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viernes, 3 de julio de 2015

Masturbación DeMente






Es cierto, nunca fui un chico, nunca sentí ese trozo de carne irracional balancearse en mi entrepierna, tampoco me regocijé o presumí en mi madurez envuelta en brumas testorerónicas perdidas. Pero sí, reconozco que me comporté como tal, admito haber usado vuestras bestias púrpuras una y otra vez, sin restricciones, con el único fin de saciar mi apetito voraz. Y es que la desazón en la oquedad -a ratos apática- clamaba justicia; un poco de niebla para esta sequía, me repetía continuamente. Sin embargo una noche más ha pasado lo que suele pasar, no supe aguantar el tsunami de hastío y alcohol, y en esta ocasión no acabé envuelta en brumas de testosterona, sólo me compadecí de mi mala estampa y mi poco juicio, descoser mi alma como cualquier mujer herida y no por ello quedarme en el intento. 

El caso es que aquí estoy, podría decir tres, cinco o seis y media de la mañana, pero el aturdimiento me impide distinguir. Madrugá de un viernes que empezó siendo jueves o de un sábado que empezó siendo viernes, ya te digo que aún ando apabullada por las circunstancias. Aquí estoy, lúcida, mientras otra víctima desconocida dormita muy cerca, habiendo ingerido una cuarta parte que yo, entiéndase de alguna bebida o sustancia pegajosa. Aquí estoy, planteándome cosas que pienso hablar con vosotros, contigo, en la semana que empezará muy pronto, más correcto sería decir próximamente. A ver si conseguimos estar un poco alterados de conciencia para paliar el desfase físico que tanto daño nos está haciendo, por cierto.  

Existe, también, eso otro… ya sabes, en realidad soy una tipa violenta. Odio a los perros oliendo mi rastro, pegados a mi culo. Odio las mierdas de los perros desperdigadas por la calle. Odio a los dueños de los perros, altivos, sabelotodos y empalados, con sus correas y sin bozal. Detesto a los niños, esos cachorros de otras perras. Odio sus chillidos histéricos cuando se acerca el camión de los bomberos. Odio con igual simpatía a mis vecinos a y a los viejos que colapsan la EMT recreando tanta maloliente senectud que dan ganas de vomitar. 

Soy una rara. 

Soy una chunga que, mientras su víctima duerme, desbarra cosas prohibidas a quien aún no duerme. A quien sea capaz de seguir este ritmo que, a veces, es tan fácil como los viejos Körn en un nuevo disco bramando el despertar de la paranoia. Nunca me sentí tan bien como eructando el peligro de aquellos amantes vuestros psicópatas, acechando algo que tardasteis demasiado en asimilar. O quizá fuimos los dos, pero ya importa poco. Ojalá nunca sea tarde porque sólo somos amantes de la muerte. 


Miro el reloj y sólo han pasado cinco minutos desde la última vez. Resulta fascinante la capacidad de las mentes y los cuerpos y sus esporas. Resulta perturbador pensar que dejé de escribir cuando encontré cierta pausa emocional más allá de cánceres psicópatas. Pero dejé de escribir, lo cual es MAL. Nada es suficiente cuando te mueves más al margen que en la red que los imbéciles solían leer. Recuerdo algún bilioso correo, todo perturbador y narcotizante a la vez que escandalizado, donde el tarado de turno me hablaba sobre el riesgo de conocerte y sodomizarnos con un arnés. Nunca me molesté en sacarle del error. Nunca le dediqué más de los tres minutos de rigor para mostrarme favorable a la mutua (tuya ó vuestra y mía) dilatación anal para su escándalo y desconcierto. 

Pero ahora empieza un tiempo nuevo. Ya pasaron las tormentas estériles, las que no protagonizamos, y los períodos de cadencia rozando el suicidio. Ya pasaron invierno y primavera. Ya pasó lo peor, amigos, y tenemos una edad. Ya sabemos lo que podemos esperar de nuestros mediocres acompañantes (entre los que nos incluyo) pues te sé tan bien como tú a mí. 

Siempre es lo mismo, la duda. Siempre la oscilación que puede empujarte al abismo. Siempre la armonía capaz de conciliarlo todo. Siempre el desgarro y la fugaz sensación de vacío a cambio de mediocridad. Siempre los filósofos violando analmente humanidades enteras, pero quizá sea posible cambiar. Pronto tendremos la charla y la necesidad. 

Pronto descubriremos lo que siempre estuvo ahí, o no. Pronto volveremos a degustar el lado raro de la moneda.



Korn - Paranoid and aroused


jueves, 18 de junio de 2015

Luces y sombras





... abril 2015



Permanecí inmóvil bajo el quicio de la puerta, acobardada por los fuertes golpes detrás del pequeño cristal y titubeando sin saber bien qué hacer después de un aletargado silencio. Temblaba al no escuchar respuesta cuando pregunté quién eras; enmudeciste, creo, porque ni tan siquiera tú sabías que hacías allí. Pero después oí tu voz y pensé que no podías ser tú, había pasado mucho tiempo y tal vez el deseo de saberte entorpeciese el recuerdo de tu sonido en mi memoria. Me sorprendió encontrarte hecho un ovillo entre los pliegues de la cortina al abrir la puerta de la calle. Te escondías, ocultabas tu rostro, y yo creo que también tu vergüenza, porque enseguida te sonrojas y bajas la mirada cuando descubres que, sin querer, te has deshecho de tu caparazón. Latía muy fuerte mi corazón, la respiración también se aceleraba a medida que tus pasos avanzaban hacia mí, y yo ya no sabía si tiritaba de frío o, simplemente, imitaba la reacción de una estúpida quinceañera cuando descubre que el chico con el que tantas noches ha soñado aparece en mitad de la noche tocando su puerta.

Eran las seis de la mañana, el vestido con adornos dorados aún caía sobre el respaldo de la silla, junto a las sandalias de tacón y el resto de abalorios. Probablemente escogiste la peor noche del año, probablemente mis ojos permaneciesen aún hinchados después de tanto dolor y tanto llanto, el maquillaje corrido en las mejillas y el pelo revuelto efecto de esa eterna lucha contra la almohada. También, probablemente, esa fuese nuestra última noche juntos. No me importaba el desorden, ni la hora, ni mi aspecto, sólo quebrantar la poca distancia entre tu cuerpo y el mío, verificar que aquello no era otro sueño, era tan real como los rizos que te habían crecido y ahora adornaban tu nuca.

Recuerdo tu olor; es increíble porque hoy, tres meses más tarde, puedo sentirlo sumergido en mi cuello, entre mis muslos, en mi ropa, en el resto de frunces y capas de piel. Nos acomodamos en el sofá, te pregunté por la escayola que cubría tu brazo derecho y enseguida te desvaneciste en mi regazo, te acurrucaste como un niño apoyando tu cabeza en mi pecho, buscando calor, comprensión y también una soledad compartida que te ayudase a entender cómo habías dejado pasar tanto tiempo… Quizás eso era lo que más pesaba en tu conciencia, tal vez –en esa primera noche del año- pusiste en orden tus ideas y llegaste a la conclusión de hilvanar cualquier pespunte suelto en las costuras de tu mollera, pasajes del pasado. Hablamos, recordamos, intenté traducir tu lenguaje, al menos el oral, ya que el corporal estaba mucho más claro. Y aunque no consiguiese esclarecer tu lengua, entendí la coherencia de tus palabras acorde a tus sentimientos y tus actos. Para entonces ya estabas explorando la humedad de mi boca, un poco más tarde te perdías para volver a encontrarte en una concavidad cuanto menos parecida.

Te quedaste dormido como hacen los bebés, muy cerca de mí, otra vez acariciando el calor y acomodando tu escayola en un arco perfecto entre mi pecho y mis caderas, mullido en mi cintura. Y así despertamos. Tu barba, demasiado larga ya, arañando mi mejilla y tu aliento alcoholizado pegado a mi espalda. Hablamos durante largo rato aquella mañana de primero de año; divagamos sobre algo que a mí me preocupó y no supe discurrir en ello tornándolo en algo superfluo y banal (como me arrepiento ahora de eso)… tu flirteo con sustancias alucinógenas, el abuso del lenguaje inexistente, el vicio de esa soledad que te empuja al precipicio. Quise advertirte o lo hice, pero a mi manera, sin que tú llegases a entenderme del todo. Me ofrecí, sin reservas, sin límites o contemplaciones, me ofrecí de manera descarnada, y tú –precisamente- la confundiste con el lado más interesado y libidinoso. 


