Su polla entraba y salía con facilidad. Dónde estaban las sesiones bdsm, la ternura, los cariños arrancados a golpes de por favor. No sentía ni siquiera dolor, ni el rasgado de la piel rodeando sus agujeros le proporcionaban lamento o placer. En su cabeza sólo cabía desprecio, rebote, despecho. Que nadie la esperaría jamás, porque sólo era un capricho del destino; si no fuera porque una estaba casada, la otra con novio... sólo un trozo de carne en el camino llamado Irene, y eso era lo de menos, porque una semana sin noticias la convertía en un androjoso adorno de Navidad.
Se habían corrido dentro de ella, pero todo le daba igual, nunca significó nada para nadie, menos que una puta que implora cinco segundos más.
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Creo que he vuelto a tocar fondo, supongo que poner distancias es lo más sabio. Una sonrisa para hacer un poco más azul el día, mientras tanto...
sábado, 22 de septiembre de 2012
Cuando el tic ya no hace tac (los relojes que se han parado)
Las salas blancas y silenciosas siempre me han transmitido
inquietud más que calma, y casi siempre caigo en la cuenta, de que cuando era
pequeña, asociaba ese retrato a la obra maestra de Kubrick, La naranja mecánica. Yo tendría
siete años, cuando mi hermano mayor tramó un plan para poder ver esa película -prohibida
por nuestros padres y tan golosa para nosotros- desde un escondite secreto. Esa
misma mañana habían traído un frigorífico nuevo, a mi hermano se le ocurrió que
podíamos meternos dentro de la caja que embalaba el electrodoméstico, y hacer
unos agujeros en el cartón por los que poder asomar los ojos y así ver la tele
ocultos. Pero al final nos pillaron, y fue mucho antes de comprender qué
atrocidad contenía esa película para que no nos dejaran verla.
Estaba soñando despierta, sentada en la última silla de la fila
naranja, separada de la hilera verde por una línea azul pintada en el suelo.
Pensaba en la estúpida combinación de colores en una sala tan lechosa
-ensimismada, supongo- clavando la vista en las baldosas lisas sin llegar a ver
nada y pensando en todo lo demás. Entonces mis ojos chocaron con unos zapatos
de hombre, sucios y muy rotos. Cuando alcé la vista vi a un anciano con aspecto
de nómada, por los bártulos que lo rodeaban, muy demacrado. Lo primero que
pensé fue por qué él estaba en las sillas verdes y yo en las naranjas, cuál era
la razón por la que nos dividía la línea azul. Las indagaciones tuvieron que
hacer mella en el anciano, pues enseguida comenzó a imitarme. Estaba en esa
abominable sala caucásica, no en el metro de la ciudad, en el autobús que
recorre mi pueblo o en la plaza fabricada con vías de tren, pero yo me creía de
esa forma en la que me sentía al querer averiguar la vida del resto de
pasajeros cada vez que estaba en todos esos sitios. El pobrecillo parecía
consumado, agotado de la vida, un largo suspiro corroboraba mis ideas, mis
pajaritos -casi mudos- en la cabeza. Torció su boca, el abuelo, en una dulce
mueca y me sonrió mientras sus ojitos se hundían cada vez más en su cara opaca
y huesuda. Se levanta –con algo de dificultad- y cruza la línea que nos separa.
“Una línea azul pintada en el suelo, ya verás tú, qué gracia tiene eso. Ahora
mismo podríamos estar contagiándonos algo usted y yo. Parece que estamos solos”
me dice el hombre achacoso.
Sí, estábamos solos desde hacía un buen rato, ni siquiera
nuestros futuros redentores paseaban sus batas blancas por la corredera fría y
desesperanzadora. “Me llamo Pedro” se presentó esperando que yo hiciese lo
mismo, pero yo no tenía ganas de escuchar ni de ser amable, así que me limité a
sonreír mientras hundía cada vez más mi cuerpo pesado en la silla naranja. Y
Pedro empezó a contarme su historia. No era el trotamundos que yo había imaginado,
se había cargado la casa a sus espaldas; como hacen los caracoles, y se había
trasladado a la sala blanca donde permanecía estacionado desde hacía tres
meses. El mismo tiempo que llevaba su hija en coma, en un dormitorio de la UCI.
