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sábado, 12 de enero de 2013

Veinte poemas desesperados y una carta de despedida






No te gustaba leer pero sí te gustaba que yo te leyera un fragmento de un libro escogido al azar. Decías que mi acento cambiaba cuando pronunciaba ciertas palabras, que mi voz era otra, y a ti te recordaba a los veranos que pasabas en la casa del pueblo. Todos vuestros primos alrededor del árbol del jardín mientras la abuela os contaba historias con finales felices. Eras capaz de reírte cuando imitaba un personaje de Boris Vian, entonces me parecías el loco más delicioso y extravagante del mundo. Intenté inculcarte el amor por la lectura, que vieras que abrir una página y leer un capítulo era como aventurarse en un mundo desconocido en el que puedes encontrar un sinfín de maravillas. Que dentro de los libros todo es posible, hasta lo que tu mente nunca puede alcanzar imaginar. Pero seguiste prefiriendo mi voz a ratitos, lo único capaz de hacerte soñar, decías.

Posiblemente uno de tus últimos regalos fuese “Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. No entendía si era un desafío o qué, pues cuando empezamos a conocernos, hablando de literatura, te comenté que no me gustaba la poesía, que mi mente no era culta o tan privilegiada para entender tanta metáfora refinada. Precisamente Neruda estaba en mi lista negra, le había tomado manía unos años antes, cuando su nombre y su simbología aparecían hasta en el papel de las chocolatinas. Nunca entenderé por qué se explota tanto a un determinado poeta o escritor, si ya está muerto; la obra –que fue mierda pura en vida- es elogiada (sobrevalorada) una vez el artista ha muerto. Por lo que volví a envolver el libro en el papel de regalo y lo dejé en la estantería de mi antigua habitación.

Nunca tuve tiempo de leerte un fragmento elegido al azar de Neruda, cada vez nos veíamos menos y yo evitaba los momentos románticos acudiendo con otros amigos a nuestras citas. Pasaba el plumero por encima del libro y pensaba “qué estúpido eres, eres incapaz de recordar mis gustos”. Cuando moriste, quizás unas semanas más tarde, guardé el libro en una caja, en otra casa, donde aún quedan vestigios de otra tormentosa relación. Ayer estuve embalando algunos de esos recuerdos; por petición del propio dueño he apilado mucho más que libros entre las paredes de cartón. Estaba en plena faena cuando, en el fondo de una caja, he encontrado tu regalo. Me invadió una extraña ternura al verlo, recordando el momento en el que me lo diste, el azulito de tus ojos brillaban de ilusión y seguramente yo fui una mala actriz al intentar disimular -torpemente- mi decepción. Me he sentado en las escaleras del patio y me he puesto a ojear las páginas, salpicando poemas, mientras dejaba mi pelo mojado secarse al sol. Y entre una de las páginas he encontrado tu carta. ¿Cómo no pude verlas antes?

Me contabas algo que yo ya sabía, seguías en tu empeño, el de poner la luna a mis pies, pero tus letras parecían lanzar una especie de ultimátum. Disfrazaste de nuevo tu petición pero en esta ocasión escogiste unas preciosas letras para escribirme una poesía… a mí… Irene la fría, la que nunca lloraba, la que nunca dijo te quiero o te amo, la que miraba hacia otro lado cuando me cedías todo lo mejor de ti. No he llorado, después de seis días desbordándome se quedaron secos los ojos. Me he enfadado, mucho, conmigo, con lo que tengo dentro que está medio podrido, con toda la mierda que flota en mi cabeza. Porque no se qué demonios anda mal ahí, ni dónde está el problema. Pero sé que hay algo que no funciona. Era mi primera oportunidad de ser feliz, de tener una casa, un trabajo, de volver a la ciudad, de compartir las cosas que consideraba importantes con, posiblemente, la única persona que me amó de verdad. Y yo sólo huía sin entender nada, porque no te gustaba leer, nuestros grupos musicales no eran los mismos, en mi cartera sólo había calderilla y tus camisas olían a perfume del caro. No estaba enamorada de ti pero… cómo iba a saber que no estaba enamorada, si nunca conocí el amor.