Te veo ahora dormido, luchando con fantasmas del más allá y tus propios monstruos. Te toco pero tu piel se ha vuelto áspera y dura, apenas creo que puedas sentirme. Te hablo pero no puedo soltarme la lengua porque tu hermano está a mi lado, tampoco sé si puedes oírme y ni te imaginas cómo me gustaría que lo hicieras. Ahora, dos meses más tarde, sé que lo hiciste, mi voz llegó allí, tan lejos donde estuviste, y tu fuerza te trajo de nuevo con nosotros.


Tal vez debería seguir escribiendo la historia, sólo tendría que dejar que nuevos capítulos aconteciesen, pero no estoy segura de querer asomarme de nuevo al abismo.



jueves, 24 de enero de 2013

El fenómeno del éxtasis ( II )






Hay algo que interrumpe la melancolía de la gayola y la dureza de los barrotes; en los telones mustios destaca una colección surrealista, pinturas impresionistas, mensajes codificados en rancias frases de autoayuda con ciertas pinceladas de Ferenczi y Freud. Pero realmente lo que a mí me mantiene fascinada es la actitud de algunas estatuas –sin precedentes-, las contracciones, su éxtasis erótico.

[Mi perverso y excéntrico Dalí]


No dura demasiado el embelesamiento, cuando recuerdo el póster en la Oficina de Orientación Laboral. No, por favor, no hagas que me conoces, no me hables de lo maravillosa que soy, de mi inteligencia, mi capacidad de absorción o mis oportunidades mal aprovechadas por la falta de cordura y la huella del inexistente raciocinio. No quiero ser un número más en una estadística interminable. Está bien, pondremos de nuevo en marcha el mecanismo de la máquina recientemente engrasada, despedazar los fenómenos del ánimo y diseccionar el resto, las partículas excedidas. De modo que tu conflicto psíquico puede quedar resuelto en tan sólo una sesión. 
  

Qué hay de tu trabajo ¿te sientes realizada? Qué cojones es eso “realizada” qué significa sentirse realizada ¿no ser una inútil?. Por qué, entonces, las señoras y señoritas que limpian el baño de casa, hacen la comida y planchan la ropa de sus esposos y mocosos no se sienten realizadas, con lo útil que es eso, sobre todo para ellos. Ahora que recuerdo, tenía yo una ex-compañera de trabajo en la capital que se sentía muy realizada poniendo una aceituna en cada bandeja del catering de Iberia, pero me dejaba a mí la tarea de clasificar archivos de otros años porque el trabajo no la satisfacía. Qué habrá sido de esa hipocondríaca… Por cierto, cómo detesto que la gente escriba sobre todo junto (sobretodo) ¿acaso no saben que un sobretodo es una prenda de vestir?


Y tu trabajo… ah sí, mi trabajo se puede decir que no es un trabajo, bueno, quiero decir existe una tarea remunerada sí, pero como es placer pues injustamente no lo denomino trabajo. Adoro a los críos, los besos acunados por las tardes, los ojos brillantes después de haber entendido mi explicación. No se imaginan que en realidad son ellos los que me están ayudando y enseñando a mí. Ayer, sin ir más lejos, me enseñaron a bailar salsa. El mensaje la tarde anterior, que me echaban de menos, querían tenerme allí, buf, me llegó al alma. Adoro esa casa, las luces naranjas de la lamparita pequeña, la butaca secuestrada por Aras, por cierto ya somos muy amigas. Adoro el mar tras la pantalla del ordenador, doblar la ropa para ahorrarles trabajo o encender la estufa para calentarles la casa cuando él está a punto de llegar del trabajo.


Nunca me hablas de él… lo sé, él es mi jefe. Pero es de esas personas que siempre, siempre, han estado ahí, formando parte de tu vida de alguna u otra manera. Y sin embargo jamás le prestaste atención. Verás, recuerdo algunas veces cuando llegaba a casa, acompañando a mi hermano mayor, y mi madre me hablaba de lo apañao que era, de la suerte que tendría la afortunada mujer que lo desposara. Pero entonces eran otros los grillos que brincaban en mi cabeza. Nuestras conversaciones cada vez son más intensas, más intimas, y prolongamos las tardes de trabajo hasta el fin de semana. En realidad lo mío siempre fue escuchar a la gente. Me habla de los problemas de pareja, como se desmorona lo insostenible y además de la pelea diaria con la rutina, una lucha interna contra sus propios demonios. Me preguntó si yo creía en el destino, y le contesté que sí, pero que a veces me olvidaba de que existía. Me dijo que a él le pasaba un poco igual, pero que desde que yo llegué he completado algo que le faltaba, algo que había olvidado y que gracias por todas las sonrisas antes de irse a la cama. Pero tú no estás cómoda. No es eso, es que yo en las distancias cortas me quedo bloqueada. Cuando me dice que le gustaría conocer a alguien como yo, alguien que valora todo lo que él hace mientras me aparta el pelo de la cara, no se qué decir. Cuando me dice lo dulce que soy y que le encanta encontrarme con mi libro en el sillón cuando llega a casa, no se cómo reaccionar. Qué hago, cuando me dice que le encanta como soy 7 que nunca intentaría cambiar nada de mí. A veces tengo la impresión de estar jugando a las casitas, igual que cuando era pequeña. Pero ahora con una casa de verdad, un hombre real y unos niños que no son míos.


Tu estado anímico es una alarma y tienes que aprender a descifrar y clasificar sus llamadas. Oh sí, ya lo creo. La otra noche, estaba yo contestando un sms a mi jefe, ya en la cama, claro; cuando me llamó el oscurito del alma. ¡Menuda sorpresa! aún no se bien qué ocurrió, yo estaba un poco aturdida y desbocada por los dos vinos que me había tomado y él estaba como… acelerado. Esos vinos pendientes, sin embargo tan incompatibles con mi puta locura. No podíamos dejar de reír y hablábamos y hablábamos hasta que ambos agotamos el saldo. La noche era perfecta, allí nevaba y aquí llovía, viento, oscuridad alienada a las inclemencias del tiempo, nuestro escenario favorito, además del arco de la M30 o las máquinas veloces bajo tierra. Había algo extraño, era como si todo y nada hubiese cambiado a la vez, como si su lengua aún abrazase mi clítoris y mis piernas rodearan su cuerpo. Su voz traviesa, la suavidad de los labios acariciando el cilindro del porro -sí, te oí fumar- mientras divagamos de locuras compartidas y comportamientos excéntricos. "Qué pasa contigo" me dice. Joder, ni siquiera yo misma lo sé. Pero le hablé de él, de la relación de ida/venida, que es diferente y que me encanta. Menos mal que consumimos la tarjeta de prepago, pues ya estaban nuestras nalgas en alza dispuestas a ser azotadas y sodomizadas.


Háblame de todos los intentos por integrarte, de tu manía antisocial. Digamos que estoy en P.A. (progresando adecuadamente). Tengo un par de conocidas con las que intercambio más de cuatro frases seguidas, en el cole, mientras espero que los niños salgan del comedor. Pero ya sabes, todo en plan maruja y cotilleo sobre rollos maritales. Ahh!! también me he unido al grupo de mi cuñada para jugar todos los jueves a los bolos. Lo cual es algo contraproducente, es que Nick también está en el mismo grupo, y bueno… he cometido tantas estupideces. Creo que la última vez hablaste con él y todo quedó muy claro. Sí, eso fue antes de dejarle que metiese su lengua hasta mi campanilla. Verás, es que el sábado salí con mi hermano y mi cuñada, y al final nos juntamos todos con el grupo de la bolera y otros acoplados más. A Nick le encanta bailar pegadito a mi trasero, y a mí me vuelve loca una mano en mi cintura. Dejé que me besara y que me mordiese el cuello. Pero es que no fue el único que me besó… Pero estás completamente desatada! Joder,  pero es que el segundo fue un poco error. Verás, yo estaba en la cola esperando entrar al baño –unisex, puajggg- cuando se abre la puerta y sale Pol. Sin mediar palabra tiró de mi brazo haciéndome entrar en el aseo y cerrando la puerta tras de mí me empujó contra los azulejos y me morreó durante un buen rato. ¿Así sin más? algo le dirías. No, yo no, fue él quien me dijo a mí “te lo debía, te lo has ganado”.

