Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por
encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y
seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la
chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo
perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías
a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente
ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de
volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los
zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.
No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se
transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que
aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche,
el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una
montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que
pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal,
la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata
de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para
entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de
anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la
cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha
excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y
un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.
Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan
tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de
las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que
desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con
gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen
ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para
el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar,
qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y
buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú
personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado
para hacer real todos los lugares idealizados.
Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz
no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable,
infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era
éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy
alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde
negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de
un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones,
ideales, imposibles. Y en las noches
bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me
abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás
porque sólo son involuntarios nuestros
primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no
roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común
entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la
espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.
Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.
Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.
Ismael Lo - Tajabone
Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.
Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.
Ismael Lo - Tajabone










