A la tercera no va la vencida si te quedas en la segunda. Te
volatilizas y el hilo queda suspendido en el aire, balanceándose, y el cordón
umbilical cesa en su oficio y la nada
gana el terreno ofrecido unas horas antes. La estupidez humana supera cualquier
ficción planificada, ningún guión adaptado podría transcribir los errores y
virtudes de tu memoria. Y yo te escribo sola, ya ves, aunque ahora no sirva de
nada.
Imagino un collage que se hace rompecabezas dentro de mi
mente, una época dorada donde empezábamos a encaminar nuestros pasos hacia una
expectativa sujeta entre pinzas, pero entonces no era demasiado complicado
jugar a construir futuros mejores, aunque sólo fuesen de cartón, inquietudes
prosperadas entre tazas de café y la cola deshecha en agua. Mientras, nos
preguntábamos dónde estaríamos dentro de diez años. ¿Dónde estás? ojalá
pudieras responderme y decirme que ahí está todo bien, que es mejor o peor que
aquí, que a veces la opresión se agarra a mi cuello envolviéndolo en una bolsa
de aire caliente. Pero no me engaño, querida amiga, sé que sólo existe el humo
que se niega a desaparecer del todo, y quizás, sólo tal vez, la hebilla del
cinturón ardiendo sobre el precipicio de tu cintura.
Qué día es hoy… se me olvidó tu palidez, los huesos atrofiados
y el morado que sombreaba tus ojos aquella última vez. Y he recordado tu voz,
he deslizado el pulgar en la pantalla del móvil esperando una llamada o una
respuesta. Ahora sé que no estoy loca… tú, puta infanticida, me has recordado a
todos mis muertos. Encontrar –como un tesoro- el regalo de Reyes de mi padre
siete días después de su fallecimiento. Una carta de pedida en las páginas de
un libro olvidado, una pulsera de la que me aprendí de memoria sus cuentas. Y ahora tú, qué me vas a traer,
aparte del cuervo negro postrado ante mi cabeza. Si supiese a ciencia cierta
que detestabas jugar, habría movido ficha aún sin esperar el resultado del
dado.
Salí a pasear ayer por la tarde, bueno, más bien a enterrar
mis pies en arena, me alcanzó la lluvia que mareaba con su fuerza el romper del
oleaje y, de alguna forma, sentí que había un resquicio de renovación en todo
lo que estaba aconteciendo. Había otras pisadas que se escondían tras las mías,
y de vez en cuando me tropezaba con otra mirada… de perro o de persona, no lo
sé. A ninguno nos importó mojarnos, más bien nos sentíamos parte de la lluvia,
como si fuese ese el único ropaje que se adecuara a nuestra figura. Recordé al chico hardcore, su tiempo, su página en
blanco, la incoherencia, la obligación o el deber. Sentirse cómodo en los
funerales, eso me convierte en alguien menos raro, he pensado. Y de repente me
entraron unas ganas enormes de llegar a casa, quitarme el peso de la ropa
empapada y secar mi cuerpo. Escuchar a los sabios y decidir quedarme, sí,
quedarme porque ahora sé que nunca podrá haber dos estúpidas iguales.
God is an astronaut - Post Mortem
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