¿Por qué no me puedo yo enamorar del hombre perfecto?
Me invita a cenar cuando no pretende más que consolidar una amistad despistada, cargada de infinitos matices frustrantes, vacía o exánime de fantasía. Un nexo velado que nos mantiene taciturnos e insertos en la más insondable de las nostalgias. Aún consternados, porque no nos aprendimos nuestro papel, porque la idiosincrasia fue la daga que amputó lo que aún no había terminado de medrar, pero con la determinación que te ofrece la mejor de las sonrisas y la mente más privilegiada.
Soy consciente de la envidia que despierto cuando entramos en el restaurante. Tú eres la ambición, causa y efecto de miradas rivalizadas. Y yo me siento pequeña y grande a la vez; ilimitada cuando me coges de la mano para llevarme hasta la mesa escogida, diminuta cuando el azul de tus ojos me radiografía desnudando centro y alma. Pienso que ha pasado un mundo desde la última llamada, aún no entiendes por qué te devolví las Converse con una precaria posdata. Mario diría que soy muy orgullosa, que eso me impide aceptar regalos o dinero prestado. Pero delante de aquella caja, preciosamente adornada y rematada en un enorme lazo, yo sentí que había un regalo envenenado. No se obtienen respuestas con obsequios o agasajos, tampoco quería ser yo la vigilia saldada a fuerza de talonario. Como la culpa expiada en el cepillo, el lavado de la mala conciencia cuando dejas caer el par de monedas que siempre acarreas en los bolsillos, indultando fallo o pecado. Qué ganas de enrevesar, me dices. Hay una lógica, encontrar el 34 en las zapatillas que un día señalaste con el dedo mientras recorrías los Tristes de mi mano. Esa pequeña odisea postergada.
Allí estamos los dos, tú hablándome de arreglar el mundo, próximos proyectos que se perfilan en el trabajo, tu nueva casa y ese viaje al sur de Francia que nunca acaba de llegar. Yo divago entre las condiciones atmosféricas, sonidos que taladran o historietas estúpidas con resaca. Mientras nuestra velada queda amenizada por el redoble de tambores que escoltan la muerte del madero trasportado por tétricos nazarenos. Miras embelesado la peregrinación de cirios perfumados, más tarde la cera impregnada en el asfaltado no desvelará la trayectoria trazada, la densidad de unos pasos gastados. Y me doy cuenta que hasta en el vivir de tradiciones somos opuestos. ¿Cómo puedo yo creer en tu fe? esa de la que tantas veces tú mismo has renegado. ¿Cómo puedes tu dogmatizar mi locura transitoria? ni siquiera yo puedo ser un poco coherente. Somos tan contrarios…
Se nos hizo la madrugá deambulando bajo la lluvia, enterrando los pies en capas y capas de arena arrastradas desde la orilla del mar. Porque a ti te divierte y a mí me conmueve –por primera vez- tu sonrisa de niño travieso. Cerramos los bares, agotamos todos los líquidos destilados en la barra donde ni siquiera las luces nos acompañan, nos vaciamos de palabras y argumentos para continuar una noche más, un instante más, al lado del chico perfecto.
John Maus - Time is weird

Romántico con un punto destructivo bellísimo, entre nazarenos enloquecidos y lluvia siempre perfecta gracias a tanta liquidez, a tanta desmesura.
ResponderEliminar¿Qué decir? Creo que las cosas se sienten o no se sienten, lo demás es perfección de libreta. Una putada, parece buen chaval, y más en tiempos de crisis…xD
ResponderEliminarY aunque con el regalo de las converse tienes razón en lo que hiciste, el tal Mario tiene razón en lo que dice ;)
Besos.
Advenedizo, es que yo puedo llegar a ser muy destructiva. Sigo sin encontrar mi lado romántico, en cambio el vulgar siempre sobresale, aunque también depende de los ojos del que mira.
ResponderEliminarQuerido Ro, parece que siempre estoy en el lugar equivocado, parece que lo bueno nunca es suficientemente bueno para mí, eso o que soy más inconformista de lo que yo pensaba.
Me jode darle la razón a Mario –que sí, que parece que la tiene- ¡es que aquí la que siempre lleva la razón soy yo! :-)
Ontrapones romanticismo a vulgaridad cuando nada más vulgar que lo romántico. La destrucción es inherente a todo ser que se precie.
ResponderEliminarobviamente, quería decir "contrapones", pero tengo el teclado roto.
Eliminarun saludo
Obviamente te entendí ;-) puede que tengas razón y no exista nada más vulgar que el romanticismo rosa, tan inherente la destrucción como el color del romanticismo ¿o no?
EliminarPuede que la noche se hiciera alba de tan azul. Y ese perfume de inciensos se volviera pagano. Vulgar? No lo creo. Iconoclasta, tal vez.
ResponderEliminarEs que siempre me ha gustado nadar a contracorriente, saltarme las reglas y no respetar las normas. Para algunos eso se resume en vulgaridad, pero para mí que nada tiene que ver. La noche se hizo alba de manera inesperada, sorprendiendo…
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