martes, 5 de junio de 2012

Tormenta de primavera





Salía del trabajo desanimada y angustiada por el despido de una amiga y apreciada compañera, nunca había vivido nada similar y también me preocupaba la idea de que pudiesen prescindir de mí de la noche a la mañana. Los lunes eran un mal síntoma, el comienzo de otra puta semana y yo sentía que de nuevo me llevaban al matadero, agotada de no esperar nada, salvándome o arrastrándome por inercia. Pero este lunes tenía algo especial, quería que fuese especial, por eso había alterado mi ruta de vuelta a casa. El día era un espejismo de cataclismo, un gris plomo que por momentos planeaba sobre el blanco atravesándome con su frágil e innegable luz. Me dirigía al metro serpenteando la naturaleza muerta, sintiendo la violencia de un viento alentado desde el suroeste de la ciudad. Mientras, sonaba en mi reproductor un nuevo descubrimiento, Nudozurdo me sorprendía a mí misma escuchando algo sin precedentes; pues hacía mucho tiempo que ningún grupo español había conseguido despertar mi interés de esa manera. De repente el gris del cielo dejó de ser una amenaza para convertirse en una certeza. Las primeras gotas de agua fueron suficientes para empaparme hasta calarme los huesos. Estaba completamente desconcertada, el bullicio de gente atropellándose en la boca del metro, el tráfico, inicuo, que de repente se volvió caótico y apabullante, me desorientaron por un momento. Pero fueron los truenos y relámpagos los que me anegaron en un pequeño estado de pánico, fue la tormenta de primavera la que me hizo estremecer hasta que me sentí a salvo y segura en el vagón de tren.


Aparentemente el vagón –mi manía de meterme en el último de la cola- parecía lleno, pero nada que ver con la hora punta de la mañana, en la que los trabajadores se amontonan, pelean a empujones, con tal de encontrar un lugar en el que viajar cómodamente. Voy abriendo paso, buscando hueco, y cuando por fin lo encuentro me dejo caer con mi ingénito hastío junto a una anciana que me saluda amablemente. Iba pensando en los planes para el próximo fin de semana, con el puente a la vuelta de la esquina un viaje relámpago a tierras de conquistadores sería el proyecto perfecto para desconectar de la vorágine del trabajo y la ciudad. Supongo que eso me hacía sonreír como una tarada ante la indiferente mirada de los demás. Supongo que ese era mi único aliciente después de año y medio, casi sola, viviendo en Madrid. Entonces algo llama mi atención; un chico con pinta interesante lucha intrépidamente entre los pasajeros que viajan a pie, para intentar conseguir el único asiento que se queda libre. Un par de adolescentes con fachada de intelectuales y un abuelo repelen espavoridos el comportamiento del chico intrépido. Parecía muy cansado, consumado, por una desgana o indiferencia conforme a la mía, como resignado desde hacía años. Por un instante sentí compasión y un sorprendente cariño hacia el misterioso desconocido.


Me gusta observar a la gente cuando voy en bus o en metro, me gusta imaginar qué historia es la que atormenta esos semblantes ajenos a los problemas de los demás. Me encanta examinar el ámbito que me rodea, los que se abstraen en un clásico de la literatura española o algún reciente premio literario, los que viven pegados a sus aparatitos nuevos en la gama alta de la tecnología o los que prefieren perder la mirada en un vacío acostumbrado, compañero ya de viaje. Pero esa tarde yo permanecía casi hipnotizada, atrapada por el extraño magnetismo del chico audaz y arriesgado que viste de negro. No puedo dejar de mirarlo, estudio todos sus gestos: sacude su chaqueta impregnada de hojas y barro, revuelve las manos en su pequeño bolso buscando algo…un pañuelo de papel para secar sus gafas empañadas, mojadas por la lluvia. Es entonces cuando aprecio mejor el color, la expresión, de sus ojos. Puedo perderme en ellos sin pretender encontrarme, puedo suplicarles clemencia tras el desvanecimiento de todos y cada uno de mis sentidos.