Estoy algo descentrada, lo sé. Sólo pienso en esta sesión dominada por el papel que han jugado los hombres en mi vida. Mis únicas dos parejas fueron unos hijos de puta conmigo, el tercer intento de relación me hizo la putada de morirse antes de tiempo, y el cuarto… es demasiado bueno para ser verdad, demasiado bueno para mí, ya no le pertenezco. El otro día leía un post que hablaba de un hombre que después de un polvo, le pedía a la chica que le dejase solo. Y yo pensé en voz alta -muy sorprendida- que si era cierto que existían hombres que se quedaran, porque entonces creo que yo he tenido muy mala suerte con los hombres de mi vida, pues ninguno se quedó. Lo cual me hizo pensar en que tal vez debería hacerme lesbiana, porque ahora que lo recuerdo nadie me ha comido el coño como lo hizo una mujer. Disculpa la ordinariez, ya llevo mucho tiempo hablando.

Pero no puedo, me gustan los hombres, sobre todo ese chico hardcore que bebe cerveza pero le encanta el vino caro. Me tiene desconcertada… tiene una mezcla rara de thrash y Crepúsculo, oye, un chico intrigante que ha estimulado mi memoria musical. Ays espero que éste no borre a Irene de su nube de conceptos.


Eres consciente de que tienes un problema ¿verdad? Oh, ya lo creo, uno sólo no, muchos. Pero mientras las musas de Dalí sean las que delimitan la realidad de la ficción yo viviré tranquila. Y ahora espera, que voy a cortarme un rato las venas y vuelvo enseguida.



Anthrax - Antisocial

miércoles, 2 de enero de 2013

La última cena del Titanic es el primer polvo del año





Noche de estrenar, inaugurando año, aceitunas flotando en las burbujas del champán que rebosó en la copa, derramándose el tinte en las manos del papel de regalo, revienta el cristal de mellas vacías. Un castillito de fuego iluminando las sosegadas e impenetrables aguas del mar, mientras ella sazona el azul de la tarjeta y desdibuja el centro de la flor aparentando el puntito de la i, mientras en la colina los privilegiados comensales disfrutan del último festín: entre el salmón con salsa muselina y el pichón asado con berros no se hundiría el barco, pero él haría tambalear el nacimiento del mismísimo océano, innovando malabarismos con la bandeja en sus manos. Veinte grados de temperatura no fue ninguna quimera, ni la purpurina tornasol secándose en los labios deformando bocas en monstruosidad, ni el Gucci apagando el Shiseido impregnado en la sensible piel de las clementinas. Igualmente no existía alucinación alguna en las plumas inertes que flotaron en el aire cuando relegó el número par y mimó el impar que cargaba una trampa de advertencias, un diablo hurgando en la inmaculada desaborida, atea, hambrienta de fuego, tejedora de mentiras podridas. Y se abrió paso entre el tumulto de carne huérfana, cabellos relucientes brillando entre los destellos de un vestido tallado en gemas espectaculares, sorteando la desgracia del pie equivocado y las manos que van al vicio. Destilaba el vodka en el fondo del vaso, con mucha camaradería  haciendo las pompas de limón cosquillas en la garganta. Y extasiaba el licor, la música, la risa, la suave maría, los sabores incrustados entre desconocidos que por una noche se frecuentan vestidos con trajes prestados, que se tocan contagiados por un embriago de dulce espera, un esperanzador aliento y una tregua sólo por una noche, esa noche que te hace estar vivo un momento. Protegida en el círculo no concibe la presencia del uniformado sin galones, un festivo decorado en sus hombros le devuelve el brillo a los ojos. Danza su cuerpo en un vaivén dulce y prolongado, él se acerca y la envuelve desde atrás. Se va pegando. Lo va notando. El tamaño de su polla se amolda perfectamente al hueco de sus nalgas, comienza, entonces, el ritual de cortejo recorriendo el cuello con los labios. Se apartan de la cortina de humo, de la tarima y el dj delirando bajo cientos de bombillas de colores. Se deshacen en la oscuridad evocando al jazmín del verano, al aire libre, entre azucenas, eucaliptos, madera y manzanos. Desafiando el tapete de la mesa del billar, fluyendo carne y fluido, lengua, orgasmos y humedad. La primera noche del año, fingiendo que no son, follando dos desconocidos con alevosía y nocturnidad, ya están condenados.


Crystal Castles feat. Robert Smith - Not in love

jueves, 20 de diciembre de 2012

Engranajes






Ringggggg suena el teléfono –contando los primeros acordes el tono no pasa de these matters of security- a las cuatro y veinte de la madrugada, vibra la almohada pero afortunadamente el circuito nervioso permanece inalterado. Un hilillo de voz tenue, un hombre casi moribundo, habla al otro lado.


-¿Eres feliz?
-pues…no, claro que no
-¿por qué las buenas personas no pueden ser felices?
-tú eres una buena persona, deberías ser feliz
-tú también lo eres, eres buena tía, he visto tu sonrisa incondicional, tu…
-¿me hablas de absolutismo? sonrío cuando los críos han recogido su ropa o me besan después de explicarles un ejercicio. Es… no se, una recompensa. Después me hundo en mi propia mierda, y te aseguro que el hedor no me deja ni siquiera dormir
-vaya, no conocía tu faceta escatológica. ¡Si tienes cara de caramelo dulce!
-sí, claro, pero los caramelos también se pudren, y echan peste. ¿Sabes qué pienso? deberías ser un hijo de puta, seguro que las cosas te irían mejor
-¿soy buena persona? es que creo que sí lo soy, merezco, al menos, que se valore lo que hago
-joder, sí, lo eres, es lo que te he dicho antes, al principio. Nunca va a valorar nada, y sabes por qué, porque es una acostumbrada. Se acomodó en ese sillón de piel blanca a repartir hachís y colocarse con el humo del incienso. Luego, tú estás ahí para el resto, y el resto ya sabemos que es TODO
-tía, no entiendo por qué te pusieron los cuernos; eres simpática, tienes luces y encima eres follable
-uhm, sería por el olor, me cambiaron por una vaquita que olía a leche caliente
- …



Hablar de felicidad en estos tiempos casi me parece una frivolidad, y pensándolo durante un rato, tirando del hilo de la memoria, me he dado cuenta de que nunca he conocido a nadie que sea feliz. Ni siquiera el más bendito de los ignorantes, porque hasta el niño inocente de cinco años llora, patalea, y hasta destroza las demás rodillas cuando le quitan el juguete que tiene entre las manos.

He vuelto a rescatar a Punset, porque recordé la teoría de que se es feliz mientras tenemos en mente el objetivo, mientras manejamos los medios para alcanzar el fin y vamos dando forma a las conjeturas. Cuando consigues el objetivo, dicen, que no queda nada. Recuerdo cuando se casó una de mis mejores amigas; le llevó un año preparar la boda. Todos los días la veía sonreír mientras cuidaba de todos esos estúpidos y típicos detalles. El día de su boda me dijo que era el día más triste de su vida, y se esfumó en la velocidad de un rayo. Después vino lo del niño, planear aumentar la familia, después el bautizo, una fiesta de cumpleaños, etc. ¿Seríamos felices sin propósitos, sin fijarnos metas?
Yo creo que sí, que queda disfrutar de lo conseguido. Pero…


Pd. joder, quién coño vive en Suecia



The Rosebuds - Life like

jueves, 29 de noviembre de 2012

"... morirán sin emitir sonido"







No hay agonía en el amargo que emponzoña mi lengua cuando sola miro hacia la pared, toda la noche, nadie me consuela o me presta un poco de calor y los garabatos comienzan a perder su significado. No llega a ser anhelo porque aún es un sentimiento desconocido, es una huella que debo distinguir, que debo conocer. Pero me dijeron que vivía en un sueño, que sola debía peregrinar, palpar, y las orillas del abismo recorrer. Y no me hallo en esta desnuda muralla, a kilómetros de distancia de. porque he perdido el tiempo, y no, no se en qué.

