Mostrando entradas con la etiqueta pequeños fragmentos de vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta pequeños fragmentos de vida. Mostrar todas las entradas

miércoles, 20 de agosto de 2014

Future Starts Slow


No longing for the moonlight 
No longing for the sun 
No longer will I curse the bad 
I've done If there's a time 
When your feeling's gone
 I wanna feel it




 


miércoles, 29 de mayo de 2013

I'm in love





Te colocabas el antifaz negro, rojo oscuro, con tu mejor sonrisa, mientras yo me dejaba besar por el camarero del Titanic la primera noche del año. Eras guapo, mucho, probablemente el chico más guapo del local, pero yo jamás me habría fijado en ti, pues siempre me gustaron los feos, convirtiendo sus taras y defectos en algo maravilloso y extraordinario, algo que les hace especiales e irresistibles para mí. Te besabas con una chica preciosa, de infarto, probablemente la chica más preciosa del local. Pero en mi mente encajaba más un perfil homosexual en tu persona, porque cuando nos presentaron te asocié –sin querer- a la loca de pajarita roja a la que ahora gano a los bolos, tal vez porque fue él quién te saludó con más efusividad. Buscaste mi conversación y yo te respondía completamente embriagada por las nuevas sensaciones de la noche, un mundo se abría ante mí, estaba a punto de cambiar mi vida y yo sin saberlo me dejaba mecer por un deseo tullido, algo corrompido, por el paso del tiempo. Dejaba que el color de las luces refulgentes acelerara mi pulso tambaleante a las burbujas de la copa. Bailamos, creo, me hablaste de un sentimiento triste por la lejanía de tu familia, me parece. Y tu flequillo rebelde desapareció en la noche o fui yo, que me fundí con tu amigo y compañero, el del Titanic uniformado. Esa noche no advertí la importancia de tu presencia.

No pensé en ti, no reparé en ningún momento contigo, no se me había pasado por la cabeza volver a encontrarnos. Siempre voy creando una película en mi mente con todas las cadenas de sucesos, como ir encolando cada fotograma hasta que consigues un film de puta madre; es divertido y me ayuda a vivir las cosas una segunda vez, una tercera o quizás muchas veces seguidas. Era extraño, tu nombre salía en muchas conversaciones  sobre el mantel de la mesa entre semana, entonces a mí sólo me venía a la cabeza la imagen de tu pelo revolucionario y todos rodeándote en círculo para reírte la gracia, para aplaudirte en tu baile más estrafalario. No te voy a engañar, sólo había hueco para Jonathan en mis pensamientos, su beso, sus labios y nuestros cuerpos siendo uno en mitad de la pista, el idioma era lo de menos. Fueron curiosos los días en los que pensaba que había sido una triste pero excitada Cenicienta, una princesa rescatada de las mazmorras de un castillo tenebroso solamente por una noche, una en la que todo valía y yo era una persona más fuerte, no tenía miedo a las represalias, luz verde en el camino, diría B. Pero después volvía a ser encarcelada por un verdugo maldito, volvían mis ilusiones a ser sueños de papel quemado, esfumándose todo lo que había conseguido por unas horas noctámbulas.

Unas semanas más tarde un hermoso ángel se apareció en mi celda, abrió una ventana por la que me ayudó a escapar, aunque siempre debía volver, para que el carcelero no me descubriera, así hasta saber cómo romper definitivamente estas cadenas. Ese ángel sisea cerca de mi oreja, me lleva de un sitio, a otro, y me muestra qué mundo hay ahí afuera, qué puedo alcanzar yo, qué no debo perderme. Y el día cambió cuando me compré aquella camiseta naranja de Mickey Mouse, una copa de bienvenida, la música perfecta y tú hablándome pegado al oído para no despistarme.


La carretera uniendo puntos estratégicos con ruido de fondo. Una pequeña Italia donde el aroma se funde sobre la fruta de tus cabellos, donde los pingüinos nos hacen cosquillas hasta reventar las tripas. Tubos en la bolera donde los ombligos al descubierto recogen las babas de tú (también yo) despierto. Nuestros cabellos revueltos en el piso, mechones cortados mientras el té reposa. Y siempre hay una cena que inventar, un menú de tu inteligencia creativa, desayuno en la cama, la ducha sin agua fría resbala en las espaldas enjabonadas, mis camisetas en tu cajón, los ensayos del grupo los lunes por la mañana, la barbacoa y las fiestas post-incineración, música nueva, el cine sin subtítulos, el curry y perder unas partidas al billar. Y las luces de la feria, las bombillas brincando sobre nuestras cabezas mientras el agua se desliza campante bajo nuestras piernas. Un charco, otro charco, orgía en la discoteca, se ha hecho luz y tu cama me está esperando. Compartir tu hierba y caernos de risa con tomates en los ojos. Buscar un trío y acabar enredados en tres lenguas. Devorar la playa en una noche, inyectar la arena con la linterna buscando lo perdido en mitad de una borrachera. También pedalear y pinchar la rueda trasera de tu bicicleta, las tapas y las cuarenta y dos cervezas cuando "la lola" acabó pasando la revisión. Los cumpleaños, el legendario y el mundo naranja, una mosquitera, un festival, tarjetas. El hambre invisible acaricia mi nuca mientras llegas, cruzas el umbral, te espero, me rodeas y ya no puedo distinguir el azul o verde de tus ojos, sólo la suavidad de tu piel aferrada en mi cadera. 


Y ahora ¿qué te digo, amor? he atravesado todas las barreras posibles de tu mano, lo inimaginable son los alicientes que aún me hacen seguir caminando. Otra vez tu cama, la vainilla, la piedra con luz alumbrando mi primera vez, nuestra entrega. ¿Dónde estabas? te digo. Y mientras mis piernas se abren, mis entrañas acarician tu polla que nunca encuentra fin, mis pezones se revelan cuando la perfección de tus colmillos intenta dejar huella. Estamos haciendo el amor. No me voy, me quedo, porque tus sábanas y tu mundo es el único lugar en el que siempre quiero vivir. Porque ya conoces mi universo, no quieras perderte en el pasado que me encerró, ya no hay carcelero, solos tú y yo, y si no…, si no, siempre nos quedará Sudáfrica. 



viernes, 1 de febrero de 2013

Post Scriptum: soñar es gratis






No se nada, por supuesto que no se nada, ¿cómo iba a saberlo? si cada día el mundo se vuelve más loco y yo voy sumando un par de horas más, unas cuantas arrugas más; y sin embargo, por dentro, todo sigue intacto.

Quería un día especial, a pesar de lo agnóstico, porque siempre me siento ambigua, también como tu Mr. Hyde, pero a lo mejor más lejos de lo oscuro, más cerca cada vez de la luz y todo ese rollo de armonía espiritual  Pero los días especiales aún no están disponibles para mí, aún no he conseguido resolver los entresijos -eso parece- y están tan prohibidos como los besos robados de madrugada.

Me asusta que la gente hable de suicidio, me entristece que la gente manche cuadernos con tinta desconocida, que la frivolidad florezca y conviertan en banalidades la pena que otro arrastra. Que nadie se de por aludido, por favor, porque estoy cansada de tanta acotación. Todo lo que leo fuera del mundo blogger, el cine, la traducción de las canciones que escarpan siempre más allá de., esa lámina protegida por un plástico, una capa de barniz, un cristal, disfrazan la palabra suicidio.

