Las salas blancas y silenciosas siempre me han transmitido
inquietud más que calma, y casi siempre caigo en la cuenta, de que cuando era
pequeña, asociaba ese retrato a la obra maestra de Kubrick, La naranja mecánica. Yo tendría
siete años, cuando mi hermano mayor tramó un plan para poder ver esa película -prohibida
por nuestros padres y tan golosa para nosotros- desde un escondite secreto. Esa
misma mañana habían traído un frigorífico nuevo, a mi hermano se le ocurrió que
podíamos meternos dentro de la caja que embalaba el electrodoméstico, y hacer
unos agujeros en el cartón por los que poder asomar los ojos y así ver la tele
ocultos. Pero al final nos pillaron, y fue mucho antes de comprender qué
atrocidad contenía esa película para que no nos dejaran verla.
Estaba soñando despierta, sentada en la última silla de la fila
naranja, separada de la hilera verde por una línea azul pintada en el suelo.
Pensaba en la estúpida combinación de colores en una sala tan lechosa
-ensimismada, supongo- clavando la vista en las baldosas lisas sin llegar a ver
nada y pensando en todo lo demás. Entonces mis ojos chocaron con unos zapatos
de hombre, sucios y muy rotos. Cuando alcé la vista vi a un anciano con aspecto
de nómada, por los bártulos que lo rodeaban, muy demacrado. Lo primero que
pensé fue por qué él estaba en las sillas verdes y yo en las naranjas, cuál era
la razón por la que nos dividía la línea azul. Las indagaciones tuvieron que
hacer mella en el anciano, pues enseguida comenzó a imitarme. Estaba en esa
abominable sala caucásica, no en el metro de la ciudad, en el autobús que
recorre mi pueblo o en la plaza fabricada con vías de tren, pero yo me creía de
esa forma en la que me sentía al querer averiguar la vida del resto de
pasajeros cada vez que estaba en todos esos sitios. El pobrecillo parecía
consumado, agotado de la vida, un largo suspiro corroboraba mis ideas, mis
pajaritos -casi mudos- en la cabeza. Torció su boca, el abuelo, en una dulce
mueca y me sonrió mientras sus ojitos se hundían cada vez más en su cara opaca
y huesuda. Se levanta –con algo de dificultad- y cruza la línea que nos separa.
“Una línea azul pintada en el suelo, ya verás tú, qué gracia tiene eso. Ahora
mismo podríamos estar contagiándonos algo usted y yo. Parece que estamos solos”
me dice el hombre achacoso.
Sí, estábamos solos desde hacía un buen rato, ni siquiera
nuestros futuros redentores paseaban sus batas blancas por la corredera fría y
desesperanzadora. “Me llamo Pedro” se presentó esperando que yo hiciese lo
mismo, pero yo no tenía ganas de escuchar ni de ser amable, así que me limité a
sonreír mientras hundía cada vez más mi cuerpo pesado en la silla naranja. Y
Pedro empezó a contarme su historia. No era el trotamundos que yo había imaginado,
se había cargado la casa a sus espaldas; como hacen los caracoles, y se había
trasladado a la sala blanca donde permanecía estacionado desde hacía tres
meses. El mismo tiempo que llevaba su hija en coma, en un dormitorio de la UCI.
Pedro había conocido a su mujer en el teatro Calderón, ella
era la actriz protagonista del reparto y también la mujer mas hermosa que él
había conocido. “Tenía dos ojos que eran dos soles, una belleza que más hubiese
querido para ella la Taylor, nada de vaporosa”. Me cuenta cómo sufrió cuando no lo dejaron
pasar a los camerinos al finalizar la función, y que continuó yendo todas las
noches al teatro sólo para verla a ella. Hasta que al final, en una de las
últimas funciones, pudo conocerla. He oído tanto sobre el amor a primera vista,
que a veces no sé si es veraz o sólo una quimera para los enamorados, porque ya
sabes, a ti te amé antes de conocerte. La estrella sobre tablas abandonó su
carrera para vivir su historia de amor con toda la intensidad del mundo, y a mí me parecía todo como de película. A los
pocos meses de dar a luz la artista abandonó a Pedro y a la niña, la excusa: me
voy a comprar unos cigarrillos. Hasta el día de hoy. Creía yo que esa era la
frase y excusa que utilizaban antes los maridos para abandonar a sus mujeres,
nunca había escuchado la historia al revés. Sus ojos se vuelven vidriosos al
mirarme, igual que los míos cuando me doy cuenta todo el amor y la pena que hay en
ellos. “No hay ni un solo día que no la espere, ya sé que ha pasado mucho
tiempo, pero cuando de verdad amas a alguien no importa el tiempo, siempre
esperas”. Aquella frase acabó por hundirme en un tsunami de lágrimas.
