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martes, 18 de diciembre de 2012

L'expérience vécue






Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.

No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche, el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal, la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.

Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar, qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado para hacer real todos los lugares idealizados.

Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable, infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones, ideales, imposibles. Y en las noches bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás porque sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.

Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.

Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.


Ismael Lo - Tajabone

domingo, 2 de diciembre de 2012

Una retirada a tiempo es una victoria

 
 
 
 
El sótano del bar se ha convertido en una arteria de corazones descuartizados, las utopías desbaratadas y reventadas en mil añicos, formando el surco de agua en la base del vaso medio vacío, se reúnen para fabricar sonrisas amargas y ahogar la desidia en las botellas de colores mal distribuidas en la mugrienta estantería. También es el trampolín donde los desahuciados toman impulso, las que se prostituyen por cinco segundos más acaban acariciando el jugo reseco en la última copa, pero después siempre hay tiempo para un poco más, un poco de algo que las acabe atravesando.
 
Ella sólo había visto cristales sucios en aquel antro, pasaba por la puerta y el hedor a caduco le hacía retroceder o apresurar el paso. Era sábado y tarde, tan tarde que ya había cubierto su cara con el embozo y contestado al último mensaje en su móvil casi entornando los ojos. La intranquilidad le arrebataba el sueño, daban vueltas los miedos en su cabeza con aquella odiosa canción de Tool de fondo, y el sueño cada vez era una cumbre más lejana. Hasta que una alerta la sacó de la cama. Bea esperando en veinte minutos debajo de casa.
 
Estaba delante del tugurio con un cartel del siglo pasado, ni siquiera conservaba todas las letras del nombre juntas, estaba emborronado. Y volvía al sótano, a la tienda clandestina y las timbas de cartas con viejos extranjeros borrachos y colorados. Esta noche el olor a maría es más suave y menos condensado. Las dos chicas se unen al grupo de gordinflones para echarse unas risas, lo cierto es que el spanglish les parece súper gracioso y ella -la chica con gripe- se siente dentro de una cinta negra, una de polis corruptos con sombrero de ala ancha y puro de medio lado. Pierde todo, lógico, pero tampoco llevaba demasiado. Había cobrado el día anterior pero guardaba esos pequeños ahorros para un viaje próximo. Se enfada o no sabe bien qué dice. Se sirve otra copa y se siente en el sofá de escai marrón, hojea un catálogo curioso; unas ilustraciones de Frank Frazetta. ¿Por qué nunca vio Mad Max? se había perdido muchas cosas del pasado.
 
El antro no cierra a pesar de que casi son las cuatro de la mañana. Los borrachos se han ido, sólo queda Bea colocándose en un rincón con su camello y amante, el camarero que pone cafés y se la folla en el cuartito privado. Y ella, consumiéndose lentamente en el escai cuarteado. Qué los salvadores no existen, le habían dicho últimamente. Entonces quién era ese ángel de mirada cristalina y aroma a Loewe que viene a salvarla. Baja las escaleras y su elegancia inunda la nauseabunda habitación, llenándolo todo de luz delicada. Sus amigos le acompañan y están más interesados en las botellas de colores y las cartas mal dobladas sobre la mesa. Él se sienta a su lado y continúa la conversación por donde la habían dejado. Y todo alrededor desaparece, hasta la música. Sólo siente la presencia de la ropa usada colgando de las perchas en la pared, el ladrido de un perro en el callejón trasero y el ruido de un contenedor de basuras arrastrado por el suelo.
 