**

Su voz se entrecortaba, se perdía el hilo que la suspendía como alejándose en el tiempo. Pero, curiosamente, en el tono apaciguado y tremendamente triste, había un punto de resignación. "Ven, mi hija se ha cortado las venas". Y cuando cuelgo el teléfono todo se vuelve amarillo y sólo recuerdo el impacto contra la mesa del salón. ¿Se habría sentido ella igual aquella noche de hace dos años?. Nunca volvimos a hablar del tema, no me interesaba su opinión, o como dice la loquera, puse una capa encima de otra para olvidar, pero es cierto que las cosas enterradas casi en la superficie al final acaban saliendo tarde o temprano. Ha perdido mucho peso, mucho, un saco de huesos con ojos morados y la piel más blanca que he visto en mi vida. No le pregunto qué hizo, por qué lo hizo, sólo que está horrorosa y que ha fastidiado el día de mi cumpleaños, que vaya pensando la manera en la que compensarme por todo ello. Ella me habla de las dificultades para cortarse las venas, que no tenía cojones y la cuchilla se le resbalaba de las manos. Que no sabía si hacerlo en la bañera, en su habitación, en el piso de su ex. Y que, por supuesto, no es tan fácil como te lo pintan en las películas, en las pantallas del cine. Que la hoja de la cuchilla quema, se atranca, y al principio la sangre no brota, pero después te entra mucho sueño. Que no vio ninguna luz, nada de polladas, dice ella.


**

Ni sabía, ni esperaba nada.

Solamente me dio tiempo a una ducha rápida para deshacerme del olor a hospital adherida a todas mis pieles. Mi jefa me llamó con un ataque de ansiedad, es mi día libre pero me pide que me vaya con sus hijos hasta que ella llegue de la ciudad. No le sale cuatro palabras juntas entre tanto llanto. "Lo de siempre, sólo sabe hacerme daño, necesito a alguien que me quiera y que se movilice por mí". Me cago en los clavos de Cristo, su ida de olla es más grave de lo que yo pensaba.

Cuando llego a casa procuro no abrir la puerta con mi juego de llaves. Él preparando la cena, la gata enroscada en el sillón con uno de los niños, y el otro acabando sus deberes en la habitación. Había un rico olor a hogar, y no era exclusivo de la sopa de fideos, también era la luz y la temperatura, muy cálidas. Se sienta y me mira mientras suspira hondamente. Lo sabe, sabe que ella ha perdido todos los papeles, que ya no tiene excusa, y sin embargo me manda allí, con él... "Un puto papel, un puto informe médico y todo tirado por tierra". Le escucho, saco dos cervezas del frigorífico, le ofrezco una y él pone un cigarrillo en mis labios, pero yo no fumo. Sigo escuchando su tormenta, intento recomponer los trozos fragmentados. Dos cervezas más, otras dos, dos más, otras dos, y otra, y otra... Los niños se han ido a la cama, nuestra cena se queda fría sobre la mesa, nos dejamos caer en el suelo de la cocina resbalando apoyados en la pared. La gata se frota con nuestras rodillas juntandonos de pelusa blanca el pantalón. Inclina su cabeza buscando mis labios y su boca se estrella en mi cuello, en la cremallera de mi jersey. Hay un instante de debilidad, si cierro los ojos... quizás... tal vez pueda verlo, pueda sentirlo a él, pero no. Por mucho que desee unos labios y ser besada no es él a quién amo.

Por qué complicamos las cosas, por qué asume un derecho que no es suyo, por qué la libertad sólo existe en la palabra que se escribe. Por qué la debilidad me convierte en su presa, por qué no te cruzaste antes en mi camino. Como siempre, yo no tengo sus respuestas, ni siquiera las mías propias, en realidad no sé, no espero nada. "Siento estropearte la noche" y mi noche era mañana. Entonces le hablé de él, de mis prioridades, de mis cambios de humor y mis desvarios de niña caprichosa.

**

Quería un día especial y algunas personas lo hicieron posible. Mi cuñada me prepara una fiesta que consta de dos partes: un almuerzo con mi familia con una entrega de regalos sin precedentes, mera formalidad que hace que vuelva a revivir parte de mi infancia. Y una reunión de amigos el sábado por la noche, una reunión con muchos chicos guapos que están deseando bailar conmigo.

Una amiga a la que hace tiempo que no veo me invita a cenar, y de repente el clásico de la Copa del Rey llega a nuestra mesa, mientras la tuna me regala el oído. Qué romántico...

Mensajes fríos, impersonales... "pásalo bien" "aprovecha este día" "disfruta", etc. ¿En serio? por favor, de donde se han sacado esas plantillas?. Pensé que un día así algo podía ser distinto, aunque mi comportamiento unos días antes hubiese sido reprochable, era mi día, como entonces fue el tuyo.

Pero de repente llega alguien, una persona a la que un día, hace mucho tiempo, le dijiste que día era hoy, y va y se acuerda. Y te llena de palabras bonitas que no sólo se quedan en palabras, y te regala una tarta poco convencional mientras pone en marcha el reproductor de música. Y te habla de todo lo creativo, de la familia, del amor, de la amistad, de la soledad compartida. Y tú, por una vez, te sientes especial.

Gracias.




Ps. me dijeron que soñar es gratis, y por eso me colaba yo en almohadas ajenas. Yo continuo preguntándome cuando se va a terminar todo esto, mientras el chico hardcore sigue sin actualizar.


Red hot chili peppers - Under the bridge

sábado, 12 de enero de 2013

Veinte poemas desesperados y una carta de despedida






No te gustaba leer pero sí te gustaba que yo te leyera un fragmento de un libro escogido al azar. Decías que mi acento cambiaba cuando pronunciaba ciertas palabras, que mi voz era otra, y a ti te recordaba a los veranos que pasabas en la casa del pueblo. Todos vuestros primos alrededor del árbol del jardín mientras la abuela os contaba historias con finales felices. Eras capaz de reírte cuando imitaba un personaje de Boris Vian, entonces me parecías el loco más delicioso y extravagante del mundo. Intenté inculcarte el amor por la lectura, que vieras que abrir una página y leer un capítulo era como aventurarse en un mundo desconocido en el que puedes encontrar un sinfín de maravillas. Que dentro de los libros todo es posible, hasta lo que tu mente nunca puede alcanzar imaginar. Pero seguiste prefiriendo mi voz a ratitos, lo único capaz de hacerte soñar, decías.

Posiblemente uno de tus últimos regalos fuese “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. No entendía si era un desafío o qué, pues cuando empezamos a conocernos, hablando de literatura, te comenté que no me gustaba la poesía, que mi mente no era culta o tan privilegiada para entender tanta metáfora refinada. Precisamente Neruda estaba en mi lista negra, le había tomado manía unos años antes, cuando su nombre y su simbología aparecían hasta en el papel de las chocolatinas. Nunca entenderé por qué se explota tanto a un determinado poeta o escritor, si ya está muerto; la obra –que fue mierda pura en vida- es elogiada (sobrevalorada) una vez el artista ha muerto. Por lo que volví a envolver el libro en el papel de regalo y lo dejé en la estantería de mi antigua habitación.