Estos días están siendo extraños, puede que sea la falta de sueño que hace que vea las cosas de forma distinta, distorsionadas, como dice alguien en un comentario un poco más abajo. En sólo dos semanas vuelven a entrar en mi vida mis dos relaciones, y yo siento que todo está exactamente igual que entonces. Que no he avanzado en nada y lo de afuera me supera. Y que mi único lugar seguro ya no existe. Mi único empeño consiste en joderme a mí misma y a los demás, y no hay forma de saber por qué lo hago. Nunca me he arrepentido de nada, de nada de lo que he hecho en el pasado (sólo del daño inconsciente hacia los demás), a pesar de los tremendos errores que me han llevado a estar donde estoy. Pero ayer me arrepentí de no haber abierto ese libro a tiempo, porque quizás hubiera podido cambiar el giro inesperado; tú estarías aquí y yo, quizás, sería feliz.


Twilight Sleep - Architect


jueves, 20 de diciembre de 2012

Engranajes






Ringggggg suena el teléfono –contando los primeros acordes el tono no pasa de these matters of security- a las cuatro y veinte de la madrugada, vibra la almohada pero afortunadamente el circuito nervioso permanece inalterado. Un hilillo de voz tenue, un hombre casi moribundo, habla al otro lado.


-¿Eres feliz?
-pues…no, claro que no
-¿por qué las buenas personas no pueden ser felices?
-tú eres una buena persona, deberías ser feliz
-tú también lo eres, eres buena tía, he visto tu sonrisa incondicional, tu…
-¿me hablas de absolutismo? sonrío cuando los críos han recogido su ropa o me besan después de explicarles un ejercicio. Es… no se, una recompensa. Después me hundo en mi propia mierda, y te aseguro que el hedor no me deja ni siquiera dormir
-vaya, no conocía tu faceta escatológica. ¡Si tienes cara de caramelo dulce!
-sí, claro, pero los caramelos también se pudren, y echan peste. ¿Sabes qué pienso? deberías ser un hijo de puta, seguro que las cosas te irían mejor
-¿soy buena persona? es que creo que sí lo soy, merezco, al menos, que se valore lo que hago
-joder, sí, lo eres, es lo que te he dicho antes, al principio. Nunca va a valorar nada, y sabes por qué, porque es una acostumbrada. Se acomodó en ese sillón de piel blanca a repartir hachís y colocarse con el humo del incienso. Luego, tú estás ahí para el resto, y el resto ya sabemos que es TODO
-tía, no entiendo por qué te pusieron los cuernos; eres simpática, tienes luces y encima eres follable
-uhm, sería por el olor, me cambiaron por una vaquita que olía a leche caliente
- …



Hablar de felicidad en estos tiempos casi me parece una frivolidad, y pensándolo durante un rato, tirando del hilo de la memoria, me he dado cuenta de que nunca he conocido a nadie que sea feliz. Ni siquiera el más bendito de los ignorantes, porque hasta el niño inocente de cinco años llora, patalea, y hasta destroza las demás rodillas cuando le quitan el juguete que tiene entre las manos.

He vuelto a rescatar a Punset, porque recordé la teoría de que se es feliz mientras tenemos en mente el objetivo, mientras manejamos los medios para alcanzar el fin y vamos dando forma a las conjeturas. Cuando consigues el objetivo, dicen, que no queda nada. Recuerdo cuando se casó una de mis mejores amigas; le llevó un año preparar la boda. Todos los días la veía sonreír mientras cuidaba de todos esos estúpidos y típicos detalles. El día de su boda me dijo que era el día más triste de su vida, y se esfumó en la velocidad de un rayo. Después vino lo del niño, planear aumentar la familia, después el bautizo, una fiesta de cumpleaños, etc. ¿Seríamos felices sin propósitos, sin fijarnos metas?
Yo creo que sí, que queda disfrutar de lo conseguido. Pero…


Pd. joder, quién coño vive en Suecia



The Rosebuds - Life like

lunes, 26 de noviembre de 2012

Cómo sobrevivir al Día D.