Se queda mirándola fijamente y le pregunta por qué se resiste tanto, que las chicas dulces y de mirada nostálgicas no han nacido para sufrir solas. Y adivina como tiemblan sus manos, sus rodillas, sus manos. Aparta su pelo de su cara hacia atrás y se acerca a su boca para invadir su interior sin esperar permiso a cambio. Sus temblores se hacen más intensos y continuos, hace frío. Él invade el poco espacio entre esquina y sofá, echa su cuerpo encima de ella y le aprisiona la cabeza entre sus manos. No recordaba la última vez que la habían besado, pero esos labios le devolvían la vida que le habían robado. Comenzó a sentir calor, un fervor que le recorría las piernas hasta detenerse en el centro. Él, que lo había adivinado, subió su falda hasta la cintura y metió la mano dentro de las bragas. Comprobó su grado de humedad. Ella se estremece, arquea la espalda invitando con el movimiento a que introduzca uno de sus dedos. No había nada que esperar. La follaba sin pasión, sin apartar los ojos de su respiración, enjugando sus espasmos con el líquido que impregnaba a ambos. Besar, besar. Era la primera vez que la estaban deseando, y saberlo cerca le hizo olvidarse de todo. Pero no era cierto. Todo era mentira, cerraban los ojos sin ver su cuerpo, sin deseo, sin amor. Se deshizo de toda su ropa, sólo la envolvían los tacones negros y el encaje de las medias un poco rotas. De pie, la dirigió hasta la barra del bar. Ahí acarició la encimera con sus mejillas, mordió la madera mientras él separaba sus nalgas. Otra primera vez... algo que después no recordaría. Su polla entraba y salía con facilidad. Dónde estaban las sesiones bdsm, la ternura, los cariños arrancados a golpes de por favor. No sentía ni siquiera dolor, ni el rasgado de la piel rodeando sus agujeros le proporcionaban lamento o placer. En su cabeza sólo cabía desprecio, rebote, despecho. Que nadie la esperaría jamás, porque sólo era un capricho del destino; si no fuera porque una estaba casada, la otra con novio... sólo un trozo de carne en el camino llamado Irene, y eso era lo de menos, porque una semana sin noticias la convertía en un androjoso adorno de Navidad.
Se habían corrido dentro de ella, pero todo le daba igual, nunca significó nada para nadie, menos que una puta que implora cinco segundos más.
 
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Creo que he vuelto a tocar fondo, supongo que poner distancias es lo más sabio. Una sonrisa para hacer un poco más azul el día, mientras tanto...
 
 

viernes, 2 de noviembre de 2012

Lugares comunes II






Cuatro paredes en blanco solapan una jaula vana, tétrica y abandonada por unos pájaros tunantes sin voz propia. Ella se embelesó contemplando aquel parapeto, frenéticas todas sus neuronas, buscando grietas por las que emanasen las orugas fingiendo melancolía, siguiendo el rastro del alacrán camuflado en vergüenza y postración infinita.

Todo se movía en la habitación ajena, prestada sólo hasta el declive del hundimiento. Nada se detenía entre sus dedos, entre sus dientes que mordían la condensación del silencio, sin apenas inmutarse, o revolviendo el caos en su existencia afilando sus colmillos. Las esquinas de su mente se colapsaron, como se hocica el gato en el ovillo de lana. Y los fluidos de su materia, las corrientes y mareas de su alma, transmutaron en una luz de emergencia. De repente una voz en off…

Espera y fracasos, confusión y ciclotimia. Vacío y nada. Reservas y privación. Punzada y afonía. Como si recordase algo después del suicidio, se había inmolado tantas veces, que no le importaba hacerlo una vez más.


martes, 30 de octubre de 2012

Lugares comunes I







Lo único que quebraba el vacío era la caterva de moscas negras preñadas de litigios contra el silencio, en lugares comunes y totalmente diferentes, rehusando arrojar al vertedero todo lo que se rompe. Es el ojo el que hay que mantener limpio, enseñarlo a llorar equilibrando la densidad de las pestañas cosidas a los párpados, lágrima furtiva errando de bruces en su mejilla. Danzar las larvas en el folclore místico que no es más que un hervidero de rutina. Huir de uno mismo disfrazando el silencio de navegantes callejeros, ambulante de misterios y malabarista de signos.