Nunca tuve tiempo de leerte un fragmento elegido al azar de Neruda, cada vez nos veíamos menos y yo evitaba los momentos románticos acudiendo con otros amigos a nuestras citas. Pasaba el plumero por encima del libro y pensaba “qué estúpido eres, eres incapaz de recordar mis gustos”. Cuando moriste, quizás unas semanas más tarde, guardé el libro en una caja, en otra casa, donde aún quedan vestigios de otra tormentosa relación. Ayer estuve embalando algunos de esos recuerdos; por petición del propio dueño he apilado mucho más que libros entre las paredes de cartón. Estaba en plena faena cuando, en el fondo de una caja, he encontrado tu regalo. Me invadió una extraña ternura al verlo, recordando el momento en el que me lo diste, el azulito de tus ojos brillaban de ilusión y seguramente yo fui una mala actriz al intentar disimular -torpemente- mi decepción. Me he sentado en las escaleras del patio y me he puesto a ojear las páginas, salpicando poemas, mientras dejaba mi pelo mojado secarse al sol. Y entre una de las páginas he encontrado tu carta. ¿Cómo no pude verlas antes?

Me contabas algo que yo ya sabía, seguías en tu empeño, el de poner la luna a mis pies, pero tus letras parecían lanzar una especie de ultimátum. Disfrazaste de nuevo tu petición pero en esta ocasión escogiste unas preciosas letras para escribirme una poesía… a mí… Irene la fría, la que nunca lloraba, la que nunca dijo te quiero o te amo, la que miraba hacia otro lado cuando me cedías todo lo mejor de ti. No he llorado, después de seis días desbordándome se quedaron secos los ojos. Me he enfadado, mucho, conmigo, con lo que tengo dentro que está medio podrido, con toda la mierda que flota en mi cabeza. Porque no se qué demonios anda mal ahí, ni dónde está el problema. Pero sé que hay algo que no funciona. Era mi primera oportunidad de ser feliz, de tener una casa, un trabajo, de volver a la ciudad, de compartir las cosas que consideraba importantes con, posiblemente, la única persona que me amó de verdad. Y yo sólo huía sin entender nada, porque no te gustaba leer, nuestros grupos musicales no eran los mismos, en mi cartera sólo había calderilla y tus camisas olían a perfume del caro. No estaba enamorada de ti pero… cómo iba a saber que no estaba enamorada, si nunca conocí el amor.

Estos días están siendo extraños, puede que sea la falta de sueño que hace que vea las cosas de forma distinta, distorsionadas, como dice alguien en un comentario un poco más abajo. En sólo dos semanas vuelven a entrar en mi vida mis dos relaciones, y yo siento que todo está exactamente igual que entonces. Que no he avanzado en nada y lo de afuera me supera. Y que mi único lugar seguro ya no existe. Mi único empeño consiste en joderme a mí misma y a los demás, y no hay forma de saber por qué lo hago. Nunca me he arrepentido de nada, de nada de lo que he hecho en el pasado (sólo del daño inconsciente hacia los demás), a pesar de los tremendos errores que me han llevado a estar donde estoy. Pero ayer me arrepentí de no haber abierto ese libro a tiempo, porque quizás hubiera podido cambiar el giro inesperado; tú estarías aquí y yo, quizás, sería feliz.


Twilight Sleep - Architect


martes, 18 de diciembre de 2012

L'expérience vécue






Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.

No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche, el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal, la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.

Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar, qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado para hacer real todos los lugares idealizados.

Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable, infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones, ideales, imposibles. Y en las noches bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás porque sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.

Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.

Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.


Ismael Lo - Tajabone

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



sábado, 17 de noviembre de 2012

Strange Affection II






Mentiría si dijera que había idealizado el momento, mentiría si dijera que se estuvo preparando para la entrega, mentiría como siempre hace cuando la mezcolanza se escabulle por ese descosido improvisto en el espacio, y sólo concibe pájaros de papel cebolla recién coloreados. No esperaba nada especial, ni siquiera había pensado en ello después de estar prohibido durante un tiempo, después de negarse al único hombre que supo ponerle la piel de gallina. Agotaba existencias y dejaba que la bocanada de aire se escapara entre todas las brechas.

Pasó, rodeada de plumas de pato y licor de frambuesa, mullida en una hechura cosida entre pliegues, consumadamente diseñada para deleitar esa cumbre que no había soñado. Cerraba los ojos porque no quería perderse en la luz, porque no podía soportar la mirada azul recorriendo su repugnante y deforme cuerpo. Apretaba fuerte los puños y el pinchazo de las uñas clavadas en la carne la devolvía a la cúspide no soñada. Y es que se había volatizado por un momento entre el púrpura de las sábanas, la telaraña de la lámpara y el cabello dorado del errante que la embestía. Cómo la había rescatado, cuándo, por qué no era consciente de la importancia del momento, y se dejaba aprisionar por el resuello trémulo y ficticio. Sin embargo, allí estaba ella, abriendo sus piernas, dilatando los orificios, esparciendo su saliva en un glande disfrazado de promesas mutiladas. Quería inmovilizar el instante, guardarlo en una caja para rescatarlo cuando la memoria sólo fuese una puta jaspeada en tizne y medias rasgadas. Y volvió a sublimar su existencia en ampollas de nitrógeno dispersándose en la habitación.  

Soñaba despierta, como siempre, pero ahora sin la hojarasca de ánsar o el néctar silvestre. Soñaba despierta con la blancura de sus manos, la liberación de sus dedos frágiles pero versados en la disciplina en la que ella desbarraba. Soñaba con los ojos rasos, uniendo la respiración entrecortada, muslos desnudos, cuello despejado, polla dura, nalgas apretadas, movimientos apresurados. Y amor, amor retornando en su mirada. ¿Realmente era tan difícil que la follasen con ternura? por qué lo necesitaba tanto.

Cuando se confesaba se sentía sucia y arrastrada, avergonzada de las cosas que a él le repugnaban. No hizo nada por detener la náusea que le provocaba arrojarse en los brazos de cientos de hombres, tuvo que hacerlo. Ella lo buscó aquella noche en la que mojó las sábanas al despertar, buscó su calor, su aliento, su pecho para desmoronar en él su ignominia, su repulsión hacia ella misma, y sólo encontró un ultimátum, vacío, una frialdad acostumbrada que permanecía, ya arraigada, desde el principio de la relación. Cuánta humillación… sólo encontraba consuelo en el sexo sin piedad; la degradación era su única vía, la única forma, de encontrar placer. Todo era más fácil sin amor, con una presencia ajena a ella misma, enclavando los agujeros por los que destilaba el odio consumido en olvido. Acabando con la única posibilidad de que algo existiera. Olvidando la reminiscencia en el futuro. 




Elite Gymnastics - Here, in heaven 4 & 5

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Strange Affection







Perder la virginidad sin estar enamorada es como beberte una Coca-Cola a la que se le fue el gas. Faltan las burbujas, las chispitas de la espuma salpicando en el borde del vaso y en la boca de la botella, falta la urticaria del lagrimal y las cosquillas en la punta de la nariz. Pero te acabas entregando en el momento menos oportuno, cuando alguien viene a recoger tus extremidades mutiladas y abandonadas en la cima de una escombrera. Unos ojos azules y unas manos expertas en diseñar planos complejos, invocan la fierecilla interior que despierta después de un año de sequía orgasmal. Y te reconstruye soldando todas las piezas. Dos  relaciones fracasadas, un leve contacto con la otra oscura y temida dimensión, labios prisioneros y castigados por dos años, todo tenía sentido si ya habías tocado fondo hacia el final del verano.