“Una legión de hormigas con casco fusila a los elefantes blancos sobre la nieve en el Día D. mientras, un enjambre de abejas peludas descarriadas, perfora de muerte al pulpo que explotó en la cocina”. La niña me tiene tan perpleja, que apenas puedo articular palabra, mucho menos preguntarle qué fue de las casitas blancas con tejas rojas y mecedoras en el porche, con un jardín salpicado en rosales y un perro corriendo tras una bicicleta. Y como lo veo venir, le pediré prestadas sus ideas para el futuro, cuando el jugo exprimido no sea más que un remanente de aquel dulce porvenir. Qué paciencia.

El Día D. fue un sueño mal preñado, una bifurcación del Día de la marmota sin solsticio hiemal, una sucesión de extravagancias surrealistas rematadas en goteros salinos y unos calamitosos puntos de sutura. Pero el día había comenzado bonito, despuntando un sol que picaba y empapaba la camiseta formando estrías bajo el cogote. Al menos eso percibí de espaldas al conductor del autobús, un joven argentino que, accidentalmente, pone su mano en mi rodilla desnuda al subir el último escalón. “Este hueso está muy calentito” me dijo con media sonrisa. Pensé yo la galleta que te voy a meter también está recién horneada. Pero me callé, pues al fin y al cabo una caricia -aunque sea de un desconocido- también alegra un poco la vida de vez en cuando, así, sin pedir permiso.

En treinta años dos veces había ido al dentista, cada una de ellas antes de empezar en un trabajo, he tenido trabajos duraderos, no te creas. Tengo suerte de tener una dentadura perfectamente conservada, ni empastes ni muelas malsanas, pero supongo que pretendía dar buena impresión, y así aprovechaba esa limpieza “gratuita” que me ofrecía el seguro de los muertos. La verdad es que cuando entré en la consulta estaba un poco nerviosa, me da yuyu ir sola a los sitios en los que me voy a encontrar gente con bata blanca y olor a medicina. Pero a Leti, la dentista, la bata blanca le sentaba divinamente. Más que miedo lo que transmitía era mucho ardor. La morena de ojos claros tuerce una mueca y guiña un ojo mientras se coloca la mascarilla. Y justo en ese momento… ¡Picupi!, suena la alerta del Messenger. ¡Díos! ni siquiera recordaba que eso seguía existiendo. Yo no whatssapeo, ni entro en chat, no tengo conversaciones online y ese tipo de cosas, pero sé que existen, y ese soniquete del pasado me cogió por sorpresa. La otra se abalanza sobre el portátil para contestar algo muy gracioso, pues no para de soltar esas risitas de que algo bueno está pasando. A mí la curiosidad no me deja tranquila, pienso “qué guay es esto del principio, ese gusanillo devorando las tripas”. Vuelve con sus herramientas directas a mi boca y ¡picupi! otra vez  alerta de mensaje. No vacila ni siquiera un instante, me quedo de nuevo con la boca abierta, la garganta seca y un hilillo de baba recorriendo la comisura de mis labios. Así hasta cuatro veces. A ver, yo entiendo que a la muchacha el coñito se le vuelva pepsi-cola cada vez  que su amorcito le comenta algo vía Messenger, pero joder, a mí me duele el cuello y la mandíbula, muchos nanosegundos juntos toda abierta, mis labios empiezan ha agrietarse. Me revuelvo en la camilla para ver si me hace caso, ella no para de reír, me pongo tan nerviosa que comienzo ha tartamudear con todo el cuerpo, de un codazo tiro la bandejita con todas las herramientas que tan perfectamente había colocado la asistente, y el resto de personas que esperaban en la salita –al escuchar el estruendo- entran a ver qué ha pasado. Y ¡momentazo! el novio de la dentista se ha sacado su lustrosa polla y comienza a sacarle brillo delante de todos nosotros. La sonrisa de Leti se vuelve amarga y postiza. Tal vez no me tomó demasiado en serio porque era una derivada del seguro, eso y que cuando se está enamorada o emperrada una hace estupideces más propias de quince años. Yo sentía que me despachaban con deseos de no volverme a ver por allí en mucho tiempo. Pero yo no fui la que provocó el calentón o la que no supo desenredar adecuadamente el entuerto.