Y con la ceguera aún en la luz de sus ojos despistarse del parque de atracciones, cumplir la ley que persigue los cielos, embeberse el hielo que se ha derretido mientras se vuelve ceniza la ropa que te ha protegido. Y ya se ha olvidado de todo cuando mira sus venas y se da cuenta que no pueden soportar mucho más. Que todo solloza veneno y se desploma  mientras las alucinaciones se cortan a través de este cable enmohecido.

Las palabras penden de la cabeza de alfiler, dijo que ahí cabía el universo y se bebió todo el cosmos sin oxigenar el líquido. Nunca era demasiado si no colgaba el cuello en el olivo, si el tronco no conservaba los gusanos del leño podrido, no era suficiente si no se deslizaba de puntillas por la ciudad brillante o si subía tan alto que se volvía inalcanzable. Siempre estaría ahí el aliento de las sombras, atormentando su nuca, gateando por la espalda.

Abiertas las jaulas los pájaros volaron, las plumas diseccionadas rasgaron su garganta. Se ahogaba en ella y quemaba el vacío, complicarse induciendo el sueño, vomitando amnesia, supurando el duelo, mitigando reposo absoluto.  




lunes, 15 de octubre de 2012

Nadie detecta la bomba silenciosa





La llamaban Risitas porque nunca podía dejar de reír, además lo hacía con todo el cuerpo, balanceándose de frente y hacia atrás, manifestando su entusiasmo con grandes aspavientos, alborotando cabeza y brazos. Era normal verla pegada a su goma de mascar, y es que siempre figuraba la bola de chicle abultando un sólo lado de la cara. Ponía sus labios en forma de O para hacer esas irrisorias pompas de chicle, y de forma ridícula quedaban reducidas a un triste pedo de aire rosa con olor a fresa y mandarina.

Estiraba mucho su pelo hacia atrás para recogerlo en una coleta muy alta. Sin embargo, unas horas más tarde, eso se convertía en momentos de frustración cuando llegaba la hora del recreo; pues el niño que se sentaba en el pupitre de atrás agarraba su coleta y comenzaba a tirar de ella para hacer notar la eufonía de la sirena. Era la segunda alumna más alta de la clase, incluyendo a los varones, que siempre fueron más tardíos a la hora de desarrollar. Con diez años ya había echado todo el cuerpo, eso le recordaba un tiempo más tarde su propia madre. Y es que una vez pasó la pubertad, Risitas mantenía el escaso metro cincuenta y ocho que medía cuando hizo su Primera Comunión. Dos preocupaciones tuvo aquel día, una era manchar su vestidito blanco de comunión con la sangre de su menstruación; la otra era que se le olvidó qué debía decir cuando el cura la comulgase. Al final fingió un pequeño golpe de tos y salió airosa de aquel embolado. No le gustaba llevar vestidos, por eso siempre la tomaban por una niña poco femenina, algo así como un marimacho patilargo, porque además, siempre jugaba al fútbol, burro, y esas cosas típicas de niños. Qué podía hacer ella, sino adaptarse a las circunstancias. Era la única niña de la familia, dos hermanos y siete primos, tuvo que aprender a darle patadas al balón y escalar árboles para llegar a lo más alto. Mejor eso que aprender a pelar patatas o batir huevos. A pesar de lo poco femenina (ella se preguntaba qué significaba eso, probablemente un agravio ingenioso, como la palabra “indiscreta” de su amiga Blanqui, un insulto de los gordos) de vez en cuando la obligaban a llevar esos vestidos horrorosos de talle fruncido y vuelo pomposo, con flores, globos o cabezas de perro sacando la lengua hacia a un lado. Detestaba, por encima de todo, el uniforme de los domingos; camisa blanca con cuello de bebé y una espantosa falda de cuadros con botones dorados. El conjunto de niña buena no hacia más que crearle dificultades a la hora de subirse en su mountainbike para ir a misa por la mañana. Enrollaba la falda hasta su cintura para evitar que los picos se enredaran en la rueda trasera. Se deslizaba cuesta abajo en una bicicleta sin frenos y con el manillar torcido, le gustaba el peligro y frenar resbalando los pies sobre el asfalto. Se las arreglaba muy mal, fatal, para llegar puntual a esa cita con el Todopoderoso, pues cuando hacia su entrada en el templo la misa ya había comenzado. Habría derrapado entre la gravilla estampando los morros contra algún muro de contención o enganchándose entre los matorrales de una higuera. Lo cual explicaba la sangre de su nariz y los agujeros en las medias a la altura de sus rodillas. También hay que decir que la niña era un poco lerda, se colaba en la sacristía para desvalijar la caja de obleas pensando que el hecho de tomarlas le haría redimir su torpeza y osadía con la bicicleta. Al hacerlo también se libraría de la tremenda culpabilidad que sentía después de levantar su falda para enseñar a los niños del colegio las bragas que llevaba puestas. Menudo lavado de conciencia…