Joder, se maldice mil quinientas veces. De qué sirvió coquetear con las pinzas, las siete colas, el pinwheel o las chinchetas. De qué sirvió la espera de rodillas, mojarse antes de que sonase el teléfono o acariciarse las heridas de la carne abierta. Admite que como experiencia no estuvo mal. Por ejemplo, el frío del acero endurecía la cúspide de sus pechos a punto de estallar; y el roce más leve hacía descender ríos de flujos piernas abajo. Sentir el cuero en sus muñecas, el plástico profanando su culo, la seda sellando su boca, todo el ritual desataba su instinto más perverso y suicida. Resonaba, entonces, unas palabras furtivas ahí dentro… en el sexo había empezado desde el final obviando la base. Y es que eso tampoco la preparó para el momento culminante, el momento especial que luego acaba siendo un vómito al borde del wc en plena resaca.

Entró en el ciclo de la autodestrucción, ofreció su coño explotando su sacrificio, sin penetración, pero dejando que las esquirlas tatuaran parte de su cuerpo. Desmembrarse le hacía sentirse viva, amputar cada noche su clítoris estimulaba su enardecimiento y a la vez se sentía sucia, inferior. Pero la humillación la encendía, la hacia volver una y otra vez, siempre en ese peligroso bucle. Así hasta que se perdió y tuvo que volver sola, desgarrada, sin ninguna esperanza en el amor, en otros labios que la rescatasen del borde del precipicio.

Pero siempre hay movimiento alrededor, gente gritando desde las terrazas, chicos que piden el hielo que sobra en tu copa, miradas que te sonríen detrás de una barra. Te vas envolviendo en tu cáscara, endureciendo los callos de tus dedos, falsificando las huellas y el tacto de tus manos. Y te niegas a ver que algo bonito puede esconderse dentro de ti. Entonces llega el príncipe azul a salvarte, quiso extraer las esquirlas clavadas, pero ella estaba tan borracha…los ojos vidriosos enturbiaban su maldita visibilidad. Quizás por eso comenzó a imaginarse el cuento, en lugar de vivir la realidad.

Ese cuento que comienza así…

*estoy demasiado alcoholizada para continuar escribiendo, esta noche sólo tengo fuerzas para arrojarme en tus brazos y dejarme follar con amor por la bestia púrpura.


lunes, 22 de octubre de 2012

Centro






Hace un año montaba en una montaña rusa de la que ni quería, ni sabía cómo bajarme. Los subidones, cuando el vagón se asomaba al precipicio, me cortaban la respiración y desde la cima yo me veía más grande, menos limitada y más capaz. Las nimiedades se quedaban en tierra firme, ese lugar extraño al que yo no creía pertenecer. Me perdía en las alturas buscando estrellas que ni siquiera existían, dibujando figuras geométricas sin ningún contenido, soplando globos que no llegaban a ninguna parte. Más tarde yo iba disminuyendo  la fiesta de colores se desvanecía y la profundidad de las escarpas me reducía a un rastrojo de piel muerta en el asiento tambaleante. Estaba en ese dulce y peligroso limbo cuando llegaste tú y me hablaste del centro.

El centro estaba ahí, en la entrevista de trabajo, en las capas de pintura blanca y roja en el patio, estaba en el clavel que floreció con olor a clavo, en la traducción de las canciones en inglés, en las cuerdas de tu guitarra y en tu voz en pleno concierto. Sólo tenía que cambiar lo de dentro, sólo tenía que mudar la piel para endurecer otra corteza, sacar el impermeable y aprender que la palabra amor es más amplia que el significado explotado. Eso y que el respeto debe empezar desde yo misma. Y me aferré a ese centro cuando supe cómo bajar de las montañas rusas, ahora tiro para arriba con todo y, efectivamente, doy un cambio con garantías. Sé que sabes leer entre líneas, por lo que te habrás dado cuenta que ahora prefiero el color azul. Pero eso sólo lo conseguiste tú -sin pasteleo ni peloteo- la única persona con juicio y completamente desinteresada que me pone sobre aviso de mi propia telaraña.

Últimamente me había dado por escribir cosas de la infancia, es curioso porque mis recuerdos son más claros cuánto más se van alejando en el tiempo. Soy incapaz de recordar qué película vi el viernes, pero recuerdo perfectamente cómo es el olor de un pincel mojado, no cualquier pincel, no, justamente aquel pincel mojado en magenta. De la caja con los diarios y el cofre de las nostalgias evoqué mis inicios con las manualidades y los trabajos en casa. Nunca fui capaz de dibujar o usar los colores, me fastidiaba enormemente que alguien perdiera su tiempo en enseñarme algo que yo jamás podría aprender, porque además siempre pensé que para ser pintor, escultor o arquitecto se debía nacer siendo ya artista. Pero cuando acabaron las clases guardé todos los materiales, todos los trabajos que había hecho. Jamás los volví a mirar, siguen entre plásticos que se volvieron un poco amarillos con el tiempo, pero los materiales sí que los he utilizado. Cuando flaquean las fuerzas y no se cómo levantarme, cuando no se en quién confiar, cuando no soy capaz de distinguir entre una inyección de energía o una muy letal, abro la caja de madera con todas esas herramientas de plástica. Me pongo a fabricar un lapicero, una caja para las bolsas del té, un marco para un póster en blanco y negro, cualquier cosa que merezca la pena el tiempo invertido. ¿Sabes qué ocurre mientras? que el caos de ideas y conceptos se van colocando solitos. He utilizado otra vía para llegar hasta centro. Y eso es otra de las cosas que te debo a ti.

Ahora veo a una de las personas más sensibles y concienciadas que he conocido en mi vida. Una persona que se compromete con lo que cree, que pelea por ello y además contagia a todos los que están a su alrededor. Alguien que nunca se rinde, nunca juzga, critica o enreda las cosas. Porque le gustan las cosas sencillas, la transparencia y hacer todo lo que esté en su mano por cambiar las injusticias. Yo me enfrentaría a gigantes por esa persona, le regalaría todas las canciones del mundo, hasta las que aún no se han escrito, acabaría con todos los monstruos por él, abriría la cabeza y los ojos a todos aquellos que no le tratan bien, para que entendieran de una vez por todas que no se puede avasallar y tratar mal a las personas que sólo tratan bien a los demás. Pero sé que lo que yo haga es poco, sé que a una persona tan sensitiva y entrañable como tú hasta la más fina de las gravillas le podría romper todos los cristales de su habitación. Por eso te recuerdo que hay un centro donde esas personas feas no pueden llegar porque sólo es tuyo, es tu centro. Y ahí es donde te veo yo, indemne; con tu bicicleta recorriendo las calles de ese lugar que tanto te gusta, parándote en alguna pequeña taberna donde te tomas una tostada y un café, o una cerveza con esa persona que te cuenta historias que los demás no saben, ni quien, escuchar. Te veo con más fuerza mientras compones, mientras buscas las notas que harán sonar tu guitarra y tu voz. Creciendo en tu trabajo, ese que tan bien haces, sorprendiéndote cada día más por la materia prima, las respuestas y avances de esos pequeños artistas. Te veo sonriendo mientras pintas las paredes de una habitación, y esa habitación se convierte en el lugar perfecto para dormir y soñar.