Me volvió la sordera cuando no escuché a nadie tocar; cuando me asomé a la puerta la sombra peinaba sus cabellos enmarañados y lamía su lomo en la oscuridad. No podía creer, mi razón no podía admitir que lastimase sus estrías con el único propósito de albergar la palabra, la emoción, de sentir. Y aunque jamás hubieses paseado tu hipocondría entre estos barrotes de tristeza, con mi ceguera inmunda tenía que dejarte ir. Y quizás esté mintiendo, pues fuiste tú el que no supo retenerme, así que no disfraces tu imagen de derrota, no vuelques tus desganas en mí.

No sólo me perdí en el tiempo, en la quimera que fue pintando el corazón de añoranza y  menudencia, también enjugaba la enredadera de mi mente, saldando allí las cuentas pendientes, vistiendo de encajes el sueño que soñé que estaba soñando. Todo tenía que ser así, sin importar cómo te sientes, sin luces en los ojos o hielo en las estrellas.

Qué máscara me encubre, si todos pueden ver la fealdad que hay en mí. Huyen cuando más me acerco, un acuario de vacío, exceso de borrones desfigurando la viga de luz y en un laberinto de lunas hasta llorar les puedo oír. Y yo sólo me pregunto qué deformidad me engendra, por qué nadie se quiere acercar a mí.


Puedo ver el final,
pero no ha sucedido todavía





jueves, 22 de noviembre de 2012

Noviembre expira; amo tus latidos, mi ciudad







Y mientras lees hojas de té
yo estaré haciendo las maletas
ahogaré en ella la noche pimienta
hasta beberte,
hasta conocerte,
hasta amarte

sabrás, entonces, que tú serás mi ciudad
que no es amargo o dulce
el vino que nos bebemos
que no es frío y oscuro
el tiempo en el que nos perdemos
y el negro velo de luz sólo es necesidad.


Y mientras el mundo duerme
yo te enseñaré a contar estrellas
nos emborracharemos de sueño
hasta verlas bailar
hasta el silencio
hasta que nuestra parábola las haga brillar

sabré, entonces, que efímero es noviembre
que amar es construirte un altar
el templo, la bestia, el púrpura
que estoy aquí esta noche
el mundo duerme y gira, gira
mientras yo vivo en ti, mi ciudad.




martes, 6 de noviembre de 2012

Hormigas en la mortaja






Vengo de un entierro. Doblaban las campanas pero sólo he alcanzado escuchar la pena de los abuelos, nietos e hijos desgarrando la madera del ataúd y el mármol del nicho. La casa se llenó de viejas cotorras que murmullaban las vergüenzas del difunto, me besaban insistiendo en la dulzura de mi cara, en mi extrema delgadez. Y yo les contestaba con el estruendo ruido de mis tripas, con mis ojos secos de lágrimas y llenos de hiel. Las cucarachas son serpientes envenenadas, víboras implorando clavos y un martillo para sepultar el cadáver en los confines. Toda la noche murmullando adelantando el Rosario, única función de una farándula caduca y casposa, corrompiendo el signo tradicional. La casa llena y la calle mojada, me revuelve el hedor a mortaja, el vaho a café quemado, leche agria y orín en el ropaje de viejas. La madrugada avanza como la densidad de la tormenta que se desata volando macetas, cortinas y colillas aplastadas en las ventanas. Amanece y el despojo de huesos añejo y blanco encarroña el encaje delicado rodeando el féretro. Me despido, ahí se va un hombre que fue bueno mientras las cacatúas plañideras punzan la carne pútrida con sus alfileres.

Doblan las campanas, resbala la tierra mojada, trina un pájaro desde el pinar mientras se desbaratan las coronas de flores que sepultan al hombre bueno que se va.


Virgin Black - Requiem, Kyrie


jueves, 25 de octubre de 2012

Seulement la nuit






Me gusta la noche porque el ciclo se detiene por un momento. Me deslizo en la madrugada acallando el posible ruido que no va conmigo y a partir de ese momento cualquier locura tiene cabida, cualquier oportunidad es infinitamente mejor que la certeza de no hallar descubrimientos cuando el oscuro es el único color disponible.
Me gusta la noche cuando ato las zapatillas que me conducen a la orilla, a los metros de piedras gastadas por pies despreocupados supurando relax  -vacaciones- después asfalto y más tarde arena o barro. Sólo la luna, el aire y el resto de partículas que transforman la noche indivisible en una carencia menos nula. Sientes que el aire es distinto, y el perfume de la biosfera va contagiando tu carne, tu risa y tu pelo. Aceleras los pasos largos y el espejo plateado aísla tu sombra en las hojas del castaño.
También me gusta la noche cuando te espero en mi cama a duermevela, cuando llegas sigiloso, apartas la manta y te acurrucas en mi espalda usurpando mi calor. Me doy la vuelta y hundo mi cara en tu pecho mientras mi mano acaricia tu nuca. Hilamos un ovillo que nos protege del exterior, y nuestro sudor se convierte en la única gota de existencia.
También me gusta la noche cuando la absenta seduce y endulza mis poros, cuando silencio desborda la habitación y pestañea el ruido del ventilador. No hay página en blanco aunque lo creas, pasividad es ventura, médula, inmunidad. Sólo yo y mis apetencias son la exclusividad.
Me gusta la noche cuando dejo de crecer {soñando}, cuando retrocedo y el canto del grillo tatúa el esparcimiento en el kindergarten. Un arcoíris cabe en el lapicero y en una tartera rebosa la simpleza y la naturalidad. Pierdo, sin consternarme, mi pulsera entre las chinas menudas y sin embargo no ser meteoro es el mayor de mis lamentos.
Me gusta la noche en los abriles dormidos, con el pegote de rímel, hielo licuando la garganta, moldeada en negro y el encarnado secándose en los labios. Luces pernoctadas sobre la ciudad, el metro que se escapa, el autobús que no llega. Tu mano en su cintura enterneciendo la despedida, los números de teléfono perforando el papel de la servilleta. Y siempre hay tiempo para una más, otro beso robado, otro disparo de gemidos. Luego nada.
Me gusta, me gusta mucho esta noche que no es mía, que es tuya, de todos y de nadie. Porque se enredan las historias descubiertas, se juega sin apostar, me masturbo con tus palabras, te masturbas con mi tristeza, lunáticos cabalgando en una orgía, y al final todos acaban solos, mientras la noche se desliza. 


Saint Etienne - Tonight


domingo, 21 de octubre de 2012

What could not be

 



 

Volver a la ciudad cuando la estera de maleza aún no ha sido adherida al hormigón del empedrado; y los charcos en el anden -delineado por Moneo- son tristes ilusiones derramadas en la destilación contaminada, reductos de un pútrido dolor subyugados a la nada perpetua, una entelequia discontinua –únicamente- en menos de veinticuatro horas de peligrosa inconsciencia. Un intervalo cósmico y sonoro para un encuentro y una despedida, sin invitación, sin hueco en una cama caliente, sin fiesta de cumpleaños o jabón secándose en la espalda arañada en místicos arrebatos.

Recorrió pasos pretéritos sin haber gastado sus zapatos, sin la incómoda piedra llenando el agujero que ya no conmueve, asfixiando la zozobra en las esquizofrénicas transmisiones bajo tierra y allí se apeó, frente al órgano supremo fiscalizador y jurisdiccional, bajando la calle hasta colisionar con el templo ante el que un día blasfemó apretando los dedos en su mano. Y todo parecía igual, la esquina apropiada por la mesa y las sillas, los periódicos sobre la barra de la taberna, el irlandés alto con mejillas sonrojadas que desconoce la marca de su cerveza, hasta las pintas conservaban aún ese sabor anquilosado. Pero ahora no baja la mirada, busca la de él indagando en ella qué era lo que había cambiado, en caso de que hubiera algo que lo hiciese distinto en ese momento. Cómo había llegado a ese punto de no retorno -que lo llamaba él- de una pieza pero a la vez fragmentándose poco a poco. Mirándose cara a cara después de haber acumulado infiernos parecidos, hablándose sin decirse todavía nada. Él aprovechando los respiros que da la muerte, ella asumiendo los reproches de haber vivido con un psicópata. Y estaba perdida, se perdió en el momento en el que él usó su desgracia como arma arrojadiza. Parecía mentira que después de tanto tiempo le recriminase no haber tenido la valentía de abatirse a su lado, cuando el filo de la navaja apuntaba a su cuello o la bala a su cabeza. Ella también podía reprocharle no haberla rescatado, concentrado en su melancólica soledad, en sus putas cibernéticas y su poesía masoquista, en su inacción. Pero no quiso gastar el tiempo en condenas y críticas, la despedida estaba más cerca que el propio encuentro y ya había comenzado la cuenta atrás.