Una voz en off me saca del ensimismamiento en aquella mirada mar esmeralda, intenso y  profundo color de unos preciosos e indescifrables ojos. Hemos llegado al intercambiador, una oleada de personas se agolpa en las puertas del vagón, chocan entre ellas, salen y entran, se precipitan con urgencia empujados por la impaciencia de llegar a casa finalizando así la jornada laboral. Suena algo parecido a un silbido, la máquina ligera continúa su trazado bajo tierra. Cuando giro la cara en busca de mi chico misterioso me encuentro, inesperadamente, con su inquisidora mirada. En seguida me doy cuenta de cómo me radiografían sus ojos, como recorren mi rostro y parte del cuerpo, hasta descansar la mirada en mis pechos erguidos por la humedad de la camiseta que se pega a mi piel. Es justo en ese instante en el que empiezo a ser consciente de la familiaridad del desconocido. Sostenemos nuestras miradas, fascinados, inexplicablemente atraídos por alguna fuerza mayor. Su expresión suave también podría arañar su innata indolencia, una templaza que me hace suspirar como una quinceañera enamorada. Sonrío impresionada por el insólito acontecimiento, me estremezco cuando el chico oscuro me entrega una perfecta sonrisa. Murmuran mis labios “te conozco”, que no era él ningún desconocido.


Se vuelve a parar el tren en la siguiente parada, la anciana que me acompañaba en el asiento de al lado se despide de mí al bajar y entonces tú -chico de la tormenta de primavera- te lanzas sobre un mar de cabezas humanas para ocupar ese lugar.


- Te conozco, chica, pero quizás tú aún pululas perdida en la nada 
- Lo sé cariño, yo también te conozco ¿por qué crees que te he sonreído?
- No sé, ocurre algo extraño, te he visto y no he podido dejar de mirarte, sostener tu mirada, de alguna manera eres lo único amable que encuentro en esta hostil ciudad
- Creo que engrandeces tu impresión, extrañamente a mí lo que me ha llamado la atención ha sido la opacidad de tus expresiones. Tienes algo…
- Hostia, me tienes atontado
- Jajaja vuelves a exagerar. No se por qué me siento tan bien a tu lado
- Esto es raro de cojones, vamos muy rápido ¿no crees?
- No, lo que pasa es que los demás van demasiado lento
- Me gusta sentir el tacto de tu piel, es suave
- Y a mí me encanta lo que siento cuando me tocas, ni te imaginas cómo me gustaría que siguieras acariciándome.


Un escalofrío me recorre todo el cuerpo cuando siento su piel en contacto con la mía. De manera instintiva he acabado acercando mi cuerpo, que tiembla, al suyo que se acopla a mi movimiento de cabeza. Busco su boca y me encuentro sus labios que se abren para recibir la humedad de mi lengua. Se entrelazan acariciando delicadamente las papilas gustativas, ansiosas, inflamadas de excitación y deseo.


Otra brusca parada nos devuelve a la inmunda realidad. Es tu estación, es el momento de la despedida o la decisión de continuar con la historia de dos desconocidos que se conocen en mitad de la tormenta…




Lyle Mays - Long life

15 comentarios:

  1. Hay que tener cuidado con los esos chicos misteriosos de ojos verdes, te bajas con ellos en su estación y luego, cuando sales de su casa de madrugada, no encuentras ningún taxi. Me gusta que te atrevas con los textos largos.
    Besos de chico decadente -que no misterioso- que NUNCA usaría bolso…xD

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  2. De despedida nada. Cómo te despidas te doy de hostias, juas. Perdón por el exabrupto, te he hablado como si fueses mi mejor amiga, espero no haber molestado.
    A un momento tan perfecto hay que darle continuidad, si no después te pasas la vida arrepentida de lo que no hiciste, y eso es infinitamente peor que arrepentirse de lo que hiciste.
    Me ha gustado mucho. Y me han dado ganas de escuchar a tu grupo, en cuanto vuelva de currar lo hago.
    Un beso, observadora de vidas ajenas. Es un vicio que compartimos.