Pedro había conocido a su mujer en el teatro Calderón, ella
era la actriz protagonista del reparto y también la mujer mas hermosa que él
había conocido. “Tenía dos ojos que eran dos soles, una belleza que más hubiese
querido para ella la Taylor, nada de vaporosa”. Me cuenta cómo sufrió cuando no lo dejaron
pasar a los camerinos al finalizar la función, y que continuó yendo todas las
noches al teatro sólo para verla a ella. Hasta que al final, en una de las
últimas funciones, pudo conocerla. He oído tanto sobre el amor a primera vista,
que a veces no sé si es veraz o sólo una quimera para los enamorados, porque ya
sabes, a ti te amé antes de conocerte. La estrella sobre tablas abandonó su
carrera para vivir su historia de amor con toda la intensidad del mundo, y a mí me parecía todo como de película. A los
pocos meses de dar a luz la artista abandonó a Pedro y a la niña, la excusa: me
voy a comprar unos cigarrillos. Hasta el día de hoy. Creía yo que esa era la
frase y excusa que utilizaban antes los maridos para abandonar a sus mujeres,
nunca había escuchado la historia al revés. Sus ojos se vuelven vidriosos al
mirarme, igual que los míos cuando me doy cuenta todo el amor y la pena que hay en
ellos. “No hay ni un solo día que no la espere, ya sé que ha pasado mucho
tiempo, pero cuando de verdad amas a alguien no importa el tiempo, siempre
esperas”. Aquella frase acabó por hundirme en un tsunami de lágrimas.
Ya vienen los hombres de verde, pronuncian mi nombre y mis
labios comienzan a sangrar un poco de tanto morderlos. Pedro me coge la mano y
la besa. “No estás sola, cuando salgas estaré aquí, esperando”.
jueves, 13 de septiembre de 2012
Ahora que te has ido
Entras de nuevo en mi vida y desde tu superioridad olisqueas mi entorno con las ínfulas del que lo tuvo todo, todo lo que quiso, y después hizo lo propio para dejarlo desaparecer, si es que se puede decir así, por llamarlo de alguna manera. Te hace gracia mi nueva seguridad, que haya aprendido inglés y que ya no tartamudee cuando me pasas los dedos por la nuca. Te choca que ahora me relacione con la gente, que use vestidos, pendientes y zapatos de tacón. Me has dicho que me ves “chula” incluso prepotente; serás hijo de puta. Creíste que la muñeca de trapo siempre tendría un lugar en tu estantería de coleccionista psicópata, así te llama mi amigo, ese que tu llamaste mi amante, sólo porque me lamió durante dos horas el coño sin llegar a perder la virginidad. Bueno, en aquel entonces tú hacías lo propio con aquella valenciana adoptada del este, pero eso no importa. Yo siempre fui la torpe, esa no demasiado atractiva que nunca le acababa de crecer el pelo, la de pechos pequeños y corta mente. Para entonces no podía aspirar a más, mi adorado informático, poeta y escritor, filólogo y periodista. Te sorprende que discuta con el camarero que me tira el vino sobre la falda, te quedas boquiabierto cuando el chico de ojos verdes, justo detrás de mí, se acerca y me invita a cenar a su casa. Y te prometo que no se qué es lo que no soportas; que se haya fijado alguien en mí o que aceptase su invitación. Hay muchos cambios, probablemente yo sea la primera en haber cambiado lo que había dentro de mí, pero el vacío sigue existiendo. Hay tantas heridas que se niegan a drenar, tanto tuyo enquistado en mí, que ni siquiera soy capaz de pestañear y no ver que has hecho conmigo.
Sin embargo, aunque no hay justificación para lo malo, siento que no he sido del todo justa contigo. Durante mucho tiempo sólo recordé las sombras y contusiones, el desprecio, la ira chocando contra la pared, y me olvidé de las sorpresas, las cajas llenas de ti y de mí, el álbum, las ciudades y todos los colores. No recordé que me dejaste que me acercase a ti, aún exponiéndome(nos) al resto del mundo. Decías que era la chica de los imposibles, la que perseguía con tesón las cosas que quería cambiar, aunque perdiese mil veces mi paciencia a la hora de contar. Pero nunca me dejaste decirte que nunca te quise cambiar a ti. Ya no soy egoísta, tampoco conformista, sé que nos volveremos a ver, en la ciudad probablemente, y no en una sala fría de madera y mármol.
¿Te acuerdas de la última frase en la parada de autobús? me dijiste “quién te va a querer a ti”. Ahora sé que tú me has querido, tanto que te dolió, tanto que acabaste matándome.
Love of Lesbian - La parábola del tonto
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martes, 31 de julio de 2012
When we’re dead
Después del pudridero, cuando las aves preñadas de sueños descosidos y delirios putrefactos no alcen el vuelo; cuando sus alas rotas convertidas en andrajos apenas consigan aletear en la inmensidad olvidándose el despojo de sus plumas, pensarás que habrás vencido. Y nada más ridículo que la mentira de tu espectro, difunto ya y olvidado. Sin memoria. Sólo entonces querrás volver a nacer siendo pájaro.
sábado, 9 de junio de 2012
Núcleo umbilical
Decía que salió de mi ombligo y que si respiraba muy fuerte se hacía añicos. Me pidió que le diera la mano y que fuese yo válvula e inhalación, de ese modo evitaría la caída. Que respirara por él, pero es que a mí ya no me quedaba ni una sola bocanada de aire en todo el cuerpo. No me fui muy lejos, tampoco quería verlo hundirse o evaporarse, pero ¿qué podía hacer yo? nada más que abrirle la boca, empujar la lengua y apretar los labios mientras hendía en el humedecimiento de la caverna. Prestarle un pequeño soplo aunque también decía él que era un desaforado donativo, pues ese oxígeno no era retornable, ya no volvía a su origen. Allí se enredaron los alientos, nos quedamos vacíos los dos. Y nos equivocamos los dos, pero yo sigo aquí. Ahora y contigo. Renovada, dispuesta a empezar de nuevo.