Ocultos o escondidos, chocando entre la gente mientras se fugan como dos comprometidos infractores, despedazándose, volando otra vez por las mismísimas entrañas de la tierra que los empuja y atrae. Contemplaron desde lejos el parque de atracciones empañado por el vaho del cristal rayado. Y sus manos se juntaron en la frialdad del asidero, se rozaron apresuradas pero con timidez solicitando el tiempo, la oportunidad, que les fue arrebatada. Y el sol ya no quemaba porque había sido relegado, era la lluvia la que los mojaba ofreciéndoles el pretexto que buscaban, encontrar un refugio al cruzar el parque, abreviando los pasos entre baldosas rotas, sucias y malgastadas. Recordó las tinieblas primaverales de antaño, el pequeño descampado, la avenida poblada de árboles y el edificio de ladrillo rojo que se alejaba tras la ventanilla del taxi. Todo permanecía intacto mientras aproximaban sus cuerpos adentrándose en la noche efímera y cerrada.

Allí dentro, también, parecía que nada había cambiado. Tal vez algún elemento decorativo imitando ciertos animalillos, esos infieles, que tanto picor y escozor le causaban a ella. Y allí continuaba la cristalera "su atalaya" (de ellos) exactamente donde la última vez, desde donde asomó su cabeza para contemplar las luces de la ciudad, ahora enmascaradas por una densa cortina de agua. De repente comenzó a sonar la música desde la peana de aluminio, ese tío otra vez…dos copas de vino, un cigarrillo compartido consumiéndose en el borde del cenicero, un puf que se hunde al peso de un cuerpo que deja de temblar cuando se despoja del miedo y el vestido empapado. Esa mirada otra vez…y ya no se resiste, ya no cierra las piernas deshaciéndose, así, del tabú y el falso mito. Ya no apaga la luz para ocultar la vergüenza de sus pechos tristes, corrompidos por la lasitud de los acontecimientos. Dejó que la invadiera llegando donde nadie antes había llegado, le amó tanto como él a ella, aunque fuese esa la mejor de sus mentiras. Pues no había literalidad en las palabras y el acto, no había disimulos, cobardía o desconfianza en la entrega.

Se quedó obviando la cuenta atrás, se despertó en plena despedida mirando el cuerpo inerte y blanco a su lado, ese poeta que ya no conocía y al que nunca llegó a pertenecer. El móvil no dejó de vibrar encima de la mesa, otra señal más de su enajenación, otro motivo más para saberse prohibidos. Cuentan que él es feliz, que ahora se mueve entre luces alejándose de las sombras que tanto le pesaban. Mientras ella baja en el ascensor, se van desvaneciendo sus huellas entre los cadáveres flotando en la piscina muerta. Cruza la verja y mete su ficción en el asiento trasero de un taxi. Ese italiano otra vez…aunque puede que todo se resuma a esa catarsis creativa que le hacía decir gilipolleces.


Attack Attack! - Stick stickly

 

viernes, 5 de octubre de 2012

Todos hablan de aquello que nadie conoce






Las colinas esconden ese ojo azul donde empieza a caer la luna, donde nadie conoce nada o siquiera sabe lo que hay. Nada parece improvisado y todo parece espontáneo, hasta el guiño de los astros patinando sobre el parabrisas o la radio del coche. Los caminos sin asfaltar contrastan con la hilera de chales ultrapijos, lo último en la frialdad de la argamasa; innovación y diseño. La casa de color marino está al final de una calle maestra, existen flancos de botellas naranjas de gas butano a su alrededor, un averno enmascarado por las sombras de pino de día, por la frondosidad de los gigantes de noche. Y tras la cancela un sendero que se pierde, uno que ella ahora apenas recuerda.

Se abre la puerta de la casa azul y aparece un universo matizado por la brocha de un loco impresionista. Hay inciensos y coco evaporándose en el ambiente, una preciosa diablilla va a saludarlos enroscando el rabo sobre su grupa. Hay un infinito entre sus cabezas y la telaraña de coloraciones, luces, muchas luces intermitentes que titilan azules, rosas, verdes o morados. Hay diez, quince o veinte personas alrededor de la piscina de agua caliente, pero a ella ya no le sorprende ver esos cuerpos desnudos tocándose, sin embargo sí le resulta apetecible el rojizo de sus pieles, vulnerables a lo inflamado. Hay un mago exhibiendo un memorizado truco de magia, desaparecen los amorosos silvestres bajo la gasa negra entre sus manos y los espectadores ríen a boca llena, desencajando la mandíbula. Se alzan telones de tul licenciosos, por zonas se mezclan los cortinajes con divertidas listas de serpentinas y lentejuelas brillantes. Cerca del precipicio, bordeando el acantilado, se encuentra el estanque con peces de formas geométricas y cabezas grandes, los perturbados los alimentan con palomitas de maíz dulce y comida de gato. Junto al sauce se encuentran los toboganes acolchados cruzados por circunferencias flameadas, por ellos se deslizan los cuerpos exculpados e inofensivos, regocijándose –amenos- en lo que aún no está corrompido. Al subir los peldaños -invadidos en fantasía- accedes al Jardín de las Delicias, cualquier locura es factible, cualquier absurdo es aceptable. Hasta el surtido de sushi entre los muslos de la bella Nath, y un rastro de saliva entre su ombligo y los pezones.

Las serpientes avanzan sobre la cúpula irisada, van trepando sigilosas, seduciendo con sus lenguas al abismo receptivo al delirio. Ella sigue danzando entre manos desconocidas, caricias que van y vienen, miembros exaltados y labios que buscan más saliva. Y todo se aúna confuso: Francia, Alemania, Irlanda, Italia, ¿Colombia?, Argentina…alquimista y opuesto, todo lo que necesitaba y quería saber. Justo en el centro, entre cielos, campos, grullas y mares está el hombre tatuado de ojos oscuros. Ella encontró la cola del dragón y sus perniciosas garras escapando de las mangas de su camisa. El desconocido de la oficina de correos se acercó a ella y empujó con sus dedos la lengua de la chica inquieta, reía echando la cabeza hacia atrás, demente adorable. Ella diluyéndose en la atmósfera, desbordada, ondulando su cuerpo al vibrar todos los huesos. Órbitas centelleantes, papeles esmaltados volando en el aire, humo dibujando su melancolía en el cielo, comprimidos de colores y gusanos de nieve. Se volatilizaba en el centro, difuminaba la memoria y el paisaje, lento, muy lento. Sólo recordó a Usher y que la luz de las estrellas era magenta, como el lazo en su pelo. Nunca nadie supo más de ella.

Siempre que la luna se esconde el sol se alza y comienza un nuevo día. Ella despertó en una cama extraña de una casa deshabitada, replegada entre abalorios resplandecientes y botellas vacías. Se apartó el pelo de la cara y se llevó la mano a la negrura de su boca, al sudor de su barbilla. Sus ojos temblaron al buscar, sin éxito, un cuerpo caliente al otro lado de la cama. Sólo halló un arroyo de sangre en los frunces de las sábanas.




jueves, 13 de septiembre de 2012

Ahora que te has ido






Entras de nuevo en mi vida y desde tu superioridad olisqueas mi entorno con las ínfulas del que lo tuvo todo, todo lo que quiso, y después hizo lo propio para dejarlo desaparecer, si es que se puede decir así, por llamarlo de alguna manera. Te hace gracia mi nueva seguridad, que haya aprendido inglés y que ya no tartamudee cuando me pasas los dedos por la nuca. Te choca que ahora me relacione con la gente, que use vestidos, pendientes y zapatos de tacón. Me has dicho que me ves “chula” incluso prepotente; serás hijo de puta. Creíste que la muñeca de trapo siempre tendría un lugar en tu estantería de coleccionista psicópata, así te llama mi amigo, ese que tu llamaste mi amante, sólo porque me lamió durante dos horas el coño sin llegar a perder la virginidad. Bueno, en aquel entonces tú hacías lo propio con aquella valenciana adoptada del este, pero eso no importa. Yo siempre fui la torpe, esa no demasiado atractiva que nunca le acababa de crecer el pelo, la de pechos pequeños y corta mente. Para entonces no podía aspirar a más, mi adorado informático, poeta y escritor, filólogo y periodista. Te sorprende que discuta con el camarero que me tira el vino sobre la falda, te quedas boquiabierto cuando el chico de ojos verdes, justo detrás de mí, se acerca y me invita a cenar a su casa. Y te prometo que no se qué es lo que no soportas; que se haya fijado alguien en mí o que aceptase su invitación. Hay muchos cambios, probablemente yo sea la primera en haber cambiado lo que había dentro de mí, pero el vacío sigue existiendo. Hay tantas heridas que se niegan a drenar, tanto tuyo enquistado en mí, que ni siquiera soy capaz de pestañear y no ver que has hecho conmigo.

