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martes, 18 de diciembre de 2012

L'expérience vécue






Sobrevolar un trozo de tierra y sentir que existir por encima de las nubes o habitar entre ellas es el lugar más certero, humano y seguro del mundo. Cuando ves lo cotidiano y sencillo disminuir, el humo de la chimenea empequeñecer y las aves anidando cerca del río converger en un círculo perfecto o un banco de peces coletear en forma de U; es entonces cuando confías a los elementos el poder de enterrar el tesoro más fatuo, y literalmente ingerir la última boqueada que te da el impulso preciso. Tal vez un intento de volver y encerrar en la guardilla la ropa vieja, limpiar el barro de los zapatos y disimular con violetas el olor de las bolas de alcanfor.

No dejas de mirar y observar por la ventanilla cómo se transforma el paisaje. Las impresiones se van desvaneciendo a la vez que aparecen otras más nuevas, fugaz y equidistante al ritmo del motor del coche, el pájaro o la locomotora, y detrás el suave siseo del aire en contra. Una montaña, una casa entrañable velada por un tupido bosque, y otra vidriera que pudo ser tuya o lo fue mientras eras tú la que pegaba la nariz en el cristal, la que contemplaba la nieve, el otoño y la lluvia tras ella. Y la nostalgia retrata de manera pasajera los tejados pizarras de una ciudad que se baña de luz. Para entonces bailan las letras entre las líneas azuladas del cuaderno de anotaciones, con un efímero esbozo a pie de página y una fecha en cursiva en la cabecera. Con seguridad ha sido el libro de poesía de tapa negra el que ha excitado mi memoria, unas notas conocidas en los auriculares del reproductor y un anhelo aplazado que comienza a tomar forma al despegarse mis labios.

Del empedrado de las calles germina la lucecilla poética, el olor a mantequilla que se derrite en el pan tostado, el color de la Flor de Lis y un acento que flota entre los surcos de las reposadas aguas del afluente. Pero no es el brote emblemático lo que desenmascara la curiosidad, tréboles de color violeta se arremolinan con gentileza bajo una piedra disfrazada de erizo. Sus púas profanas no ejercen ningún valor añadido, impotentes para el caso, y sin embargo capacitadas para el deseo mío. Buscaba una música que recitase lo que yo no era capaz de entonar, qué digo, lo que era incapaz de interpretar la encrucijada en mis sesos. Y buscando el sonido que simbolizase el momento, te manifestaste tú personalizando todo lo que crecía ante mis ojos. Claro, un país dependía de un rostro, y el tuyo siempre viajaba a mi lado para hacer real todos los lugares idealizados.

Cómo no evocarte, niño mío, si tú eres una de esas personas que tienen una lamparita mágica cuya luz no conocerán nunca; y digo nunca porque tu fulgor es inconmensurable, infinito, desborda todas las esquinas y cada frunce de cualquier interior. Era éste el pensamiento, eras lo que manaba del hierro forjado de una torre muy alta, del posavasos tinto de una cafetería azucarada, de la boutique donde negocié con el satén que acaricia ahora mis hombros. Brotaste de las teclas de un piano embellecedor de salones varoniles, de los museos pletóricos de aspiraciones, ideales, imposibles. Y en las noches bañadas por el claro de luna, recapacité sobre la figura que nunca me abandona, la tuya que se desliza sigilosa siempre que no me doy cuenta. Quizás porque sólo son involuntarios nuestros primeros amores. Después llega la caricia frecuente, una mirada que no roza, sino que se disipa antes de darte la vuelta, después llega el sexo común entre sábanas que ni se enredan, ni sientes que acaricien tus muslos o la espalda. Y de la torpeza que ya no sorprende, sino sabe cotidiana, se olvida el efecto que enardece la piel.

Estaba sentada en el longevo sillón curtido en añoranzas, batallas perdidas y ganadas sin llevarse nada a cambio pero con la dulce sensación de saberse viva y valiosa, versada en experiencias llevadas a cabo sólo por gigantes. Reposaba en el fondo de la taza la mezcla del agua hervida y unos gramos de rooibos, y el aroma a leña crujiente, tierra mojada y libros envueltos en polvo, volvió a evocar lo que tiende a malograr la memoria. Era una niña con las rodillas sucias y las mejillas sonrojadas, brincaba y me comportaba como un chico salvaje, pero nunca se borraba la sonrisa de mi cara. Las vacaciones de Navidad en aquella casa eran un desfile de horas felices fabricadas por las migas del bizcocho mojado en té, ahora. Esa era la única sensación capaz de calentar el día más helado de un largo invierno.

Observaba el viento barriendo la naturaleza muerta, contemplaba esas calles, las que nunca volverían a ser las mismas, y de manera extraña sentí que nada en mí tampoco seguiría igual. Mudaba la piel constantemente, me empapaba de algo no real y sin embargo no hallaba lo que debía acabar completandome. Tal vez ese era el motivo por el que siempre acudía allí, para deshacerme del polvo y empezar desde cero.