Aprovechando mi caída por la metrópolis quedo con Bea para tomar un café y ponernos al día de nuestras vidas. Pero yo tenía media boca dormida, la dentista me pinchó el labio para sellarme una muela, sería el primer intento de caries que me saldría. Eso sí, noté su ira en mi pecho, empujaba su cuerpo contra el mío con tanta fuerza que temí me descuajaringarse el esternón. Como era mi primera experiencia no sabía si podía o no tomar líquido, algo frío… algo caliente. Un desastre, me siento ridícula con el café desbordado por mi barbilla y mi risa tullida en la boca torcida. Pero más pequeña me siento cuando mi amiga trata de explicarme que dos meses después de casarse se da cuenta del error de su boda, que el amor de su vida no es su marido, sino el chico que nos acaba de hacer el café al otro lado de la barra. Que él cogió un avión hasta Tailandia para verse a escondidas en la lavandería del hotel de madrugada. Será p…y me abandona, después de soltarme la bomba, para echar un polvo furtivo en el cuartito que pone privado al final del local. Me la imaginé follando contra la pared, junto al cubo de agua, el cepillo y la fregona, mientras su amante la embiste sin quitarse el delantal. ¿Se puede tener la mente más sucia?

El Día D. es un propicio día para ir al mercado, en la metrópolis hay más género y los productos son más baratos. Mi madre necesita provisiones, conejos, sesos para cocinar su plato estrella, pescado fresco y un poco de pan casero. Y yo tengo una cita esa misma noche, me encargaría de preparar una cena suculenta para agradecer un favor. No consigo que despierten mis labios, pero me siento menos absurda con mi boca encorvada, la gente que me rodea en el mercado no parece que lleven mejor sus terribles taras, al menos lo mío era algo transitorio. Se empujan entre ellos, gritan, intentan sustraerte algo del bolso, te contaminan con sus asquerosas axilas impregnadas de sudor rancio y la colonia de baño no camufla el olor, lo potencia de una manera repugnante. Pido el conejo más hermoso de la vitrina y que me lo trocee tal y como mi madre me ha encargado. Un chico de unos veinte años con un claro problema de mente me agarra las nalgas por detrás mientras me bufa al oído “este conejo quiero yo” repite la frase sin cesar entre carcajadas cada vez más fuertes. La gente comienza a llamarle la atención, pero el chico no para, yo voy rodeando a los demás clientes para conseguir zafarme de él, pero todo parece inútil. Me estampa contra una pata de jamón en el puesto junto a la carnicería. Y comienza a frotarse en mi espalda. El hijo del carnicero, un pelirrojo que me recuerda a un bombero de Madrid, pega un salto desde el mostrador y derriba al chico de un manotazo. Me siento tan estúpida que no se me ocurre otra cosa que salir de allí corriendo, olvidándome las costillas, la carne en adobo y el conejo.

No puedo librarme de la charla poco constructiva de mi madre, me perfora el tímpano con su pito singular. Resulta que nunca seré una mujer de provecho si huyo despavorida del puesto del mercado, sólo por estar a punto de ser embuchada por un hueso de jamón. No se por qué me resultó embarazoso contarle a mi madre que me habían agarrado el culo a dos manos, y que me excitó la manera en la que el pelirrojo saltó el mostrador para defenderme del tocón. Por entonces yo era un poco pava. Estábamos en esa pueril conversación cuando escuchamos un repentino estallido, como el estruendo de una inmensa bomba. Nos aventuramos hacia el pasillo del bloque de pisos en el que vivimos. Y somos testigos -los primeros; mi madre, mi hermano y yo- del grandioso boquete que ha provocado en la fachada del edificio la olla exprés de la vecina de enfrente. Asomamos la cabeza y allí estaba Encarna, llorando y sujetando los pocos azulejos que quedaban de su cocina. Nadie le dijo que las tapas de esas ollas tienen gomas, y que esas gomas se acaban pasando con el tiempo y hay que cambiarlas. Y, además, que al pulpo hay que darle una buena paliza antes de meterlo en la olla, es otra forma de ablandarlo.

A media tarde estaba un poco agotada, nerviosa, con mucha fatiga y con pocas ganas de celebrar nada. Pero la charla con Bea  -me llamó para aconsejarme qué lencería llevar en la cena- me animó bastante. No pensaba acostarme con Pol, ni mucho menos, pero siempre que estaba con él sentía que sus ojos me radiografiaban a través de la ropa. Y mi amiga sugirió que debía estar preparada por si los efectos del vino me hacían bajar la guardia. De modo que acepté su consejo, me arreglé como si fuese a quedar con un novio y marché hacia casa de Pol ha organizarle una maravillosa cena.