Ya vienen los hombres de verde, pronuncian mi nombre y mis
labios comienzan a sangrar un poco de tanto morderlos. Pedro me coge la mano y
la besa. “No estás sola, cuando salgas estaré aquí, esperando”.

Como Eliane -Mmmm, no sabes cómo me gusta esta brasileña- como ese hombrecillo entrañable que esperaba contigo y como ( creo) tú, siempre creeré en el amor, siempre. Como ves, me he ido con tu canción del todoooo...
ResponderEliminar¿Sabes por qué creo hay tanto descreído IRENE? la gente solo cree lo que ve y toca, lo lo que le da o hace ganar algo y solo, mientras recibe... hay muy poca gente dispuesta a amar, sin esperar nada y a pesar de ello, darlo todo, pase lo que pase. Aun menos que acierte, con una persona igual ¡¡casi milagroso!! :-) En un mundo tan egoísta como este, la generosidad no es un valor al alza. Por eso tu hombrecillo esperará siempre a su amor... incluso a ti, sin casi conocerte. Es uno de esos escasísimos especímenes, un loco, tonto, encantador, se ve perfectamente en este pequeño instante mágico, que nos cuentas ¡¡jooo IRENE!! últimamente escribiendo, estás en estado de gracia absolutamente:))
Siento que lo pasara tan remal en esa espera, ojalá estés mucho mejor bonita.
...Como si te estuviera viendo:-)
Un beso inmeenso cielo. Cuídate mucho IRENE.
PD
¿Sabes que el otro día apareció Alex DeLarge por mi blog?
...¡¡TACHÁÁÁÁNNN!!:))
Nada, se me han saltado las lágrimas... que bella historia real... Un abrazo fuerte, y por supuesto que no estás sola... ni ese hombre tampoco, al menos tiene a su hija. Muaaa!
ResponderEliminarSe te saltan las lágrimas muy fácilmente, quizás sea un momento premenstrual ;)
EliminarNo me gustan nada los hospitales. Huyo en cuanto puedo. Soy malisimo para las visitas de "quedabien".
ResponderEliminarElla hizo lo que una de las protagonistas de "Las Horas". Entre la muerte lenta en una vida que no le satisfacía y la vida, eligio la vida.
Él estaba satisfecho con esa vida y no acaba de entenderlo.
Sitios raros las salas de espera, en la que desconocidos acaban contandose sus vidas.
Espero que "el redentor" sea pasado ya. Que no lo necesites mas. Y puestos a pedir que no te salten mas las lagrimas por los que no vuelven. Y si la sonrisa por los que llegan.
PD: Soy malo y travieso. Mucho.
de ahora en más siempre sospecharé de una mujer fumando
ResponderEliminarMaría, una amiga me habló de esa canción, no la conocía de nada. Y bueno, ahora casi no paro de escucharla. Me contagia una energía inexplicable. Tanto amor, María, que a lo mejor sucede que no he estado enamorada en toda mi vida, porque yo sé lo que siento, sé cuál es mi sentimiento hacia una persona, pero no se si es amor, porque no sabría explicarlo. Y si la otra persona no se siente amada por mí… a lo mejor es que yo nunca estuve enamorada. Pero sí que creo en los buenos sentimientos, eso siempre.
ResponderEliminarPor muy diferentes que parezcamos siempre encuentro algún argumento o alguna opinión parecida a la tuya. Yo también pienso que hay gente incapaz de dar sin esperar nada a cambio, y esto vale tanto para una amistad, para una relación familiar o de pareja. Eso es egoísmo, y a lo mejor todos hemos pecado de eso en alguna ocasión, lo feo es que se haga conscientemente.
