Hay algo especial en esas tardes de verano volatilizadas por los fotogramas de Woyzeck frente a un bol de nubes congeladas, pasando de sólido a vapor con la espalda desnuda envolviendo el mármol frío del suelo, mientras unos dóciles dedos peinan tus cabellos rociándolos de un Loewe afrodisíaco, que estimula la lubricidad del afecto dañado e invita a la perversidad de una amistad herida. También hay algo exclusivo en la caja forrada en papel de periódico con corazones encerrando dos iniciales en tinta negra, descansando sobre la estantería que esconde su foto. Una mueca dibujando lo que no se puede explicar y va directo a ser interpretado como los puntos suspensivos de una historia con final abierto.
Quedamos en la terraza del entrañable bistró una tarde bañada en tormenta, los toldos almacenan un remanso de infusiones atemporales sobre mi cabeza, y sin embargo aún cumplen adecuadamente la función de proteger sin enturbiar el paisaje. Huele a otoño a pesar de julio, huele a noviembre y a tierra mojada, a té rojo mientras jugamos a la escalera escuchando a Britten interrumpido por el tintinar de la lluvia en las persianas del patio. Pero es verano, y las borrascas de verano no dejan de ser reveladoras y eficaces a la hora de combatir el calor o alegrar las horas mustias dulcificando la penumbra. Sorbía las últimas gotas de mi zumo de naranja con la pajita en forma de fruta cuando llegó él, livianamente mojado por el torbellino espontáneo y con un paquete debajo del brazo. Nos saludamos con la familiaridad que concede la rutina del trabajo, quizás exista una efusividad que soslayamos por la falta de costumbre y la torpeza de citarnos en un ambiente desacostumbrado. Estaba allí aquel chico sensible con voz ronca mirando fijamente los movimientos de mis labios, y me hacía gracia adivinar que los leía para adecuarse a la velocidad de mi vocabulario, y curiosamente él no podía saber que yo empujaba las palabras para intentar construir dos frases coherentes y así encorchar la estupidez pusilánime que me precede. Pero a duras penas conseguía pensamientos inconclusos en voz alta.
Silencios, es evidente que ambos nos extrañamos -que no nos incomoda- con la presencia del otro, es obvio que ambos esperamos la palabra que rompa el hielo liberando una conversación fluida o natural. Y entre tanto yo me desvanezco en sus ojos que ahora me parecen de distinto color, de azul cobalto a gris velado tirando a plata brillante. Es la luz de la ráfaga en el cielo, albina con chispazos ocres y africanos. Me entrega el paquete que llevaba bajo el brazo y me inquieto o excito desenvolviendo el papel verde que embala el regalo que no deja de sorprenderme. Descubro ese libro de Pessoa que nos condujo a la conversación en la que había desembocado aquella cita por la tarde. No se qué decir, patinan las palabras de agradecimiento ante la clarividencia de lo que significa todo esto.
Ahora el silencio amortigua el chapoteo de los pájaros en el charco formado junto a nuestra mesa. Ya no languidezco o me evaporo en la mirada del chico impresionable, ahora broto de la tormenta como el caracol que saca sus cuernos al sol. Ahora sé que te debo una lectura mientras que julio sea verano y noviembre la estación en la que se desnuda un árbol.
Benjamin Britten - Moonlight

Interesante. Siempre está bien perderse en una mirada, intentar decir algo coherente mientras esos ojos te atrapan y hacen que pierdas el hilo. La conversación se infravalora. Yo la echo de menos.
ResponderEliminarBesos, preciosa. Y sigue conversando.
"Ahora sé que te debo una lectura mientras que julio sea verano y noviembre la estación en la que se desnuda un árbol."
ResponderEliminarMe has hecho querer un poquito al verano.
Qué bonito.
Un beso
Interesante, siempre me pareció que romper el hielo en verano, cuando el silencio y el calor forman una escarcha mental dificil de limpiar, sonaba mucho más interesante
ResponderEliminarEsa terraza, la tormeta de verano, un libro, esa mirada..., y todo envuelto en un silencio difícil de vencer.
ResponderEliminarMe ha gustado mucho, mucho...
Un beso!
Nuria, es difícil recuperar la cordura cuando el color de una mirada te trastorna tanto que pierdes los papeles, aunque claro, pensándolo bien yo siempre los tuve perdidos. Yo echaba de menos una conversación donde no se me echara nada en cara, detesto los reproches y parecía que mis últimas conversaciones sólo iban de eso. Lo intentaré, seguir conversando despreocupadamente. Besos.
ResponderEliminarAmanecer, gracias! me alegro que puedas sentir un poquito de verano con una sonrisa. No te imaginas cómo me recuerdas a mí misma cuando tenía 16 o 17 años, contaba los días para que acabase la estación pegajosa, aunque eso significase el final de mis vacaciones. Un beso.