Ismael Lo - Tajabone

jueves, 30 de agosto de 2012

Rapsodia instrumental






No estoy programada para darte más información,
tampoco estoy maquinada para descodificar tus sueños,
para pintar tu cielo de otro color o
para verte dormir sobre las estrellas.

No soy la viga de tu techo,
tampoco la cuerda de tu viejo reloj
soy la parábola de tu metáfora
soy el vacío que nada resbalando por tu espalda.

No soy candela o refugio,
tampoco el sueño que te gustaría tener,
para rehacer la escarcha del hielo
para zurcir las hojas que no debieron caer.

Sería el estallido de tu funda de confeti,
el sudor de tu nuca en verano,
el pez sin memoria en tu pecera,
la melodía que aún no has inventado.

Sería los matices de todas las estaciones,
tus cosquillas, tu irradiación, tu carne, tu llanto
para devolverte todos los espejos
para reconstruirme en tus abrazos,

para vomitar ilusiones



Sufjan Stevens - To be alone with you


sábado, 25 de agosto de 2012

Tu nombre empieza por jota





Te reté para jugar al billar, nadie podía usurparte pues tu nombre siempre estaba en negrita y aparecía por el final de la cola de privilegiados, al contrario que yo, que siempre nadaba entre la p y la s. Pero no fue tu nombre lo que me atrajo, -uhm, ya sabes, ese tan erótico/sexual/depravado y lascivo- fue el perfil que mostrabas de hombre tranquilo, no hablador e indiferente para todo. Como siempre yo escogiendo el camino difícil, queriendo tomar lo que no puedo tener. Fue esa la razón de mi curiosidad por tu forma de jugar. Quién nos iba a decir que aquello sería el principio de todo.

Escribía con veinte años sobre mis experiencias sexuales, siempre me decías que tenía talento y que nunca te dedicaba nada. Pero no era cierto y, creo, que nunca fui capaz de contártelo, esa parte tan vergonzosa de mí misma. Pero sí que había algo en aquel cuaderno tan indecoroso, había una poesía y una imagen donde resaltaban las pompas de jabón naranja sobre un cielo de azul intenso, a pie de foto This is the last time, esa canción que luego acabó en un disco de mi recopilación absurda en tu coche. Así fue como entraste en mi vida, poco a poco, sin hacer ruido, sin llamar la atención, sin protestas o reproches. Sólo con palabras bonitas, con ganas de escuchar, sin condiciones ni esperar nada a cambio.

Aquella tarde, cuando llegué frente a la puerta del hotel, sabía que estabas allí. Alto, con gafas de sol, apoyado en el capo de algún coche aparcado en la Gran Vía. Polo azul marino, parece que mi memoria es selectiva y sí recuerda los pequeños o insignificantes detalles. ¿Por qué te dije que no te vi? no lo sé, tampoco te dije que recordaba las calles de Madrid perfectamente, que sabía exactamente donde se encontraba el hotel, que la vuelta a la manzana tan sólo fue un pretexto para robarle unos segundos más al tiempo y así poder verte un poco más.

Después me distancié entre novio y novio, entre cambio de ciudad, de vida y de trabajo. Eras tan bueno e incondicional conmigo que me avergoncé de la manera en la que trataba. ¿Cuántas veces me dijiste que aquello no acabaría bien? es que me parece que fueron muchas. Recuerdo que me querías abrir los ojos porque ese hijo de puta me tenía embelesada. La cosa empezaba a no ser sana, y yo, mientras tanto, peor te trataba a ti. Estampé mi rabia contra ti porque a él lo quería, a ti también, pero ya sabes, él era la parte dominante, el encantador de palabras con un poder desconocido sobre mi persona. Te aparté por un instante de mi vida, todo me superaba, tantos cambios en pocos meses, dejarlo todo y empezar de nuevo en ese periodo me tenía absorbida. Por eso cuando te dije que me había mudado a tu ciudad, que vivía allí, tan cerca de mi mejor amigo, no te lo podías creer.

