Carlos nunca estuvo
enamorado, al menos no de esa manera que te hace vivir enajenado la mayor parte
del tiempo -te ahogas y te mareas todo el rato mientras te duele el pecho-, o te
hace contar las horas midiendo la respiración al ritmo de latidos cardíacos. De
esa manera no, él sólo había seguido un guión de cine comercial; interpretar un
papel que le hacia amoldarse perfectamente a cada circunstancia, ya que suponía
que amar era llevar el desayuno a la cama, regalar flores o inventarse una
canción que hablase de amor. Y ahora que por fin había descubierto el
significado de esa palabra con cuatro letras, tenía que romper el noviazgo y
olvidarse de todo.
Se puede decir que el
protagonista siempre fue un poco verde, en el sentido de que nunca acababa de
madurar y llegaba tarde a las cosas importantes de la vida. Sí, tenía edad para
votar pero no comprendía qué era la política. Empezó a salir con una chica
sobre los quince años, aunque tardó un poco más en dar el primer beso. Su grado de
dependencia estaba yuxtapuesto al dependiente. Se masturbó por vez primera
pasados los veinte e hizo su primera gran reflexión a los treinta. Pero él era
un ignorante feliz, sin ciclos ciclotímicos, sin complejos o grandes emociones.
Hasta que conoció a una demente que hizo que cuestionase hasta su propia
integridad.
La chica andaba algo
desequilibrada aunque al principio lo disimuló magistralmente. Trataba a Carlos
entre algodones, le ayudó a salir del caparazón entregándole los tesoros más
valiosos que una mujer puede albergar. Y él creyó encontrar un paraíso perdido,
sin retorno, ¡cielos! creía haber encontrado el estado puro de felicidad. Pero
sólo fue un espejismo… pronto la lunática empezó a comportarse de manera
neurótica, violenta e inexplicable. El chico temía por su propia vida, pues la
mujer trastornada con ojos inyectados en sangre hacía irrespirable el aire, no
sólo reducía su caduco espacio, sino que traducía su exasperación en los golpes
que le propinaba al subyugado Carlos. Lo anuló, lo borró de cualquier parte e
hizo de su existencia afrenta y deshonra. Aniquiló su valentía, su risa, su
devenir, y patentó el síndrome de terror e infierno que acabarían reduciendo a
Carlos en una acumulación de defectos y fallos. Así pasó un tiempo hasta que la
perturbada lo abandonó, pero antes de marcharse sentenció al chico de muerte.
Le advirtió que todas las cicatrices de su cuerpo no serían nada, en
comparación con lo que recibiría si no le guardaba respeto. Esa puta chiflada
lo sabía todo de él, lo chantajeaba y lo manejaba como una triste marioneta.
Tenía un ojo puesto en él, pese a la distancia, y estaba tan aterrado que era
incapaz de pensar con claridad o tomar cualquier tipo de decisión. Con
frecuencia le avisaba que estaba allí, que olía sus pasos cada vez que se
movía, y al chico le temblaba el pulso cada vez que alguien unía un afecto a su
persona, aunque sólo fuesen palabras amables vestidas en mentiras piadosas.
Qué paradoja, el catorce
de febrero no habría tenido nada de especial si Carlos no hubiese llamado a la
puerta de Inés, o ésta a la puerta de él, pues nunca se sabe qué fue primero.
Para el treinta de marzo él ya se había enamorado de ella. Creía conocerla
desde hacía mucho, llevaba un año observándola aunque nunca se le habría
ocurrido acercarse. No sólo tenía presente la amenaza de aquella chiflada –la
innombrable- sino que se sentía ridículo cada vez que ensayaba unas palabras
frente al espejo. Probablemente aquella tarde había bebido, lo hacía a menudo
para mermar inapetencia y amilanamiento. El alcohol le aportaba la entereza y
el arrojo que le faltaba cuando se creía perdido, y el mundo de Inés prometía
ser un hogar cálido y providencial, aunque ella se empeñase en cubrir las
paredes de color gris.
En unos meses, Inés se
había convertido en el centro de la vida de Carlos, le había descubierto un
universo diferente entre dos extremos, que el gris era una mezcla de blanco y
negro y que él tenía las herramientas adecuadas para alcanzar cualquier
propósito. Ella tenía esa seguridad que a él le contagiaba, una sonrisa que
embaucaba, las manos más entrañables del mundo. Congelaba el infinito cada vez que
se dirigía a él, se evaporaba en partículas imposibles cada vez que leía una de
sus poesías. Es que la chica era tan sumamente inteligente como ingeniosa, y
tenía esa capacidad de cortarle la respiración al más mínimo susurro de voz.
Por eso creó un mundo para ella, un espacio en el que sólo existían ellos dos.
Todo llevaba su nombre, la música, las letras, los colores, las imágenes, el
mar o el aroma a sexo mojado eran inherentes a su persona. Creó esos cinco
segundos que envolvían toda esa existencia. Y sin embargo, él nunca la merecería,
cómo iba a tenerle ella en cuenta, si no era nada a su lado, nada al lado de
sus amantes pretéritos.
Porque Inés nunca le
correspondería. Le gustaba regodearse en arrobas de soledad, trasnochar
agotando la realidad, que al final quedaba empañada en un juego ficticio.
Supervivencia, por eso se entregaba en los brazos de otros hombres, y Carlos no
podía ni mirar los ojos de otras mujeres porque se sentía sucio y vulgar si al
hacerlo pensaba en ella.
La innombrable planeaba
sobre él, lo mutilaba poco a poco, pero Inés jamás podría verlo. Ella sólo
necesitaba que la amasen, una persona que la rescatase de la claustrofobia, una
rutina que pesaba demasiado y que apenas podía soportar. Eso originó la
desilusión de Carlos, qué importaba que fabricase cinco segundos si ella los
convirtió en un chiste, una nimiedad que carecía de importancia. Inés tuvo que
romper con el noviazgo, él lo tenía que entender, nunca lo amaría. No le podía
corresponder.