jueves, 24 de mayo de 2012
Luz, más luz
No hay palabras que expresen los vacíos enclavados cuando las personas se marchan, aún cuando lo hacen sin despedirse y en silencio, dejando como último recuerdo una sonrisa o un “ya nos veremos” como si el mañana tuviese lugar... No existe palabra que explique la sensación de ese dolor que ya no es dolor, que ya no es un desconsuelo o una pena arraigada, no. El dolor narcotiza todos los puntos vitales, y ahora es como si adormecieras en vida, en un letargo profundo, incuestionable, sin vuelta atrás. Y si me pinchas no sangro, y si me tocas no padezco. Sombras y nada, una nada absoluta que ni siquiera da miedo porque la aprensión, el recelo o la entereza ya no forma parte de la realidad ni de nada. La realidad es tu propia consumación, tu indiferencia e impasibilidad ante todo cuanto pueda acontecer a tu alrededor.
Ahora casi resulta cómico cuando miro atrás, cuando veo una apatía que sólo parece literaria, cuando la herida sólo era leve sin ser profunda. Es como toda esa gente que escribe sobre bdsm sin conocer su significado, sin haber sentido la frialdad y la rigidez del plástico, el calor y la inflexibilidad de un movimiento novato. Es como toda esa gente que escribe y habla de lo ignorado, todo lo que no conocen y sin embargo creen dominar a la perfección. Lo hacen sin profundizar, inexpertos, privados de experiencia y emociones. Ahora quieres hacerlo y las palabras oprimen el vacío ultrajando, a ratos, la memoria. Quieres hacerlo exhumando esa nostalgia trenzada de todos los sueños y momentos compartidos que fueron: la alegría, los planes, el verano, los besos, las excursiones, el sonido, la última copa de vino y los te quiero. Y de pronto la agonía deja de ser punzante, ya no hay cristal que mutile miembros, venas, extremidades, porque el vacío deshabitó cualquier capacidad de sentir una mínima parte de algo, porque el vacío sólo es indiferencia.
Dicen que lo que importa son los recuerdos y, también, que el tiempo todo lo cura. Pero nadie te habla de las circunstancias transitorias, de cómo hacer frente al desdén un día tras otro. Y el lamento se hace indolencia, y tú ya no estás y es como si nada hubiese ocurrido, como si nunca hubiésemos existido. Y ahora me doy cuenta que sólo estoy yo y mi mundo, que cada vez se hace más grande y pequeño, o yo pequeña y todo me queda grande. Ahora me doy cuenta que no conocí soledad más la que me invade desde que ya no estás y todo está raro, porque cuando cierro la puerta de mi habitación nadie toca en la puerta para preguntar “qué tal”. Y ya no me importa nada ni nadie.
Richard Wagner - Marcha fúnebre de Sigfrido (El ocaso de los dioses)
domingo, 13 de mayo de 2012
La fin du monde
Creí suficiente todo lo visto, que lo conocido bastaba para saciar y saturar cualquier indagación y peculiaridad. Detrás de una imagen, detrás de un verbo, un sonido y una cólera repentina hallé la satisfacción codiciada.
Creí proporcionado lo que tenía y guardaba, historias que comenzaban cuando otras quedaban remplazadas, susurro de metamorfosis y transacción de grullo a metrópoli. De la opacidad y la candela. De todo.
Creí hastiado lo comprendido y dominado, estacionamientos en el estado del tiempo global. Cataplasma infectada de espejismos, del aire, rumores y adverbios de tiempo.
Murmuraciones preñadas de apariencias y alucinación.
Huida del ahínco en un inútil empeño, saludemos al estallido nuevo.
Human Drama - It is fear
domingo, 15 de abril de 2012
Désolé
Recordé la iniciación, la impaciencia y los pánicos
Ansiando eludir la perplejidad pintando confusa misceláneos nervios,
Quise evocar la estación incauta de estruendos esplendorosos,
Pero la extenuación y la rutina trascendieron imperiosas.
La culpa acostumbrada, atemperando los inapelables finales angustiados,
Siempre se manifestaba bizarra y ascética
Ciñéndome con sus extremidades cual sumisa mística
Desvaneciendo y aclarando la monotonía y los intrincados sueños.
Ahora sé que he vivido días de bonanzas,
Instantes que se instruían espirituales, en hipotéticos y reposados placeres
Invadida de un ilusionismo diáfano, huérfano de adoraciones,
Que me confundía pareciendo yo incoherente, sin existencias,
Y mi único propósito fue respirar
Existir en un lugar, pero nunca padecer.
Avo Pärt - Silentium
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