Y no es pasteleo, es acordarte de la gente que merece la pena, los que un día estuvieron ahí cuando desaparecieron todos los demás. No es devolver el favor, es estar sólo por el placer de estarlo. Y cuando quieras me gustaría que me aceptaras ese café.


Florence and The Machine - Cosmic love


lunes, 15 de octubre de 2012

Nadie detecta la bomba silenciosa





La llamaban Risitas porque nunca podía dejar de reír, además lo hacía con todo el cuerpo, balanceándose de frente y hacia atrás, manifestando su entusiasmo con grandes aspavientos, alborotando cabeza y brazos. Era normal verla pegada a su goma de mascar, y es que siempre figuraba la bola de chicle abultando un sólo lado de la cara. Ponía sus labios en forma de O para hacer esas irrisorias pompas de chicle, y de forma ridícula quedaban reducidas a un triste pedo de aire rosa con olor a fresa y mandarina.

Estiraba mucho su pelo hacia atrás para recogerlo en una coleta muy alta. Sin embargo, unas horas más tarde, eso se convertía en momentos de frustración cuando llegaba la hora del recreo; pues el niño que se sentaba en el pupitre de atrás agarraba su coleta y comenzaba a tirar de ella para hacer notar la eufonía de la sirena. Era la segunda alumna más alta de la clase, incluyendo a los varones, que siempre fueron más tardíos a la hora de desarrollar. Con diez años ya había echado todo el cuerpo, eso le recordaba un tiempo más tarde su propia madre. Y es que una vez pasó la pubertad, Risitas mantenía el escaso metro cincuenta y ocho que medía cuando hizo su Primera Comunión. Dos preocupaciones tuvo aquel día, una era manchar su vestidito blanco de comunión con la sangre de su menstruación; la otra era que se le olvidó qué debía decir cuando el cura la comulgase. Al final fingió un pequeño golpe de tos y salió airosa de aquel embolado. No le gustaba llevar vestidos, por eso siempre la tomaban por una niña poco femenina, algo así como un marimacho patilargo, porque además, siempre jugaba al fútbol, burro, y esas cosas típicas de niños. Qué podía hacer ella, sino adaptarse a las circunstancias. Era la única niña de la familia, dos hermanos y siete primos, tuvo que aprender a darle patadas al balón y escalar árboles para llegar a lo más alto. Mejor eso que aprender a pelar patatas o batir huevos. A pesar de lo poco femenina (ella se preguntaba qué significaba eso, probablemente un agravio ingenioso, como la palabra “indiscreta” de su amiga Blanqui, un insulto de los gordos) de vez en cuando la obligaban a llevar esos vestidos horrorosos de talle fruncido y vuelo pomposo, con flores, globos o cabezas de perro sacando la lengua hacia a un lado. Detestaba, por encima de todo, el uniforme de los domingos; camisa blanca con cuello de bebé y una espantosa falda de cuadros con botones dorados. El conjunto de niña buena no hacia más que crearle dificultades a la hora de subirse en su mountainbike para ir a misa por la mañana. Enrollaba la falda hasta su cintura para evitar que los picos se enredaran en la rueda trasera. Se deslizaba cuesta abajo en una bicicleta sin frenos y con el manillar torcido, le gustaba el peligro y frenar resbalando los pies sobre el asfalto. Se las arreglaba muy mal, fatal, para llegar puntual a esa cita con el Todopoderoso, pues cuando hacia su entrada en el templo la misa ya había comenzado. Habría derrapado entre la gravilla estampando los morros contra algún muro de contención o enganchándose entre los matorrales de una higuera. Lo cual explicaba la sangre de su nariz y los agujeros en las medias a la altura de sus rodillas. También hay que decir que la niña era un poco lerda, se colaba en la sacristía para desvalijar la caja de obleas pensando que el hecho de tomarlas le haría redimir su torpeza y osadía con la bicicleta. Al hacerlo también se libraría de la tremenda culpabilidad que sentía después de levantar su falda para enseñar a los niños del colegio las bragas que llevaba puestas. Menudo lavado de conciencia…

Cómo era antes, eso es lo que debía recordar ella para desprenderse de los complejos del presente, para continuar hacia delante después de ver con claridad y tener en cuenta qué era ella, qué le gustaba, qué la paralizaba mucho antes de haberse convertido en el deshecho del presente. Pensó que su infancia había sido fácil, que había sido una niña muy querida. Pasaba las tardes grabando versiones de Michael Jackson en un viejo radiocasete con su hermano, él ponía las voces y ella bailaba imitando esos míticos pasos hacia atrás. También le gustaba bailar sevillanas para los demás en el patio de la casa antigua, su tía-abuela se sentaba en la mecedora para verla taconear mientras alzaba los brazos y manos al aire poniendo la voz de fondo. También quería hacer feliz a su padre, que era su héroe porque calzaba un cuarenta y dos, y eso era mucho pie para un simple humano. Por eso nunca se cortaba el pelo, porque sabía que él prefería que lo llevase largo y recién lavado. Los fines de semana se iba de excursión por la orilla del río con algunos niños vecinos, cazaba ranas para luego soltarlas en la primera charca que se encontraba. Siempre estaba interrogando a los mayores, sentía curiosidad por todas las cosas que sucedían a su alrededor pero mucha gente no quería contestarle. Un día, después de ver una película en la tele, le preguntó a su madre el significado de violar a una persona. La mamá le contestó que eso pasaba cuando una persona le rompía el vestido a otra. Una semana más tarde llegó a casa anunciando a los cuatro vientos que David, un chico de cuarto, la había violado. Sólo le habían arrancado el parche que tapaba un descosido de su vaquero.

No tuvo traumas, tampoco notables complejos, ella se consideraba normal incluso cuando pasó de los quince a los veinte años. Entonces, en qué momento cambió, en qué momento pasó a ser esa persona gris y desconsolada. Sí, ya, la gente cambia cuando va cumpliendo años, es “ley de vida”, eso es el significado de madurar, vivir, saber envejecer. Pero la gente cuando celebra cumpleaños y madura se lleva la mejor parte de si misma, no se va metiendo en un pozo del que no puede salir. Pensaba en todo ello mientras intentaba conciliar el sueño. Se acordó de algo muy importante, encendió la luz, abrió el cajón de la mesilla y sacó un cuaderno. Había muchas cosas que escribir.