Sin embargo, aunque no hay justificación para lo malo, siento que no he sido del todo justa contigo. Durante mucho tiempo sólo recordé las sombras y contusiones, el desprecio, la ira chocando contra la pared, y me olvidé de las sorpresas, las cajas llenas de ti y de mí, el álbum, las ciudades y todos los colores. No recordé que me dejaste que me acercase a ti, aún exponiéndome(nos) al resto del mundo. Decías que era la chica de los imposibles, la que perseguía con tesón las cosas que quería cambiar, aunque perdiese mil veces mi paciencia a la hora de contar. Pero nunca me dejaste decirte que nunca te quise cambiar a ti. Ya no soy egoísta, tampoco conformista, sé que nos volveremos a ver, en la ciudad probablemente, y no en una sala fría de madera y mármol.


¿Te acuerdas de la última frase en la parada de autobús? me dijiste “quién te va a querer a ti”. Ahora sé que tú me has querido, tanto que te dolió, tanto que acabaste matándome.



Love of Lesbian - La parábola del tonto

jueves, 6 de septiembre de 2012

Kerosene a.m







En la madrugada recordaba las palabras que un amigo me dijo por teléfono, pareciendo vaticinar una nueva tragedia: “todo el mundo que te rodea muere”. Me encontraba en zapatillas, sólo vestía una vieja camiseta de mi ex que uso para dormir en verano, con los ojos aún entornados por el azote de un crujido en mitad de la noche, lo que a mí me pareció el chasquido de alguna explosión. La impresión y el mal presagio acelerando mi corazón, el pelo alborotado y medio brazo dormido. Contemplaba los trágicos acontecimientos ante mí como una película gore a cámara lenta. La puta niebla tenía que estar presente, y ese olor a humo y ácido, metal carbonizado.

Me desperté a las cuatro de la mañana sobresaltada por un inmenso estruendo y el siseo del valor agotado de mi madre. Miré la alarma sin encender la luz y corrí hacia el pasillo abriendo todas las puertas, presa del pánico; una habitación sola, otra habitación y dos camas vacías. Miraba a mi madre con las manos presionando su pecho en mitad del salón, reluciendo en la oscuridad su camisón blanco. No encendía las luces, como si con eso pudiese evitar que sucediera lo que a las dos más nos aterroriza; que suene el teléfono en esas horas tan poco usuales. Murmullos que empiezan a ser pequeños aullidos empapados en horror e incertidumbre, pasos corriendo en la planta de arriba, en el piso de al lado, en las terrazas abiertas de par en par. Y en el silencio de la noche cerrada unos gritos de socorro. Nos apresuramos hacia la terraza y el cuadro que hallamos no podía ser más atroz. Un coche, sin forma definida, empotrado en un muro de contención, otro coche siniestrado junto al estrellado y un reguero de sangre alrededor. Las voces de la chica que pedía auxilio formaron un eco atronador y espeluznante. 4.11 y el teléfono suena. Un escalofrío me recorre desde la punta de los pies hacia la largura de la columna vertebral. No me quedé para saber quién era, no era capaz de escuchar otra vez el titubeo de un agente de tráfico requiriendo nuestra presencia para reconocer el cadáver de un familiar que espera, ajeno, en la encimera de la sala de autopsias. Y fui muy egoísta y cruel, porque sólo pensé en mi angustia y mis sospechas. Salí corriendo a la calle dejando atrás las suplicas de mi madre, rogándome que me quedara allí, que fuera yo la que atendiera el teléfono. Ante el miedo no se reaccionar, tan sólo siento el impulso de salir huyendo.

Cuando llegué al lugar del accidente al menos media docena de vecinos habían salido de sus casas con lo puesto, casi desnudos, para prestar ayuda a los heridos. Se agolparon en mi cabeza unas imágenes aún frescas; vi morir a un chico de apenas treinta años aplastado por una tonelada de lácteos mientras los descargaba de su propio camión hacía poco tiempo. Deseé no haber visto nunca aquella cabeza abierta con los sesos desparramados, deseé con todas mis fuerzas no haber visto morir a una persona delante de mis propios ojos, sin poder hacer nada. Y aquella horrible película apuntaba a que el desenlace se repetiría.

El hombre de mediana edad con el torso desnudo que había a mi lado me gritaba sin parar, pero era como si yo sólo pudiese ver, como si unos tapones de gomaespuma hubiesen sido engullidos por mis oídos perforándolos. El hombre señalaba mis pies, sin darme cuenta había metido mis zapatillas en la piscina de sangre que tiñó las baldosas que antes eran blancas y grisáceas. El olor a metal y coagulo cada vez resultaba más repugnante, pero no fue eso lo que me hizo vomitar. Me acerqué hasta el coche para ver cuánta gente había, para preguntar si todos estaban bien. No podía creer lo que estaba viendo, un ojo aplastado contra el cristal, una pierna amputada, rostros irreconocibles cubiertos de masa encefálica, o eso creía yo. Dos hombres tiraban del brazo de una chica atrapada en el asiento del conductor. En ese momento mi impulso fue gritarles que no hicieran algo así, pues al tirar del brazo de la chica no se habían dado cuenta y le estaban arrancando la carne de cuajo, dejando parte del hueso al descubierto. Al instante empezaron a escucharse las primeras sirenas de ambulancia y policía. Para entonces conté al menos cuatro personas dentro del vehículo, aunque al final resultaron ser seis. Uno de ellos estaba fundido en los amasijos de un coche que a mí me pareció demasiado pequeño para tanto ocupante, hizo falta que vinieran los bomberos, que terminaron su trabajo cuando empezó a salir el sol.

Por un momento mi calle se convirtió en el escenario de un film improvisado, y para mí fue más que suficiente por una noche y un día. Son esos momentos en los que reaccionas sin saber cómo, no te paras a pensar lo que está bien o está mal, no hay opción para dudar, sólo para actuar. Y cuando todo acaba lo único que piensas es en lo efímera que es la oportunidad de ser feliz y dejar vivir a los demás.




We fell to earth - The double

domingo, 17 de junio de 2012

La noche nos confunde








Un irlandés le dice a una inglesa:


 “…I met her yesterday and she really liked, but she didn´t want to give me the phone number”




la inglesa le dice a un italiano:


“él confundido, ella loca y no gusta tu amigo. Mi amigo gusta tu amiga,  y ella perdió su teléfono. Fuck her!”




el italiano le dice a una española:


“ Cazzo! la ragazza loca enamorada de mi amico. Amico gusta tu amiga, él follar por teléfono con amiga”.




la española a otra española:


“tía, que el irlandés quiere follar contigo”




… y yo sin enterarme de nada. 




viernes, 15 de junio de 2012

Génesis






se alzará como lo único verdadero que jamás existió
será nuestro engendro, sólo nosotros lo podemos concebir y penetrar
atravesaremos los aislamientos admirando la explosión concluyente
y nos consagraremos, porque sólo nuestra materia, solo ella
sería capaz de salvar la destrucción final
aunque sea la fusión de nuestra propia naturaleza el origen.
Génesis y consumación.