Cómo era antes, eso es lo que debía recordar ella para desprenderse de los complejos del presente, para continuar hacia delante después de ver con claridad y tener en cuenta qué era ella, qué le gustaba, qué la paralizaba mucho antes de haberse convertido en el deshecho del presente. Pensó que su infancia había sido fácil, que había sido una niña muy querida. Pasaba las tardes grabando versiones de Michael Jackson en un viejo radiocasete con su hermano, él ponía las voces y ella bailaba imitando esos míticos pasos hacia atrás. También le gustaba bailar sevillanas para los demás en el patio de la casa antigua, su tía-abuela se sentaba en la mecedora para verla taconear mientras alzaba los brazos y manos al aire poniendo la voz de fondo. También quería hacer feliz a su padre, que era su héroe porque calzaba un cuarenta y dos, y eso era mucho pie para un simple humano. Por eso nunca se cortaba el pelo, porque sabía que él prefería que lo llevase largo y recién lavado. Los fines de semana se iba de excursión por la orilla del río con algunos niños vecinos, cazaba ranas para luego soltarlas en la primera charca que se encontraba. Siempre estaba interrogando a los mayores, sentía curiosidad por todas las cosas que sucedían a su alrededor pero mucha gente no quería contestarle. Un día, después de ver una película en la tele, le preguntó a su madre el significado de violar a una persona. La mamá le contestó que eso pasaba cuando una persona le rompía el vestido a otra. Una semana más tarde llegó a casa anunciando a los cuatro vientos que David, un chico de cuarto, la había violado. Sólo le habían arrancado el parche que tapaba un descosido de su vaquero.

No tuvo traumas, tampoco notables complejos, ella se consideraba normal incluso cuando pasó de los quince a los veinte años. Entonces, en qué momento cambió, en qué momento pasó a ser esa persona gris y desconsolada. Sí, ya, la gente cambia cuando va cumpliendo años, es “ley de vida”, eso es el significado de madurar, vivir, saber envejecer. Pero la gente cuando celebra cumpleaños y madura se lleva la mejor parte de si misma, no se va metiendo en un pozo del que no puede salir. Pensaba en todo ello mientras intentaba conciliar el sueño. Se acordó de algo muy importante, encendió la luz, abrió el cajón de la mesilla y sacó un cuaderno. Había muchas cosas que escribir.


Supertramp - Dreamer


jueves, 19 de julio de 2012

Descubrimiento en la torpeza





Y en el cauce de tu sonrisa plateada planté el árbol cuya semilla encontró la eternidad. Y a tu lado yo sería feliz, porque las niñas bonitas no son las que aparecen en los cuadros, está aquí, al otro lado de la barra, frente a mí”

Y voy yo y me lo creo (ironía)


Me quedé pensando un rato, me fui a casa y no podía dormir, seguía dándole vueltas a las cosas ya con el sol despidiendo a la luna. ¿Por qué todo parece distinto a la luz del día?.