Todo iba perfecto, cuando él llegó a casa puso algo de Marillion mientras yo encendía unas velas en la terraza, empezamos tomando cerveza negra y unos montaditos de aperitivo. Estaba relajada, encantada y feliz con la charla de mi acompañante, hasta que sus tripas hablaron por él, tras muchas horas de gimnasio el hambre le arañaba la barriga. Nos vamos a la cocina, yo saco el asado del horno y Pol se dispone para abrir la botella del vino. El sacacorchos se le resbala de las manos, se le cae la botella al suelo y se hace añicos el vidrio. Algunos pedacitos han salpicado en su cara, pero nada grave, sólo parece un leve sarpullido. Qué desilusión, con lo caro que me costó el vino y su  preciosa camisa de Armani quedó hecha un cirio. Pero no íbamos a dejar que el pequeño accidente nos aguara la noche, así que corrimos un tupido velo y nos sentamos a comer. Al poco tiempo, entre la ensalada de rúcula y queso, y el revuelto de ajetes tiernos, la tripa de Pol parecía un concierto de los Rolling Stones. Cambió el color de su cara de blanco satén a un verde pálido pasando por un amarillo Avecrem. Al pobre no le dio tiempo a llegar al baño, echo en la mesa hasta su primera papilla.


La cena fue un completo desastre, a Pol lo llevó su vecino al hospital, donde estuvo dos días ingresado por gastroenteritis y deshidratación. Con el suero enganchado y dos puntos en la frente por una esquirla de la botella de vino que se le clavó. Y yo escribí aquello en un cuaderno, el dichoso Día D. una sucesión de pequeñas catástrofes que me hicieron pensar sobre mi mal agüero. 



sábado, 10 de noviembre de 2012

La división de virtudes






Empecé escribiendo algo bonito, esas cosas que surgen cuando el alma se ensancha, cuando las horas han madurado incluso antes del último guiño del gran faro. Porque tu presencia contaminaba la luz del día, la voz derritiéndose en la punta de mis dedos, la torpeza cuando vuelves a la pubertad porque te saltaste el paso más importante de todos, y ahora ese color pastel desborda todas las esquinas. Pero hoy volviste la carne crepuscular y la sonrisa sangrante. Has traído frío a mi habitación pintada de cálido otoño. Porque nada, nunca nada, será suficiente para ti. Ni el más gigante de mis pasos, ni el más épico esfuerzo será valorado. Las flores mueren en tu boca mientras el pez que vive en tu garganta bebe la ponzoña de tu lengua. Y a mí me quemas, me vas lapidando poco a poco mientras yo más quiero respirar, más me vas tú matando.


martes, 25 de septiembre de 2012

Cuenta bloqueada







Patosa, desmemoriada, despistada, equivocada la mayor parte del tiempo, distraída con casi todo, descuidada, y no se cuántos adjetivos más de ese estilo, pero todos podrían definirme de una sola vez y por todas.

Entro en foros y enlaces que me pasan a través del correo electrónico como si nada, jamás me fijo en las condiciones legales, en la privacidad y ese tipo de cosas. Al principio siempre rellenaba los formularios con mis datos verdaderos, y mucha gente me decía que debía tener cuidado con eso, que podría ser usado contra mí. Y yo no entendía qué iban a poder utilizar en contra mía, si no había nada malo que esconder, si yo no era una persona importante, sólo una chica navegando desde un ordenador en el pueblo más recóndito del país. Y qué pasa más tarde, pues la gente que vas conociendo te cuenta que le han sucedido robos de cuentas, suplantación de identidad, fotos extraviadas, irregularidades de estilo parecido. A partir de ese momento opté por no introducir datos que revelasen mi auténtica identidad, al menos no siempre.