Supertramp - Dreamer


miércoles, 10 de octubre de 2012

Pulsómetro






Se apagan las luces aunque nunca fue del todo la noche, aunque la oscuridad no siempre es el disfraz más adecuado, ni siquiera el marco perfecto para desanudar el ardor in crecendo, más, los anhelos que fueron refugiados. Digamos que la situación requiere cierto preámbulo y hay que cuidar esos pequeños detalles para sentirse en perfecta sintonía. Total, siempre acaba siendo cosas de dos; aunque sólo sea uno el que vomite las entrañas por la boca, aunque sólo sea uno el que acabe follándose el otro corazón. Los protagonistas ya están preparados y el juego está a punto de comenzar. Se bajan las persianas, se corren las cortinas y la penumbra se convierte en una tela sutil que disimula a los amantes en ese mundo cruel al otro lado del escaparate. Mibal 2008 junto al amplificador, contraseña y esto acaba de empezar…

La perspectiva es tan interesante como provocadora. El hombre desierto de ropa tumbado en su largura sobre la cama blanca, procede a materializar la ficción pornográfica de una epístola inconclusa pero sin llegar a ser marchita. Excitación claramente visible en el cuenco de sus manos, sumo deleite y goce para ella que enmudece para no entorpecer la función. Recorren sus ojos la carne tibia y depurada -tenue-, tupida en esa zona que alberga el mayor de sus propósitos, esa dicha raramente encontrada y que sumamente ha codiciado en el transcurrir del tiempo. Bailan los pies desnudos en el precipicio de la cama, tal disposición no coincide en fetiche y sin embargo hay gula, apetencia, en devorar  cada uno de sus dedos, esas pequeñas y delicadas arrugas. Bullicio en el otro extremo, donde el vientre zarandea una convulsión urgente propiciada por el movimiento de caderas. Sus manos empuñaban el gran falo, núcleo nostálgico, creador de alusiones lúbricas y obscenas. Ella miraba mientras se relamía, la verga que aumentaba en tamaño y grosor era su única ambición. Pensaba la cantidad de veces que había sentido esa polla bajo la palma de su mano. Evocó aquella tarde en el cine, últimos asientos, la mano de ella palpando la dureza de un miembro que fue suyo mientras supo retenerlo. Los dedos de él que se introducían con una facilidad abrumadora en el coño de ella, anular y corazón mojados en un vicio postergado durante mucho tiempo. Por un instante cerró los ojos, escuchaba una melodía británica, y la banda sonora la condujo al parking de su trabajo, al asiento del copiloto. Manos impacientes desabrochando los botones tras lo que se escondían sus pechos, bocas que se comen a plena luz del día, sexos inflamados bajo la tela. Ella siempre fue de él, su coño siempre fue el único templo en el que poder entrar y venerar a esos estúpidos dioses. Abre sus ojos y las pupilas fotografían la imagen del momento, huevos hinchados a punto de reventar, respiración intermitente, acuciada, y la polla estrujada por las falanges comienza a derramarse. “Soy tuya” le repetía muy cerca de su boca. Mientras él salpicaba y esparcía su semen caliente por las grietas del cristal, ella hundía sus dedos en la humedad de su raja hasta correrse con él.

“Sólo me excito así contigo, te lo debía” dijo él. Entonces ella pensó que había sido un bonito detalle, un regalo anticipado, pero no imaginó que hubiese más, no más de un orgasmo enclaustrado y asfixiante. Ambos conocían sus pulsos desde hacia años, y el sexo anal siempre fue la mayor de las lujurias. La noche estaba siendo larga después de intentar dormir la frustración, pero siempre hay alguien que llama a la puerta cuando menos lo esperas, entonces las sorpresas no tardan en llegar.





lunes, 17 de septiembre de 2012

jueves, 13 de septiembre de 2012

Ahora que te has ido






Entras de nuevo en mi vida y desde tu superioridad olisqueas mi entorno con las ínfulas del que lo tuvo todo, todo lo que quiso, y después hizo lo propio para dejarlo desaparecer, si es que se puede decir así, por llamarlo de alguna manera. Te hace gracia mi nueva seguridad, que haya aprendido inglés y que ya no tartamudee cuando me pasas los dedos por la nuca. Te choca que ahora me relacione con la gente, que use vestidos, pendientes y zapatos de tacón. Me has dicho que me ves “chula” incluso prepotente; serás hijo de puta. Creíste que la muñeca de trapo siempre tendría un lugar en tu estantería de coleccionista psicópata, así te llama mi amigo, ese que tu llamaste mi amante, sólo porque me lamió durante dos horas el coño sin llegar a perder la virginidad. Bueno, en aquel entonces tú hacías lo propio con aquella valenciana adoptada del este, pero eso no importa. Yo siempre fui la torpe, esa no demasiado atractiva que nunca le acababa de crecer el pelo, la de pechos pequeños y corta mente. Para entonces no podía aspirar a más, mi adorado informático, poeta y escritor, filólogo y periodista. Te sorprende que discuta con el camarero que me tira el vino sobre la falda, te quedas boquiabierto cuando el chico de ojos verdes, justo detrás de mí, se acerca y me invita a cenar a su casa. Y te prometo que no se qué es lo que no soportas; que se haya fijado alguien en mí o que aceptase su invitación. Hay muchos cambios, probablemente yo sea la primera en haber cambiado lo que había dentro de mí, pero el vacío sigue existiendo. Hay tantas heridas que se niegan a drenar, tanto tuyo enquistado en mí, que ni siquiera soy capaz de pestañear y no ver que has hecho conmigo.

Sin embargo, aunque no hay justificación para lo malo, siento que no he sido del todo justa contigo. Durante mucho tiempo sólo recordé las sombras y contusiones, el desprecio, la ira chocando contra la pared, y me olvidé de las sorpresas, las cajas llenas de ti y de mí, el álbum, las ciudades y todos los colores. No recordé que me dejaste que me acercase a ti, aún exponiéndome(nos) al resto del mundo. Decías que era la chica de los imposibles, la que perseguía con tesón las cosas que quería cambiar, aunque perdiese mil veces mi paciencia a la hora de contar. Pero nunca me dejaste decirte que nunca te quise cambiar a ti. Ya no soy egoísta, tampoco conformista, sé que nos volveremos a ver, en la ciudad probablemente, y no en una sala fría de madera y mármol.


¿Te acuerdas de la última frase en la parada de autobús? me dijiste “quién te va a querer a ti”. Ahora sé que tú me has querido, tanto que te dolió, tanto que acabaste matándome.



Love of Lesbian - La parábola del tonto

jueves, 6 de septiembre de 2012

Kerosene a.m







En la madrugada recordaba las palabras que un amigo me dijo por teléfono, pareciendo vaticinar una nueva tragedia: “todo el mundo que te rodea muere”. Me encontraba en zapatillas, sólo vestía una vieja camiseta de mi ex que uso para dormir en verano, con los ojos aún entornados por el azote de un crujido en mitad de la noche, lo que a mí me pareció el chasquido de alguna explosión. La impresión y el mal presagio acelerando mi corazón, el pelo alborotado y medio brazo dormido. Contemplaba los trágicos acontecimientos ante mí como una película gore a cámara lenta. La puta niebla tenía que estar presente, y ese olor a humo y ácido, metal carbonizado.