No he dormido, me fui a pasear aprovechando el aire fresco que me sorprendió por la mañana, me fui al mirador al que siempre llego caminando después de dos kilómetros conteniendo la respiración; cosas raras que hace una. Me senté, me olvidé de todo y, sin querer, encontré la respuesta.

Y ahora necesito dormir al menos cuatro horitas seguidas, por mi salud física y mental.



Wooden Shjips - We ask you to ride


martes, 12 de junio de 2012

El lado oscuro de las cosas







Me dices que mis paranoias son tan absurdas que debería visitar a ese psicólogo con el que el chico decadente suele desahogarse. Y yo te respondo que no deliro con conejitos inoportunos e indiscretos, que si hubiese alguna patología en el proceso de mi desarrollo afectivo sería, de cualquier modo, mi problema. En ese caso ¿dónde está el problema?, que siendo mis alucinaciones tan ilógicas e irracionales se puede vivir perfectamente con ellas, pues no creo que alteren pensamientos ajenos. Adáptate tú, jodido chiflado, que se adapten los demás, dejadme a mí con mis fantasías, con mi cordura o mi incongruencia. Pero insistes, te gusta diseccionarme como a una rata de laboratorio, porque en el fondo tienes esa vocación frustrada que nunca llegaste a desempeñar. También pasa que quieres estar por encima de todo; y es que te hiciste Poeta en lugar de estudiar psicología, te prometo que jamás entendí el motivo. “Hay que dominar la naturaleza, los entresijos de las mentes, de ese modo conseguirás subyugar los versos de una composición perfecta” me dices. Vale, quieres jugar, husmear en mi raciocinio porque también pasa que estás fascinado con ese psiquiatra cuya mujer sufre superfecundación heteropaternal. Y ahora estás interpretando ese papel, ahora te sientas en el borde de mi cama de madrugada, me haces preguntas eclipsadas sobre un yo paradójico y a veces me quedo sin respuesta. Bah, tampoco me dejas tiempo para pensar y responder, el trato es contestar de manera automática. Cuando acabas con la batería de interrogantes imponentes y desestimables, redactas en una ficha un perfil inútil y retractable. 










Irene.
31 años.
1,60 de altura.
45 kilos de peso.
Enajenación, alteración de la razón y el afecto. Distorsión de la realidad.
Tratamiento: psicoterapia.


Me llamo Irene y no estoy loca.  Participo en este ejercicio de manera voluntaria, para dejar constancia de mi sano juicio y, también, para dejar en ridículo a mi amigo que cree que sí estoy loca. Me ha pedido que redacte los problemas en los que más suelo pensar, dudas, quiere conocer mis miedos, qué cosas me inquietan y qué es para mí la realidad.

Yo nunca he sido una persona de pensar mucho, siempre me he movido por impulsos y nunca he tenido dudas existenciales. Bueno, tal vez, cuando estudié filosofía pero aquello duró lo que un par de cursos. Tampoco quiero decir que una persona impulsiva no sea también una persona racional o con esa capacidad de cuestionarse dudas metafísicas, pero ese no es mi caso. Las dudas que siempre me han asaltado a mí son más del tipo ¿por qué hay eco en el baño cuando quito las toallas y la cortina de la ducha? ¿por qué hay dos rebanadas de pan de molde en el paquete que nadie nunca se come? ¿hay alguna función más que la de proteger?. Sí, ya sé que la respuesta debería de sobra conocerla, pues hasta los niños de doce años la sabrían responder. Pero ahí están las irresoluciones que a mí me hacen discurrir.