Fall of envy - Smoking gun

martes, 12 de junio de 2012

El lado oscuro de las cosas







Me dices que mis paranoias son tan absurdas que debería visitar a ese psicólogo con el que el chico decadente suele desahogarse. Y yo te respondo que no deliro con conejitos inoportunos e indiscretos, que si hubiese alguna patología en el proceso de mi desarrollo afectivo sería, de cualquier modo, mi problema. En ese caso ¿dónde está el problema?, que siendo mis alucinaciones tan ilógicas e irracionales se puede vivir perfectamente con ellas, pues no creo que alteren pensamientos ajenos. Adáptate tú, jodido chiflado, que se adapten los demás, dejadme a mí con mis fantasías, con mi cordura o mi incongruencia. Pero insistes, te gusta diseccionarme como a una rata de laboratorio, porque en el fondo tienes esa vocación frustrada que nunca llegaste a desempeñar. También pasa que quieres estar por encima de todo; y es que te hiciste Poeta en lugar de estudiar psicología, te prometo que jamás entendí el motivo. “Hay que dominar la naturaleza, los entresijos de las mentes, de ese modo conseguirás subyugar los versos de una composición perfecta” me dices. Vale, quieres jugar, husmear en mi raciocinio porque también pasa que estás fascinado con ese psiquiatra cuya mujer sufre superfecundación heteropaternal. Y ahora estás interpretando ese papel, ahora te sientas en el borde de mi cama de madrugada, me haces preguntas eclipsadas sobre un yo paradójico y a veces me quedo sin respuesta. Bah, tampoco me dejas tiempo para pensar y responder, el trato es contestar de manera automática. Cuando acabas con la batería de interrogantes imponentes y desestimables, redactas en una ficha un perfil inútil y retractable. 










Irene.
31 años.
1,60 de altura.
45 kilos de peso.
Enajenación, alteración de la razón y el afecto. Distorsión de la realidad.
Tratamiento: psicoterapia.


Me llamo Irene y no estoy loca.  Participo en este ejercicio de manera voluntaria, para dejar constancia de mi sano juicio y, también, para dejar en ridículo a mi amigo que cree que sí estoy loca. Me ha pedido que redacte los problemas en los que más suelo pensar, dudas, quiere conocer mis miedos, qué cosas me inquietan y qué es para mí la realidad.

Yo nunca he sido una persona de pensar mucho, siempre me he movido por impulsos y nunca he tenido dudas existenciales. Bueno, tal vez, cuando estudié filosofía pero aquello duró lo que un par de cursos. Tampoco quiero decir que una persona impulsiva no sea también una persona racional o con esa capacidad de cuestionarse dudas metafísicas, pero ese no es mi caso. Las dudas que siempre me han asaltado a mí son más del tipo ¿por qué hay eco en el baño cuando quito las toallas y la cortina de la ducha? ¿por qué hay dos rebanadas de pan de molde en el paquete que nadie nunca se come? ¿hay alguna función más que la de proteger?. Sí, ya sé que la respuesta debería de sobra conocerla, pues hasta los niños de doce años la sabrían responder. Pero ahí están las irresoluciones que a mí me hacen discurrir.

Mis miedos son totalmente comprensibles y habituales; la incomprensión, el rechazo, dolor -no físico- eso que llaman dolor del alma. No hacía falta analizarme para llegar a la conclusión de que el miedo es lo que me conduce a la inseguridad y a la debilidad, pero que esto no se puede tratar como una psicopatía. Luego existen otros miedos que son temores, pequeñas alarmas que me paralizan durante una milésima de segundo. Esto ocurre, por ejemplo, a primeros de junio de cada año. Extrañamente me pica una araña y una asquerosa erupción se espurrea por todo mi cuerpo. Bueno, de ahí deriva otra pregunta de esas en las que no hallo respuesta: ¿por qué me pica justo en esa fecha?. Como si no existiesen las arañas el resto del año. También le tengo respeto (aprensión) a los microondas, y es que cada vez que toco uno sufro una descarga de corriente eléctrica. Al principio pensaba que era la casa, tal vez por lo de la toma de tierra, pero es que me ha ocurrido en todas las casas por las que he pasado. Por lo tanto me mantengo alejada de ellos.

La realidad… es esto, que tú y yo estamos aquí en este instante. Es la existencia de algo. Realidad es que no puedo tener cactus en casa porque se mueren, me los cargo a todos. Realidad es que se acabe el gas de la botella de butano mientras me estoy duchando. Desarmar un reloj con alarma y cuando creo haberlo arreglado me sobran o me faltan piezas. Comerme los helados sobre un plato porque siempre, SIEMPRE, se me cae la bola. No, no lo llames manías, no lo son. No es que sea yo muy maniática, sólo un poco estricta en la higiene de la casa y en la personal. Mis excentricidades son más del tipo apuntar cosas, por ejemplo números de teléfono, en los papeles de los caramelos. Empezar a leer un libro en los capítulos dos y tres, alargar el final durante meses. Estornudar con los ojos cerrados y abrir la boca cuando me pinto los ojos. Buscar mi nombre en una sopa de letras o hacer agujeros todos los años a unos zapatos.




Esto no se puede llamar Trastorno Bipolar, con todos mis respetos a los enfermos mentales y sus familiares.





Repo! The Genetic Opera - Chase the morning

martes, 24 de abril de 2012

Surrealismo impulsivo






Fue nuestra noche de despedida, aunque yo no lo supe hasta la mañana siguiente. Puede que sí lo supiera, y sin embargo quisiera ignorarlo durante unos instantes porque así me sentía menos vacía, porque así sentiría una vez más tus gemidos resbalando por mis dedos. Te conoces las arrugas de mi cama mejor que nadie, por eso te esperaban ansiosas disimuladas por la presión de mi cuerpo y unos desmañados movimientos. Y nos contamos el día, hablamos del trabajo, literatura, impresiones y la familia. Meras trivialidades, pero es ahí precisamente, en las cosas más insustanciales, donde encuentro lo que más me interesa: la persona y su eje.


Me reía y no sabía el motivo, tal vez fuese una risa en voz alta porque tu forma de jugar conmigo me volvía despreocupada y radiante. Nos dábamos las buenas noches y me quedaba callada, conteniendo la respiración para no entorpecer cualquier sonido emulado por tu palabra. Fue ahí donde continuó el juego. Te deshacías en fantasías, me fundía en caricias raudas y perversas, en ideales bruscos o soberbios. Se aceleraban nuestras voces buscando el momento oportuno, deseando desembocar la concupiscencia (te encanta la palabra) ensimismada en un orgasmo tuyo y mío, uno de despedida. Podría escribir sobre ello, esbozar un relato sórdido de última sesión con palabras malsonantes, algo muy sucio pero que, curiosamente, hace enardecer los deseos más oscuros. Pero no me apetece rubricar algo que ya no te pertenece, algo que ahora sólo es mío.


Cuando me he despertado esta mañana he pensado “lo entiendo, cómo no lo voy a entender”. Hay que aflojar, que el surrealismo impulsivo no tiene cabida en un juego que ya dejó de ser divertido.




Eluvium - The motion makes me last

miércoles, 11 de abril de 2012

Luminosidad emergente





Comienza una noche más, mientras espero que el hombre de la sombra larga aparezca fundido en negro y con relativa vanidad, con su pereza, sus manos de artista y su raído, pero estimado, gabán. Permanezco impermeable en el ahuecamiento tramado y solapado a partir de movimientos curvados y bolas de trapo. Es mi pequeño universo de impulsos, desahogo y seguridad. Parpadea la luz dorada de la farola detrás del cristal, los gatos maúllan intentando escalar lo que queda de muralla, y suenan las latas de comida fuera de sus bolsas de basura, amarillo no reciclado, derrapando cuesta abajo.


El teléfono vibra debajo del montículo de algodón, lino o raso. A veces los tejidos se aúnan formando un nuevo elemento, y yo discrepo entre unos y otros. Una voz áspera pero dócil me saluda al otro lado del aparato, percibo algo de astenia -no primaveral, esa que me invade a mí en estos momentos- es más bien un hastío arraigado a su propia naturaleza, un desaliento conformado ante la falta de perspectiva o avecinamiento de un futuro optimizado, privado de compañía. Ademán de cortesía, cruce de banalidades en las que divagamos sin reparar en absoluto en la intensidad de lo florecido, un intercambio de fábulas y pretéritos madurados que confluyen en una apetencia acrecentada. 