Me desperté a las cuatro de la mañana sobresaltada por un inmenso estruendo y el siseo del valor agotado de mi madre. Miré la alarma sin encender la luz y corrí hacia el pasillo abriendo todas las puertas, presa del pánico; una habitación sola, otra habitación y dos camas vacías. Miraba a mi madre con las manos presionando su pecho en mitad del salón, reluciendo en la oscuridad su camisón blanco. No encendía las luces, como si con eso pudiese evitar que sucediera lo que a las dos más nos aterroriza; que suene el teléfono en esas horas tan poco usuales. Murmullos que empiezan a ser pequeños aullidos empapados en horror e incertidumbre, pasos corriendo en la planta de arriba, en el piso de al lado, en las terrazas abiertas de par en par. Y en el silencio de la noche cerrada unos gritos de socorro. Nos apresuramos hacia la terraza y el cuadro que hallamos no podía ser más atroz. Un coche, sin forma definida, empotrado en un muro de contención, otro coche siniestrado junto al estrellado y un reguero de sangre alrededor. Las voces de la chica que pedía auxilio formaron un eco atronador y espeluznante. 4.11 y el teléfono suena. Un escalofrío me recorre desde la punta de los pies hacia la largura de la columna vertebral. No me quedé para saber quién era, no era capaz de escuchar otra vez el titubeo de un agente de tráfico requiriendo nuestra presencia para reconocer el cadáver de un familiar que espera, ajeno, en la encimera de la sala de autopsias. Y fui muy egoísta y cruel, porque sólo pensé en mi angustia y mis sospechas. Salí corriendo a la calle dejando atrás las suplicas de mi madre, rogándome que me quedara allí, que fuera yo la que atendiera el teléfono. Ante el miedo no se reaccionar, tan sólo siento el impulso de salir huyendo.

Cuando llegué al lugar del accidente al menos media docena de vecinos habían salido de sus casas con lo puesto, casi desnudos, para prestar ayuda a los heridos. Se agolparon en mi cabeza unas imágenes aún frescas; vi morir a un chico de apenas treinta años aplastado por una tonelada de lácteos mientras los descargaba de su propio camión hacía poco tiempo. Deseé no haber visto nunca aquella cabeza abierta con los sesos desparramados, deseé con todas mis fuerzas no haber visto morir a una persona delante de mis propios ojos, sin poder hacer nada. Y aquella horrible película apuntaba a que el desenlace se repetiría.

El hombre de mediana edad con el torso desnudo que había a mi lado me gritaba sin parar, pero era como si yo sólo pudiese ver, como si unos tapones de gomaespuma hubiesen sido engullidos por mis oídos perforándolos. El hombre señalaba mis pies, sin darme cuenta había metido mis zapatillas en la piscina de sangre que tiñó las baldosas que antes eran blancas y grisáceas. El olor a metal y coagulo cada vez resultaba más repugnante, pero no fue eso lo que me hizo vomitar. Me acerqué hasta el coche para ver cuánta gente había, para preguntar si todos estaban bien. No podía creer lo que estaba viendo, un ojo aplastado contra el cristal, una pierna amputada, rostros irreconocibles cubiertos de masa encefálica, o eso creía yo. Dos hombres tiraban del brazo de una chica atrapada en el asiento del conductor. En ese momento mi impulso fue gritarles que no hicieran algo así, pues al tirar del brazo de la chica no se habían dado cuenta y le estaban arrancando la carne de cuajo, dejando parte del hueso al descubierto. Al instante empezaron a escucharse las primeras sirenas de ambulancia y policía. Para entonces conté al menos cuatro personas dentro del vehículo, aunque al final resultaron ser seis. Uno de ellos estaba fundido en los amasijos de un coche que a mí me pareció demasiado pequeño para tanto ocupante, hizo falta que vinieran los bomberos, que terminaron su trabajo cuando empezó a salir el sol.

Por un momento mi calle se convirtió en el escenario de un film improvisado, y para mí fue más que suficiente por una noche y un día. Son esos momentos en los que reaccionas sin saber cómo, no te paras a pensar lo que está bien o está mal, no hay opción para dudar, sólo para actuar. Y cuando todo acaba lo único que piensas es en lo efímera que es la oportunidad de ser feliz y dejar vivir a los demás.




We fell to earth - The double

sábado, 25 de agosto de 2012

Tu nombre empieza por jota





Te reté para jugar al billar, nadie podía usurparte pues tu nombre siempre estaba en negrita y aparecía por el final de la cola de privilegiados, al contrario que yo, que siempre nadaba entre la p y la s. Pero no fue tu nombre lo que me atrajo, -uhm, ya sabes, ese tan erótico/sexual/depravado y lascivo- fue el perfil que mostrabas de hombre tranquilo, no hablador e indiferente para todo. Como siempre yo escogiendo el camino difícil, queriendo tomar lo que no puedo tener. Fue esa la razón de mi curiosidad por tu forma de jugar. Quién nos iba a decir que aquello sería el principio de todo.

Escribía con veinte años sobre mis experiencias sexuales, siempre me decías que tenía talento y que nunca te dedicaba nada. Pero no era cierto y, creo, que nunca fui capaz de contártelo, esa parte tan vergonzosa de mí misma. Pero sí que había algo en aquel cuaderno tan indecoroso, había una poesía y una imagen donde resaltaban las pompas de jabón naranja sobre un cielo de azul intenso, a pie de foto This is the last time, esa canción que luego acabó en un disco de mi recopilación absurda en tu coche. Así fue como entraste en mi vida, poco a poco, sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin protestas o reproches. Sólo con palabras bonitas, con ganas de escuchar, sin condiciones ni esperar nada a cambio.

Aquella tarde, cuando llegué frente a la puerta del hotel, sabía que estabas allí. Alto, con gafas de sol, apoyado en el capo de algún coche aparcado en la Gran Vía. Polo azul marino, parece que mi memoria es selectiva y sí recuerda los pequeños o insignificantes detalles. ¿Por qué te dije que no te vi? no lo sé, tampoco te dije que recordaba las calles de Madrid perfectamente, que sabía exactamente donde se encontraba el hotel, que la vuelta a la manzana tan sólo fue un pretexto para robarle unos segundos más al tiempo y así poder verte un poco más.

Después me distancié entre novio y novio, entre cambio de ciudad, de vida y de trabajo. Eras tan bueno e incondicional conmigo que me avergoncé de la manera en la que trataba. ¿Cuántas veces me dijiste que aquello no acabaría bien? es que me parece que fueron muchas. Recuerdo que me querías abrir los ojos porque ese hijo de puta me tenía embelesada. La cosa empezaba a no ser sana, y yo, mientras tanto, peor te trataba a ti. Estampé mi rabia contra ti porque a él lo quería, a ti también, pero ya sabes, él era la parte dominante, el encantador de palabras con un poder desconocido sobre mi persona. Te aparté por un instante de mi vida, todo me superaba, tantos cambios en pocos meses, dejarlo todo y empezar de nuevo en ese periodo me tenía absorbida. Por eso cuando te dije que me había mudado a tu ciudad, que vivía allí, tan cerca de mi mejor amigo, no te lo podías creer.