Mis miedos son totalmente comprensibles y habituales; la incomprensión, el rechazo, dolor -no físico- eso que llaman dolor del alma. No hacía falta analizarme para llegar a la conclusión de que el miedo es lo que me conduce a la inseguridad y a la debilidad, pero que esto no se puede tratar como una psicopatía. Luego existen otros miedos que son temores, pequeñas alarmas que me paralizan durante una milésima de segundo. Esto ocurre, por ejemplo, a primeros de junio de cada año. Extrañamente me pica una araña y una asquerosa erupción se espurrea por todo mi cuerpo. Bueno, de ahí deriva otra pregunta de esas en las que no hallo respuesta: ¿por qué me pica justo en esa fecha?. Como si no existiesen las arañas el resto del año. También le tengo respeto (aprensión) a los microondas, y es que cada vez que toco uno sufro una descarga de corriente eléctrica. Al principio pensaba que era la casa, tal vez por lo de la toma de tierra, pero es que me ha ocurrido en todas las casas por las que he pasado. Por lo tanto me mantengo alejada de ellos.

La realidad… es esto, que tú y yo estamos aquí en este instante. Es la existencia de algo. Realidad es que no puedo tener cactus en casa porque se mueren, me los cargo a todos. Realidad es que se acabe el gas de la botella de butano mientras me estoy duchando. Desarmar un reloj con alarma y cuando creo haberlo arreglado me sobran o me faltan piezas. Comerme los helados sobre un plato porque siempre, SIEMPRE, se me cae la bola. No, no lo llames manías, no lo son. No es que sea yo muy maniática, sólo un poco estricta en la higiene de la casa y en la personal. Mis excentricidades son más del tipo apuntar cosas, por ejemplo números de teléfono, en los papeles de los caramelos. Empezar a leer un libro en los capítulos dos y tres, alargar el final durante meses. Estornudar con los ojos cerrados y abrir la boca cuando me pinto los ojos. Buscar mi nombre en una sopa de letras o hacer agujeros todos los años a unos zapatos.




Esto no se puede llamar Trastorno Bipolar, con todos mis respetos a los enfermos mentales y sus familiares.





Repo! The Genetic Opera - Chase the morning

domingo, 27 de mayo de 2012

Fuck Ideas







Atada, deshecha, corrompida y empezada.
Inerme, casi desde cero, desnuda y vulnerada desde las entrañas. Inquieta, lengua amarrada y labios hilvanados. Clamándote en murmuro, absorbiendo en la distancia.
Nutrida, mordida, indigesta en la asimilación. Respirando hacia dentro, inhalando desde afuera. Señalada, estérilmente arrinconada. Apeteciéndote prohibido, hablando en secreto. Evocando, sumando incontrolada. Desmenuzando, componiendo.
Se diluyen los dedos en el sexo, se abre empapado, ansia, castigo, salpicado obsceno. Follado incomprendido, sucio, lento.
Distraída consumando el tic-tac del tiempo. Impermeable golpe a golpe, deshaciendo el veneno. Agotada de no ser, libre en el pensamiento, encadenándote perpetuo sin grilletes en mi recuerdo.
Impaciente, convulsa consagrando la profanación de la apetencia. Voracidad desmembrada arruinando la flema. Invitación a mancillar, continuar, obedecer, seguir siendo. Admisión, excomunión, copular nuestros cuerpos.
Idiota, huir, codiciar tu camino, darte la mano. Furiosa, masturbación irritante rociando las llagas de la mucosa, flotando. Destilar la cordura, lamentar el delirio. Amor, enséñame a llorar, cariño.