Desnúdate. Como en las incipientes sesiones en tiempos pasados, comienzo a deshacerme en capas de ropa y membranas, ansia y entusiasmo. Tócate. Como en aquellas noches en la que la inocencia me abarcaba desmesurada y furtiva, empiezo a explorar los plisados en la piel, ángulos y superficie porosa pletórica de deseo. Mójate para mí, imaginándome. Todas mis cavidades emanan la supuración anhelada en el precepto de tu voz. Todas mis brechas fluyen como ríos sofocados por la osadía de cada movimiento, trascendiendo en profundos manantiales. Hay un mínimo intervalo de tiempo en el que me siento completa, prostituida en todas las aberturas, pero con la convincente determinación de acabar lo que ambos, con tanta lujuria, hemos empezado. Tu dicción se ha vuelto menos tosca y arrogante, ahora es más ligera, más sensible y provocativa. Me acaricia a través de palabras como los dedos trémulos y dinámicos que chocan, palpando uno a uno, los vértices de mi cuerpo. 


Estoy ya en el lance culminante, se contorsionan, revuelcan y arquean todos los músculos y hendiduras del cuerpo. Me contraigo y dilato yo, buscando una válvula entre la mezcolanza magullada de la tela. Te retuerces  y estremeces tú, comprimiendo electricidad y desplazamiento. Y mis ojos convergen en el fulgor del fanal adherido a la tapia blanca de cal, cerca de la ventana. Disienten mis pupilas del ambarino irradiante, porque mi habitación es azul y rosa: intenso añil como los ojos de aquel arquitecto con nombre de todopoderoso griego, delicado encarnado, como la candidez que me asediaba aquellos días. Te apresuras entre gemidos y levantamiento, me deslizo entre suspiros y aceleramientos. Broto contigo, te derramas tú, discurro yo, los fluidos que se van al aire y a la composición de nuestra inadaptable materia. Se apaga tu voz mientras me fijo en los pájaros, flores y mariposas de mi lámpara en el techo.




Shpongle - Divine moments of truth

domingo, 8 de abril de 2012

Nostalgia menguada









¿Por qué no me puedo yo enamorar del hombre perfecto?


Me invita a cenar cuando no pretende más que consolidar una amistad despistada, cargada de infinitos matices frustrantes, vacía o exánime de fantasía. Un nexo velado que nos mantiene taciturnos e insertos en la más insondable de las nostalgias. Aún consternados, porque no nos aprendimos nuestro papel, porque la idiosincrasia fue la daga que amputó lo que aún no había terminado de medrar, pero con la determinación que te ofrece la mejor de las sonrisas y la mente más privilegiada. 


Soy consciente de la envidia que despierto cuando entramos en el restaurante. Tú eres la ambición, causa y efecto de miradas rivalizadas. Y yo me siento pequeña y grande a la vez; ilimitada cuando me coges de la mano para llevarme hasta la mesa escogida, diminuta cuando el azul de tus ojos me radiografía desnudando centro y alma. Pienso que ha pasado un mundo desde la última llamada, aún no entiendes por qué te devolví las Converse con una precaria posdata. Mario diría que soy muy orgullosa, que eso me impide aceptar regalos o dinero prestado. Pero delante de aquella caja, preciosamente adornada y rematada en un enorme lazo, yo sentí que había un regalo envenenado. No se obtienen respuestas con obsequios o agasajos, tampoco quería ser yo la vigilia saldada a fuerza de talonario. Como la culpa expiada en el cepillo, el lavado de la mala conciencia cuando dejas caer el par de monedas que siempre acarreas en los bolsillos, indultando fallo o pecado. Qué ganas de enrevesar, me dices. Hay una lógica, encontrar el 34 en las zapatillas que un día señalaste con el dedo mientras recorrías los Tristes de mi mano. Esa pequeña odisea postergada.


Allí estamos los dos, tú hablándome de arreglar el mundo, próximos proyectos que se perfilan en el trabajo, tu nueva casa y ese viaje al sur de Francia que nunca acaba de llegar. Yo divago entre las condiciones atmosféricas, sonidos que taladran o historietas estúpidas con resaca. Mientras nuestra velada queda amenizada por el redoble de tambores que escoltan la muerte del madero trasportado por tétricos nazarenos. Miras embelesado la peregrinación de cirios perfumados, más tarde la cera impregnada en el asfaltado no desvelará la trayectoria trazada, la densidad de unos pasos gastados. Y me doy cuenta que hasta en el vivir de tradiciones somos opuestos. ¿Cómo puedo yo creer en tu fe? esa de la que tantas veces tú mismo has renegado. ¿Cómo puedes tu dogmatizar mi locura transitoria? ni siquiera yo puedo ser un poco coherente. Somos tan contrarios…


Se nos hizo la madrugá deambulando bajo la lluvia, enterrando los pies en capas y capas de arena arrastradas desde la orilla del mar. Porque a ti te divierte y a mí me conmueve –por primera vez- tu sonrisa de niño travieso. Cerramos los bares, agotamos todos los líquidos destilados en la barra donde ni siquiera las luces nos acompañan, nos vaciamos de palabras y argumentos para continuar una noche más, un instante más, al lado del chico perfecto.




John Maus - Time is weird

viernes, 30 de marzo de 2012

Ad libitum








Fue una noche densa, quizá algo turbia y confusa por las dos botellas de vino que habíamos consumido entre una nube de incienso y humo de tabaco. Existíamos aún, en ese microscópico colchón en una esquina de tu cuarto, insuficiente para tus centímetros de altura, limitado para mis torpes movimientos. Extenuados y rendidos. Nuestros cuerpos se hallaban inertes y estáticos cuando los primeros rayos del sol atravesaron la ventana, abierta de par en par. La persiana estuvo rota hasta comenzar la primavera, no fue por falta de tiempo, era tu desidia lo que te impedía arreglarla. Por suerte la tela vaporosa de las cortinas fue el filtro perfecto para tamizar la luz prematura.


Te despertaste cuando aún yo me dispersaba entre sueños y zozobras. Me gustaba dormirme de cara a la pared, mientras te daba la espalda, porque así tú buscabas el sitio perfecto en el hueco formado por nalgas y espinazo. Notaba, instintivamente, tu piel caliente pegada a la mía, la vehemencia lumínica de la filtración solar escurriendo y penetrando cada centímetro de epidermis. No sé en qué momento decidiste que sodomizarme mientras dormía, era el único tratamiento capaz de aliviar tu enderezamiento matinal y febril. Tal vez tu sexo advirtiese ya ese echar de menos, incluso antes de habernos despedido. Quizá fue la nostalgia pernoctada, ya sabes, esa velada carnal regada con el caldo pigmentado, el esparcimiento lúbrico.


Tus dedos trazaban un mapamundi etéreo sobre el pliego en el que se había convertido mi espalda. Podía intuir el inmenso precipicio entre hemisferio norte y hemisferio sur, nunca la superficie de la tierra me pareció tan sugestiva e intrigante. Exploraban los recodos descubiertos en la noche que ahora era resaca, todos mis ángulos reconocieron la sutileza de tus movimientos. Inconscientemente mi cuerpo se acoplaba al tráfico de las caricias fluidas, al antojo de la voluptuosidad acumulada en tan solo un par de horas. De manera automática enlazaste tu pierna entre las mías, separándolas con firmeza, facilitando así tu cometido, sin obstáculos o limitaciones. No tardé en reaccionar, quería girarme y pedirte que esperaras, decirte que aún no estaba preparada para un nuevo festín. Pero debiste reconocer la alarma en mi rostro, pues ahogaste mi súplica cubriendo mi boca con tus labios.


Ya no había holgura en aquel instigado espacio, adheridos vientre y pechos en la fría pared, ajustadas mis nalgas a la consistencia de tu miembro. Movimientos sincronizados cuando las punzadas y la molestia dieron paso al goce y la delectación. Tu polla se erguía sobre mi culo ansioso de ser profanado, mientras tus manos se apoyaban en la pared aprisionando mi cara y todo mi cuerpo. Las vibraciones se multiplicaron vertiginosamente, no tenía respuesta para satisfacer tanto placer apresurado. Y el estallido llegó cuando la exhalación luminosa era tan firme y evidente, como la certeza de haberme enamorado.




Diorama - Synthesize me