Y la ciudad se volvió amable y agradable contigo. Las primeras cervezas en el bar cercano a mi curro, la barra (aquella esquina) de las confidencias, el cine en francés, mi música en tu coche, los papeles olvidados en la mesa de aquel bar, pendientes que se perdían en las alfombras, tus escapadas para llevarme de casa al trabajo, cuando el trabajo lo tenía a cien pasos de mi casa. La excusa para vernos y hablar una vez más. Pero no fui sincera del todo, si es que callarse las cosas y no contarlas se le puede llamar mentir. Te fijaste en aquel chico que comentaba en mi blog, me decías que por nuestro cruce de comentarios pensabas que él “estaba” por mí, que yo le gustaba. Y no te dije que yo también “estaba” por él. Que me besó la primera noche, que me llevó a su casa después de cruzar la ciudad en metro, encendió una vela y me habló de amor. Que me quería y nunca había conocido a nadie más dulce que yo. Tampoco te dije que el cuento de hadas se acabó demasiado pronto, que me despidieron, que utilizaron mis filias para señalarme el cuerpo de heridas y cardenales. No te dije que dejaba la ciudad, que mi hogar era una cárcel. Y pasaron los meses sin que tuvieras noticias de mí, porque mi puñetera memoria selectiva, la que se fija en estúpidos detalles, olvidó tu mail, teléfono, tu todo. Y yo no tenía nada, por no tener ni tenía carné de identidad. Qué lejos y qué cerca queda todo eso. Lo que nunca podré perdonarme es que tú fueses la excusa, la coartada y el comodín para salvarme de lo más gordo. Por cobarde, como siempre, y no ser capaz de asumir las cosas que hago, con todas sus consecuencias.

Siempre me animaste a escribir, siempre me decías que tenía talento. Abrí el blog porque otra persona me alentó y me sugirió hacerlo como lo estoy haciendo. Y en parte siento que te debo algo (MUCHO) porque tú fuiste el primero en leerme en todos los sitios por los que he pasado, tú fuiste el primero que me animó para que escribiera y siguiera haciendo cosas positivas con mi vida. No sólo eso; sigues aquí después de ocho años, de mis idas y venidas, sin sermones, sin regalarme el oído pero diciéndome lo que piensas siempre. Ofreciéndote a cada instante, sin cláusulas ni barreras, haciendo que me sienta querida y escuchándome cuando me pongo a llorar. Y yo me siento una persona muy afortunada, porque dicen que “quien tiene un amigo, tiene un tesoro”. Y tú eres mi tesoro. Después de todo me ves escribiendo algo para ti.



Keane - She has no time

sábado, 28 de julio de 2012

Todos los veranos





Era verano y nunca queríamos dormir la siesta. Nos preparaban un camastro sobre el suelo junto al balcón mientras trataban de inducirnos al sueño chantajeándonos con robarnos la tarde de playa. Disfrazaban las horas de los postres con embozos de tela blanca, cual fantasma creímos nosotros encontrar, pero en el fondo no nos intimidaban todas la amenazas que caían sobre nosotros, porque teníamos experiencia y sabíamos que nunca se llegaban a cumplir. Siempre había ruido de fondo, la voz del televisor que se perdía bajo el chorro de agua del grifo del fregadero, mientras mi madre fregaba los platos. Las moscas negociando con las cortinas cuando las persianas se negaban dejarlas pasar, revoloteaban, sin embargo, cuando lo conseguían sobre el borde de los vasos de zumos olvidados en el cómic de turno de mi hermano. El somnífero que hacía efecto era el cambio térmico cuando la comida llegaba al estómago, pegaba la cara al suelo y el sueño vencía a la fierecilla que no quería ser domada.

Era verano y nos faltaba camino de tierra y piedras para alcanzar los metros de playa, que a esa hora tan sólo era un desierto de sombrillas muertas, espectros rezagados de la mañana, esterillas y toallas abandonadas. La orilla aún sin bañistas, sin juegos de niños dorados al sol, sólo una red polarizando todos los azules. Hasta que nos desvestimos con la misma rapidez con la que nos sumergimos bajo el agua, como si ese fuera el último baño de nuestras vidas. Llevábamos nuestros pulmones al extremo y al salir a la superficie respirábamos una nueva bocanada de aire. Y allí abajo todo era seguro y a la vez improbable, cuando sentías el roce del pez angustiado, soliviantado, por los bañistas terroristas. Y nos movíamos entre remolinos junto a las boyas, luchando y retándonos para ver quien era el más rápido, el que llegaba hasta el final y la meta era la única recompensa. Llevaba una tortuga a mi espalda, ella me hacía flotar hasta que mi hermano decidió jugar sucio y arrancarle un ojo. El juego nunca era bueno y justo conmigo, o es que yo siempre fui una niña muy susceptible.

Era verano cuando marchábamos de vuelta a casa por el camino de tierra ahora pegada en nuestras sandalias. Ya no escuchábamos el canto de las chicharras, la siesta de los vecinos más tardíos o las bocinas de los que tenían suerte y viajaban en coche. Únicamente se oían las risas, que a veces también se convertían en protestas por el que más trastos cargaba. Y pasábamos junto a la alberca donde las ranas nos esperaban, les guardábamos un trozo de pan de nuestra merienda y a mí me gustaba escucharlas cantar. Luego acabábamos sin nuestros trajes de baño, batallando bajo los golpes de la manguera que nos quitaba la sal a tortazos. Esperábamos nuestro turno sentados sobre una torre de libros de plantas, frente al televisor, con Pipi Calzaslargas y la oca de Nils Holgersson. Era verano y nunca supe que todos los veranos se acabarían.



Phantogram - You are the ocean and i'm good at drowning