Damián, es más refrescante y divertido, el hielo derretido es la calma para la histeria del calor. Sólo por eso merece la pena romperlo.
hiro, tú si que eres bonita! una mirada y un libro. Me acordé de todo esto al dejarte mi último comentario. Espero disfrutar ese libro tanto como tú los tuyos, la playa también, aunque me parece que tú estás más morena que yo :P Besos, guapa.
buena esa del arbol desnudo. me gusto el clima con que está escrito. Salud
ResponderEliminarMe ha parecido más que curioso que hayas escogido a Woyzeck para describir ese inicio de tarde de verano/otoño y aun más que unas esa obra, a un bol de nubes ¿dulces?:-) porque... nada tan triste y dramático como alguien que termina con el único nexo que le une con al mundo, pero en fin... los caminos del Sr son inescrutables como diría ... no sé quien:-)
ResponderEliminarLo demás suena sin embargo muy apetecible... el olor a tierra mojada en una tarde de verano que parece de otoño ¡¡no imaginas lo que extraño ese olor!! Mmmm qué cosa más rica... casi tanto como un zumo de naranja mientras sientes repiquear la lluvia fuera, pero dentro y al rededor sientes el calorcito quedar/ ver/ descubrir/ observar/interpretar/ sentir/ disfrutar a un nuevo amigo que además te sorprende con un Pessoa bajo el brazo ¡¡qué más se puede desear en una tarde de verano /otoño!! :-)
Me alegro muchísimo por ti Irene, tras las tormentas de todo tipo, siempre llega la calma, como tras la lluvia el sol...la música de un pajarillo chapoteando a tu lado en un charco, la mejor banda sonora que nadie pudiera desear para tu peli.. ¡¡Precioso!!:-)
Fíjate lo que es la vida, ahora te ha ido a visitar a ti, mi lluvia y yo estoy abrasada por tu sol... pero feliz... tengo tantísimo mono de sol, que volver a ser lagartijilla, es como volver a mi verdadera naturaleza, aunque en realidad no me gusten naada de nada los bichejos ¿tu crees que alguna vez sabremos lo que somos y queremos en realidad? :-)
Un beso muuuy grande mi querido caracol, col...
Y... graaaaaacias bonita
Sigue disfrutando de tus tardes de verano/otoño con pararillos chapoteando en charcos a tu lado...
Me he quedado maravillada de la manera en que escribes. Es una muy buena descripción de una cita, del tiempo de espera.
ResponderEliminarEsto es una asombrosa mezcla de relato y poesía muy bien desenvuelto.
Felicidades!
Saludos.
Garriga, gracias por el comentario y por pasarte por aquí.
ResponderEliminarMaría, había dos opciones: Herzog o Shrek. Me decanté por la primera porque hacía mucho tiempo que no la veía. La realidad fuera de la película no es precisamente esperanzadora, con toda esta mierda que se nos ha venido encima desde algunos años, pero a veces una tiene esa vena masoquista que va más allá del cuero y el látigo y acaba viendo más miseria de la que ya le rodea. Sí, son nubes dulces –de esas de chuches- congeladas. No me gusta el dulce, y mucho menos las chucherías, caramelos, regaliz o gominolas, pero desde hace mucho compro esas nubes (mi debilidad) y las meto en el congelador porque me gusta mucho la textura cuando quedan congeladas. Así se estabiliza mi azúcar que siempre está por los suelos. Tengo una manía, siempre tengo que estar royendo algo mientras veo una película.
Bueno, no es un nuevo amigo, al contrario. Quedé con alguien que hacía tiempo no veía. La persona que nos mantenía unidos murió hace poco, después yo me fui a Madrid y perdimos el contacto. Desde que regresé a mi pueblo sentía que las cosas habían cambiado entre nosotros, que nada volvería a ser igual. Y estaba en lo cierto, ya nada puede ser igual porque faltan muchas cosas, pero fue un momento especial sentir que ambos estamos aquí.
Es extraño, María, la conclusión que podemos llegar a tener después de leernos entre nosotros. Y en lo que puede derivar la interpretación errónea. Tal vez me equivoqué en la manera de contar mi tarde de lluvia en verano, pero quería hacerlo de manera que pudiese recordar como me sentí en ese instante el día que me de por releer todo esto. Después de la tormenta, con la calma, también llega la decepción.
Creo que aún tienes tú todo el sol por ahí arriba, pues aquí continúan las nubes y el cielo blanquecino, qué gustito :-)
Sé lo que quiero, pero no se lo que soy y así me va.
Un beso, encantadora María.
ohma, un placer verte por aquí. Mi poesía no es poesía –y nunca pretendió serlo-, más bien es una gran mierda, pero gracias por el cumplido. Me he pasado por tu blog y me encantan todas las situaciones que describes. Me haces recordar un montón de cosas que enterré hace algún tiempo. Es genial, porque los he revivido a través de tus textos. Esas cosquillas… Gracias y felicidades igualmente para ti :-)
Hoy julio se me ha vuelto un poco octubre. Supongo que es una promesa.
ResponderEliminarLos silencios son a veces cómplices... suena a rencuentro de algo dejado en pausa.. me gusta noviembre jaja será porque es el mes en que nací... muchos besos y que el tiempo vuelva a girar un poquito...
ResponderEliminarJuan Antonio, ahora verano está más cerca de octubre. El cambio térmico me está volviendo loca. Es una certeza.
ResponderEliminari*- sí que fue un reencuentro, muy agradable y deseado. A mí también me encanta noviembre y todos los meses de la estación otoñal. Y también nací con frío, de modo que al final algo tendrá que ver. Muchos besos ;-)