Y la ciudad se volvió amable y agradable contigo. Las primeras cervezas en el bar cercano a mi curro, la barra (aquella esquina) de las confidencias, el cine en francés, mi música en tu coche, los papeles olvidados en la mesa de aquel bar, pendientes que se perdían en las alfombras, tus escapadas para llevarme de casa al trabajo, cuando el trabajo lo tenía a cien pasos de mi casa. La excusa para vernos y hablar una vez más. Pero no fui sincera del todo, si es que callarse las cosas y no contarlas se le puede llamar mentir. Te fijaste en aquel chico que comentaba en mi blog, me decías que por nuestro cruce de comentarios pensabas que él “estaba” por mí, que yo le gustaba. Y no te dije que yo también “estaba” por él. Que me besó la primera noche, que me llevó a su casa después de cruzar la ciudad en metro, encendió una vela y me habló de amor. Que me quería y nunca había conocido a nadie más dulce que yo. Tampoco te dije que el cuento de hadas se acabó demasiado pronto, que me despidieron, que utilizaron mis filias para señalarme el cuerpo de heridas y cardenales. No te dije que dejaba la ciudad, que mi hogar era una cárcel. Y pasaron los meses sin que tuvieras noticias de mí, porque mi puñetera memoria selectiva, la que se fija en estúpidos detalles, olvidó tu mail, teléfono, tu todo. Y yo no tenía nada, por no tener ni tenía carné de identidad. Qué lejos y qué cerca queda todo eso. Lo que nunca podré perdonarme es que tú fueses la excusa, la coartada y el comodín para salvarme de lo más gordo. Por cobarde, como siempre, y no ser capaz de asumir las cosas que hago, con todas sus consecuencias.

Siempre me animaste a escribir, siempre me decías que tenía talento. Abrí el blog porque otra persona me alentó y me sugirió hacerlo como lo estoy haciendo. Y en parte siento que te debo algo (MUCHO) porque tú fuiste el primero en leerme en todos los sitios por los que he pasado, tú fuiste el primero que me animó para que escribiera y siguiera haciendo cosas positivas con mi vida. No sólo eso; sigues aquí después de ocho años, de mis idas y venidas, sin sermones, sin regalarme el oído pero diciéndome lo que piensas siempre. Ofreciéndote a cada instante, sin cláusulas ni barreras, haciendo que me sienta querida y escuchándome cuando me pongo a llorar. Y yo me siento una persona muy afortunada, porque dicen que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y tú eres mi tesoro. Después de todo me ves escribiendo algo para ti.



Keane - She has no time

jueves, 23 de agosto de 2012

¿Y al final qué queda?






El hombre que no percibe el drama de su propio fin no está en la normalidad sino en la patología, y tendría que tenderse en la camilla y dejarse curar.

Carl Gustav Jung



Le das a la vida toda la importancia que tiene. Empiezas a caminar despacio cuando te sueltan las manos, ves todo demasiado alto para alcanzar, grande para abarcar, pero también ves una línea perfecta trazada a la altura de tus ojos; justo ahí donde llega tu mano, también estirando los dedos. Cuando crees controlar el equilibrio caes amortiguando el golpe con el peso de tu propio cuerpo. Y te levantas estúpidamente mirando en todas las direcciones, avergonzada por perder el control y ni siquiera haberlo olido. Te enfadas y decides empezar de cero, pero el cero nunca implicó el principio del comienzo, pues en cada paso las magulladuras te alertan de la caída. Sopesas, templas en el camino, barres obstáculos y te agarras a todo lo que te sustenta. ¿Por qué te vuelves a desplomar?. Y vas aprendiendo y aprendiendo mientras alguien te pone la zancadilla, y siempre te desmoronas y te vuelves a levantar cada vez menos fuerte, porque pasa el tiempo y te vas debilitando y flaquean extremidades, tiemblan y se desplazan los músculos que ya no los sientes ni siquiera tuyos. Te obcecas, te pones las orejitas de burro y tiras hacia delante con tus pasos, tus trucos y aprendizajes, tan centrada en ti y tus caídas que ni siquiera te das cuenta de lo que sucede alrededor, como si lo tuyo siempre fuese más importante que el resto. Un día te levantas y te das cuenta que hay objetos a los que ya alcanzas, que hay distancias posibles y un suelo mucho más firme del que antes pisabas. También te das cuenta que hay cosas que ya no están, te das la vuelta y la persona que seguía ahí, detrás de ti, tampoco está. Y tocas cosas que ahora son distintas y feas, desconocidas de las que no quieres ver, oír, tocar, oler y aprender. Y porque sí, por sus santos cojones que tienen que estar ahí mientras otras personas ya no están, porque es ley de vida. Y tú no quieres, tú lo único que quieres es aprender a caminar de nuevo.

Para Y.



Franz Liszt - Consolation No. 3 in D Flat Major



sábado, 28 de julio de 2012

Todos los veranos





Era verano y nunca queríamos dormir la siesta. Nos preparaban un camastro sobre el suelo junto al balcón mientras trataban de inducirnos al sueño chantajeándonos con robarnos la tarde de playa. Disfrazaban las horas de los postres con embozos de tela blanca, cual fantasma creímos nosotros encontrar, pero en el fondo no nos intimidaban todas la amenazas que caían sobre nosotros, porque teníamos experiencia y sabíamos que nunca se llegaban a cumplir. Siempre había ruido de fondo, la voz del televisor que se perdía bajo el chorro de agua del grifo del fregadero, mientras mi madre fregaba los platos. Las moscas negociando con las cortinas cuando las persianas se negaban dejarlas pasar, revoloteaban, sin embargo, cuando lo conseguían sobre el borde de los vasos de zumos olvidados en el cómic de turno de mi hermano. El somnífero que hacía efecto era el cambio térmico cuando la comida llegaba al estómago, pegaba la cara al suelo y el sueño vencía a la fierecilla que no quería ser domada.

Era verano y nos faltaba camino de tierra y piedras para alcanzar los metros de playa, que a esa hora tan sólo era un desierto de sombrillas muertas, espectros rezagados de la mañana, esterillas y toallas abandonadas. La orilla aún sin bañistas, sin juegos de niños dorados al sol, sólo una red polarizando todos los azules. Hasta que nos desvestimos con la misma rapidez con la que nos sumergimos bajo el agua, como si ese fuera el último baño de nuestras vidas. Llevábamos nuestros pulmones al extremo y al salir a la superficie respirábamos una nueva bocanada de aire. Y allí abajo todo era seguro y a la vez improbable, cuando sentías el roce del pez angustiado, soliviantado, por los bañistas terroristas. Y nos movíamos entre remolinos junto a las boyas, luchando y retándonos para ver quien era el más rápido, el que llegaba hasta el final y la meta era la única recompensa. Llevaba una tortuga a mi espalda, ella me hacía flotar hasta que mi hermano decidió jugar sucio y arrancarle un ojo. El juego nunca era bueno y justo conmigo, o es que yo siempre fui una niña muy susceptible.

Era verano cuando marchábamos de vuelta a casa por el camino de tierra ahora pegada en nuestras sandalias. Ya no escuchábamos el canto de las chicharras, la siesta de los vecinos más tardíos o las bocinas de los que tenían suerte y viajaban en coche. Únicamente se oían las risas, que a veces también se convertían en protestas por el que más trastos cargaba. Y pasábamos junto a la alberca donde las ranas nos esperaban, les guardábamos un trozo de pan de nuestra merienda y a mí me gustaba escucharlas cantar. Luego acabábamos sin nuestros trajes de baño, batallando bajo los golpes de la manguera que nos quitaba la sal a tortazos. Esperábamos nuestro turno sentados sobre una torre de libros de plantas, frente al televisor, con Pipi Calzaslargas y la oca de Nils Holgersson. Era verano y nunca supe que todos los veranos se acabarían.



Phantogram - You are the ocean and i'm good at drowning