Estoy bien, ese hombrecillo llamado Pedro sigue en esa sala. Esta mañana lo he vuelto a ver. Gracias por la canción tan bonita como tú. Muchísimos besos y gracias por todo, por tu alegría, cariño, optimismo y un largo etcétera.
Pd. jajaja lo vi, me asusté al ver su foto. ¡Dios, me persigue en sueños!
i*, aysss unos días tontos que una se pone más sensible o melosa. Me encanta poder transmitir algo, pero no me gustaría ver esas lagrimillas. Hoy toca sonreír, y no estoy sola, claro que no ;-) Pd. ni caso a lo del anónimo de abajo.
adam, la misma aversión a los sanatorios y cualquier cosa parecida. Pisarlo sólo en caso de que sea necesario, muy necesario, nada más.
Elegir la muerte es tan respetable como lo otro, también debería serlo aceptar la elección de los demás. La mujer tres meses en una cama, con prácticamente un 100% de probabilidades de no volver a despertar. Su padre tres meses en un pasillo de hospital, sin poder despedirse de lo único que tiene en la vida. Yo no sé cómo reaccionaría.
Sonrío, después de ver tu comentario es imposible no sonreír.
Pd. ¿cómo de travieso? ¿tiene remedio?
Garriga, pues yo no sospecharía más que si fuese un hombre.
ResponderEliminarEn las horas hay dos mujeres con vidas insatisfactorias. Virginia Woolf dice "Entre esta vida y la muerte, elijo la muerte" y se suicida.
La "mala" de la pelicula dice "entre esta vida (Esrá casada, tiene un hijo y espera una hija, es lesbiana...) y la vida, elijo la vida" Y lo abandona todo y se va a Canada a iniciar una nueva vida mas acorde con lo que desea.
¿Quién elige mejor?
Creo que es lo que ha hecho la mujer de Pedro. Me refería a eso.
pd: Muy travieso. Poco remedio. Pocas ganas de remediarlo.
Sin duda hiciste un magnifico acto benéfico... A veces la gente aprecia más que los escuchen que cualquier otra cosa. Tu relato es precioso, y es contradictorio tener que decir esto ante una situación tan dura, pero lo es... quizás porque llega directo al órgano de los latidos ablandandolo hasta hacerlo gachas. Un tipo cojonudo el tal Pedro... Quedan pocos así... Un beso.
ResponderEliminarUna historia preciosa y conmovedora. Hay gente mayor tan sola y con una necesidad tan urgente de que los escuchen que es doloroso ver como esta sociedad les da la espalda. Tú mitigaste un poco su soledad escuchándole, y el calmó tu ansiedad con esas palabras de ánimo finales.
ResponderEliminarBesos bella Irene!
ResponderEliminaradam, supongo que las dos opciones son validas, y la que es más acertada para mí en estos instantes puede que no sea la más adecuada mañana. Porque yo soy así, incoherente, indecisa, poco constante. O como me llamaba mi ex, majareta veleta. Y creo que la elección sería siempre la que te haga sentir mejor contigo mismo, sin dañar a nadie más. Aunque parece que la mujer de Pedro tuvo que omitir una de las dos, siempre no sale como se quiere.
Pd. haciendo méritos para merecer un castigo.
Lazaro, más bien fue el señor Pedro el que hizo el acto conmigo. Yo me limité a escuchar, y eso que no estaba muy por la labor. Y acabó llenando el hueco más vacío que he sentido en mi vida. Si el relato te parece precioso es que aquellos momentos en una sala de espera también lo fueron. A pesar de lo que conlleva estar en un sitio así de frío, luego resulta que algunas cosas salen bien. Muy pocos así, al menos que yo me haya encontrado. Un beso.
hiro, cómo te echaba de menos ;-) yo soy la primera que les ha dado la espalda a esas personas. Tengo una abuela de ochenta años que vive conmigo, y que es un clavo en el pie, me machaca continuamente y eso me pone histérica. Su comportamiento hace que me olvide de lo que ella significaba antes para mí, sé que debo ser más paciente, ponerme en su lugar y pensar cómo me gustaría que me tratasen a mi cuando llegue a su edad. Nos ayudamos mutuamente, creo yo. Besos bella hiro, los conciertos te sientan genial!