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  3. Hay que ponerle riendas fuertes a ese instante. Que su mirada fuerte poseyendo tu cuerpo entero, no se desvanezca. Que tu deseo no cese. Es, un poco, el oasis en el desierto. No perderlo. Un abrazo.

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  4. Tu post me ha subyugado tanto como la mirada de ese chico misterioso.
    La lluvia, además de destrozar conciertos, a veces nos regala encuentros inesperados. Así que nada de despedidas :)
    Me ha encantado!

    Petons!

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  5. Chico decadente, es que no hay que ir a casa de desconocidos, y mucho menos salir de ella de madrugada. Claro, luego pasa lo que pasa, luego pasa que la gente sale llorando, se siente engañada, snif, snif. Bueno, tú también escondes algo de misterio, aunque ya sé que no te lo crees :P
    Uhm, no sabes lo práctico que resulta un bolso, bandolera, mochililla, cuando llevas un montón de cosas encima. Besitos, guapo de cara.


    Nuria, en realidad los puntos suspensivos (quizá los utilizo demasiado) al final del texto deja una puerta abierta o una libre interpretación. No me ha molestado tu comentario, al contrario, me he reído :-). En ese caso te recomiendo que escuches a Nudozurdo, yo los he visto dos veces en concierto y tienen cosas bastante buenas. Seguiremos compartiendo vicio, es un vicio de los sanos. Un beso!!


    Tranquilino, me gusta la metáfora. Sí, ese deseo es como un respiro después de permanecer mucho tiempo bajo el agua. Gracias, un abrazo.


    Hiro, es curioso que la misma cosa para algunos resulte lo peor y para otros lo mejor. Yo siento lo de tu concierto, es una putada. En cambio, para mí, fue un regalo esa lluvia de primavera. ¡Me encanta que haya gustado! Besos ;-)

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  6. Jajaja opino como el hombre decadente. Ten cuidado jaja. Suena muy romántico entre desconocidos y lluvia de verano mmmhhh jaja interesante! Besos!

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    1. Pasé tanto tiempo en la oscuridad, que esa tormenta ha sido como un rayo de luz para aclararme yo un poco por dentro. Muy interesante ;-) Besos!

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  7. Que continúe por diox! Es lo más bonito y a la vez real que he leído en mucho tiempo... :) Un beso!

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  8. Entre dos amores, un sueño...Entre dos ideas, un amor furtivo o casual...
    ¡Bello tu blog! A tus pies, estimada amiga.

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  9. Disfrútalo, como yo disfruto leyéndote siempre, eso sí, sigue contándonos.

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  10. Querida Irene:
    Por estos diálogos casi te podría decir qué tipo de "blogueros" te gustan más...ja ja ja...La vida es como un tren en marcha...también el amor...cuando el tren se para hay que apearse...pero siempre nos quedará París.

    Me encanta como escribes; dominas muchos registros.
    Besos.

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  11. Amanecer, muchísimas gracias. Conociendo la manera en la que escribes tú, como dominas todo el vocabulario, tus palabras significan mucho para mí. Continuará… :-) Besos!



    Manuel, un sueño que es una casualidad en un mundo muy cruel. Por eso está siendo tan intenso. Gracias, caballero. Es usted un verdadero poeta :-)



    calmA, seguiré contando y disfrutando. Estoy aprendiendo a compartir y no deja de ser raro, pero es un placer. Un beso.



    Marián, hay tantas cosas interesantes por la red, yo soy tan transparente… apearse y coger otro, siempre estar en movimiento. Me ha encantado esa frase mítica de un clásico que aún no he visto. Muchas gracias guapa, a mí me encanta como escribes tú, puedes atreverte con cualquier cosa y hacerlo muy bien, y eso no es nada fácil. Besos.

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  12. Las tormentas siempre me parecen fascinantes. Hay tantos matices y tantas imágenes distintas en ellas que jamás volveremos a sentir el mismo escalofrío ni las mismas turbaciones.

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  13. Juan Antonio, las tormentas tienen algo que nunca somos capaces de describir o descifrar. A mí lo que me parece fascinante es el conjunto de fenómenos que la forma. Nunca se podría sentir nada igual.


    calmA, un beso ;-)

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