Yo sólo quería registrarme en una web sin más intención que la de compartir música, imágenes y letras, nada más. Y acabé bloqueando mi cuenta de gmail al introducir la fecha incorrecta en el registro. Ni siquiera recuerdo cuál fue la que me salió en ese instante (inconsciente), el caso es que los señores de Google interpretaron que yo era menor de edad e inhabilitaron mi cuenta de correo. Por lo tanto me quedé sin correspondencia y sin blog, ya que lo tenía registrado con esa misma cuenta. En seguida me entró el pánico, es posible que me ahogue en un vaso de agua, pero es que cuando vi las condiciones que había que cumplir para recuperar la cuenta, aquello empezaba a  no darme buena espina. Consulté en foros, en páginas que recogen situaciones parecidas, y las opciones para recuperar la cuenta eran las mismas para todos. Primero, no me fío de entregar una copia de mi carné de identidad para demostrar que soy mayor de edad. Y la segunda opción, la del pequeño aporte económico a través de una tarjeta de crédito. ¡Yo no tengo tarjeta de crédito!

Me pongo en contacto con un amigo, éste me aconseja que hable con otra chica y al final consigo arreglarlo. ¿Cómo? con las dos opciones; primero con la tarjeta de crédito de un amigo, pero pasaron más de doce horas y la cuenta seguía inhabilitada, cuando se supone que con esa elección sólo tardarían quince minutos en desbloquearla. Al ver que no funcionaba decidí usar lo del carné de identidad. A los veinte minutos la cuenta se desbloqueó. No se cuál de las opciones fue la que ellos validaron. El caso es que debo agradecérselo a Rorschach, que siempre tiene una paciencia infinita conmigo; a Lunática, que me ayudó a no ponerme histérica del todo; y a mi amigo J. que siempre acude cuando más lo necesito, vamos, que nunca se va.

Me dijeron que desde fuera parecía que había eliminado mi página por una rabieta, capricho, enfado o lo que sea. Y supongo que hubiese sido lógico pensarlo después de haber editado una entrada, y borrado otra. Pero nada parecido, nunca desaparecería de esa manera. Cuando empecé a escribir aquí no pensé que perder el blog me pudiese afectar tanto. Siempre digo que lo uso como terapia, para verter en él todo lo que hay dentro, en la imaginación o situaciones muy reales. Pero sentir por un momento que no podría recuperarlo es algo que me sorprendió bastante. Normalmente guardo las cosas que escribo, así que perderlo no sería tanto problema. Se abre uno nuevo y asunto arreglado. Lo que me ocurre es que creo que le tengo cariño -si es que se puede tener cariño a un blog- por la forma en la que fue creado. Y no me gusta, no me gusta esa sensación de dependencia. 

Gracias a los que me habéis escrito un correo, joder, yo creía que estas cosas no sucedían, la de encontrarte aquí gente que vale la pena. Me alegra mucho ver que vuelvo a equivocarme.




Gary Jules - Mad world

jueves, 19 de julio de 2012

Descubrimiento en la torpeza





Y en el cauce de tu sonrisa plateada planté el árbol cuya semilla encontró la eternidad. Y a tu lado yo sería feliz, porque las niñas bonitas no son las que aparecen en los cuadros, está aquí, al otro lado de la barra, frente a mí”

Y voy yo y me lo creo (ironía)


Me quedé pensando un rato, me fui a casa y no podía dormir, seguía dándole vueltas a las cosas ya con el sol despidiendo a la luna. ¿Por qué todo parece distinto a la luz del día?.

No he dormido, me fui a pasear aprovechando el aire fresco que me sorprendió por la mañana, me fui al mirador al que siempre llego caminando después de dos kilómetros conteniendo la respiración; cosas raras que hace una. Me senté, me olvidé de todo y, sin querer, encontré la respuesta.

Y ahora necesito dormir al menos cuatro horitas seguidas, por mi salud física y mental.



Wooden Shjips - We ask you to ride


domingo, 17 de junio de 2012

La noche nos confunde








Un irlandés le dice a una inglesa:


 “…I met her yesterday and she really liked, but she didn´t want to give me the phone number”




la inglesa le dice a un italiano:


“él confundido, ella loca y no gusta tu amigo. Mi amigo gusta tu amiga,  y ella perdió su teléfono. Fuck her!”




el italiano le dice a una española:


“ Cazzo! la ragazza loca enamorada de mi amico. Amico gusta tu amiga, él follar por teléfono con amiga”.




la española a otra española:


“tía, que el irlandés quiere follar contigo”




… y yo sin enterarme de nada.