Caribou - Irene

lunes, 30 de abril de 2012

Endorfina romántica








Porque los recreos de vicios que se han inventado hay que jugarlos hasta el final, arriesgando y asumiendo TODO.
Porque la perturbación forma parte de mi filia y esa filia es mi propia naturaleza.
Porque descubrí mi sexualidad de atrás para delante.
Por todos los quizás, tal vez o ya veremos. Un handicap de miedos e inseguridades que entorpecen el acercamiento.
Por mi yo estúpido, ridículo y salvaje.
Por el demente que me engendró a su antojo, con todos los fallos y ninguna virtud.
Porque no se decir NO y a veces duele.
Porque el dolor me hace estar viva y sin aflicción siento que muero.
Porque no se vivir sin agonía.
Por la desmedida de lo que me invade.
Por tu ansiedad, tu intriga, abulia y peculiaridad.
Por el instante dilatado justo antes de caer el látigo o la palma de la mano.
Porque el impacto es la adrenalina y la adrenalina es la adicción.
Porque el fervor de tu piel sabe más intensa después de rozar un abismo en el aire.
Porque el orgasmo encarnizado y selvático sobre tus rodillas estimula mi punto antropófago.
Por la caricia que se siente diferente, única y especial.
Por tus huellas en mi piel con las variantes pigmentadas; señales de ser amada y haber amado.
Por la reminiscencia y el perfeccionamiento.
Porque la predestinación a veces sólo es un lamento compartido.
Porque estoy perdida y no se amar de otra forma y manera.
Porque se advierte el momento (necesidad) de  cambios.






The Cramps - Dames, booze, chains and boots

jueves, 26 de abril de 2012

Miscelánea


14 de febrero
no es rosa


esto es lo más parecido a una carta de amor


y me importas tú


curiosidad


zumo de naranja

entusiasmo


nosotros


auricular y madrugada


antiséptico azulado


fantasía




orgasmos




rol  
                     
billete de autobús


ilusión




dolencia y contratiempo

tengo miedo de no ser lo que tú esperas que sea


impaciencia


declive




mapa sonoro compartido




personajes ficticios


¿Me echas de menos?




Fría


sosa


He pensado en ti




necesito aflojar un poco contigo


despedida




vaya, nunca acierto


¿renacer?




Puede que te llame el sábado…






Scanners - Salvation

sábado, 21 de abril de 2012

Some day... in 2032






En días vehementes, camuflada por un lema futurista, lascivo y romántico, de Angel Schlesser… reflexionaba y consideraba lo permisible y lo inaceptable, teorizaba los antojos inconcebibles o simplemente indescriptibles, todo lo que me invade o atormenta desde que empecé a volar. Sintetizaba los rasgos innatos preguntándome por la perturbación de mis desordenadas filias. Qué sería eso que se escondía en mí, qué reflejaba yo ante los demás para parecer tan extravagante e incomprensible, incluso ya para mí misma. Ninguna conclusión me satisfacía, en ninguna de ellas encontré respuestas. Qué ridícula, pues atribuí la carencia de revelaciones a la mutilación del verano entre julio y agosto, como si la calina pudiese exprimir los jugos del cerebro. Entonces llegó el experto en diseños, peritaje y cimientos, con su perfecta seguridad y esa frustrada vocación de psicología. Nos exhibíamos cada noche delante de una botella de vodka y unas cuantas caladas de algo mágico y contundente. A veces sólo seguía el movimiento de sus labios, y es que los sonidos me llegaban a cámara lenta y un tanto dispersos, como distorsionados, no más que nosotros dos, que nos evaporábamos entre humo y ruido blanco. Tenía un plan -eso decía él- que consistía en desprenderme, cada noche, de una parte de mi naturaleza. Prescindir, una a una, de todas las capas que me protegían y tapizaban, que me hacían ser yo. Renunciar a cada parte de mí no era fácil, pues no sabía ser de otro modo y cada noche me sentía más desnuda y vulnerable. Deconstruirte para llegar al centro y aprenderte a ti misma. Eso hice, desvestirme y deshacerme en pequeños fragmentos que yo creía irrecuperables. Cuando ya no hubo envoltura que me cubriera, cuando me descubrí de todas las máscaras, un pánico anónimo se apropió de mí, me asusté de lo que se reveló ante mí. Sólo quería volver a vestirme y tapar toda mi vergüenza, ocultar y disimular aquel engendro construyendo láminas de acero a su alrededor. Hacerlo dormir hasta que por fin desapareciese. 


El experto en planos y trazados que delineó el mapa de aristas y curvas, pretendió diseñar un prodigio de quimera, pero sólo consiguió proyectar a una efímera Irene.




Marina and The Diamonds - I am not a robot